Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 50 #2
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CAPÍTULO 50 #2

Nya abrió la puerta con la llave, cruzó el umbral sin mirar atrás y desapareció en dirección a la habitación.

Aeris se quedó fuera unos segundos más, respirando el aire húmedo que olía a tierra mojada y a mar lejano.

Luego caminó hasta su coche, abrió el maletero y metió la mochila que había traído consigo, sabiendo que, aunque no dijeran mucho más…

aquello era una rendición tácita. Y también un comienzo.

Cuando Nya volvió a salir, llevaba un bolso de viaje al hombro y un abrigo oscuro. No dijo nada más. Solo subió al coche y cerró la puerta con un suspiro largo. Harper la miró de reojo. Ella le devolvió una media sonrisa, de esas que parecen querer decir algo más profundo sin necesidad de palabras.

—¿Lista? —preguntó él.

—Lo estaré cuando empiece la primera canción.

Aeris arrancó el motor. El coche se puso en marcha, deslizándose por las calles de Valdelagrana en dirección a la autovía.

El Puerto de Santa María se desdibujaba poco a poco en los espejos retrovisores, mientras la lluvia quedaba atrás y el horizonte se abría como una carretera sin mapas, sin juicios, sin nombres propios.

Solo dos almas que habían sobrevivido a la oscuridad.

Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio en el coche no dolía.

Era un silencio pleno. Compartido.

Un silencio que sabía a tregua.

A promesa.

A futuro.

La entrada del hotel se alzaba entre edificios señoriales, discreta, elegante, con esa apariencia de lugar al que no se llega por casualidad, sino por decisión.

Una puerta de madera oscura, grabada con filigranas antiguas, se abría a un recibidor tenuemente iluminado por lámparas cálidas, con suelos de mármol y techos altos de molduras envejecidas.

Todo olía a madera, a jazmín, a silencio.

Era el tipo de lugar que no necesitaba decir «lujo» para que se notara.

Aeris aparcó frente a la puerta, y apenas bajaron del coche, un botones se acercó con discreción.

El juez ni siquiera dejó que Nya tocara su maleta: ya la tenía él en la mano.

Como si fuera una extensión de ese control que ejercía sin arrogancia, pero con un dominio que a ella le seguía poniendo la piel tensa.

Nya alzó la vista hacia la fachada, las luces tenues, el cristal ahumado de las ventanas. Sus labios se curvaron con ironía.

—Déjame adivinar… habitación con vistas al jardín interior, chimenea eléctrica, cama king size y silencio absoluto para que puedas leer sentencias antes de dormir.

Aeris sonrió apenas mientras le entregaba al recepcionista la documentación.

—Casi aciertas.

—¿Casi?

—La cama es doble, no king size —dijo sin mirarla, con fingida indiferencia.

Nya se volvió hacia él lentamente, los ojos entornados, y apoyó el codo en el mostrador con una sonrisa divertida.

—¿Doble? Vaya, qué detalle tan íntimo. ¿Me tengo que preocupar?

Aeris no se inmutó.

—Te la cedo, si prefieres dormir sola. Yo puedo dormir en el sillón.

—Oh, no, Harper. A estas alturas, creo que hay cosas más incómodas que compartir cama contigo. Como, no sé… ir en traje en pleno agosto.

Él alzó la mirada hacia ella con una expresión cargada de ironía. Pero por dentro… por dentro estaba temblando. Porque Nya sabía jugar. Porque cada frase suya tenía doble filo. Porque no necesitaba rozarlo para encenderle la piel.

Subieron en ascensor, solos. El silencio entre ellos era denso, eléctrico. Nya se quitó la chaqueta y se recogió el pelo con una pinza, dejando su cuello a la vista. Aeris desvió la mirada, carraspeó.

—¿Te incomoda el silencio? —preguntó ella, girándose apenas hacia él, con media sonrisa.

—Me incomoda lo que haces con él —replicó él, seco.

El ascensor se abrió. La habitación era exactamente lo que Nya había imaginado: elegancia sobria, madera oscura, textiles cálidos, cortinas gruesas, paredes color piedra y un ventanal que daba a un patio interior con faroles colgantes y plantas trepando por los muros.

Pero lo que realmente la sorprendió fue el detalle.

Sobre la mesa auxiliar del rincón, había una bandeja con una botella de vino blanco frío y dos copas.

—¿También eso lo pediste tú?

Aeris se quitó la chaqueta, la colgó con parsimonia y se volvió hacia ella.

—No, eso fue cortesía del hotel .

—Lástima. Casi pensaba que eras romántico.

—No lo soy.

—Mentiroso —dijo Nya, con los ojos brillantes y el tono suave.

Ambos sabían que ese cruce no era casual. Que la cama doble ya no era solo una elección de espacio, sino una pregunta sin responder.

—¿Quieres que bajemos a cenar o prefieres algo aquí? —preguntó él, encendiendo la luz cálida del cabecero.

—¿Tú qué prefieres?

—Sinceramente —Aeris la miró de frente—, preferiría que esta noche no fingieras que no sabes lo que estás provocando en esta habitación.

El silencio se volvió tan espeso que pudo cortarse con un cuchillo.

Nya respiró hondo, su mirada fija en la suya. Dio un paso hacia él. No dos. Uno. Solo lo justo para que la tensión no estallara todavía. Solo lo justo para seguir bailando sobre el filo.

—Lo sé —susurró.

Y se dio la vuelta, caminando hacia el armario para colgar su abrigo.

Como si no acabara de dejarlo sin aire.

Aeris se pasó una mano por la mandíbula, mordiéndose el interior del labio.

Dios bendito.

La noche no había hecho más que empezar.

La luz cálida de los ventanales del restaurante «Omeraki» se filtraba a través del cristal como un susurro de bienvenida, proyectando sombras suaves sobre el empedrado.

Dentro, la armonía de lo artesanal y lo contemporáneo se entrelazaba en una coreografía precisa: madera pulida, cerámica delicada, acero negro y mármol gris.

Cada rincón hablaba de una cocina pensada al milímetro.

Como ellos. Como todo lo que no se dicen, pero arde debajo.

Nya se quitó el abrigo cuando entraron, y Aeris, por puro instinto, la ayudó. Sus dedos rozaron sus hombros solo un segundo, pero bastó para que el aire entre ambos se hiciera más denso.

El maître los condujo a una mesa junto al ventanal, ligeramente apartada del resto. La intimidad estaba servida.

—¿Habías venido antes? —preguntó Nya, recorriendo con la mirada el diseño del local. Sus dedos se deslizaban distraídamente por el borde de la servilleta de lino.

—No. Pero sabía que te gustaría — contestó él sin rodeos, mientras se acomodaba en la silla frente a ella.

—¿Por el vino, la luz tenue o porque Chicote sabe lo que hace?

—Porque tú también sabes lo que haces —respondió él con tono neutro, pero la frase quedó flotando en el aire como un disparo silencioso.

Nya sonrió, ladeando la cabeza.

—¿Eso era un cumplido o una acusación?

—Depende del vino.

Ambos rieron, brevemente, como dos guerreros que han bajado las armas por un instante.

El camarero llegó con la carta y la carta de vinos. Aeris eligió un blanco gallego suave, con notas minerales y frescura suficiente para las primeras elaboraciones. Nya lo observaba en silencio mientras hablaba con el camarero. Nunca le había visto tan relajado, ni tan atento. Ni tan hombre.

Pidieron el menú degustación. La experiencia completa.

—¿Preparada para que te seduzcan los sabores? —preguntó Aeris cuando el camarero se retiró.

—¿Estás preguntando si me dejo seducir fácilmente?

—Estoy preguntando si alguna vez te has dejado seducir de verdad.

Nya se quedó en silencio unos segundos. Lo suficiente para que la tensión creciera entre ellos sin necesidad de más palabras.

—Supongo que cuando lo haga, lo sabré.

—Supongo que quien lo consiga… también lo sabrá.

El primer plato llegó: una ostra con ajo blanco de anacardo, manzana ácida y aire de coco. Un bocado intenso, suave y punzante al mismo tiempo. Como sus diálogos.

Nya probó la ostra y cerró los ojos un instante. El vino llegó después. Aeris no apartó la mirada de su boca, de la forma en que sus labios se curvaban, como si saboreara más que comida.

—Te estás enamorando de la gastronomía, Palacios.

—Me estoy enamorando del silencio. Y eso viniendo de mí, es decir mucho.

—¿Desde cuándo huyes del ruido?

—Desde que descubrí que a veces, el silencio dice más que cualquier sentencia.

Aeris entrecerró los ojos, cargando esa frase de significado. El segundo pase llegó: croqueta de puchero con leche fresca y caviar cítrico. Ella lo miró como si fuera un postre. Él la miró como si cada frase fuera un aperitivo de algo mucho más profundo.

Cuando llegaron los platos centrales, la conversación se deslizó hacia lo íntimo. No explícito. Íntimo de verdad.

—¿Cómo estás llevando todo lo de tus padres biológicos? —preguntó Aeris con tono suave, justo cuando servían el ravioli de callos y lengua con espuma de trufa.

Nya tragó saliva antes de responder. Bajó la mirada unos segundos.

—Sigo sin saber nada. Ni nombres. Ni una pista. Como si nunca hubieran existido.

—¿Y si descubres algo que no te gusta?

—¿Tú qué harías si supieras que tu pasado es una página en blanco?

Aeris se quedó callado. Ella levantó la mirada con dureza serena.

—Porque eso es lo que temo. Que mi sangre tenga más de Selene que de mí misma. Que no pueda separarme de esa herencia, aunque la niegue.

—Tu sangre no decide quién eres. Ni tu genética. Lo decides tú —Aeris fue firme, sin grandilocuencias—. Tú no eres Selene. Tú la sobreviviste.

El postre llegó: texturas de chocolate, helado de aceite de oliva, caramelo amargo.

—Harper… —susurró ella, casi sin querer—. Si alguna vez me parezco a ella… mátame tú.

Aeris dejó la cuchara lentamente sobre el plato. La miró largo rato, sin pestañear.

—No voy a matarte, Nya.

—¿Y si pierdo el control?

—Entonces te lo recordaré —Se inclinó un poco más hacia ella—. A veces solo necesitamos que alguien nos traiga de vuelta cuando la oscuridad se hace demasiado densa.

Silencio.

Sus manos se rozaron sobre el mantel.

Fue un roce breve. Torpe. Casi accidental.

Pero el vino, el calor, el eco de las palabras compartidas… ya lo habían dicho todo.

—¿Y tú? —Preguntó Nya con prudencia— ¿Has vuelto al club?

Aeris negó.

—Digamos que esos susurros, ya son más fáciles de ignorar.

Nya sonrió de medio lado. Pero Aeris no acabó ahí.

—¿Y tú?