CAPÍTULO 50
Un nuevo comienzo
D esde aquel día en Benaocaz, todo había seguido su curso.
El proceso judicial avanzaba con la lentitud habitual del sistema, pero al menos avanzaba.
Aeris Harper había supervisado personalmente cada fase de la instrucción, aferrado al expediente como si fuera una extensión de su propia conciencia.
Había interrogado a Selene en sede judicial, aunque el resultado fue tan predecible como frustrante: se acogió a su derecho a no declarar, escudándose en un silencio que no ocultaba nada más que su propia podredumbre.
La asistió un letrado de guardia que, con solo verle la cara, ya parecía arrastrar el peso de mil causas indeseadas.
Era lo que tenía el turno penal mayor. Le tocaba.
Y no tenía más remedio que tragarse la moralidad, y llevar la defensa lo mejor que pudiera.
Un tipo gris, derrotado por el sistema, que apenas la miraba cuando hablaba.
Harper sintió incluso un atisbo de lástima por él, aunque no por Selene.
Ella no merecía ni una exhalación más.
El auto de prisión provisional sin fianza llegó sin oposición.
Nadie, ni la defensa más cínica, habría intentado justificar su libertad.
Desde entonces, Selene se pudría en el Centro Penitenciario «Puerto II», entre barrotes y pasillos grises, lejos de los espejos rotos que tanto amaba.
La instrucción concluyó con pruebas sólidas, contundentes, y el expediente ya había sido remitido a la Sección Octava de la Audiencia Provincial de Jerez.
El juicio sería inevitable.
Solo era cuestión de tiempo.
Mientras tanto, el mundo seguía girando.
La vida cotidiana había vuelto a ocupar el lugar de los sobresaltos. Las rutinas volvían a las mesas del juzgado, los expedientes se amontonaban de nuevo con su pereza burocrática, y Aeris se obligaba a respirar con normalidad, aunque dentro nada fuera del todo normal.
Nya y él apenas habían coincidido desde entonces.
Algún encuentro fugaz, unas pocas palabras robadas entre trámites y pasillos, pero nada más.
Y aun así, Aeris sabía que ella estaba bien.
Lo intuía con la certeza silenciosa que solo tienen los que observan sin ser vistos.
Sabía también que no había vuelto a hablar con Antonio Palacios, ni a pisar su casa.
Había algo en Nya que había cambiado definitivamente después de aquella noche.
Una parte de ella se había roto… o quizás se había reconstruido a sí misma con piezas nuevas.
Más duras.
Más reales.
Él, por su parte, seguía trabajando en la pieza separada del caso: la trama de adopciones ilegales, ese subsuelo nauseabundo que había comenzado a abrirse tras el informe genético y las pistas recogidas.
Cuando hubiera algo, movería ficha. De momento, el expediente respiraba a fuego lento, esperando que el sistema escupiera alguna prueba más.
El resto… era solo tiempo.
Tiempo y silencio.
Pero Aeris sabía que, tarde o temprano, ese silencio también hablaría.
Y mientras tanto, sentía que él también había cambiado.
Aquel día era la antesala de una fecha que siempre quería que pasara de puntillas.
Su cumpleaños.
Cumpliría cuarenta al día siguiente.
Y jamás le habían gustado los cumpleaños. Ni las celebraciones, ni las tartas con velas, ni los brindis vacíos que la gente improvisaba para evitar mirarse en el espejo con un año más. Siempre los había vivido como una cuenta atrás disfrazada de fiesta.
Pero ese año… era diferente.
No porque quisiera celebrar nada. No porque esperara regalos o palabras amables.
Solo quería hacer algo.
Algo que llevaba semanas posponiendo. Algo que ni siquiera sabía si tenía sentido, pero que lo arrastraba por dentro con una fuerza incómoda y persistente.
Y sus pasos lo habían llevado hasta Valdelagrana.
Hasta la casa adosada de Nya .
Había llamado al timbre.
Una vez. Dos.
Silencio.
Nadie contestó.
Ni el sonido mecánico del telefonillo, ni el rumor de pasos acercándose.
Nada.
Se quedó quieto frente al portón exterior, con las manos en los bolsillos y la mirada puesta en el Parque Natural de los Toruños, que se extendía ante él.
El mar, a unas calles de distancia, rugía con ese sonido grave y lejano que siempre lo había reconfortado, aunque ese día le supiera a nostalgia.
Supuso que Nya estaría a punto de llegar. Tal vez habría salido a hacer la compra.
O a pasear.
O simplemente a olvidar.
Así que decidió esperarla.
No había razón lógica para ello. Podía llamarla, enviarle un mensaje, volver más tarde.
Pero no quería.
No esa vez.
Se quedó allí, bajo la luz del sol, mirando de vez en cuando la puerta como si en cualquier instante fuera a abrirse sola. En el bolsillo interior de la chaqueta, llevaba un pequeño paquete envuelto con papel kraft . No era un regalo. O no uno al uso.
Era un gesto. Un símbolo.
Algo que había decidido comprar.
Para los dos.
Porque si Aeris cumplía años el 4 de noviembre… Nya los cumpliría el 6. Hasta eso compartían, como si incluso el calendario supiera que sus vidas estaban hechas para rozarse en el margen.
Hasta eso tenían en común.
Y Aeris quería hacer algo diferente.
Era una forma de decirle que él no había olvidado.
Que seguía pensando en lo que había ocurrido.
Y, sobre todo, en ella.
Una manera silenciosa de recordarle que seguía allí, aunque ya no hiciera falta empuñar cuchillos ni perseguir asesinos.
Aeris levantó la cabeza.
Y la vio .
Nya venía caminando bajo el sol, con el pelo ligeramente ondeando por el viento. Llevaba una bolsa de la farmacia en una mano y una expresión de sorpresa contenida al verlo allí, quieto, esperando.
—¿Harper? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y algo más que no terminó de nombrar— ¿Qué haces aquí?
Él alzó una ceja, apenas un gesto.
—Pasaba por aquí —respondió con ese tono neutro que usaba cuando no quería parecer vulnerable. Pero sabía que no colaría.
Ella entrecerró los ojos, clavando su mirada en la suya con esa forma de escarbar que solo ella tenía.
—¿Pasabas por aquí… el día de tu cumpleaños?
Aeris esbozó una sonrisa leve, apenas un suspiro en el rostro.
—Odio los cumpleaños —murmuró—. Pero para tu información, Palacios, es mañana. Y el tuyo, el lunes.
—Lo sé —contestó Nya, dejando que una pequeña curva se dibujara en sus labios.
Ambos se quedaron en silencio unos segundos. El tiempo justo para que el mundo a su alrededor se disolviera en el viento, farolas y pasos ajenos.
—¿Quieres pasar? —preguntó ella, al fin.
Aeris asintió con un leve gesto.
—Solo quería darte esto.
Aeris alzó la mano con parsimonia y le tendió el pequeño sobre de papel kraft . Nya lo miró con cierto recelo, ladeando la cabeza mientras lo tomaba con delicadeza entre los dedos.
—¿Y esto? —preguntó, frunciendo levemente el ceño.
—Ábrelo —dijo Harper sin más.
Nya deslizó el pulgar bajo la solapa y extrajo el contenido. Al desplegar el papel, lo primero que apareció fueron dos entradas impresas con letras elegantes y el logotipo de un artista que conocía bien.
« Sam Tinnesz — Live in Madrid. Sábado, 4 de noviembre. 21:00h ».
Nya parpadeó, confundida por un instante. Luego alzó los ojos hacia él, como si le costara comprender lo que aquello significaba del todo.
—¿Sam Tinnesz? —dijo en voz baja.
—Un concierto —repitió Aeris, casi con una sonrisa—.
Y un fin de semana. En Madrid. Los dos. Si salimos ahora, llegaremos antes de las siete.
He reservado un hotel cerca del teatro… y pensé que podríamos desaparecer un par de días del mundo.
Sin expedientes, sin ruinas, sin fantasmas. Solo música… y silencio.
Nya bajó la vista de nuevo al papel, como si necesitara asegurarse de que era real. Sus dedos temblaron apenas al sostenerlo. Durante un instante, no supo qué decir.
Porque no era solo un gesto bonito.
Era un bálsamo inesperado. Un pequeño oasis que no sabía que necesitaba hasta que lo tuvo delante.
—¿Y por qué Sam Tinnesz? —preguntó, rompiendo el silencio con un murmullo casi tímido.
Aeris encogió un hombro.
—Porque sé que lo escuchas cuando escribes. Porque me dijiste una vez que algunas canciones suyas te hacían sentir menos sola. Y porque, si hay una forma de cerrar este capítulo… es con algo que suene a ti.
Nya sintió cómo un calor sordo se le instalaba en el pecho.
Era una punzada suave, pero persistente, como una nota musical suspendida entre dos acordes.
Una parte de ella quería reír. Otra, llorar.
Pero al final solo sonrió, ladeando el rostro mientras lo miraba con esa intensidad suya que lo desmontaba todo.
—Harper… —murmuró— No tienes ni idea de lo que esto significa para mí.
—Sí —interrumpió él con suavidad—. Creo que sí la tengo.
Se miraron durante un largo segundo. No había necesidad de adornar nada.
El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Era un lenguaje propio, cargado de todo lo que no se decían, pero sabían.
Y en ese instante, Nya comprendió que, aunque no se hubiese escrito con tinta, aquella era la promesa más clara que Harper podía hacerle: «estoy aquí».
—Dame cinco minutos —susurró al fin—. Solo necesito dejar la bolsa, coger algo de ropa y decirles a las compañeras que no me busquen en todo el fin de semana.
Aeris sonrió apenas.
—Tienes diez —Y entonces, Harper cayó en la cuenta—. ¿Compañeras? ¿Has decidido por fin colegiarte?
Nya negó con la cabeza.
—Hace unas semanas, decidí embarcarme en algo mejor… opositar.
Aeris sonrió, sorprendido gratamente.
—¿Vas a seguir mis pasos?
Nya rio.
—Algo así. Fiscalía.
Aeris sonrió de medio lado, fue lo más que pudo expresar el inmenso orgullo que sentía ante la decisión de Nya.
—Necesitarás un preparador…
Nya arqueó una ceja.
—Creo que… si tienes tiempo, lo tengo delante.
Aeris sonrió suavemente.
—Será un honor, Palacios. Ahora, corre. Este fin de semana no hablemos de nada de esto. Ya lo hablaremos el martes con tranquilidad.