Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Después del eco

L a lluvia había aflojado, pero el cielo seguía llorando a su manera: una fina cortina de agua, densa y persistente, que empapaba los silencios con un murmullo monótono.

Aquel lugar que en su día habría sido un refugio para la vida, rodeado ahora de vehículos policiales y luces estroboscópicas, tenía el aspecto de un cementerio iluminado con flashes azules.

Las ruinas de la antigua clínica se alzaban en la noche como un monstruo abatido, apenas un cascarón tras la tormenta que acababa de rugir en su interior.

El eco de los pasos y las órdenes policiales seguía resonando entre las paredes fantasmales del edificio. El aire estaba cargado de un aroma confuso: mezcla de barro removido, sangre seca y adrenalina flotando en la atmósfera.

Pero, finalmente, Nya salió caminando por su propio pie desde el vientre de aquel lugar maldito.

La chaqueta de Aeris le colgaba de los hombros como un escudo prestado. Estaba empapada y salpicada de manchas amarronadas que quizá fueran barro… o tal vez sangre. Su rostro, pálido, conservaba un corte reciente en el pómulo izquierdo, del que goteaba un hilo tenue de carmín diluido.

Un par de sanitarios se aproximaron con prisa contenida, tendiendo las manos para ayudarla, pero ella alzó una mano con gesto firme.

—Estoy bien —murmuró, con una voz que no sonaba tan bien como las palabras pretendían.

Aeris se colocó a su lado, casi a la altura de su hombro, sin llegar a rozarla.

Como si su sola presencia bastara para sostenerla sin necesidad de contacto físico.

En sus ojos se adivinaba el cansancio de quien ha estado al borde del abismo, pero también una determinación que no necesitaba justificaciones.

Se dirigieron hasta la ambulancia estacionada sobre un terreno irregular; el barro formaba charcos oscuros bajo las ruedas.

Dentro, el motor encendido aportaba un ronroneo grave al silencio, mientras un halo de luz lechosa iluminaba el interior, repleto de gasas, botiquines y un penetrante olor a alcohol médico.

Nya se dejó guiar hasta el extremo de la camilla, donde se sentó, con las piernas temblorosas que se negaban a confesar su fatiga.

Aeris tomó asiento a su lado, sin decir nada al principio.

El espacio de la ambulancia parecía haberse convertido en una burbuja aparte, ajena a la actividad policial que continuaba en torno al edificio.

—No me duele tanto —murmuró ella, tocándose el pómulo herido con la yema de los dedos—. Pero… sé que se va a quedar conmigo.

Aeris la miró de reojo, con un matiz de ternura hastiada. Sabía que aquella herida no era solo física; representaba una fractura más profunda, un recuerdo que dejaría huella. Sin embargo, se permitió una pequeña sonrisa, agotada pero sincera.

Nunca se lo había permitido.

Hasta ella.

—Podrías decir que es tu marca de guerra —dijo con voz suave—. No todas las cicatrices cuentan historias que merecen ser recordadas… pero esta sí. Esta dice que sigues viva.

Ella alzó la vista, encontrándose con la mirada gris de Aeris. El brillo de la luz del techo resaltaba la palidez de sus facciones, su cabello revuelto y los restos de sangre en la comisura de los labios. Lo que veía en sus ojos, sin embargo, no era compasión.

Era reconocimiento.

—Esto no ha acabado, Harper —dijo de pronto, girándose un poco para observarlo.

Él contuvo el aliento, consciente de la tensión que aún le anudaba el estómago. Sabía a quién se refería: Selene. Aquella sombra gemela que la había mantenido al filo de la muerte.

—¿Qué quieres decir? —repitió, bajando un poco la cabeza— Está detenida. Ya no puede volver a tocarte. Ni asesinará a nadie más.

Nya desvió la mirada hacia la puerta de la ambulancia, donde la noche seguía mostrando sus fauces rotas. El gesto en su rostro se endureció, como si tuviera un nudo en la garganta que no podía disolver.

—Tenemos a la marioneta —suspiró—. Pero nos falta lo más importante, lo que la empujó a cruzar esa línea, el titiritero. De lo que sigue respirando bajo la superficie. ¿Tú crees que todo lo hizo sola?

Un ligero escalofrío recorrió a Aeris. Esa pregunta enterraba un temor más grande, una sospecha de hilos que aún permanecían en la sombra.

—¿Estás segura? —inquirió, mirándola con preocupación contenida.

—No del todo —admitió ella—. Pero algo en mí lo intuye. Mi instinto. Nunca me ha fallado.

Él asintió, con el ceño fruncido. Sabía lo poderosa que podía ser la intuición de Nya. Lo había comprobado demasiadas veces en las últimas semanas.

—¿Tienes un nombre? —prosiguió con cautela.

—No estoy segura todavía —musitó—. Cuando esté segura, iré a por él.

—¿Sola? —Aeris pronunció esa palabra con una tensión que se le escapaba en la voz, como si temiera la respuesta.

Nya bajó la vista hacia su brazo, de donde un hilillo de sangre resbalaba hasta manchar el pantalón. Frunció los labios con cansancio.

—No lo sé —susurró—. Estoy harta de ir sola. Pero tampoco quiero poner en peligro a nadie. Aun así… necesito algo de tiempo para reordenar mi cabeza…

El peso de esa confesión quedó flotando en el aire de la ambulancia, que a ratos vibraba con el ralentí del motor. Aeris la contempló unos segundos, leyendo el dolor y el agotamiento en sus pupilas. En sus rasguños, en su respiración agitada, en las manos crispadas sobre las rodillas.

—Cuando estés lista —dijo al fin—, estaré ahí. Aunque sea solo para recordarte que esa cicatriz te queda bien —La voz le salió con un matiz sereno, casi cómplice.

Ella curvó apenas las comisuras de los labios, en una sonrisa quebradiza. Se llevó la mano al pómulo, esta vez con un gesto diferente, como si quisiera apropiarse de aquella herida como un sello de identidad.

—¿Crees que alguna vez me dejará en paz? —preguntó al viento, sin mirar a nadie en concreto.

—No lo sé —admitió Aeris—. Pero ahora ya no estás desarmada. Te has enfrentado a ella, y la has derrotado. Si alguna sombra vuelve, sabrás qué hacer.

El interior de la ambulancia se quedó en un mutismo denso, interrumpido tan solo por la respiración pausada de ambos y el rasgueo de la lluvia contra la chapa.

Afuera, el ulular de las sirenas se amortiguaba poco a poco, y los pasos de los agentes se alejaban o acercaban con un rumor de botas sobre el barro.

Parra pasó cerca de la puerta y cruzó la mirada con Aeris.

Su semblante indicaba alivio y cansancio, todo a la vez.

Hizo un leve gesto de aprobación antes de continuar con los protocolos y atestados.

Cuando Nya se levantó, Aeris la siguió sin dudar.

La lluvia la empapó de inmediato, pero ella pareció no sentirlo.

Se quedó un instante allí, bajo la noche rota, mirando con fijeza la silueta del edificio.

Las luces de la policía pintaban manchas de azul sobre los muros desconchados, y la clínica se veía más pequeña, más triste… casi como un cadáver inerte.

—¿Y ahora qué? —preguntó Aeris, hundiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta para protegerlas del frío.

Nya alzó la vista al cielo, donde ya no quedaban relámpagos, solo nubes rotas que sangraban una llovizna tenue.

—Ahora… descanso. Y luego iré a por quién movía los hilos. Selene era el espejo… pero alguien me puso ese espejo delante. La cuestión es… ¿por qué?

Aeris sintió un escalofrío distinto, una chispa de curiosidad mezclada con inquietud. Asintió, sabiendo que sería un error subestimarla. Nya había llegado muy lejos por su cuenta y, pese a la debacle de aquella noche, seguía en pie.

—Entonces hazlo —replicó—, pero no lo hagas sola. Cuenta conmigo.

Ella lo miró por un segundo que pareció más largo que toda la noche. No pronunció un «sí» ni un «no». Simplemente le sostuvo la mirada, con el brillo de quien reconoce una complicidad nueva, nacida de las cenizas de una batalla cruel.

Y ese silencio, más que cualquier palabra, supo a promesa.

Se llevó la mano al pómulo de nuevo, como si buscara un punto de anclaje entre el dolor y la certeza.

—Una marca de guerra, ¿eh? —musitó, con un deje de triste orgullo.

—Una que puedes llevar con honor —Aeris soltó una exhalación, mirándola con una mezcla de ternura y respeto—. Porque sigues viva. Y no eres como ella.

Nya apretó los labios, dejando que la lluvia resbalara por su frente y se mezclara con la sangre vieja en la comisura de sus labios.

—No —susurró—. Nunca lo fui.

Y lo creyó de verdad.

Por primera vez en días, lo sintió arder en su pecho como una llama purificadora.

En la lejanía, las sombras de la clínica se diluían bajo los focos y linternas de los agentes que iban y venían, cargando vallas, tomando fotos.

Ya no parecía un monstruo imponente; solo eran ruinas, ladrillos cansados y vigas carcomidas por el tiempo.

Y en el centro de aquella oscuridad, Nya permanecía a salvo, rota por fuera, sí, pero con una armadura interior que había conquistado a base de dolor y coraje.

La noche seguía lloviendo, pero ya no dolía tanto.

El resto… el tiempo lo diría.