Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

Espejos y cicatrices

L a sala parecía un féretro vacío. El quirófano abandonado respiraba humedad y cloro podrido, con restos de instrumental oxidado repartido por las esquinas como cadáveres de un pasado que nadie quiso reclamar.

Las paredes lloraban moho.

El aire tenía ese sabor agrio que solo dejan los sitios donde el dolor fue rutina. El fluorescente parpadeaba con un zumbido enfermo, lanzando destellos que convertían las sombras en figuras danzantes.

Y en medio de ese altar de descomposición, dos cuerpos idénticos se enfrentaban como reflejos torcidos.

—¿Sabes qué me jode de ti? —susurró Selene, dando un paso más— Que crees que puedes enfrentarte a mí con palabras. Con cuentos. Como si eso sirviera en una pelea a muerte.

Nya no respondió.

La linterna ya no servía. Solo la tenue luz que se filtraba entre las grietas y el parpadeo del tubo eran testigos. Pero Nya no la necesitaba. Sabía dónde estaba. Y sabía que cada segundo de duda podía costarle la vida.

Selene se lanzó.

Fue un movimiento seco, certero.

La embistió con el hombro y ambas cayeron contra una camilla podrida. El metal chirrió. Nya sintió el golpe en las costillas, el impacto le robó el aire.

Rodaron.

Selene se colocó encima, con las rodillas clavadas sobre sus muslos .

—¿Crees que esto es un cuento, hermanita? —escupió con aliento a café y locura— Esto es carne. Es hueso. Es real.

Y la primera bofetada llegó como un latigazo.

El rostro de Nya giró violentamente hacia un lado, la mejilla ardiendo, el sabor metálico de la sangre en la boca. Sintió cómo se le abría la piel junto al pómulo, un corte sucio que le nubló un segundo la vista.

Selene la observó con fascinación.

La sangre le había salpicado el mentón.

—Oh… —sonrió relamiéndose los labios— Qué bonito corte…

Y entonces ocurrió.

Selene sacó su cuchillo pequeño, ese de hoja curva que siempre llevaba encima y con el que había creado sus obras. Nya se tensó, creyendo que iba a matarla.

Pero no.

Selene se llevó la hoja a la cara… y sin parpadear, se hizo el mismo corte en su mejilla izquierda.

Justo en el mismo sitio.

El cuchillo rasgó su carne con un sonido asqueroso, lento, húmedo.

La sangre brotó.

Y Selene gimió, pero no de dolor.

De placer.

—Ahora sí somos iguales —susurró, como si fuera una ofrenda— Ahora sí… el espejo está completo.

Nya sintió náuseas.

No solo por el dolor, ni por el gesto demente, sino por el retorcido amor que había en ese acto.

No era violencia.

Era devoción enferma.

Era necesidad de simetría.

Una perversión que no buscaba matar, sino reflejar.

Selene se inclinó sobre ella, con las dos heridas sangrantes, cara contra cara.

—Ahora sí me reconoces, ¿verdad?

Nya aprovechó la cercanía. Le escupió a la cara.

—Te reconozco como lo que eres: una jodida enferma.

Selene rugió.

La golpeó de nuevo, pero esta vez Nya se revolvió con fuerza. Le dio un codazo en el costado, justo en las costillas flotantes. Selene gruñó, perdió el equilibrio unos segundos.

Y Nya rodó a un lado, incorporándose a duras penas.

Tenía el labio partido y la cara en llamas, pero seguía en pie.

—¿Eso es todo? —bufó Selene, jadeando— ¿Esa es tu guerra?

—Acabo de empezar —respondió Nya.

Le lanzó un bote metálico que había junto a la pared. Selene lo esquivó con agilidad. Había sido una distracción.

Nya echó a correr hacia el pasillo, sabiendo que no podía ganar por fuerza. Pero sí por desgaste.

Por inteligencia.

Por estrategia.

Selene la persiguió como un espectro, pero ahora el juego había cambiado.

Nya sabía que tenía que usar el entorno: zonas oscuras, esquinas angostas, restos cortantes del mobiliario, cables colgando del techo, charcos resbaladizos. Todo podía ser un arma.

Se escondió tras una columna de hormigón y la esperó.

Cuando Selene dobló la esquina, Nya le lanzó una silla metálica a las piernas. Selene trastabilló, cayendo de lado, y Nya saltó sobre ella como una loba. Le arañó la cara, le metió los dedos en los ojos, le pateó el abdomen.

Pero Selene contraatacó. Un cabezazo. Otro puñetazo.

El cuchillo brilló de nuevo.

Y Nya sangraba.

Ambas se revolcaban entre charcos, barro y cristales rotos. La violencia era sucia, desesperada, real. Nada de coreografías perfectas.

Era supervivencia.

Era odio.

Era instinto.

—¡Voy a vaciarte como a un animal! —aulló Selene, desgarrando la camiseta de Nya con el filo.

—Atrévete, hija de puta —escupió ella, empapada, con el rostro lleno de sangre y barro.

Un nuevo golpe la hizo caer hacia atrás. El cuchillo le rozó la clavícula. Ardió. Pero en ese momento, Nya vio algo entre las sombras: una estantería medio caída, una barra metálica afilada.

Rastrilló el suelo con la mano, la alcanzó.

Selene giró justo a tiempo para ver la barra golpearle la sien.

Cayó al suelo con un gemido.

Nya no supo si había perdido el conocimiento o solo se aturdió. Pero aprovechó ese instante. Se levantó tambaleándose, con la cara empapada en sangre y lluvia. Apuntó con la barra de nuevo, lista para acabar con ella si se movía.

Pero antes, miró el espejo roto en la pared.

Su reflejo.

Su cara cortada.

El barro.

La sangre.

La mirada de furia.

Y se juró que esa sería la última vez que se vería así.

Porque la próxima vez que se mirara… ya no habría Selene.

Ni reflejo.

Solo ella.

Dueña de su historia.

El quirófano parecía respirar por las paredes, jadeante, como un monstruo moribundo que se negaba a expirar por completo.

El fluorescente parpadeaba en espasmos agónicos, retorciendo las sombras sobre los charcos sucios del suelo, cual espectros danzando en un sueño febril.

El olor a cloro rancio, metal oxidado y sangre parecía resbalar por el aire, formando una niebla espectral.

Nya jadeaba, con la barra metálica todavía temblando en su mano.

Frente a ella, Selene yacía en el suelo, inmóvil, con la sangre manándole por la sien, formando hilos pegajosos que se perdían en su cuello huesudo.

Pero algo en aquel cuerpo aún vibraba, una tensión latente, como la de una víbora que se hace la muerta antes de lanzar su última dentellada.

No tardó en estallar.

—¡PUTA ZORRA! —rugió Selene, incorporándose de un salto, como si el golpe anterior no hubiese sido más que una suave caricia.

Se abalanzó sobre Nya con la furia de un demonio desatado.

Chocaron en un estruendo de huesos y carne, rodando por el suelo húmedo, entre cristales rotos, charcos de barro y sangre.

Las uñas de Selene se clavaron en el cuello de Nya con una fuerza casi inhumana, presionando para estrangularla.

Al mismo tiempo, como salida de un truco de ilusionismo macabro, el cuchillo volvió a aparecer, brillante, acariciándole la clavícula con un filo letal.

—¡Te voy a abrir en canal! —escupió Selene, con los ojos inyectados, la sonrisa enloquecida de quien ha traspasado todas las fronteras de la cordura— ¡Te arrancaré el corazón y lo guardaré en un frasco para siempre!

Nya forcejeó desesperada. Notaba el filo desgarrándole la tela de la camiseta, arañándole la piel.

Un corte superficial le abrió la carne del brazo, encendiendo en su cerebro una sirena de dolor.

En un acto reflejo, logró alzar el antebrazo y golpear a Selene en la mandíbula, desviando su embestida por un segundo.

Ese segundo fue un salvavidas.

Aprovechando el respiro, Nya hundió la rodilla en el estómago de Selene, un golpe seco que la hizo gruñir.

Con un manotazo torpe pero certero, le arrebató el cuchillo, y con el mismo envite la empujó contra la camilla oxidada de la sala.

El metal chirrió con un chillido infernal al contactar con el cuerpo de aquella asesina.

Selene se desplomó, tosiendo, retorcida en jadeos.

Nya se quedó de pie, tambaleándose, la respiración convertida en un rugido animal. Tenía el rostro manchado de sudor, tierra y sangre. Entre sus dedos ensangrentados, la hoja del cuchillo de Selene resplandecía bajo la luz moribunda del quirófano.

—Vamos… —murmuró Selene con un retorcido deje de burla, relamiéndose la sangre de los labios—. ¿No has venido a matarme? ¡Demuéstrame que no eres una cobarde! Vamos, termina el cuento con un final sangriento… ¡el más hermoso de todos!

—Cállate —gruñó Nya, sin bajar la mano, con la navaja alzada.

—Tienes miedo… —Selene se echó a reír con una risa gutural, como el crujir de un hueso—. ¿Te tiemblan las manos, hermanita? ¡Vamos, mátame! ¡Y luego mírate al espejo a ver si te reconoces… o si finalmente eres yo!

La duda atravesó a Nya como una ráfaga helada. Sus dedos temblaban alrededor del cuchillo. El rostro de Selene, retorcido en una sonrisa insana, la invitaba a traspasar la línea, a abrazar la locura definitiva.

Quería hacerlo.

Deseaba acallar esa voz para siempre, vengar cada herida que Selene había causado en su nombre y bajo su rostro.

Sin embargo, algo dentro de su pecho crujió con un ruido sordo.

—Yo… no soy tú —susurró, con la voz prendida en un hilo de rabia y dolor.

Selene ladeó la cabeza como una muñeca rota, sus ojos nublados de un éxtasis demente.

—No… —dijo en un tono casi acariciador—. Pero podrías serlo… Solo necesitas dejarte llevar. Una simple estocada, y ya. ¡El espejo quedará completo, hermanita! ¡Seríamos un mismo reflejo!

Nya alzó más el cuchillo, casi sin darse cuenta, con la mandíbula apretada hasta el dolor. Cada respiración era un recordatorio de las costillas magulladas, de la sangre que goteaba por su brazo. Sentía la garganta en llamas, como si tuviera una bola de vidrio atascada.

—¡CÁLLATE! —gritó, y su voz se quebró en un aullido.

El aullido se ahogó en el ambiente malsano cuando, de pronto, la puerta se reventó con un estruendo al fondo del quirófano, rompiendo aquella tensa burbuja de violencia contenido.

—¡Nya! —la voz de Aeris desgarró el aire como un disparo, reverberando en los muros que apestaban a cloro podrido.

Irrumpió empuñando el arma, con Parra y dos compañeros pisándole los talones, todos con el pulso acelerado y la mirada tensa. Se quedaron congelados ante la escena: Nya con el cuchillo en alto, magullada, ensangrentada, y Selene allí, a sus pies, sonriendo como una fiera atrapada.

—¡Para! —vociferó Aeris, alzando la mano con gesto desesperado—. ¡Baja ese cuchillo! ¡Nya, por favor, mírame! ¡Mírame, joder!

Nya giró el rostro, desquiciada por la adrenalina y el pánico.

Sus ojos lucían enrojecidos, las pupilas dilatadas por la furia y el horror.

Parra hizo ademán de levantar su propia arma, pero Aeris lo contuvo con un movimiento de la mano, bajando la suya poco a poco.

Avanzó unos pasos, como si se acercara a un animal salvaje, manteniendo la mirada fija en la de Nya.

—No eres una asesina, Nya —dijo con voz firme, a la vez rota y cargada de un amor no confesado—. Eres muchas cosas. Pero no esto. No la dejes ganar, convirtiéndote en lo que ella quiere que seas…

Selene rio con una carcajada áspera, como si en su interior hubiera trozos de cristal que crujían.

—Oh, qué idílico… —soltó con desprecio—. El príncipe salvando a la princesita. ¡Menudo cuento de hadas! ¿También pensáis bailar un vals sobre mi cadáver? Venga, hombre, tu damita quiere sangre… ¡deja que la beba!

—¡Cierra la puta boca! —rugió Aeris, sin desviar la vista de Nya—.

No la escuches… escúchame a mí. Ya has luchado como nadie.

Has llegado hasta aquí sin matar, sin ser ella.

No necesitas apuñalarla para vencerla. ¡Mírala!

¡Está vencida! ¡Ha perdido! Deja que se pudra en la cárcel como la asesina que es…

Parra se acercó un paso por la retaguardia, con los compañeros nerviosos tras él. Miraba la mano de Nya empuñando ese cuchillo bañado en la luz parpadeante, la punta a un latido de perforar el pecho de Selene.

—Si la matas —dijo Aeris— no habrá justicia, sino otro cadáver, otra tumba, otra lacra. Tú no mereces eso. Mírate, Nya… ¡Mírate de verdad! Has hecho lo imposible. No seas tu propia asesina. Por favor… baja el cuchillo.

El filo del cuchillo empezó a temblar en la mano de Nya, un movimiento mínimo pero decisivo. Su respiración se convirtió en un jadeo frenético.

Selene, por su parte, se lamió la sangre de los labios, esbozando una mueca de éxtasis.

—Vamos, hermanita… —canturreó con dulzura retorcida—. Mátame. Será nu estro gran final. Luego podrás mirarte en el espejo y verás que tú y yo somos la misma bestia.

Nya cerró los ojos un segundo.

Sintió la sangre tibia corriéndole por el brazo, la punzada de las costillas, la mareante sinfonía de su propio corazón.

Sus dedos aflojaron el arma.

Empezó a bajar el cuchillo.

Primero unos centímetros.

Después más.

El metal resbaló de su mano y cayó al suelo con un estrépito metálico, que reverberó como un gong . El peso de esa renuncia la hizo doblar las rodillas.

Su cuerpo, exhausto, se desplomó.

Aeris corrió a sostenerla antes de que su rostro golpeara el suelo. La rodeó con un abrazo firme, sintiendo el temblor en sus músculos, la tensión extrema de quien ha rozado el abismo. Ella se aferró a él, con la mirada perdida y un gemido ahogado en la garganta.

—Harper… —Susurró con la voz rota.

—Shhh… —susurró Aeris, con la voz ronca—. Tranquila… Sigues siendo tú… viva… sin convertirte en lo que tanto temías.

Parra aprovechó para lanzarse hacia Selene.

La encontró de rodillas, exhalando una risa siseante, de serpiente herida. Sus manos crispadas parecían desear el cuchillo en el suelo, pero los agentes la inmovilizaron antes de que pudiera alcanzarlo. La esposaron con golpes secos y precisos.

Selene no se resistió; únicamente alzó la cabeza para lanzar una última mirada a Nya.

—Qué decepción… —murmuró con voz cascada— Hubiese preferido morir en sus manos… Ese sí que habría sido el final perfecto. —Una tos manchó sus labios de sangre—. Ahora solo somos un epílogo sucio.

—Cállate —masculló Parra, empujándola con rudeza hacia afuera. Selene se dejó arrastrar, retorciendo el cuello para seguir mirándolos, sonriendo en un silencio enloquecedor que helaba los huesos.

Aeris envolvió a Nya con su chaqueta, sosteniéndola contra su pecho.

Ella cerró los ojos, agotada, rota, pero sin la culpa de un asesinato a sus espaldas.

Sabía que, al menos, no habría cruzado esa línea.

Que no había espejo que la reclamara con su reflejo de sangre.

Tan solo con aquel corte en el pómulo, que seguramente le dejaría una cicatriz.

Al fondo del quirófano, el cuchillo abandonado quedó en el charco sucio, con la luz parpadeante del fluorescente reflejándose en su filo.

Era como un eco metálico de la violencia vivida.

El sonido de los pasos alejándose por el pasillo parecía un susurro de despedida, mientras la vieja clínica se hundía en la penumbra de sus miserias.

Y a lo lejos, mientras se marchaban cargando a Selene, con Nya recogida en los brazos de Aeris, el tintineo de la hoja al caer seguía resonando en la memoria de todos, recordando el abismo que Nya había elegido no cruzar.