Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Hacia la boca del lobo

L a carretera se extendía delante como una serpiente oscura, devorando los focos de luz que el coche arrojaba con cada metro avanzado.

La lluvia caía con una monotonía machacona, arrastrada por los limpiaparabrisas en un compás repetitivo, hipnótico, que cincelaba la tensión interior de Aeris como un goteo incesante.

Cada vez que la goma de las escobillas barría el cristal, dejaba un breve instante de claridad, tan fugaz y engañoso como su propia esperanza.

Aeris tenía los nudillos blancos sobre el volante.

La presión que ejercía con las manos sobre el cuero se sumaba a la angustia que le comprimía el pecho desde que había salido del juzgado.

Llevaba la respiración acelerada, un latido grueso en las sienes que se superponía al tamborileo de la lluvia contra el capó.

Apenas parpadeaba, concentrado en una idea fija: llegar.

Había revisado varias veces el móvil, como un supersticioso que mira un amuleto en busca de un milagro.

Nada.

Ni un mísero mensaje. Ni un «voy bien» o «estoy aquí». Solo aquel silencio, pesado y amenazante, que le revolvía las tripas.

Marcó de nuevo el número de Nya.

Tono.

Tono.

Nada.

Tono.

Buzón.

—Vamos, joder… —murmuró co n un dejo de rabia. El puño golpeó el volante, produciendo un golpe sordo que no alivió la tensión, sino que la amplificó.

El manos libres del coche comenzó a sonar de pronto.

Una llamada entrante.

Parra.

Aeris contestó sin soltar el volante.

—Dime.

La voz de Parra sonó cubierta por el rumor de sirenas y radios policiales.

—Estamos a cinco minutos del punto, Harper. Dos coches de patrulla y un furgón de la UDEV. ¿Cómo vas tú?

Aeris inspiró hondo, como si necesitara un sorbo extra de aire.

—A cinco kilómetros. Voy solo. No he podido contactar con Nya.

Un silencio leve, una pausa que él interpretó como la comprensión de lo grave que era aquello.

—¿Sabes si está dentro? —preguntó Parra.

—No lo sé —admitió Aeris—. Pero… si la conozco bien, ya ha entrado. Y está sola.

De nuevo el silencio. Era como si Parra estuviera masticando aquellas palabras, asumiendo la gravedad de lo que aquello implicaba. Al final, el inspector habló.

—¿Qué hacemos, Harper? No deja de ser una propiedad privada.

—Autorizo in voce la entrada y registro en la propiedad —El tono de Aeris era cortante, firme— Si llegáis antes que yo, tomad posiciones y entrad sin dudar. Cualquier retraso puede costarnos una vida. ¿Entendido?

Al otro lado, Parra chasqueó la lengua con resignación.

—¿Tú entrarás también?

Aeris apretó la mandíbula antes de responder.

—Sí. En cuanto llegue. Si no me ves fuera, asumid que estoy dentro.

Un ligero crujir se oyó, seguramente el sonido del cargador de un arma al ser revisado.

—¿Y si hay resistencia armada?

La pregunta quedó suspendida en el aire cargado de lluvia. Aeris lo sabía: Selene era cualquier cosa menos una aficionada. Era una asesina, sucia en el combate, dispuesta a todo.

—Neutralizadla. No quiero heroísmos, Parra. Pero tampoco quiero un parte de cadáveres —El corazón se le estrujó al soltar esas palabras. Había rastros de temor y rabia mezclados.

—Entendido —susurró Parra— ¿algo más?

Aeris dudó un segundo. Sentía una pulsación sorda en las sienes, el retumbar de la adrenalina exigiendo decisiones.

—Sí. Si algo sale mal… ve a por ella. No por el protocolo, sino por mí.

La línea se quedó muda unos instantes, como si Parra necesitara un sorbo de aire. Al fin, la voz del inspector fue baja, cargada de camaradería y promesa.

—Vamos a sacarla viva, Harper. Palabra de poli viejo.

El teléfono se quedó en silencio. Aeris colgó con el volante, apretando los labios en una línea de pura tensión.

El coche continuaba devorando metros en la carretera, y la lluvia se había convertido en un cortinón denso que golpeaba los cristales sin tregua.

El crepitar del agua contra la chapa se mezclaba con los rugidos del motor, componiendo un panorama tan negro como la incertidumbre que llevaba en el alma.

En su cabeza, mil imágenes giraban como una danza macabra: Nya arrastrándose por un pasillo oscuro, Selene al acecho con un cuchillo, el eco del llanto en un hospital abandonado. Y la posibilidad de no llegar a tiempo. De hallarla ya muerta o peor, secuestrada, mutilada…

Su imaginación no le concedía descanso.

Golpeó el volante otra vez, con un gruñido de pura rabia.

—Mierda… —susurró, aumentando la velocidad.

Los limpiaparabrisas seguían con su mantra ronco, barriendo la tormenta hacia los lados. Ahora solo quedaba su preocupación, agrietándole el pecho.

Porque Nya había sido todo lo contrario a una imprudente desde que la conoció, y sin embargo, se había metido en ese infierno por culpa de un cuento retorcido.

Un anzuelo mortal con el que pretendía pescar a su gemela psicópata.

Aeris comprendía la rabia de Nya, pero no podía evitar sentir una punzada de reproche: ¿Por qué tuvo que hacerlo sola?

Podrían haber montado un operativo, algo más preparado. Pero no… tenía que actuar por impulso.

Un rayo iluminó el cielo, partiendo las nubes en un relámpago blanquecino que reveló la silueta ominosa de la clínica a lo lejos.

Las ruinas se alzaban como un bloque fantasmagórico, amurallado por andamios oxidados y un portón derruido.

Un lugar maldito, si es que algo en aquel mundo podía llevar ese adjetivo.

Aeris parpadeó, tragándose un nudo amargo.

—Solo una bala… —musitó, casi sin darse cuenta, recordando su propia arma en la guantera.

Hacía años que no la usaba. Por circunstancias del pasado, se había sacado una licencia de armas, para protegerse.

Y en aquel momento, sabía que podría necesitarla si Selene no se rendía.

El mero pensamiento de disparar a matar le revolvía las entrañas, pero prefería eso antes que ver a Nya en una bolsa.

Pisó el acelerador, sintiendo el tirón del motor. La carretera se estrechaba y la señal de la salida parpadeó entre la niebla y el agua. Estaba a segundos de torcer hacia la oscuridad definitiva. El corazón bombeaba con fuerza, un compás frenético que se fundía con el repiqueteo de la lluvia.

En la distancia, las luces de dos o tres coches policiales delinearon el horizonte con fogonazos azules, apenas visibles entre la cortina de agua.

Parra debía andar cerca, cumpliendo su palabra de «poli viejo».

Aeris contuvo un escalofrío. Todos aquella noche, estaban jugándose la vida.

Y también sabía que, en cierto modo, ninguno saldría ileso de esa pesadilla.

El volante tembló bajo sus manos cuando tomó la curva final, y los neumáticos patinaron sobre un charco enorme.

Un latido de pánico cruzó su pecho, pero controló el derrape con un volantazo certero.

Respiró con fuerza, obligándose a mantener la mente fría.

No podía quedarse a medio camino. Nya dependía de él…

y de sí misma. Esperaba que no le fallara su instinto.

A lo lejos, las ruinas de la «Clínica Cielo» se levantaban con forma de monstruo petrificado, una estructura derruida que, sin embargo, seguía respirando muerte.

Aeris reconoció la silueta del cartel medio arrancado, los ventanales que parecían cuencas de cráneos.

El corazón se le encogió de nuevo, una punzada de rabia y terror.

—Aguanta, joder… aguanta… —susurró al volante, como si Nya pudiera oírle.

En su interior, la tormenta personal era aún más violenta que la del cielo. No sabía por qué, pero la idea de perderla era como un abismo sin retorno. Podría llamarlo protección, lo que fuera, pero la raíz era la misma: no iba a permitir que Nya muriese allí.

El coche aceleró, tragándose el último tramo de autovía.

La lluvia azotaba la chapa como una manada de bestias enloquecidas.

Las luces se reflejaban en los charcos, devolviendo destellos inciertos.

A cada golpe de limpiaparabrisas, el escenario parecía más cercano.

Y con él, la promesa de un desenlace que no podía postergarse más.

Aeris tragó saliva, notando el sabor metálico del miedo en la boca.

Recordó las palabras de Parra.

« Vamos a sacarla viva, Harper. Palabra de poli viejo »

Se aferró a esa promesa como el último clavo ardiente de su cordura.

En apenas un par de minutos, aparcaría frente a las rejas medio caídas. Sacaría su arma, se adentraría en ese laberinto de sombras y rezaría por hallarla con vida. Rezaría por llegar a tiempo.

Y si el infierno se abría ante él, lo cruzaría sin pestañear.

La autovía se fusionó con un camino secundario, y la clínica quedó justo enfrente, enmarcada por un relámpago que rasgó la penumbra. Un escalofrío final le recorrió la columna.

—Nya… —susurró, con la garganta seca— Aguanta.

Porque él iba a pelear con todo lo que tenía, aunque la vida le fuera en ello.

El coche rugió, engullendo los últimos metros entre zarpazos de lluvia y el latido feroz de un motor que parecía compartir la misma furia.

Ante sus ojos, la ruina maldita de la «Clínica Cielo» se levantaba como un gigante decrépito.

Y al cruzar la valla medio abatida, Aeris supo con certeza que el silencio que le acompañaba… estaba a punto de hacerse pedazos.