Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

El umbral al infierno

L a tarde agonizaba tras un manto de nubes grotescas, casi negras, como si el cielo estuviera a punto de desgarrarse.

Nya estacionó su coche en aquel solar medio vallado, donde un viejo letrero de la «Clínica Cielo» se ladeaba con letras roídas por el óxido.

Sobre el metal corroído, la tormenta naciente lanzaba relámpagos difusos, iluminando fugazmente la finca con una claridad espectral.

El viento húmedo trajo consigo un olor rancio, un perfume a podredumbre que parecía subir desde las entrañas de la tierra.

Nya dejó el motor encendido unos segundos más, observando el edificio a través del parabrisas salpicado de lluvia fina.

Ventanas rotas como cuencas vacías. Restos de cartelería vieja, arrancada por saqueadores o el paso infinito del tiempo.

El móvil vibraba con insistencia en el asiento del copiloto, marcando el nombre de Aeris con un brillo ansioso.

Ella lo ignoró, silenciando la llamada con un toque y un suspiro contenido. Había llegado su hora; y no quería poner en peligro a nadie.

Abrió la guantera y sacó una linterna de emergencias.

Le sería útil.

Salió del coche y el vendaval casi le arrancó la puerta de las manos. Sintió el frío cortante en las mejillas y el escozor de la lluvia que punzaba la piel. El cielo, encapotado, rugía en la lejanía. No podía evitar preguntarse si aquello era una locura, si verdaderamente se entregaba a la bestia.

Pero ya no había miedo.

Había rabia .

Había decisión.

—Ya basta de huir —murmuró para sí misma, y avanzó hacia el edificio con la linterna en una mano, y la otra en su bolsillo, sin soltar la navaja que llevaba con ella.

La puerta principal, una mole de metal oxidado, cedió con un gemido que recordaba al estertor de un moribundo.

Dentro, el aire era espeso, cargado de cloro rancio y una mezcla repulsiva de orina seca, moho y cuánta más suciedad.

El eco de sus pasos rebotaba en la penumbra, acompañada de un goteo insistente que caía desde algún lugar del techo derruido.

Los pasillos se alargaban como intestinos retorcidos. A ratos, el viento se colaba por las ventanas destrozadas, produciendo un aullido tétrico que hacía temblar los muros. El reflejo de su linterna en los charcos oscuros provocaba destellos fugaces, como ojos malévolos acechando en cada esquina.

En el aire flotaba una tensión tan densa que parecía hecha de cenizas.

En cada sala vacía, en cada azulejo arrancado, se adivinaban historias de dolor y sufrimiento, como si aquel lugar hubiese sido un altar a la desesperanza.

Camillas rotas, estanterías volcadas, sillones de dentista cubiertos de telarañas…

Todo era un cementerio de lo que jamás debió existir.

Y ella lo sentía en la médula.

Selene estaba cerca.

Esa certeza pesaba más que la oscuridad misma.

En un cruce de pasillos, la linterna de Nya iluminó algo que la hizo detenerse en seco: una muñeca vieja, con la cara despellejada y el torso desgarrado, yacía sobre una camilla oxidada. Tenía clavos en las cuencas oculares, y en su pecho, alguien había pintado con spray la palabra « Sister ».

A su lado, un espejo agrietado reflejaba la luz en ángulos imposibles.

Un escalofrío le heló la sangre.

El móvil, que había vuelto a encender por una ráfaga de inconsciente esperanza, vibró en su bolsillo.

Al revisarlo, comprobó un número desconocido.

No dudó en contestar.

—¿Qué…? —susurró, y su voz sonó frágil, quebrada por la tensión.

—Oh, hermanita… Te he dejado un regalo. ¿Te gusta la muñeca?

—respondió con su voz cargada de un tono burlón.

A ratos, sus palabras parecían resbalar, más reptilianas que humanas—.

Yo misma le clavé esos clavos en los ojos.

Es tan divertido escuchar cómo cruje el plástico, ¿sabes?

Aunque no es el mismo placer que al cortar la carne con un cuchillo .

Nya sintió arcadas, pero tragó saliva y sostuvo la respiración. Imaginó su delgadez huesuda, su sonrisa caníbal, su mirada demente.

—¿Dónde estás, hija de puta? —espetó Nya, endureciendo su voz.

—Estoy a tu alrededor, en todas partes… y en ninguna. ¿No lo sientes? ¿No hueles mi perfume?

La llamada se cortó con una risita seca que resonó en el auricular.

Nya apagó el móvil de un manotazo, deseando romperlo contra la pared.

Pero no.

Debía mantener la cabeza fría. Avanzó pasillo abajo, internándose más en lo que parecía un antiguo quirófano. Las puertas de doble hoja estaban desencajadas, con cristales rotos como dientes afilados.

—Selene… —murmuró, intentando templar sus nervios—. Te vas a arrepentir de todo esto.

La luz de la linterna se proyectó sobre un amplio vestíbulo lleno de escombros, donde las paredes tenían todavía rastros de azulejos y cemento que se desmoronaban en polvo fino.

Un olor penetrante a cable quemado inundaba el aire.

Fue entonces cuando vio la silueta, recortada en la penumbra.

Alta, demasiado huesuda, inclinando la cabeza con un gesto inquietante.

Selene.

—Así que al fin has llegado. Creí que me dejarías con la muñeca como única compañía —dijo la silueta, en un susurro que parecía reverberar con ecos enfermizos.

Nya avanzó hasta que la luz descubrió el rostro de Selene: pómulos marcados, labios color borgoña, y unos ojos tan abiertos que daban la sensación de no parpadear jamás. Pero lo que más la estremeció fue esa sonrisa torcida, una mueca de un placer casi orgásmico.

Era un reflejo de su rostro.

Pero también, la dicotomía de la dualidad de la mente humana.

Su gemela.

—Has decorado bien el lugar, perra —soltó Nya, con un hilo de rabia—. Te gusta jugar con sangre, con muñecas rotas… con vidas ajenas.

Selene ladeó la cabeza, como un ave carroñera inspeccionando a su presa. En su mano sostenía unos papeles arrugados, y Nya distinguió el membrete de la Clínica Bilbao. El informe que le marcó el camino a Nya.

—No sabes cuánto he esperado este momento, hermanita.

Hubiera dado todo lo que tengo por ver tu cara cuando descubriste que mi odio no es tu mayor temor…

sino lo que he hecho para llegar aquí —Selene se lamió los labios, con un breve temblor que delataba su excitación—.

He matado tantas veces pensando en ti, en destrozarte…

Y ahora, por fin, puedo saborear cada uno de tus latidos.

Cerca de la pared, un charco de agua sucia reflejaba el fluorescente parpadeante, que creaba sombras danzantes.

Nya tragó saliva.

Sintió nauseas, pero no retrocedió.

—Estás enferma… —susurró, sin apartar la linterna del rostro de Selene—. Crees que me vas a quebrar con tu teatro. Pero te equivocas conmigo.

Selene arqueó las cejas con un deje de diversión macabra.

—¿De veras? ¿Y qué harás? ¿Morderme? —Se llevó una mano a la cabeza y rio, con un sonido hueco que resonó por los pasillos—. Oh, cariño… soy todo hueso y veneno. No hay dónde clavar los dientes. Soy la parte de ti que nunca quisiste aceptar. La que ama el dolor.

Nya dio un paso más, acortando la distancia entre ambas. El olor a cloro y putrefacción se mezclaba con un ligero rastro de perfume barato que emanaba de Selene. Era asqueroso y, a la vez, provocaba escalofríos de alerta.

—No me hables de dolor. Hace tiempo que lo conozco, Selene —Sus labios se curvaron en un atisbo de sonrisa.

Algo en su interior había reventado, como una presa cediendo—.

Te crees la depredadora, pero has subestimado todo lo que soy capaz de hacer para acabar contigo.

Llegaste a romperme, lo admito. Me convertiste en tu juguete psicológico.

Pero esa época murió. Y tú también morirás esta noche.

Selene inclinó la cabeza hacia atrás, con una risita que parecía más un jadeo. Acto seguido, le mostró a Nya el historial clínico que blandía en la mano.

—¿Lo ves? Esta es la ficha donde consta tu epilepsia. Donde se describe cada gota de tu debilidad. Revisé cada página, toqué cada herida. ¿Te imaginas el poder que eso me dio?

—¿El poder de creer que me controlabas? Patético —escupió Nya.

Por un segundo, pareció que Selene iba a abalanzarse.

Se irguió con brusquedad, los ojos inyectados de furia, mostrando un tic nervioso en la comisura de la boca.

El ambiente se cargó con un escalofrío eléctrico, como antes de una tormenta.

Se oyeron crujir unas vigas en el piso superior, y la luz titilante del fluorescente pareció enfermar aún más la escena.

De pronto, Nya respiró hondo, recordando el momento en que lo supo todo, y su mente viajó momentáneamente al pasado. Una parte de ella que Selene conocía de oídas…, pero que no había visto en vivo. La miró con un brillo helado en la mirada, y con voz seca le soltó.

—Arrodíllate y pide permiso para respirar.

La frase quebró el aire como un latigazo.

Selene parpadeó, desconcertada, como si aquello no encajara en su guion de locura. Un segundo de silencio bastó para que el poder de esas palabras retorciera la lógica de la maníaca. Era una orden, un mandato que solo un amo daría a su sumiso.

—¿Qué…? —musitó Selene, con un temblor en la voz.

Nya avanzó, dejando que la linterna revelara la determinación férrea en su rostro. La rabia, el dolor, el odio, todo concentrado en una sola llama viva. Una que no tenía miedo de mostrarse.

—¿Creías que no iba a darme cuenta? —Preguntó Nya— ¿De verdad creíste que no reconocería el nombre de la persona que me llevó esa noche a esa clínica después de aquel ataque? Puede que no recuerde lo que pasó… pero sí dónde estaba.

Selene guardaba silencio, pero el temblor en su cuerpo le indicó a Nya que estaba tocando la cuerda precisa.

Para que el violín tocara la melodía adecuada.

—¿Creíste que seguía siendo tu víctima? Te equivocas.

He estado en un lugar donde el dolor se transforma en poder, donde la entrega se convierte en el arma más mortal.

Y si todavía tienes dudas… te lo demostraré ahora mismo.

No has sido moldeada a la perfección. Hasta la mente más perversa…

comete un error. Y tú… lo has cometido enseñándome ese informe.

Por un instante, Selene pareció perder el control de su propia expresión.

Sus labios se abrieron, la respiración se volvió pesada, casi febril.

Un atisbo de locura distinta, confundida, danzó en su mirada.

Era como si hubiera tropezado con un abismo que no esperaba encontrar.

Nya había cambiado las reglas, y eso la irritaba, la desconcertaba… pero también la excitaba.

—Vaya… —acertó a decir Selene, con un deje tembloroso—. Así que la hermanita del barro aprendió algo en las sombras…

—No tienes idea de lo que aprendí. Ni de lo que estoy dispuesta a hacerte —replicó Nya, sin apartar la mirada ni un ápice—. Así que, si quieres guerra, tendrás guerra. Y yo seré la reina de este infierno, no tú.

El viento aulló en el pasillo, removiendo papeles mojados y lanzándolos contra las paredes con un ruido sordo. El fluorescente pegó un último parpadeo, casi agonizante, y el eco del agua goteando marcó el compás de un ritual macabro que estaba a punto de empezar.

Selene recuperó su mueca de placer enloquecido. El tiempo parecía haberse congelado en aquel instante, conteniéndose en una tensión insoportable.

—Está bien, Erebos Nyght… te concedo tu danza final. Pero no esperes piedad alguna —Se relamió los labios—. Te haré gritar hasta que tu garganta se de sgarre… y luego me comeré tu corazón.

Nya no retrocedió. Apretó los puños, notando el pulso en sus sienes, caliente y lleno de rabia. Sus labios se torcieron en una sonrisa helada.

—¿De verdad crees que podrás, sumisa del infierno? Ven e inténtalo.

Ninguna de las dos pronunció una palabra más.

El espacio se llenó de un silencio que gritaba violencia.

Una brisa gélida sopló, apagando el fluorescente con un chisporroteo final y sumiendo el vestíbulo en la penumbra total, iluminado apenas por el relámpago de un trueno en el exterior.

La confrontación acababa de llegar a su cumbre, y lo siguiente sería el choque de fuerzas, el desenlace carmesí de un duelo que llevaba años gestándose en las sombras de una historia de espejos rotos.

En la distancia, la lluvia empezó a golpear con furia los muros de la clínica, retumbando como un redoble de tambores fúnebres. Y allí dentro, frente a frente, dos almas heridas decididas a matarse, listas para encender el infierno con un solo movimiento.

Y cuando el fluorescente parpadeó una última vez, Selene ya no estaba.

Nya solo podía hacer una cosa.

Sobrevivir.

Porque rendirse no era una opción.