CAPÍTULO 45
La última llamada
E l coche surcaba la noche como un proyectil contenido. La lluvia había comenzado a tamborilear con fuerza sobre el parabrisas, distorsionando el mundo exterior con reflejos sucios, luces lejanas y árboles que se retorcían como espectros en los márgenes de la carretera.
Dentro, el habitáculo estaba bañado en penumbra, iluminado solo por el salpicado intermitente del cuadro de mandos y el eco lejano de « Daylight » de Tommee Profitt y Sam Tinnesz, que Nya había puesto sin pensar.
Las manos firmes sobre el volante.
La mirada clavada en el asfalto.
Y el corazón… latiendo con ese compás perverso que solo aparece antes de enfrentarte al abismo.
Entonces sonó el móvil.
Un número oculto.
Sin vibración.
Solo el timbre, chirriante, cortando el silencio.
Nya sonrió.
Sin miedo.
Sin sorpresa.
Solo una sonrisa seca.
Sabía que llamaría.
Pulsó el manos libres del volante.
—¿Has tardado en decidirte o solo querías mantener el suspense? —dijo Nya, sin desviar los ojos de la carretera .
—Ah… —la voz llegó cargada de un tono grave, serpenteante, cálido y venenoso al mismo tiempo—.
Es maravilloso escucharte, hermanita. Aunque confieso que me gustaba más observarte en silencio.
Tenías algo… vulnerable… cuando creías estar sola.
¿Sabes lo divertido que es ver cómo dudas de tu propia cordura?
Es una lástima que lo hayas descubierto todo tan rápido.
Nya no respondió al halago disfrazado de amenaza.
Aceleró un poco más.
—Ya ves, aquí estoy. Conduciendo al infierno. Y tú al teléfono, como buena sombra. ¿Qué esperas? ¿Que me tiemblen las piernas?
Selene soltó una risa baja, gutural.
—Oh, no. Nunca he esperado eso de ti. Te respeto demasiado para creer que eres débil. Eres mi reflejo más elegante… solo que aún crees que puedes ganar.
—No soy tu reflejo —La voz de Nya se volvió filosa—. Tú eres un espejo sucio. Yo solo he venido a romperlo.
Silencio al otro lado.
Y luego, como un susurro en la nuca.
—Dices eso porque aún no entiendes que tú eres una pieza rota de mí. Una versión defectuosa que se resistió a lo que realmente es. Te crees diferente, pero solo eres… un molde mal horneado. Un experimento fallido. Yo soy la figura completa. Tú, la grieta.
Nya dejó que esas palabras se deslizasen por su oído sin penetrar.
Dominó el silencio, como solo una dominatrix sabe hacerlo.
—¿Quieres saber qué soy? Soy la puta grieta por la que va a filtrarse toda tu oscuridad. Y te voy a tragar viva, Selene.
—¿Y qué harás, Erebos? ¿Leerme otro cuento? ¿Convertirme en ficción para que no duela?
—No. Esta vez, escribiré tu final con sangre real.
Selene suspiró, como si el odio le acariciara el alma.
—Dios… eres preciosa cuando hablas así. Por eso te elegí, ¿sabes? Por eso te cuidé… tan bien. Cuando nadie más lo hacía.
Nya apretó la mandíbula.
—¿Cuidar de mí? ¿A qué te refieres, querida hermana?
—A tantas cosas… —contestó con una dulzura que helaba los huesos—.
Como aquella noche en el polígono. Estabas drogada, claro.
Yo te llevé hasta tu coche, incluso te acompañé en el asiento de atrás.
Saliste del coche como un autómata. Y cuando fuiste a tu habitación…
cuando me miraste de frente… y no sabías si eras tú o yo la que respiraba en aquel jardín.
No era tu reflejo, era yo. Y esa noche soñast e con demonios… sin saber que dormías al lado de uno.
Nya sintió un nudo en el estómago. Pero no lo dejó crecer.
—Cobarde. No tuviste los ovarios de matarme esa noche. ¿Por qué?
—No has entendido una puta mierda, hermanita. Nunca quise matarte. Quise que tú… lo hicieras por mí.
Nya tragó saliva, pero mantuvo el temple.
—¿Igual que hiciste con Ana Guerra?
Selene se rio de forma siniestra.
—Ana solo fue un ensayo para asegurarme que tú fueras perfecta.
Controlarte con esos medicamentos fue tan fácil, hermanita…
Pero tu mente todavía luchaba, así que todavía no estabas lista.
Tenía que ver cómo te quebrabas poco a poco.
Fue más bello así. Más… artístico. Como cuando me puse delante de la cámara del Conservatorio.
Querías creer que era tu reflejo. ¿Y el punto de libro?
Qué fácil fue sacarlo de tu bolso mientras dormías…
Qué poético fue aquello, ¿no? Condenarte con aquello que haces tú, con la literatura.
¿Te estremeciste? Yo sí. Y te voy a ser muy sincera, hermanita…
me resultó orgásmico verte teclear cuando escribiste en piedra la muerte del elegido para «el Reloj de Carne».
Fue apoteósico verte escribirlo como si estuvieras en trance…
en aquel instante, supe que todo el camino había merecido la pena…
Nya apretó las manos en el volante, pero el tono de su voz permaneció suave, como un látigo de terciopelo.
—¿Y Helena?
Selene chasqueó la lengua con desdén.
—Esa puta… era cabezona y perseverante… me siguió muchas veces. Intenté dejarle rastros falsos… pero se convirtió en una molestia…
—Porque encontró a Ana, ¿verdad? Iba a Sevilla a verla y por eso la desviaste a Jerez… ¿no es así?
—Eres muy lista, hermanita… pero no más que yo… que te he manipulado durante meses… aprovechando tu deficiencia…
Nya respiró hondo y sonrió de medio lado.
—¿Sabes? Esa pregunta siempre me inquietó… pero veo que ninguna mente es perfecta…
Selene chasqueó la lengua.
—Yo soy perfecta, hermanita, pero entiendo que no quieras admitirlo.
—Eres una puta psicópata narcisista con delirio de dramaturga.
—Y tú eres mi actriz principal. ¿Tienes idea de las veces que entré en tu casa?
Tu dispensador de agua… ¿nunca te preguntaste por qué algunos días te costaba recordar ciertos detalles?
Estabas bajo mi mano. Te moldeaba. Te dirigía.
Ibas a se r mi brazo ejecutor. Mi marioneta perfecta.
Tú harías el trabajo sucio y yo disfrutaría desde la butaca, y no desde la del Conservatorio.
Porque sí, Nya… no fue una alucinación. Los ojos que viste…
eran los míos, pero sois todos tan jodidamente idiotas que no veíais más allá de vuestras putas narices.
Podrías haber sido perfecta, pero solo eres… un experimento fallido.
Nya parpadeó. El corazón golpeó como un tambor en su pecho. Pero no se quebró.
—Y sin embargo… aquí estás, hablando conmigo. Sabiendo que te estoy esperando. Que ya no puedo ser tu obra. Porque soy la autora.
Silencio.
Tenso.
Punzante.
Selene habló al fin, con voz más baja, cargada de odio.
—Te crees autora… pero lo único que vas a escribir esta noche será tu epitafio.
Y Nya pegó el tiro de gracia.
—¿Y a quién le dedico el epitafio? ¿A ti? ¿O a aquel al que le ladras y das la patita?
Selene guardó silencio.
—No te oigo, hermana… ¿a quién? ¿a ti? ¿o al que te dijo que tenía la Epilepsia del Lóbulo Temporal? El que lo sabía y me lo ocultó.
Nya sonrió ante el silencio de Selene.
El camino hacia la antigua «Clínica Cielo» ya aparecía en el horizonte, perfilado por los restos de las farolas oxidadas y los muros desconchados.
—Voy a borrar tu puta existencia… —Las palabras de Selene casi podían ser masticadas.
—No lo harás… porque pienso detenerte. Y luego haré que cada uno de tus secretos arda con él.
Selene cortó la llamada.
Y el silencio volvió.
Pero ya no era vacío.
Era una cuenta atrás.
Nya aferró el volante, sintiendo el eco de sus propias palabras retumbar en su cabeza.
Y mientras la música volvía a sonar… el estribillo sonó con contundencia.
« From the daylight, runnin' from the daylight. Oh, I love it and I hate it at the same time ».
No tenía miedo. Tenía fuego.
Sabía que ella era el cebo…
Pero también sabía que el cazador más letal es aquel que ya no tiene nada que perder.
A lo lejos, la silueta podrida de la «Clínica Cielo» se alzaba como una catedral del horror.
La última historia ya empezaba a escribirse.
La tinta… era la sangre.
Y esta vez, las palabras no firmarían un cuento.
Firmarían un cadáver.