Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

El espejo roto

E l despacho de Aeris Harper olía a café rancio, papel y tóner.

El aire estaba cargado de un sopor extraño, como si el atardecer se hubiese quedado atrapado entre aquellas cuatro paredes llenas de legajos y expedientes.

A través de la ventana se filtraba una luz amarillenta y sucia; las nubes grises, cargadas de tormenta, se amontonaban sobre la ciudad con la promesa de una noche oscura.

Aeris revisaba un auto de sobreseimiento que le habían recurrido en reforma, garabateando anotaciones en los márgenes con un bolígrafo que le temblaba entre los dedos por puro cansancio.

Hacía días que dormía mal, siempre con el pensamiento agrietado por el terror de que Selene se le adelantara y llegara hasta Nya en medio de la locura que los envolvía.

En la pantalla de su portátil, abierto frente a él, tenía varias pestañas: Adriano -el sistema de gestión de la Administración de Justicia-, los informes de Parra…

y el correo electrónico. Era su rutina: llevaba tiempo consultándolo casi de manera obsesiva, por intuición y por temor de que pudiera llegar algo nuevo.

Las últimas publicaciones de Nya, firmadas bajo aquel seudónimo, destilaban un aire ominoso, como si cada frase fuera un presagio de algo que se acercaba.

Pero hasta aquel día, no había aparecido nada nuevo.

Entendía el miedo que sentía al ver que sus letras se hacían realidad en la mente perversa de Selene.

Entonces, de pronto, apareció un correo nuevo.

« Nueva entrada en Erebos Nyght: La gemela en el espejo » .

Una nueva entrada.

El título le asaltó como un zarpazo, clavándole una punzada helada en el estómago.

Aeris sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sus pulsaciones se aceleraron sin que él pudiera evitarlo.

Con un clic, abrió el post .

—Joder… —musitó, leyendo la primera línea.

Al mismo tiempo, en otro lugar no muy lejano, Selene acababa de salir de la ducha.

El vapor se arremolinaba alrededor de su cuerpo desnudo, y unas gotas de agua le resbalaban por la piel pálida.

Se sentó frente al portátil, la toalla medio sujeta al cuello, dejando entrever la curva huesuda de sus hombros.

Tenía las uñas manchadas de sangre seca y, a su lado, una taza de café humeaba. El móvil vibró con un sonido metálico.

« Nueva entrada en Erebos Nyght: La gemela en el espejo ».

Los ojos de Selene se iluminaron con ese brillo malsano tan característico, y curvó los labios en una sonrisa torcida, casi podrida.

—Pequeña Estefanía… ¿ahora me llamas tú? —murmuró, con la voz ronca de quien ansía un juego macabro.

Hizo clic en la notificación y abrió el blog .

Sus pupilas se clavaron en el texto, devorándolo con avidez. Adoraba aquellas historias, aquellos cuentos retorcidos que parecían escritos solo para ella. Y en ellos siempre percibía un eco de desafío, una invitación subrepticia a romper la ficción y convertirla en realidad.

Cuentan que, en un lugar que no figura en los mapas, vivían dos niñas nacidas de la misma sombra. Gemelas. Pero no iguales. Porque una tenía luz en los ojos… y la otra, solo hambre.

Una de ellas aprendió a caminar entre el barro con los pies descalzos, pero nunca dejó de mirar las estrellas. La otra aprendió a morder sin tener hambre, solo por placer.

La del barro se convirtió en mujer. Se hizo fuerte. Aprendió a usar el silencio como escudo, y la palabra como daga. Pero su reflejo no desapareció. Estaba ahí. Siempre. Viéndola. Esperando.

Y cuando la del barro fue feliz, el reflejo lloró sangre.

Aeris parpadeó, recorriendo cada frase con la intuición de que se trataba de un mensaje oculto. Un escalofrío le recorrió las venas, como si, bajo cada palabra poética, se agazapara la cruda verdad de lo que estaba pasando. Nya no escribía aquello por inspiración casual.

No era un mero ejercicio de estilo.

Ni mucho menos con la que les caía encima.

—Esto no es ficción… —murmuró Aeris, sintiendo un leve temblor en el pecho— ¿Qué coño estás haciendo, Nya?

Siguió leyendo.

Un día, la mujer del barro se miró en el espejo… y ya no se vio a sí misma. Lo que vio fue a su gemela, vestida con su piel, usando su cara, respirando su aire. El reflejo quería su vida. Su voz. Su sombra. Todo.

Pero no sabía que la mujer del barro también sabía morder. Que había aprendido a usar la oscuridad como abrigo. Que, si quería jugar a ser ella… tendría que pagar el precio.

Así que le escribió un cuento. Este.

Porque sabía que lo leería. Porque sabía que, si en verdad era su reflejo… vendría.

Y cuando viniera… encontraría la puerta abierta. La última página esperándola. El escenario preparado.

Y el espejo, roto .

Aeris dejó escapar un leve jadeo.

Percibía el ardor de la adrenalina subirle por la garganta.

Nya estaba llamándola. Era un cebo, un anzuelo perfectamente diseñado para Selene. Y él entendía la desesperación y el coraje que se escondían tras esas líneas.

—¿Dónde? Dime dónde… —susurró, mirando la pantalla con la esperanza de encontrar algo más, un indicio— Puedes estar loca para hacer esto, pero no creo que seas estúpida como para hacerlo sola…

Selene no pestañeaba. Se había deslizado sobre la silla como un depredador, inclinándose hacia el portátil con la piel erizada por una excitación que olía a sangre.

Bebió un sorbo de café, sin apartar la vista de la última parte del relato.

Aquella tensión la embriagaba, sentía la sangre circularle a toda velocidad, cada músculo en vilo.

—Vaya, vaya… —repitió con un matiz de burla—. ¿Me estás llamando a tu campo de batalla?

A medida que avanzaba en la lectura, su sonrisa se hizo más oscura. Era la respuesta que esperaba.

El final no la decepcionó.

La narración concluía con un guiño inconfundible a un lugar concreto, un escenario maldito que, según habían descubierto, formaba parte de aquella red de tráfico de bebés que todavía se encontraba medio cubierta bajo el secreto cada vez más frágil.

Un lugar donde la mugre de antiguos horrores seguía impregnada en cada baldosa.

—Perfecto —Selene se levantó, dejando caer la toalla. Abrió el armario y sacó una chaqueta de cuero negra. Con movimientos pausados, la extendió sobre la cama, como si realizara un rito funerario—. Así me gusta. Que me retes. Que me incites a destruirte… Es lo que quiero…

La idea de ese juego final le generaba un placer enfermizo.

Preparó sus cosas con cuidado: un teléfono que no registraba llamadas, un cuchillo pequeño de hoja brillante, con el que había asesinado a todas y cada una de sus víctimas.

Se miró en el espejo, con el cabello aún húmedo pegado a su cuello y los ojos brillantes como brasas.

—Estás aprendiendo a morder, hermanita… Veamos si tus dientes pueden con los míos.

Aeris volvió al texto. Sus ojos se toparon con un breve párrafo final, casi como una nota a pie de página, una advertencia silenciosa. Hablaba de un lugar: « donde las paredes aún huelen a cloro, donde los techos aún tienen ecos de gritos. Donde todo empezó, y todo terminará ».

Y luego, una palabra: «Cielo».

—Clínica Cielo… —rezó en voz baja, sintiendo una punzada en el costado.

Aquella clínica, clausurada años atrás, se relacionaba con aquellos casos de recién nacidos robados que habían comenzado a desenterrar. Nya lo había encontrado en la investigación que había hecho de forma obsesiva en los últimos días.

Ahora, con aquella conexión plausible en la mano, estaba citando a Selene allí, como una batalla final en el escenario donde se forjó la mayor de sus mentiras.

—Nya, no… —soltó, sintiendo que el corazón se le encogía.

Se levantó de golpe, tirando la silla al suelo con un estrépito. El despacho se llenó del eco hueco de la madera contra el mármol .

Tanteó el bolsillo en busca del móvil.

Marcó el número de Nya con una urgencia dolorosa.

Tono.

Tono.

Nada.

Volvió a intentarlo, con los dedos temblando.

—Cógelo, Nya… cógelo…

El buzón de voz saltó tras cuatro pitidos.

Aeris se mordió los labios. Sintió la sangre en la lengua. No podía quedarse quieto. Cogió la chaqueta y las llaves del coche, salió del despacho casi llevándose por delante las mesas vacías de los funcionarios.

Mientras bajaba las escaleras con pasos frenéticos, marcó otro número.

Parra.

—¿Harper?

—Parra —espetó en cuanto escuchó la voz al otro lado—. Necesito una patrulla. ¡Ya! Localizad el coche de Nya, buscadla. Creo que se dirige a la Clínica Cielo. O lo que queda de ese lugar.

—¿Qué? ¿Qué coño está pasando, Harper?

—Ha publicado un relato… Es un anzuelo. Lo sé, estoy más que seguro. ¡Va a enfrentarse a Selene allí, en ese lugar abandonado!

—¿Y cómo lo sabes tan seguro?

—Porque conozco su forma de escribir… Cada palabra es un desafío suicida. ¡No me discutas!

Parra exhaló con frustración.

—Vale, vale. Te cubro. Pero no hagas una locura. Espera a que vayamos con la UDEV…

—¡No puedo esperar, Parra! —cortó Aeris—. Si llegamos tarde, la va a matar. ¿Lo entiendes? ¡Muévete!

Colgó con furia, corriendo hacia su coche en el aparcamiento trasero del juzgado.

El cielo sobre Jerez se ennegrecía con el presagio de lluvia.

El viento soplaba, desgarrando la tranquilidad aparente de la tarde.

Aeris echó un último vistazo al móvil, sin recibir respuesta alguna de Nya.

Una nausea gélida le atravesaba el pecho: la certeza de que ella no estaba pensando con lógica, sino con la rabia y el dolor acumulados.

Un filo que podía cortar tanto a su enemiga como a sí misma.

Mientras tanto, Selene se miraba al espejo: la chaqueta de cuero negra, unos vaqueros ajustados, botas gastadas, y un destello en los ojos que solo podían describirse como locura controlada. Se había pintado los labios de un color oscuro, casi violáceo, que contrastaba con su piel pálida.

—Muy bien, hermanita… acepto el baile —susurró, con una media sonrisa.

Tomó las llaves de su vehículo y salió de aquel piso anónimo que ocupaba. Afuera, el aire también olía a tormenta.

Selene respiró hondo, saboreando la tensión. Sabía que la esperaba un enfrentamiento.

Y eso la excitaba.

Le gustaba la sensación de tener una presa que le plantara cara.

Que no huyera.

Que la retara.

—No te decepcionaré, Erebos Nyght… —murmuró, mientras se subía al asiento del conductor— Ya eres mía.

Puso el contacto y el motor ronroneó, hambriento. Pisó el acelerador y se perdió entre las calles, llevándose consigo el presagio de la muerte al lugar donde todo estaba escrito en paredes de cloro y gritos olvidados.

En el despacho abandonado de Aeris, la pantalla del ordenador seguía mostrando el blog de Erebos Nyght. La última frase del relato parpadeaba con el cursor al final, como un latido.

Y cuando la luna alcance la cúspide del tejado… la última historia se escribirá con sangre .

El eco del pasillo devolvió un silencio plomizo que presagiaba un desenlace inminente.

Mientras tanto, en algún punto de la ciudad, Nya conducía con la mente en blanco y el corazón hecho piedra, convencida de que esta vez no habría vuelta atrás.

Y Aeris, con el miedo estrangulándole el pecho, se aferraba a la esperanza de llegar a tiempo, de evitar que aquel «cuento del espejo roto» se convirtiera en un epitafio para Nya.

Lo que venía no era solo un enfrentamiento, sino un ajuste de cuentas con el pasado.

Un duelo final entre dos sombras: la que quiere vivir… y la que solo sabe matar.

Una noche sin retorno, donde la tinta se mezcla con la sangre, y la ficción se atreve a devorar la realidad.

Y una idea en la mente de ambas.

Solo podía quedar una.

Y esta vez, el cuento no terminaba con punto final… sino con cuchillas abiertas.