Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Antes de la tormenta

Tres días después.

T arde cerrada. Niebla baja. Viento que no se decide si acariciar o desgarrar.

La luz anaranjada del atardecer apenas se filtraba por las cortinas cuando Nya encendió el portátil por quinta vez en el día.

El salón estaba en penumbra, con solo la lámpara de pie proyectando su halo cálido sobre el sofá, el café ya frío y las carpetas abiertas a su alrededor como una autopsia emocional.

El aire denso y cargado parecía susurrar que algo estaba a punto de romperse.

Había vuelto a repasar cada documento, cada prueba, cada nombre en los informes médicos que había descargado usando su certificado digital.

Llevaba horas revisando expedientes que nadie había mirado en años, buceando en la niebla burocrática de su propia historia.

Era como arrancar costras de una herida vieja que nunca terminó de cicatrizar.

Recordó la clínica que Antonio Palacios mencionó en la finca tres días atrás.

«Clínica Cielo». Había seguido su rastro, y todo encajaba.

Lo que aquella mujer le dijo en Cádiz sobre Santoro.

La ausencia de expediente de obstetricia de su madre, la ausencia de adopciones…

todo. En una clínica perdida de la mano de Dios, y que ahora estaba clausurada desde hacía años.

Tenía un lugar en ruinas, pero no le daría el origen de nada. Así que, lo guardó como un dato más.

Pero, aun así, seguía sin resolver la pregunta que la atenazaba con garras frías en el pecho.

«¿Cómo demonios sabía Selene que Nya tenía epilepsia del lóbulo temporal… incluso antes que ella mi sma?»

Se frotó la frente, con el ceño fruncido, como si intentara exprimir el recuerdo perdido que se le escurría entre los dedos.

La penumbra del salón acentuaba los contornos de su rostro cansado, dibujando sombras que le cincelaban los pómulos con dureza.

Abrió otro archivo, otro PDF olvidado, otro informe médico antiguo de su adolescencia, cuando estudiaba en Deusto.

El sonido del clic del ratón resonó en la habitación casi con eco, más fuerte de lo que debería.

Y entonces… el correo llegó.

«Clínica Privada Bilbao | Informe de Episodio Clínico»

Nya abrió el archivo casi sin pensar, por inercia.

El pitido de notificación le había acelerado el pulso, como si sus nervios estuvieran al filo de la navaja.

Sin embargo, no esperaba gran cosa: solo un documento más, otra pieza insignificante.

Mientras estudiaba en Deusto, esa era la clínica de referencia a la que iba por el seguro médico de Antonio Palacios.

Había ido varias veces por cefaleas, fruto del estrés, y recordaba que le habían hecho pruebas, pero ninguna relacionada con neurología. Pero no perdía nada por intentarlo.

Pero lo que leyó la hizo quedarse inmóvil.

El corazón le latía tan fuerte que le costó respirar. La pantalla le devolvía un reflejo pálido de su rostro, convertido en una máscara tensa.

Entre varios episodios de cefaleas que sí recordaba, encontró un informe entre los demás.

Un informe detallado, fechado con precisión. Una noche concreta, en su segundo año de carrera, cuando tuvo un episodio extraño y fue llevada a urgencias por un acompañante. El diagnóstico: «Epilepsia del lóbulo temporal».

Sintió un vuelco en el estómago.

No recordaba nada concreto de aquel episodio.

Tan solo el dolor en el pecho.

Que no podía respirar.

Dijeron que fue ansiedad.

Pero por alguna razón, su mente había bloqueado aquella noche.

La clínica se la había facturado directamente al seguro privado de su padre.

Ella nunca entendió lo ocurrido. Solo recordaba despertarse con dolor de cabeza, las pupilas dilatadas y una sensación de frío en el interior, como si le hubieran robado algo que ni siquiera sabía que tenía.

Lo de siempre, recordó, ansiedad.

Volvió a releerlo, con las manos temblando.

La luz de la pantalla iluminó las páginas del informe, donde se describía con detalle la naturaleza de su crisis, las pruebas neurológicas, la medicación inicial.

Aquel médico que la atendió lo había volcado todo en ese resumen, como si fuera el guardián de un secreto que Nya ni siquiera alcanzaba a comprender.

Y entonces, vio el detalle que le heló la sangre.

Un nombre figuraba en las observaciones del informe, en letra cursiva, como si fuera una anotación del médico que la atendió.

El nombre de la persona que la llevó aquella noche.

El aire se congeló.

Nya sintió como si el mundo girase en silencio a su alrededor. Como si todo lo que había descubierto hasta ahora no fuera más que un prólogo, un preludio a la auténtica sinfonía de horror.

No dijo nada.

No gritó.

No lloró.

Solo se quedó quieta.

Y entonces lo entendió.

Todo encajaba. Todo.

Selene no adivinó nada.

Selene lo sabía porque alguien se lo dijo.

Porque alguien la tenía vigilada desde antes.

Porque alguien movía los hilos.

Y Selene era solo la otra punta del látigo.

El portátil seguía abierto frente a ella. La barra de desplazamiento se mostraba a medias, como invitándola a pasar a la página siguiente. Pero Nya no podía apartar la vista de ese nombre. Cada letra parecía iluminar la penumbra con un resplandor malsano, como si fuera un conjuro prohibido.

Sus dedos se tensaron sobre el teclado. Un crujido se oyó en sus nudillos, un relámpago de tensión en su cuerpo.

Y entonces, una idea se abrió paso entre el dolor.

Una idea tan clara, tan brutalmente coherente, que le erizó la piel y la sacudió de la quietud en la que se hallaba.

Tenía que sacarla. Tenía que hacerla venir.

Y sabía cómo hacerlo.

No con una llamada.

No con una denuncia.

No con una orden judicial.

Con un cuento.

Con un relato.

Con una fábula de Erebos Nyght.

Selene siempre había leído sus relatos. Siempre los había entendido como señales, como mensajes entre líneas.

Ahora, iba a escribir el último.

El definitivo.

Uno que no fuera solo literatura.

Uno que fuera un duelo envuelto en papel de historia, una invitación oscura al abismo final.

Un cuento que dijera: « Sé quién eres. Sé de dónde vienes. Y si de verdad eres mi sombra, ven a apagar la luz tú misma »

Se levantó, fue hasta la estantería, cogió su cuaderno negro de notas, el que usaba para estructurar cada cuento antes de teclearlo. La penumbra del salón pareció moverse con ella, como si aquel acto fuera un ritual.

Lo abrió con las manos firmes.

Y escribió el título.

« La gemela en el espejo »

Su corazón latía con una serenidad distinta ahora.

Ya no era ansiedad.

Era decisión.

Era fuego.

Volvió al portátil.

Abrió el blog .

La cuenta de Erebos Nyght.

Tecleó con lentitud, como si cada palabra fuera una bala cargada.

Porque lo era.

Cada frase, cada metáfora, rezumaba la esencia de su historia, un guiño retorcido a los escenarios que sabía que Selene interpretaría sin dudar.

Una invitación a un lugar concreto, a un instante exacto, a un enfrentamiento que ya no podía posponerse.

Cada pulsación de la tecla era un golpe de martillo en el yunque de la venganza.

Y cuando terminó, no corrigió ni una coma.

Solo pulsó «Publicar».

La entrada apareció en pantalla con su formato habitual.

Un título. Un reloj sin agujas.

Una advertencia: « Lectores sensibles, abstenerse »

Nya se recostó en el respaldo del sillón. Cerró los ojos.

Y por primera vez en semanas, respiró hondo.

Sabía que Selene lo leería.

Sabía que acudiría.

Y sabía dónde .

Porque el escenario ya estaba elegido.

Y la medida de seguridad escrita, como una maldición en verso.

La guerra había empezado.

Y esta vez, el cuento no tendría moraleja.

Tendría cadáveres.

La lámpara de pie proyectó la última sombra sobre el salón, recortando la silueta de Nya contra la pared.

Su respiración era ahora uniforme, convertida en una suerte de calma tensa, como el filo de una cuchilla.

Pensó en Aeris, en todo lo que habían descubierto juntos, en las piezas que habían logrado encajar.

En lo cerca que estaban de la verdad y, también, de la muerte.

Un escalofrío la atravesó, pero no la detuvo.

Al contrario, la reforzó.

Había sido carne de cañón en demasiados movimientos ajenos. Ahora le tocaba mover a ella, elegir cómo y cuándo se iniciaría el último acto.

Porque si algo había aprendido de su propia oscuridad, era que un relato podía convertirse en realidad con la misma facilidad con que se pasa de la tinta a la sangre.

Cerró el portátil, pero la pantalla quedó iluminada unos segundos más, reflejando el título recién publicado.

A esa hora, en algún rincón de la ciudad, Selene ya estaría recibiendo la notificación del nuevo relato de Erebos Nyght.

Le temblarían las manos o sonreiría con un rictus enigmático al darse cuenta de lo que significaba.

La guerra había comenzado.

Y Nya, con la mirada fija en la penumbra, no pensaba retroceder.