Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 42 #2
89%

CAPÍTULO 42 #2

Aeris miró a Nya, notando su respiración acelerada. La conocía lo suficiente para saber que en su interior se libraba una guerra entre el odio y la necesidad de escapar. Palacios había destruido toda posibilidad de redención.

No quedaba nada.

—Vamos —dijo, posando una mano en el hombro de Nya .

Ella asintió, recogió los papeles que se habían desparramado y se dio la vuelta, el rostro marcadamente pálido. Salieron sin despedirse, sin mirar atrás. La puerta retumbó con un portazo que resonó por todo el pasillo como el eco final de una farsa.

Detrás, en el salón, Antonio Palacios apuró su whisky con un gesto de triunfo, aunque en su mirada se adivinaba el temblor de alguien que, al borde del abismo, prefería mostrarse inquebrantable.

El trayecto de vuelta fue un silencioso tormento.

El coche avanzaba por la carretera serpenteante, con la noche cayendo a su alrededor.

Los faros cortaban la oscuridad, y las estrellas parecían veladas por la misma nube de presagios que no había descargado aquella mañana.

Nya se aferraba al asa de la puerta, sin soltar la carpeta que guardaba contra su pecho como un escudo inútil.

Aeris echó un vistazo de reojo, pero sabía que no había palabras posibles en ese momento. La dejó con su duelo, con su rabia, con la espina de la verdad atravesada en el pecho. Cada kilómetro que pasaba, la tensión se hacía más densa, como una niebla irrespirable.

Cuando por fin llegaron a la casa, Aeris aparcó en el garaje y apagó el motor, pero Nya no se movió al instante.

Permaneció con la vista fija en un punto indefinido del salpicadero, los ojos vidriosos por unas lágrimas que se negaban a brotar.

Al cabo de un minuto eterno, salió del coche, entró en la casa y se desplomó en el sofá del salón.

Aeris cerró la puerta, sintiendo que el eco de sus pasos rebotaba en la soledad de las paredes.

—No soy su hija —murmuró Nya, con un hilo de voz—. No fui adoptada. Fui comprada.

Aeris suspiró. Llevaba todo el día sabiendo lo que significaba aquel informe genético. Pero oírlo de sus labios era peor. Era la certificación del horror.

—No eres su hija, no —replicó él, con suavidad—. Pero tampoco su propiedad. No eres un objeto que él pueda tirar o cambiar a su antojo.

Nya cerró los ojos. Las lágrimas no salían, como si un dique interno las contuviera. Sentía una punzada en el pecho, el dolor de la pérdida de un pasado que en realidad nunca tuvo.

—¿Y Selene? —alcanzó a decir—. ¿Qué pasó con ella? ¿La vendieron a otro? —El temblor en su voz era desgarrador—. ¿De qué clase de mierda vengo?

Aeris se sentó junto a ella, cauto, sin atreverse a tocarla todavía. Sabía que estaba frágil, pero también intuyó que su furia podía resurgir en cualquier momento.

—Lo único que sabemos es que Selene existe. Y que es todo lo contrario a ti. Alguien que la convirtió en lo que es —Puso una mano en el dossier que había sobre la mesita—. Y creo que… quiere ocupar un espacio que cree que le corresponde.

Nya lo miró, con los ojos llenos de una mezcla de incredulidad y dolor.

—¿Y yo? —susurró—. ¿Siempre fui… la que sobró? ¿La gemela que les salía rentable?

Aeris negó con la cabeza, con una amargura que se le clavaba en la garganta.

—No. Mereces una verdad que nunca te dieron —La miró fijamente—. Y ahora, la estás arrancando con tus propias manos. Eso es lo que cuenta.

El silencio siguiente no fue incómodo, sino denso, cargado de significados. Los dos se quedaron así, la noche avanzando tras las ventanas, las sombras proyectadas en las paredes. Fuera, un perro ladró en la distancia. La brisa fría se coló por un resquicio, haciendo temblar una cortina.

—Si Selene siempre estuvo ahí, esperando mi lugar… —repitió Nya, casi para sí misma.

Aeris apretó los puños. En su interior bullía la decisión de protegerla a toda costa, de no dejar que la red de mentiras y violencia se la tragara.

—Entonces que se prepare —dijo, su voz grave—. Porque aún no ha visto lo que eres capaz de hacer cuando sabes quién eres de verdad.

Ella alzó la mirada. En sus pupilas brilló un destello de agradecimiento.

De rabia. Y de algo parecido a la esperanza, aunque fuera un atisbo diminuto.

Comprendió que Aeris no hablaba sólo de venganza ni de justicia.

Hablaba de identidad, de la fuerza que emerge cuando alguien ya no tiene nada que perder.

Porque en ese momento, Nya sentía que todo lo que había conocido se había desmoronado.

Pero también que, sobre esas ruinas, podía levantarse por fin a sí misma, sin mentiras, sin máscaras impuestas.

La herida ardía, pero no pensaba quedarse llorando en un rincón.

Había un fuego en su interior que, de repente, se encendía con más fuerza que nunca.

La noche siguió avanzando, y con ella los fantasmas que se cernían en torno a su pasado.

Pero allí, en la casa de Aeris Harper, una puerta se había abierto.

La de la verdad desnuda, la que duele y quema, pero también libera.

Antonio Palacios podía regodearse en su cortijo de mentiras.

Selene podía seguir acechando en las sombras.

Pero Nya ya no era ni su marioneta ni su mercancía.

Ahora, era su propia dueña.

Y nada ni nadie podría arrebatarle eso.