Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

El corazón del dolor

Al día siguiente.

E l cielo plomizo encapotaba el campo como una amenaza silente.

Una manta de nubes grises cubría el horizonte, insinuando la tormenta que parecía rehusar estallar, pero cuyo peso se sentía en la atmósfera densa y cargada de electricidad estática.

El camino de grava crujía bajo las ruedas del coche mientras Aeris conducía en un silencio casi reverencial, los nudillos blancos en el volante.

Llevaba la mirada anclada en la hilera de árboles que flanqueaban la entrada, como si fueran centinelas inamovibles de un secreto ominoso.

A su lado, Nya permanecía hundida en el asiento, con el pelo alborotado cayéndole por encima de los ojos.

Sostenía una carpeta de cartón sobre las rodillas, con los dedos tensos.

Dentro aguardaban todos los documentos que apuntalaban su identidad rota: la certificación de nacimiento manipulada, el certificado del SAS que revelaba la inexistencia de expediente obstétrico de su madre, el registro de la Junta de que no aparecían adopciones a su nombre, además pantallazos y recortes de todo lo que había ido averiguando…

y, por último, el documento más devastador de todos.

El más importante.

El que Parra se había empeñado en obtener cuanto antes.

Y que recibieron de madrugada.

El resultado del estudio de genealogía inversa que Aeris había leído esa misma mañana y que confirmaba lo que sospechaban.

Ella no era hija biológica de Antonio Palacios.

No por vía biológica ni legal .

Así que solo quedaba una opción.

Había sido comprada.

Como una mercancía con nombre y apellidos.

Por eso se habían tomado su tiempo. Habían salido de casa pronto y habían decidido desayunar en una venta de carretera de camino a la Finca. Aeris sabía que Nya necesitaba mentalizarse sobre lo que iba a ocurrir.

Habían tomado un café.

En silencio.

La Finca «La Negra» apareció al final del camino como un espejismo de opulencia arrogante. En la fachada principal, en lo alto, tallado en piedra, se exhibía el escudo heráldico de la familia Palacios: la marca visual de un linaje que, según todos los indicios, se sostenía sobre cimientos podridos.

Ese era el legado de Antonio Palacios.

Mentiras.

Corrupción.

Veneno.

Y un ego superlativo.

Aeris aparcó junto a la estrada principal. Dejó el motor encendido unos segundos, hasta que Nya asintió con la cabeza. Entonces giró la llave y el silencio recayó sobre ellos. Hubo un instante de quietud, como si ninguno quisiera mover un músculo.

—¿Estás lista? —preguntó él al fin, sin apartar la vista del cortijo.

—Nunca se está lista para mirar a los demonios a la cara —murmuró ella, apretando la carpeta contra el pecho—. Pero estoy harta de que se salgan con la suya.

—¿Qué se siente al ser el verdugo de tu propio demonio? —Susurró Aeris, rememorando aquel recuerdo.

Nya giró la cabeza hacia él.

Y aquella noche volvió a su mente.

—Aeris…

Él negó con una sonrisa de medio lado.

—Cuando lo sepas… hablaremos. No antes. ¿De acuerdo?

Ella sonrió apenas, y asintió.

—Tú no me respondiste…

Aeris suspiró.

—Cuando todo esto acabe, te daré mi respuesta.

No hubo más.

Bajaron del coche y avanzaron por el empedrado hasta la puerta de madera oscura.

Nya abrió con sus llaves. Cruzaron un vestíbulo con arcos de piedra y antiguas piezas de mobiliario, de esas que rezuman historias de linajes y malas intenciones.

El suelo de baldosas artesanales devolvía el eco de sus pasos, dando la sensación de que, en aquel lugar, la memoria resonaba con demasiada fuerza.

Caminaron hacia el lujoso salón del cortijo, con sus paredes recargadas de pinturas de cacerías que parecían congeladas en el tiempo.

Un mueble bar relucía en la penumbra con botellas de whisky caro.

En un sillón orejero de cuero, sentado como un rey en su trono, se encontraba Antonio Palacios.

Sus zapatos impecables reposaban con elegancia cruzada, y sostenía una copa de licor como si fuera el cetro de su tiranía.

Su expresión era impasible, pero en sus ojos se leía el desdén y la soberbia que lo caracterizaba.

—Vaya —soltó con un deje de desgana—. Qué honor tan alto teneros aquí. Si me hubierais avisado con tiempo, habría preparado una orquesta.

Aeris sintió un ramalazo de ira, pero lo contuvo con un ligero temblor de mandíbula.

—No venimos por cortesía, Antonio.

Nya avanzó un paso y arrojó la carpeta sobre la mesita. Los papeles volaron, mostrando la partida falsa, el informe del hospital, la inexistencia de adopción… un collage de mentiras oficiales al descubierto.

—¿Me lo explicas? —preguntó, la voz tensa de rabia y de algo más peligroso: el dolor de quien descubre que su vida entera ha sido un artificio— ¿O te lo explico yo?

Antonio miró los papeles con una calma insultante. Se levantó de su sillón, despacio, ajustando el faldón de su chaqueta cara. Su porte era el de un villano de vieja escuela, de esos que se saben intocables.

O que, al menos, creen serlo.

—¿Qué esperas que te diga, Estefanía? —soltó, con desdén—. ¿Que llores en mi regazo porque has descubierto que el mundo es sucio?

—¡No me llames así! —estalló ella, con la voz quebrada—. ¡No vuelvas a llamarme como si fueras mi padre!

Antonio alzó las cejas. Su máscara de altanería parecía resquebrajarse por un instante, dando paso a una ira contenida.

—¿Y qué coño eres entonces, si no mi hija? ¿Una víctima? ¿Una mártir? —Había un deje de crueldad en su tono—. ¿O quizás una desagradecida que no sabe reconocer lo que se le ha dado?

Aeris apretó los puños. Tenía el impulso primario de lanzarse sobre él, de romperle esa pose altiva con un puñetazo.

Pero se contuvo, obligándose a respirar .

Pero Antonio Palacios no se detuvo ahí.

—Sabes lo importante que es el legado en nuestro mundo, Estefanía. Y para colmo, la mujer con la que me casé, no supo ni tan siquiera hacer lo que debía. No podía darme un hijo. Lo único que debía hacer. Perpetuar el apellido Palacios.

Y Aeris no aguantó más.

—¿Así que la solución fue comprar un bebé? —espetó, mirando de reojo a Nya.

El patriarca de los Palacios rodó los ojos con desdén.

—No fue un bebé cualquiera. Fue una operación discreta, y por supuesto, legal desde el prisma adecuado —Sonrió, como quien explica algo obvio—.

Todo tiene un precio, Harper. ¿Qué queríais que hiciéramos?

¿Que aceptáramos el escarnio público de no dejar herederos?

Yo no pensaba permitir que el apellido Palacios se extinguiera en una lápida. Así que pagué. Y punto.

Nya tragó saliva, sintiendo cómo el veneno de las palabras se le incrustaba en la garganta.

—¿Sabías que éramos gemelas? —consiguió articular, con un hilo de voz.

Antonio negó con la cabeza, una mueca de aburrimiento.

—Claro que lo sabía. ¿Crees que no nos lo dijeron? Pero no iba a cargar con dos bocas, dos problemas, dos historias… Elegí a una. La que parecía más tranquila. La que no se revolvía. —Sus ojos, de un gris sucio, se posaron en ella con frialdad—. La otra no era mi problema.

Aeris sintió un escalofrío recorrerle la espalda ante aquella confesión sin remordimientos.

—¿Qué hicieron con la otra? —se atrevió a preguntar Nya, aunque el corazón le latía con fuerza en los oídos.

Antonio se encogió de hombros, como si le hablaran de un animal abandonado.

—Seguramente la revendieron a alguien más, o la metieron en cualquier agujero.

No lo sé. No me importaba —Se sirvió una copa nueva, reluciente de whisky —.

Yo pagué por una hija, y tú deberías estar agradecida.

Te di un techo, un apellido, una educación.

Todo lo que no habrías tenido sin mí. Desde que te sostuve en mis brazos en la Clínica Cielo, adquiriste una deuda vital conmigo. Una deuda que nunca podrás pagar.

La furia de Aeris se hizo casi palpable en el ambiente. Dio un paso adelante, amenazante.

—¿Tú te estás oyendo, Antonio? ¿Te oyes?

Antonio chasqueó la lengua, con desprecio.

—Por supuesto que me oigo. Lo que pasa es que estáis atrapados en sentimentalismos baratos.

Esto siempre ha sido así. Los negocios son transacciones, y yo necesitaba un heredero, un nombre —Hizo una pausa, mirando a Nya con frialdad—.

Descuida, me informé bien. Podría haberte devuelto, como tantos otros, pero resultaste manejable. Hasta que creciste.

Las lágrimas se asomaron a los ojos de Nya, mezcla de rabia y humillación, pero se negó a dejarlas caer. Levantó el mentón.

—¿Así que no era «papá y mamá»? —escupió—. Solo era «nuestro producto estrella».

Antonio soltó una carcajada hueca.

—Te quedaba el colegio privado y la vida de lujos. ¿O acaso quieres decirme que preferirías haber crecido en un orfanato asqueroso? Deberías darme las gracias. Y no estar aquí reprochándome lo que sea que crees que tienes derecho a reprocharme.

—Tú… tú eres un maldito hijo de puta —susurró ella, con la voz rota.

—Eres una desagradecida. Eso es lo que eres. Ni se te ocurra volver aquí a pedirme explicaciones. Has descubierto la verdad, pues bien. Carga con ella.

—No tan rápido, Antonio —Aeris Harper se adelantó y puso una carpeta más sobre la mesa.

Antonio se cruzó de brazos, mirando la carpeta.

—Ilumíname, Harper —Dijo, con altanería.

—Además del estudio de genealogía inversa que encargué… y resulta, que no era tu mujer la que no podía tener hijos… el estéril eras tú, Antonio.

Y Antonio Palacios picó el anzuelo.

—¿Cómo coño sabes eso? Eso no debería aparecer en un informe así…

Aeris sonrió victorioso.

—No lo sabía, me lo acabas de confirmar tú mismo.

Nya miró a su padre, completamente horrorizada.

—La hiciste creer que no podía cumplir como esposa… ¿siendo tuya la culpa?

Antonio Palacios apretó los puños, su intención era darle un bofetón a Nya por su insolencia. Pero se detuvo. Sabía que Harper no dudaría en protegerla. Y aquello le hizo detenerse.

Por pura cobardía.

Y guardó silencio.