CAPÍTULO 41 #2
—Se llama Felipe Ruiz. Casado con la hermana de Santoro, Genoveva se llamaba.
Y —alzó la vista—, trabajó en el Registro Civil Central.
Tenía acceso a formularios y sellos oficiales.
Formularios que podrían… manipular cualquier acta de nacimiento sin dejar un rastro notorio…
O inscribir un nacimiento detrás de otro sin que nadie pregunte.
Una vez metido en la base de datos, no hay nada más que preguntar…
hasta que alguien decide hacer preguntas, como estamos haciendo nosotros.
Aeris sintió un escalofrío de furia. Era la confirmación de sus sospechas.
La prueba de que no estaban ante una chapuza de cuatro aficionados, sino frente a un sistema bien engrasado para falsificar datos necesarios para realizar adopciones ilegales, para robar bebés y venderlos o regalarlos con un barniz de legalidad.
Y, en medio de todo, estaba Nya, enganchada a los hilos de esa telaraña desde el día que vino al mundo.
—Maldita sea —murmuró entre dientes—. Es una red. ¿Cuánto tiempo han estado haciendo esto, Parra?
El inspector bajó la mirada, como si la respuesta doliera demasiado.
—Demasiado. Décadas, tal vez. Y con muchos nombres que ya no figuran en la administración. Jubilados. Muertos. Desaparecidos. Será un infierno probarlo. Pero se ve que han ido a menos… porque esos datos aparecen cada vez más difusos desde el 2003…
—Claro, desde que empezó a digitalizarse todo. Pero de alguna manera lo siguen haciendo… Estoy seguro.
Aeris se incorporó con brusquedad, empujando la silla hacia atrás.
Sentía en la boca del estómago una acidez corrosiva, mezcla de rabia y cansancio.
El sol que entraba por la ventana parecía un haz cínico, iluminando un espacio que poco tenía de luminoso.
Se pasó una mano por el pelo, intentando serenarse, pero lo único que lograba oír en su cabeza era el compás de su propia indignación.
—Abro pieza separada por posible tráfico de personas —sentenció, con un tono que a Parra le recordó al de una soga tensándose—.
Le daré traslado a Fidel. Actuaré de oficio.
No me importa quién caiga ni hasta dónde llegue esto.
Moveos, buscad lo que haga falta. Que nadie intente tapar esto, ¿entendido?
Era más que una orden judicial; era una declaración de guerra.
Aeris sabía que con ello se echaba encima la mirada escrutadora de muchos.
Tal vez de superiores, tal vez de viejos personajes que habían sabido cerrar la boca a tiempo durante años.
Pero ahora tenía la determinación escrita en cada facción de su rostro.
No iba a retroceder.
Parra asintió, leyendo la ira contenida en los ojos de Aeris.
Sabía que aquello era personal, que el juez lo hacía no sólo por honor ni por juzgar un crimen.
Lo hacía por alguien en concreto. Nya no era una simple víctima; era la pieza que había desatado la tormenta y que, de algún modo, había desnudado la calma ficticia en la que vivía Aeris Harper.
Ahora él estaba dispuesto a arrancar las raíces de la podredumbre, aunque eso significara patear un avispero que podría picarle hasta la sangre.
—Me pondré con ello de inmediato —dijo el inspector, con un suspiro que denotaba resignación y coraje a partes iguales.
El silencio posterior se cargó de una tensión casi eléctrica.
Parra abandonó el despacho, dejando a Aeris con una mezcla de euforia y temor hirviendo en sus venas.
Se sentó de nuevo, recolocando los papeles con manos temblorosas.
Pensó en la mirada de Nya, en su voz agrietada cuando hablaba de su pasado inexistente, en su perseverancia a pesar de estar al borde del abismo.
Y con ese recuerdo le ardieron las entrañas, sabiendo que la pieza separada por tráfico de personas no era solo un expediente más en su carrera.
Era la línea que marcaba un antes y un después, la frontera entre lo que siempre había sido su trabajo y lo que ahora era su batalla personal.
Estaba decidido: no permitiría que el silencio siguiera ocultando a los culpables.
Ni a quienes manipularon la identidad de Nya, ni a quienes se habían lucrado robando bebés y traficando con vidas ajenas.
Y le daba igual el tiempo que le llevase aquella instrucción.
Aunque estuviera prescrito, pero habría datos que saldrían a la luz.
Cuando llegara el puente, lo cruzaría.
Se levantó, cogió el teléfono y empezó a marcar números con decisión. Aquello no era sólo un juicio; era una guerra contra un fantasma administrativo que llevaba años oprimiendo a gente inocente.
Y Aeris Harper no iba a tolerar un minuto más de mentira.
Se lo debía.
A ellas.
A Nya…
Y a Lady Black.
Ya avanzada la noche, Aeris regresó a casa con la mandíbula tan apretada que casi le dolía al masticar saliva.
Subió las escaleras en silencio, dándole vueltas al encuentro con Parra, a la llamada que había hecho a una jueza de guardia para avisarle de la apertura formal de la nueva línea de investigación.
Cada paso resonaba en su cabeza como un latido.
Al empujar la puerta, encontró el enorme salón en penumbra.
Tan solo la luz mortecina de una lámpara de pie rasgaba las sombras.
Nya estaba de pie, junto a la ventana entreabierta, fumando un cigarro que desprendía un hilo de humo gris.
Llevaba el pelo recogido en un moño descuidado, y el contorno de sus hombros dibujaba una silueta tensa contra el reflejo nocturno de la ciudad.
El olor a tabaco recordó a Aeris noches pasadas de insomnio, interrogatorios, declaraciones que se prolongaban hasta el amanecer.
No se movió. Dejó las llaves sobre una mesita y reparó en el cúmulo de papeles esparcidos en el sofá: informes de la clínica, recortes antiguos, notas que Nya había garabateado con furia.
Ella no se giró, pero habló con un murmullo denso.
—¿Sabes qué es lo peor de un documento falso?
Aeris notó cómo su propia respiración se volvía más pesada. Rememoró las palabras de Ana Guerra, la historia de Santoro, la cara demacrada de un hombre cualquiera que seguía la corriente a una mafia de recién nacidos.
Sintió ganas de maldecirlo todo.
—Que te lo crees cuando lo necesitas —contestó, con un dejo de cansancio.
Nya asintió levemente, sin apartar la vista de la ventana, dejando caer un poco de ceniza al alféizar. Había algo en su postura que evocaba soledad y rabia contenida, como si todo su ser estuviera a punto de desmoronarse, pero siguiera de pie por pura terquedad.
—Ese testigo era un puto fantasma. Literalmente —susurró—. Una dirección que no existe, una familia que no sabe nada de él… y varios como yo que han ido preguntando lo mismo. Es demencial, Harper.
Aeris dio un par de pasos, acercándose hasta quedar a su lado, mirando hacia el exterior. La noche envolvía Jerez en un manto de luces naranjas y siluetas borrosas. Se oía de fondo el rumor de un coche pasando, quizá un coche como el de Nya, con alguien dentro que arrastraba sus propias miserias.
—Quizá todos lo somos —murmuró Aeris—. Fantasmas, quiero decir. Pero algunos estamos mejor escritos. O firmados.
Nya alzó la comisura de los labios en un amago de sonrisa, amarga, casi irónica. Dejó escapar una bocanada de humo que se fundió con el aire frío.
—Me pregunto si entre toda esta mierda… —hizo un gesto con la mano señalando los papeles— hay algún atisbo de mí, de mi verdad. O si seré siempre el retazo de un en gaño al que llamaron Estefanía Palacios.
El silencio que siguió era tan denso que cualquiera de los dos habría jurado poder tocarlo. Aeris, sin saber qué responder, alargó una mano hasta rozar con cuidado el brazo de Nya. Notó la tensión de sus músculos y la calidez de su piel.
—No vas a quedarte en un engaño. Te lo prometo —Se escuchó firme, más de lo que sentía.
Ella asintió con un leve suspiro. Dejó caer el cigarro a medio consumir en el cenicero y respiró hondo. Sus ojos buscaron los de Aeris, y en esa mirada había un cansancio tan hondo que dolía.
—Dijiste en tu mensaje al mediodía que Parra va a sacar contigo este tema adelante. Que vas a investigar las adopciones ilegales —Su voz temblaba mínimamente—. Hazlo, por favor. Destapa lo que sea. Hasta lo más repugnante. Pero que no quede en papel mojado, Aeris.
Él asintió, tragando saliva. Sabía que, en el fondo, no tenía la certeza de nada. Podía chocar con muros, con gente poderosa, con una herencia de mentiras que llevaban décadas impunes. Pero el brillo herido en los ojos de Nya era suficiente para recordarle que no había otra opción.
El reloj de la pared marcó la medianoche con un sonido seco, y ninguno se movió.
Ambos se quedaron allí, en un pequeño círculo de luz, con la ventana abierta y el humo del tabaco disipándose en la noche.
La ciudad seguía viva tras el cristal, inconsciente de la turbulencia que bullía en aquel salón.
—¿Qué te toca mañana? —Preguntó Aeris.
Nya respiró hondo y apretó los labios.
—Buscar las respuestas que me faltan… y sé que mañana esa conversación va a ser la más dolorosa de todas…
Aeris la miró fijamente.
En aquel momento, la decisión que Nya tenía en la mirada, a pesar de que sabía el dolor que conllevaba, le reveló a sí misma que era mucho más fuerte de lo que jamás admitiría.
Aunque todo aquello la estuviera destrozando por dentro. Pero su afirmación no quedó ahí.
—Sé que te dije que… era mi camino, pero…
Aeris le puso una mano en el hombro.
—Iré contigo. No pensaba dejarte sola.
Nya le miró conmovida.
—¿Lo harías?
Aeris esbozó una media sonrisa.
—No hagas preguntas estúpidas, Palacios. A estas alturas… ¿crees que te diría qu e no?
Nya sonrió aliviada.
Y, pese a todo, ellos sabían que, cuanto más avanzaban, más honda sería la caída.
No había vuelta atrás. Ni para Aeris, que se resistía a abandonar la búsqueda de la verdad por un asunto personal.
Ni para Nya, que tenía demasiado miedo como para detenerse, pero aún más pavor a seguir descubriendo que su vida entera no era más que un documento falsificado.