CAPÍTULO 41
La pieza falsa
Al día siguiente.
L a avenida Ana de Viya en Cádiz era un corredor de tráfico interminable a aquellas horas de la mañana, justo enfrente del Hospital Universitario Puerta del Mar.
Era un lugar donde el trasiego de ambulancias, coches particulares y los clásicos autobuses «Comes» se mezclaba con el ir y venir de peatones, la mayoría trabajadores del hospital o pacientes con semblante cansado.
Sin embargo, en medio de aquel ajetreo cotidiano, el barrio mantenía un matiz taciturno, casi gris, como si la luz del sol no terminara de cuajar en esas fachadas veteranas.
Hacía un rato que Nya había dejado atrás la parte más concurrida de la avenida y se internaba en calles aledañas, más estrechas y llenas de bloques de viviendas de aspecto desgastado.
Alrededor, el murmullo del tráfico se mezclaba con el olor de los autobuses que pasaban traqueteando y con un leve aroma a salitre que flotaba desde el Atlántico.
Cuando llegó a la calle Trille, no podía dejar de pensar en la conversación que había tenido con Aeris la noche anterior.
Seguía retumbando en su cabeza, como un estribillo amargo que nadie quiere tararear, pero al que todos, de un modo u otro, acababan sucumbiendo.
Le pareció irónico que, a solo unos metros, los enfermos del hospital depositaran su fe en tratamientos y diagnósticos, mientras ella, a unos bloques de distancia, buscaba algo que diera sentido a su propia existencia.
El edificio que figuraba en la dirección no estaba a la vista de la avenida principal; tuvo que desviarse por una callejuela donde las aceras se estrechaban y los coches aparcados parecían enormes bultos sin orden.
El ambiente era distinto al de la zona hospitalaria: menos gente, menos ruido, un silencio tenso que a veces se rompía con la risa lejana de un niño o el ladrido furioso de un perro al otro lado de una ventana.
Aparcó a la carrera en un hueco mal resuelto, justo al lado de unos contenedores que despedían un olor dulzón y áspero, mezcla de podredumbre y detergente barato.
Al mirar hacia la fachada del bloque, notó que la pintura estaba gastada, con grafitis borrosos y desconchones que dejaban ver el cemento.
Podía imaginar la humedad arraigada en aquellos muros, igual que la ponzoña que se había enquistado en los documentos de su nacimiento.
Bajó del coche con un nudo en el estómago.
Sentía la piel de la nuca erizada, como si alguien la vigilara desde cualquier ventana.
La gente que pasaba por allí -pocos, en realidad- la miraban con curiosidad, quizá porque no tenía el aspecto de quien vive en ese barrio.
O tal vez porque le notaban la expresión demacrada, la ansiedad en los ojos.
« Calle Trille, número 32, 2-B », leyó en voz baja, comprobando las notas que llevaba en una libreta improvisada.
Se acercó a la puerta del portal, un armazón de metal pintado de verde que chirriaba al empujarlo.
El portal apestaba a humedad y a lejía, y había restos de flyers arrancados de las paredes, como si alguien se hubiera ocupado de eliminar la propaganda que a veces engulle los portales descuidados.
Subió dos tramos de escaleras con el pecho oprimido, como si en lugar de ascender por un edificio estuviera bajando a un sótano lleno de secretos.
Al llegar al 2-B, la puerta -recién pintada de un color indefinible entre marrón y borgoña-, se alzaba silenciosa, indiferente a su presencia.
Tocó con los nudillos. Escuchó pasos, un arrastre, y luego el giro del pestillo.
La mujer que apareció tras el umbral tenía el cabello ceniciento y las cejas fruncidas en gesto de sospecha. Notaba en su rostro el peso de los años y una extraña mezcla de recelo y cansancio.
—¿Sí?
Nya tragó saliva, sintiendo un leve temblor en sus manos. Lo disimuló guardándolas en los bolsillos de la chaqueta.
—Buenos días… Discúlpeme si la molesto, señora. Busco al señor Manuel Santoro. Tenía entendido que vivía aquí.
La mujer ladeó la cabeza con un chispazo de fastidio en la mirada, como si ya hubiera repetido ese diálogo demasiadas veces.
—¿Santoro, dices? Aquí no hay ningún Santoro. Esta casa fue de mi difunto marido, y no, no se llamaba así. Pero no eres la primera que pregunta por él. Cada cierto tiempo, viene gente con la misma cantinela.
Aquello le cayó a Nya como un puñetazo en la boca del estómago. Había esperado poco, pero deseaba, al menos, algo de claridad, aunque fuera una mínima pista. Tragó saliva e intentó forzar una sonrisa amable, pero sentía la garganta seca como papel.
—¿No sabe nada más? Necesito… —Se interrumpió, notando cómo sus cuerdas vocales se resistían—. Es importante.
La señora dejó el trapo de cocina que llevaba y suspiró. Tenía las manos enrojecidas por el agua caliente o por algún trabajo duro. Parecía querer cortar la conversación cuanto antes.
—Ni idea, hija. Solo sé que hace mucho venían cartas con ese nombre. Correo certificado, a veces. Mi marido las devolvió, o las tiró, a saber. Escuché en su día que ese Santoro estuvo metido en una clínica que cerraron por… no sé, líos con embarazos. Pero de eso hace años. Lo siento.
No hubo más palabras.
La mujer cerró con un golpe seco, y Nya se quedó allí, sintiendo que la angustia le apretaba el pecho.
« No eres la primera que pregunta », retumbó en su cabeza.
¿Quién más andaba tras aquel hombre -o aquel nombre, porque empezaba a creer que Santoro era más un espectro que una persona real- invisible?
Y lo peor: ¿hasta qué punto este fantasma era responsable de la farsa que envolvía su nacimiento?
Bajó los escalones como un autómata, percibiendo el eco de sus pasos en la penumbra del bloque.
Al salir a la calle, el murmullo de la ciudad volvió a golpearla, pero ya no estaba en la zona del hospital, con su trasiego incesante de ambulancias y personal sanitario.
Aquella parte de la calle Trille parecía un lugar ajeno al bullicio.
El hospital quedaba a unos metros, omnipresente y a la vez lejano, como una isla de luces en mitad de una ciudad herida.
No tenía nada más que hacer allí.
Se subió a su coche, cerró la puerta con un golpe fuerte y se quedó allí, mirando el volante.
Sentía el corazón latiendo con tanta fuerza que podía escucharlo en los oídos.
«Un nombre fantasma» se repitió en silencio, mascando la frustración.
«Una sombra que firma actas de nacimiento que nadie recuerda. Y no soy la primera en buscarlo…»
El semáforo de la esquina se puso en rojo, y vio a un par de personas cruzar con pasos apresurados.
Desde su posición, podía distinguir el gran letrero del Puerta del Mar, esa mole hospitalaria que absorbía la vida y la muerte de miles de personas.
En contraste, todo lo que ocurría a su alrededor estaba teñido de un matiz oscuro, como si la realidad no se redujera solo a enfermedades o tragedias clínicas, sino también a secretos, documentación falsa y preguntas sin respuesta .
Arrancó el motor, sintiendo la fuerza del vehículo bajo sus manos, y suspiró hondo para controlar la rabia y la desazón que le oprimía el pecho.
No podía quedarse allí. Tenía que seguir buscando, aunque cada paso pareciera llevarla a un callejón más retorcido.
Echó una última mirada al bloque, con sus paredes sucias y sus persianas medio rotas, y pensó en cuántos más como ella habrían subido esas escaleras, topándose con la misma indiferencia.
Luego, metió primera y aceleró.
La calle Trille quedó atrás, mientras el Hospital Puerta del Mar se elevaba a su derecha, repleto de gente ajena a lo que se cocía en los pasillos de la memoria de Nya.
La ciudad seguía su curso, ajena e impasible, mientras ella se adentraba en el siguiente capítulo de un misterio que parecía enterrado bajo capas de tinta seca y silencio institucional.
Mientras tanto, en Jerez, las oficinas del juzgado parecían más lúgubres de lo habitual.
El aire olía a café recalentado y madera vieja, y por los pasillos apenas se oía otra cosa que el repiqueteo de teclados y el susurro lejano de conversaciones urgentes.
Aquella mañana no había señalamientos, ni vistas en la sala cercana, así que el silencio era más notorio.
Aeris se había instalado en su despacho desde primera hora, revisando expedientes con las últimas notificaciones que habían preparado los funcionarios sobre peticiones de prueba de muchos letrados, con la vista fija y la mandíbula apretada, como si el mero hecho de parpadear pudiera hacerlo perder un dato importante.
Entre las carpetas desperdigadas sobre la mesa y los ficheros digitales que consultaba en su portátil, Parra entró sin llamar, con pasos indecisos, pero el rostro resuelto.
Había pasado la madrugada cruzando informes, declaraciones y actas notariales que, a primera vista, parecían inconexas.
Ahora, con unas ojeras tan profundas como la certeza de que algo turbio flotaba en aquel caso, se acercó a la silla de Aeris y dejó un fajo de documentos.
—Aquí tienes —murmuró, en voz baja—. He tirado de hilos que no deberían soltarse así como así. Encontré un nombre que aparece repetido varias veces en la época en que se falsificaban identidades. Nada de Santoro directamente, pero sí un vínculo con él.
El juez lo escuchó en silencio, pasándose una mano por la frente.
Su corazón latía con un sordo tamborileo contra sus sienes.
Hacía años que no se veía en la tesitura de un caso tan sucio, en el que todas las piezas olieran a polvo, a archivos enterrados por la burocracia, y a un entramado que parecía extenderse más allá de lo meramente legal.
—Dame un nombre —dijo Aeris, con la voz ronca de tanto mascullar dudas.
Parra se inclinó sobre uno de los papeles.