Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 40 #3
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CAPÍTULO 40 #3

Había algo casi infantil en la escena: una mujer intentando reconstruirse a sí misma con retales de tinta y papel. Pero en su mirada no había inocencia. Solo agotamiento, desesperación y esa clase de tristeza que ya no se llora porque se ha endurecido con el tiempo.

—¿Alguna novedad? —preguntó ella, sin alzar demasiado la voz. Como si la pregunta no fuera más que un trámite.

Aeris se acercó al salón y se dejó caer en uno de los sillones. Se frotó los ojos antes de hablar.

—Varias.

El tono seco bastó para que Nya se irguiera un poco. Había algo en su postura que delataba ansiedad, como si su cuerpo quisiera huir antes de oír la respuesta.

—La testigo del crimen de Asturias me ha confirmado que… la mujer que vio no eras tú. Pero tenía tu misma cara. Exactamente la misma. Solo que… con otra mirada. Más dura. Más fría.

Nya tragó saliva. Las palabras parecieron deslizarse como cuchillas por su garganta.

—¿Y cómo se llamaba? —susurró, apenas audible.

Aeris la miró fijamente. No necesitaba suavizarlo. No en ese momento.

—Selene.

La palabra quedó suspendida en el aire. Pesada. Irremediable. Y algo en el rostro de Nya cambió, como si el nombre hubiera abierto una grieta que ni ella misma sabía que existía. Bajó la vista. Se quedó quieta durante unos segundos eternos, hasta que su voz, temblorosa, emergió.

—Selene… —repitió, casi para sí misma. Como si pronunciarla fuera la única forma de hacerla real.

El silencio se volvió denso. Aeris, con el cuerpo hundido en el sillón, encendió la lámpara más cercana. La luz proyectó sombras largas sobre las paredes, y por un instante el salón pareció más pequeño, más íntimo, como si el mundo entero se hubiera contraído alrededor de ellos dos .

—¿Y tú? —preguntó él, rompiendo la quietud— ¿Has descubierto algo hoy?

Nya se pasó una mano por la frente, apartando un mechón rebelde que se le había pegado a la piel. Sus dedos estaban manchados de tinta, y tenía marcas rojas en la muñeca de tanto apoyarse en el borde del escritorio.

—He estado en Protección de Menores, en la Junta —dijo, con voz seca—.

No hay nada. Ni un expediente, ni una traza, ni siquiera un error archivado.

Es como si… nunca hubiera sido adoptada.

Y sin embargo, no hay rastro de embarazo alguno en el historial clínico de mi madre.

Ni un solo análisis. Ni una ecografía. Ni una puta visita al ginecólogo.

Aeris la escuchaba sin interrumpir, con los ojos clavados en ella, midiendo cada palabra.

—La funcionaria que me atendió —añadió Nya, con una mueca amarga—, me habló de posibles irregularidades. Documentos alterados. Casos antiguos de niños sin registro… bebés robados, Harper. Así lo dijo. Bebés robados.

La última frase se quebró al salir. No por efecto dramático, sino por puro desgaste.

Aeris se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. Sacó del bolsillo interior el informe que había traído de Sevilla y lo dejó sobre la mesa sin palabras. Nya lo miró. Reconoció el membrete oficial, las líneas escuetas, la foto grapada en una esquina.

—Ella habló de ti —dijo él al fin—. De una mujer con tu cara. Misma altura. Misma complexión. Mismo todo… salvo la mirada.

Nya no respondió. Se limitó a observar el documento con una mezcla de curiosidad y terror.

—Dijo que no eras tú, pero que podrías pasar por ella si nadie se fijara demasiado. La chica que ella conocía, se llamaba Selene. Vivieron juntas en un centro de menores en Madrid. Hace más de diez años. Tu gemela, si es que la palabra tiene sentido aquí.

El término golpeó el aire como una sentencia. Gemela. Reflejo. Sombra. Doble.

—¿Y si no soy la copia, Harper? —dijo Nya, sin levantar la mirada del informe—. ¿Y si solo soy… la que olvidaron?

Aeris sintió un escalofrío atravesarle el esternón. Esa frase le pareció más cruel que cualquier asesinato, más devastadora que cualquier certeza forense. Porque no hablaba de muerte, sino de identidad. Y no había nada más jodido que no saber quién coño eras.

—¿Y si todo este tiempo… he sido el error administrativo de una red de hijos de puta? —añadió ella, casi en un susurro— ¿Y si alguien decidió que yo valía menos que ella? ¿Y si nunca tuve una oportunidad porque nací en el lado equivocado del espejo?

Aeris no contestó. ¿Qué podía decir? ¿Qué todo iría bien? ¿Que encontrarían la verdad? Palabrería. Lo único que podía hacer era estar allí. A su lado. Y maldita sea, ni siquiera eso le parecía suficiente.

El silencio se instaló de nuevo. Pesado. Crudo. Afilado como una hoja oxidada.

La lluvia que había estado amenazando durante todo el día comenzó a caer por fin, arrastrando con ella el polvo de los tejados y el peso acumulado de todo lo no dicho.

Las gotas repiqueteaban en los cristales con un ritmo lento, casi ritual.

Afuera, la ciudad dormía. Dentro, dos personas seguían despiertas, tratando de juntar los pedazos rotos de una historia que ya no les pertenecía del todo.

Y mientras Nya seguía mirando el informe sin mover un músculo, Aeris comprendió algo que hasta ese momento no había querido aceptar.

La verdadera pregunta ya no era quién era Selene.

La verdadera pregunta era quién era Nya Palacios.