Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

—En verdad… se parece muchísimo, pero no es la misma —Tragó saliva, con un temblor en la voz que no había mostrado hasta ahora—.

Selene y yo coincidimos en un centro de menores en Madrid.

Teníamos… ¿qué? Quince, dieciséis. Era fría, cruel, tenía algo en la mirada que…

no sé describirlo. No parecía una adolescente.

Era como si tuviera algo podrido por dentro.

Como si ya hubiera vivido mil vidas, y todas ellas hubieran sido una puta guerra.

Aeris la escuchaba sin parpadear. Su cuerpo estaba inmóvil, pero su mente ardía. Cada palabra encajaba con lo que empezaba a sospechar. Cada frase era una piedra más en el muro que empezaba a separar a Nya de la mujer que, hasta ahora, había creído que la imitaba.

—¿Madrid?

—Sí… Allí nos conocimos. Yo caí por robos.

Ya sabe cómo va esto. Te falta algo dentro, y lo buscas fuera.

En las drogas, en los bolsos ajenos, en la rabia.

Selene… ella era distinta. A ella no le faltaba nada.

Le sobraba oscuridad. Decían que había estado en varias casas de acogida.

La devolvían. Siempre. Como si fuera una mercancía defe ctuosa.

Nadie quería quedarse con ella. No hablaba de su familia.

Pero tenía ese halo... como si supiera que no le hacía falta nadie.

Aeris sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Un dato más. Una grieta más en la estructura.

—¿Qué pasó después?

Ana se encogió de hombros.

—Yo salí del centro. Me fui a Oviedo, donde vivía mi familia. Intenté enderezar mi vida. Hice un curso de formación. Incluso me buscaron una psiquiatra. Parecía que todo iba mejor… hasta que Selene apareció. Como un fantasma del que no sabías si habías escapado o solo habías olvidado.

—¿Te siguió?

—No lo sé. Tal vez fue casualidad. O tal vez nunca dejó de saber dónde estaba. Apareció por allí hará casi dos años. Yo trabajaba en una cafetería. Me reconoció. Me ofreció drogas y, simplemente, volví a caer. Y para rematar, después pasó lo de la psiquiatra.

Aeris se humedeció los labios. El ambiente se espesaba como alquitrán.

—Sigue —ordenó con voz firme.

—Me hipnotizó —dijo Ana en un susurro. Como si solo ponerlo en palabras ya le diera poder a esa idea—.

No con un péndulo ni con chorradas de película.

Era algo más sucio. Más real. Me daba cosas.

No sé qué eran, pero después… no recordaba nada.

Como si la realidad se rompiera en pedazos y yo me quedara atrapada en los huecos.

Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, estaban vidriosos.

—El día que mataron a mi psiquiatra, yo debía estar allí.

Tenía cita. Pero lo único que recuerdo es que llegué a la clínica…

y luego estaba en la calle, sin saber cómo había salido.

Me habían pasado veinticuatro horas como un bostezo mal cerrado.

Y Selene me dijo que había sido yo. Que me había drogado, que la había matado. Que si hablaba… me jodería viva.

Aeris tragó saliva. Cada palabra se le incrustaba bajo la piel. El terror no era que Selene matara. El terror era que usara los cuerpos ajenos para hacerlo.

—¿Quieres decir que tú la mataste?

Ana se rió, pero fue una carcajada hueca, cansada.

—¿Qué más da? Ni yo lo sé. Tal vez sí. Tal vez no.

Tal vez fui sus manos durante un rato. Tal vez solo fui su testigo.

Lo único que sé es que me arruinó. Nadie me creyó, claro.

Solo pensaron que estaba loca o colocada.

Me diagnosticaron disociación. Encajaba con todo.

Con los antecedentes. Con el historial médico. Y a mí ya me daba igual.

Aeris sentía el estómago encogido como un puño.

—Entonces… por aclarar —mu rmuró—. Has dicho que se parecen, pero que no son la misma. ¿Son gemelas?

Ana bajó la vista, mordiéndose una uña hasta que sangró.

—Es que… si no te fijas demasiado, dirías que son la misma persona. Tienen la misma cara. Exactamente la misma. Pero hay algo que las diferencia. Algo sutil. La mirada. Esta chica de la foto tiene luz, ¿sabe? Tiene algo dentro que quiere sobrevivir. Selene no. Esa hija de puta solo quiere destruir.

Aeris guardó silencio. Selene. Ya tenía un nombre. Ya no era solo una figura espectral que se deslizaba entre cadáveres. Ya no era solo una sombra tras Nya. Era un ente con historia, con rostro, con pasado. Un espejo sucio.

Se levantó con gesto brusco. El guardia que había estado al fondo carraspeó, como si le recordara que el tiempo había terminado. Antes de marcharse, Aeris se volvió.

—Si recuerdas algo más, Ana… cualquier detalle. Avísame. Esto puede salvar vidas.

Ella no respondió. Bajó la cabeza y se frotó las manos como si intentara limpiarse de algo que no podía quitarse con agua ni jabón.

—Tenga cuidado con Selene, Juez. Está en todas partes y a la vez en ninguna.

Aeris abandonó la prisión con paso firme, pero el peso en sus hombros era más denso que el aire húmedo de la tarde. El cielo empezaba a cerrarse en nubes más oscuras, y él sentía que había cruzado una frontera invisible. Una línea que lo separaba de lo que creía saber.

Una gemela. Un pasado robado. Una asesina con el rostro de la mujer que podía llegar a amar.

Y una certeza, fría como el acero: todavía no había visto lo peor.

La noche se cernía sobre Jerez con la lentitud de una losa cuando Aeris Harper abrió la puerta de casa.

La llave giró con un clic metálico que resonó más fuerte de lo que debía, como si incluso el aire del salón estuviera en silencio, aguardando su entrada.

Se sentía agotado. No solo físicamente. Era ese tipo de cansancio que anida en la parte más honda del pecho, donde ni el sueño ni el alcohol ni el tiempo consiguen tocar.

Llevaba horas con el eco de Ana Guerra retumbándole en las sienes. Su testimonio, su voz rasgada por los años, por la cárcel, por las drogas. Y sobre todo, por el miedo. No era fácil que alguien como ella temblara al pronunciar un nombre. Pero esa mujer lo había hecho.

Selene.

Aeris colgó la chaqueta en el perchero con un gesto mecánico.

Al girarse, encontró a Nya en el salón. Estaba sentada en el suelo, rodeada de papeles, con las piernas cruzadas y la espalda ligeramente encorvada.

Tenía el ceño fruncido y el rostro iluminado solo por el haz cálido de una lámpara de mesa.

Sobre la alfombra se apilaban documentos del Archivo de Adopciones, recortes impresos sobre casos de bebés robados, subrayados en rojo furioso, esquemas a medio hacer y anotaciones garabateadas en los márgenes.