Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Voces del pasado

Al día siguiente.

E l aire de la mañana se sentía más frío de lo habitual cuando Nya salió de casa de Aeris.

Él se había marchado temprano rumbo a Sevilla, con ese gesto adusto que últimamente lo acompañaba como una segunda piel.

Habían quedado en hablar al final del día.

Palabras rutinarias, casi automáticas. Pero había algo en la forma en que Aeris la había mirado antes de cerrar la puerta -como si supiera que el día iba a herirla más de lo que estaba dispuesta a admitir-, que le retumbaba ahora en el pecho como un tambor lejano.

El cielo estaba cubierto por un manto sucio de nubes grises que no terminaban de llover ni de disiparse, como si la atmósfera compartiera la misma incertidumbre que ella.

El sol apenas asomaba, débil, cobarde. Y su respiración -entrecortada, irregular- era un eco cansado que acompañaba el rugido del motor mientras conducía en dirección contraria a la de Aeris.

Esta vez no se dirigía a un hospital, ni a un archivo. Iba a Cádiz, a la sede de la Junta de Andalucía, a ver si allí alguien podía arrojar luz sobre su pasado. Aunque en el fondo sabía que lo que iba a encontrar no era luz, sino oscuridad con forma de documento sellado.

Porque cada vez que pensaba en su origen, sentía que caminaba hacia un pozo sin fondo.

Ni siquiera la música servía de ancla esta vez.

Había intentado poner una lista aleatoria en el coche, pero la voz monótona de los cantantes y los acordes predecibles se le antojaban insultantes.

No había melodía posible que pudiera contener lo que bullía dentro de ella: una mezcla viscosa de angustia, vértigo y rabia.

Todo lo que había creído sobre sí misma estaba empezando a tambalearse. No eran solo sospechas. Eran piezas sueltas, cabos sucios y pruebas negativas que se acumulaban como ruinas sobre su identidad. Y eso dolía más que cualquier diagnóstico médico.

¿Quién era, realmente?

Aparcó en Plaza Asdrúbal, tragando saliva con un sabor metálico que no terminaba de marcharse desde que se despertó.

El edificio de la Junta se alzaba frente a ella como un mausoleo burocrático: gris, impersonal, con esa fachada de institución estatal que parece construida para recordar al ciudadano que nunca sabrá todo lo que debería saber.

Antes de cruzar la calle, se detuvo en el pequeño bar de enfrente y se compró un café para llevar, aunque sabía que no podría tomárselo sin que le revolviera el estómago. Lo usó más como escudo que como bebida. Algo caliente en las manos que le recordara que seguía aquí, que aún respiraba.

Entró en el edificio y tecleó sus datos en la máquina.

El papel del turno salió con un zumbido áspero.

El número le pareció aleatorio, como si nada tuviera ya sentido.

Dos minutos después, una voz metálica llamó su número.

Subió las escaleras con la garganta seca y los músculos tensos como alambres.

La funcionaria que la recibió tenía esa expresión neutra, casi hostil, que se adquiere tras años detrás de un mostrador.

Gesto hastiado, gafas con los cristales mal limpiados y una taza de té a medio terminar al lado del teclado.

Un detalle insignificante que a Nya le pareció insoportablemente humano.

—¿Adopción? —repitió la mujer, ajustándose las gafas en la punta de la nariz—. Dame un minuto. Déjame tu DNI.

Nya asintió y le entregó el carnet, aunque en su interior gritaba.

No quería oír la respuesta.

Pero necesitaba enfrentarla.

Como quien sabe que va a recibir una mala noticia y aun así pide que se la digan con todas las letras.

Cada segundo de espera era una tortura.

El zumbido de la impresora cercana. El tecleo monótono. Las voces lejanas de otros empleados. Todo parecía una sinfonía cruel de la cotidianidad ajena mientras el mundo interior de Nya se deshacía en silencios.

—No hay constancia de ningún proceso de adopción a tu nombre —dijo finalmente la funcionaria, sin levantar apenas la vista del monitor—. Ni abierta ni cerrada. Nada.

Nada.

Esa palabra se le clavó en la garganta.

La funcionaria alzó la vista, apenas un gesto de cortesía. Su tono tenía un deje mecánico de compasión institucionalizada.

—¿Estás segura de que fue en esta comunidad autónoma?

Nya se mordió el labio, sintiendo que cada vez que hablaba, su voz salía más débil.

—Según mi partida de nacimiento, todo ocurrió aquí —respondió, y bajó la voz casi sin querer—. Pero no hay ninguna prueba real.

Un silencio incómodo se extendió entre ambas. La funcionaria dudó un instante, como si luchara entre seguir su guion o desviarse ligeramente del protocolo.

—Mira… —dijo al final, bajando un poco el tono—.

En determinadas épocas, hubo muchas irregularidades.

Alteraciones documentales, nacimientos no registrados, certificados falsos.

Casos de bebés robados, ya sabes… gente que aparecía con un niño en brazos y documentos que decían lo que había que decir —Hizo una pausa y añadió, con cierta gravedad—.

Cosas que ahora nos parecerían impensables, pero que entonces… bueno, pasaban.

Bebés robados.

El concepto no era nuevo, pero esta vez sonó distinto.

Esta vez era personal. No era un reportaje en televisión.

Ni un caso de referencia en la facultad de Deusto.

No era una historia lejana. Era su vida, su cuerpo, su rostro, su infancia…

y quizás todo eso había sido robado a otra familia, o injertado en una que no era la suya.

Recogió la hoja que confirmaba, de forma lapidaria, lo que ya intuía: no había adopción.

No había nada.

Salió del edificio sin mirar atrás. Cruzó la calle sin pensar en los coches.

Caminó unas manzanas con paso incierto, sin rumbo, con el documento arrugándose entre sus dedos.

Por un momento sintió que le faltaba el aire.

El pecho se le encogió de tal forma que temió perder el equilibrio.

Se detuvo junto a una farola oxidada y apoyó la espalda.

Cerró los ojos.

Respiró.

¿Y si nada de su vida había sido real?

¿Y si su madre nunca había sentido sus patadas en el vientre, ni su llanto al nacer?

¿Y si su existencia había empezado con una mentira?

En ese instante no fue la mujer fuerte, inteligente, sarcástica que Aeris conocía.

Fue una niña perdida, sin raíces, sin certezas, con un documento en la mano que le decía que era invisible para el sistema.

Que no había rastro legal de su origen. Que su vida era un borrón en los registros del Estado.

Tiró el café, ya frío, en una papelera oxidada, se metió en el coche y encendió el motor. Sus manos temblaban sobre el volante, y no era por el frío. No era físico. Era algo más profundo. Algo que no podía explicarse con medicación ni diagnósticos.

Era el principio de una verdad cruel, sucia y devastadora.

Y mientras la lluvia comenzaba a tamborilear débilmente sobre el parabrisas, supo que aquel documento no era una respuesta. Era un mapa hacia un pozo aún más oscuro.

Y ella ya había empezado a caer.

Mientras tanto, en el centro penitenciario de Sevilla I, Aeris aguardaba en una sala de espera austera, sentado en una silla de plástico que crujía cada vez que se movía, bajo una luz de neón que parpadeaba con un zumbido insistente.

A su alrededor, todo olía a desinfectante barato, sudor seco y vieja miseria.

El tipo de olor que se te mete bajo la piel y te recuerda que allí, entre muros grises y puertas reforzadas, no hay redención posible.

Solo tiempo. Tiempo muerto. Tiempo que nadie quiere.

El guardia que custodiaba la sala lo miraba de reojo, como si pudiera adivinar los pensamientos que le corroían por dentro.

Aeris cruzó una pierna sobre la otra, fingiendo calma, pero en su pecho el ritmo era el de un tambor acelerado.

Estaba acostumbrado a tratar con delincuentes, con asesinos, con mentirosos profesionales.

Pero aquella cita tenía un cariz diferente.

No era solo una interna más. Era la pieza suelta de un puzzle que empezaba a perfilar una figura siniestra.

El sonido de unos pasos arrastrados le hizo levantar la mirada.

Una mujer menuda, con el pelo apagado y encrespado por la humedad, y unas ojeras tan profundas que parecían haber sido cavadas a golpes, cruzó el pasillo escoltada por otro funcionario.

Llevaba un pantalón de chándal negro y una camiseta blanca arrugada, mostrando una expresión que oscilaba entre el sarcasmo y el miedo.

En la cara de Ana Guerra se adivinaba una vida triturada por las esquinas.

Se sentó al otro lado del cristal. Aeris alzó el auricular y la observó con atención, como si tratara de desmenuzarla desde el otro lado del vidrio.

—¿Ana Guerra?

—La misma —contestó ella, con un deje de sarcasmo oxidado—. ¿Quién pregunta?

Tenía los labios agrietados y las uñas mordidas hasta la carne. Una mujer que había vivido demasiado para su edad, o quizás demasiado mal.

Aeris no respondió. Sacó del bolsillo interior de su abrigo una fotografía de Nya. La deslizó por la repisa del cristal, sosteniéndola con dos dedos.

—¿La reconoces? Se llama Estefanía.

Ana la observó. Primero con curiosidad. Luego con algo que parecía fastidio. Sus labios se curvaron en una mueca ambigua.

—Cómo ha ascendido la hija de puta… aunque parece distinta.

Aeris alzó una ceja. Había aprendido a detectar el momento exacto en que un testimonio pasaba de irrelevante a perturbador.

—¿Disculpa?

Ana ladeó la cabeza. Sus ojos, semicerrados, parecían evaluar la reacción del juez.

—¿Cómo dices que se llama ahora?

Aeris guardó la fotografía.

—¿Cómo se llama, según tú?

Ana esbozó una sonrisa torcida. Había algo en ella que olía a delirio contenido.

—Selene. Y es el demonio encarnado. Aunque… enséñame la foto otra vez.

Aeris apretó los dientes. Se obligó a mantener la compostura mientras deslizaba de nuevo la imagen hacia el cristal. Ana la miró con más detenimiento esta vez. No solo la cara. Los ojos. El gesto. El alma.