CAPÍTULO 39
Hija de nadie
Al día siguiente.
E l sol de la mañana se derramaba sobre la ciudad como un líquido espeso, creando sombras afiladas en cada esquina.
Nya se aferró a su mochila al bajar del coche frente al Hospital Universitario de Jerez de la Frontera, perteneciente al SAS, un edificio imponente donde el ir y venir de ambulancias y personal médico contrastaba con su ánimo enrarecido.
Llevaba inquieta varios días, y sus ojos delataban un cansancio emocional más que físico.
El viento arrastraba el olor a antiséptico y lejía que emanaba del hospital, mezclado con los efluvios urbanos de humo y polución. Esa mezcla aturdía, como si un extraño presagio se cerniera sobre sus pasos.
Nya inspiró hondo, recordando las palabras de Aeris.
«No hagas nada imprudente, Nya»
Ella no lo consideraba imprudencia; lo llamaba necesidad. Se envolvió en su chaqueta y cruzó las puertas automáticas, adentrándose en un mundo de luces frías y pasillos blancos donde las voces se ahogaban en un murmullo incesante.
Preguntar por la historia clínica de su madre fue sencillo, casi rutinario para la chica del mostrador.
Nya se presentó con firmeza, mostrando la documentación que la acreditaba como hija y familiar directo.
Por un instante, temió que pusieran alguna traba burocrática, pero la mujer ni siquiera se inmutó.
Había visto casos de lo más variopintos, y uno más no le iba a sorprender.
—Espere un momento, por favor —La funcionaria tecleó en su ordenador, con aire ausente.
Nya miró a su alrededor, sintiendo un escalofrío recorrerle la nuca. La sala de espera estaba plagada de gente con distintos gestos de dolor, ansiedad o resignación. Sintió un breve temblor en las piernas; era como si la rodearan un millar de historias rotas.
—Lo siento, señorita —La voz monótona de la empleada la sacó de su trance—. No tenemos ningún registro obstétrico a nombre de… —echó un vistazo a la documentación— Marta Olivares. Ni de seguimiento de embarazo, ni de parto.
Nya tardó un instante en reaccionar.
—¿Está segura? ¿Podría ser un error del sistema?
La mujer arqueó una ceja, con un deje de impaciencia.
—El sistema informático antiguo fue migrado hace años, pero si existiera algún parto o ingreso, nos saldría aquí. Si no aparece es que no estuvo registrada. Puedo imprimirle un certificado de inexistencia de historia clínica obstétrica, si lo desea.
Un certificado de inexistencia. La frase le sonó como un golpe seco en la boca del estómago. Nya asintió con un movimiento lento, sentía que cada segundo transcurrido clavaba un clavo más en su convicción. ¿Cómo demonios era posible que su madre no tuviera ni un solo rastro de embarazo?
—Muy amable, gracias —Fue lo que alcanzó a responder.
La respuesta le llegó como una bofetada mental: quizá su madre nunca había estado embarazada.
Cogió el papel impreso, con el sello de la Junta de Andalucía resaltando en el membrete, y salió del hospital en un silencio denso.
No llamó a Aeris.
No tenía fuerzas para compartir aquello por teléfono.
Se limitó a guardar el certificado en la funda de plástico y, mochila al hombro, subió a su coche. El motor rugió y se alejó del edificio, como si escapara de una escena del crimen.
Mientras tanto, en el Juzgado, Aeris se encontraba en su despacho, sumido en papeles y expedientes.
Pero lo que lo tenía absorto era la Sentencia que estaba argumentando antes de mandar a firma para que fuera notificada.
Aunque su atención no estaba del todo en ella.
Sino en todo aquel maldito caso que lo traía de cabeza.
El ruido de pasos acercándose lo alertó antes de ver la cara seria de Parra asomándose por la puerta.
—¿Tienes un minuto? —preguntó el inspector, con el ceño fruncido.
Aeris se recostó en la silla, harto del aroma de café rancio que parecía impregnar las paredes.
—¿Alguna vez lo he tenido, Parra? Suelta, a ver.
El inspector se adentró, cerrando la puerta con un clic. Se notaba el ambiente tenso entre ambos; hacía semanas que el caso se enturbiaba con giros cada vez más personales.
Alargó un sobre hacia Aeris.
—Noticias de Ana Guerra, la testigo del crimen en Asturias.
Aeris levantó la mirada en un gesto inquisitivo.
—¿Sabes dónde está?
—Sí —Parra inspiró—. Apareció fichada. Lleva un tiempo en el centro penitenciario Sevilla I. Parece que entró por —buscó la palabra— robo con violencia y un tema de drogas. Ahora está cumpliendo condena.
Aeris asintió, echando un vistazo al informe. Una foto borrosa de la mujer, con el cabello revuelto y una expresión asustada, le devolvió la mirada.
—¿Crees que nos dirá algo útil?
Parra se encogió de hombros.
—Es la única que puede darnos alguna pista de esa puta asesina. Si es que recuerda algo, aunque tampoco las tengo todas conmigo. Su historial psiquiátrico es para echarse a temblar.
Aeris respiró hondo y apretó la mandíbula.
No perdía nada por intentarlo.
—De acuerdo. Mañana mismo iré a verla a Sevilla. Sacaré un pase.
Miró la fotografía de Ana Guerra con una mezcla de recelo y esperanza. La testigo, si es que recordaba algo, podría arrojar algo de luz… o añadir más caos.
—Lo mires por donde lo mires, esto cada vez se complica más, Parra.
—Dímelo a mí, que ando con bolsas bajo los ojos —El inspector negó con la cabeza—. Descansa un poco. Mañana te espera otra pelea.
Aeris se despidió con un gesto distraído. Se sentía con la mente en llamas. ¿Cómo decirle esto Nya? Ella estaba demasiado enfrascada en su investigación personal como para llamarla en aquel momento.
Luego cuando llegara se lo contaría…
Aquello cada vez le gustaba menos.
El atardecer cayó sobre la ciudad de Jerez con un matiz ambarino, nublando el horizonte.
La casa de Aeris estaba en penumbra cuando Nya entró.
Él la esperaba sentado en el sofá, con las piernas estiradas y un expediente encima de sus rodillas.
Se veía cansado, y al verla llegar, notó algo distinto en sus ojos.
Un vacío opaco.
—¿Has ido al hospital? —preguntó sin rodeos, al percibir el aire cargado que traía consigo.
Nya soltó la mochila sobre una silla y se dejó caer a su lado, casi sin fuerzas.
—Sí. Y tras lo que encontré, me fui a indagar un poco —Extendió el documento con el sello del SAS. Aeris lo cogió, leyó las primeras líneas y notó cómo la mandíbula se le tensaba.
—No hay constancia de que tu madre haya estado embarazada. Ni siquiera de un seguimiento obstétrico básico —La frase salió como un ladrillo que se estrellaba contra la pared del silencio.
Nya asintió, tragando saliva.
—Nada. Ella juraba que todo fue un parto complejo, que terminó en cesárea, pero no hay ni un papel. Ni una prueba —Elevó la vista hacia él, buscando en su mirada algo de certeza—. Entonces, ¿qué coño significa esto?
Aeris no contestó al instante.
Odiaba no tener una respuesta lógica que ofrecer. Se removió en el sofá, apartando el expediente que tenía sobre las piernas. Era una mezcla de rabia y desconcierto. Había piezas que no encajaban ni a la fuerza.
—Significa que… hay algo extraño que quieren ocultar sobre tu nacimiento —Suspiró, pasándose una mano por el cabello—. Sea lo que sea, te han mentido.
La sombra de esa posibilidad se cernió sobre ellos, cargando el ambiente. Nya apretó los labios. Cuando habló de nuevo, su voz sonó más frágil de lo que le habría gustado.
—¿Y si… ni siquiera soy su hija biológica? —preguntó, con un temblor en la voz—. ¿Y si todo fue una farsa?
Un latido denso quedó suspendido en el aire antes de que Aeris alzara la mirada y la clavara en ella.
—Entonces… ¿de quién cojones eres? —pronunció cada palabra con cuidado, con un sabor amargo que se le quedó en la garganta.
Se produjo un instante en el que ninguno habló.
No por falta de palabras, sino porque la pregunta les golpeaba a ambos con una crudeza insospechada.
En su interior, Aeris recordaba los apuntes genéticos de Parra, esa coincidencia anómala con otro ADN.
Y a la vez, pensaba en la testigo que iba a visitar en Sevilla, preguntándose si de verdad serviría para desenterrar la verdad o para sepultarla aún más.
El silencio se hizo tan espeso que por un momento pareció tangible. Afuera, un coche pasó con la música alta, pero el eco de su motor fue tragado por la bruma nocturna.
Nya se llevó las manos a la cara, soltando el aire en un suspiro tembloroso. El impacto de aquella simple frase -« ¿de quién eres? »- resonaba en sus oídos como un martillo constante, recordándole que la identidad que siempre había creído suya podía desmoronarse en cualquier momento.
Aeris quiso estirar la mano para tocarle el hombro, ofrecerle un mínimo consuelo, pero se contuvo. El miedo a hacerse daño era recíproco; ambos caminaban sobre cristales rotos. Finalmente, se limitó a observarla, intentando transmitirle un apoyo mudo.
—Mañana voy a Sevilla —dijo él, en un murmullo—. A prisión. Parra ha localizado a Ana Guerra, la testigo del crimen de Asturias que podría hablar sobre… la asesina —Lo soltó como un anzuelo, esperando ver cómo reaccionaba Nya.
Pero ella estaba demasiado conmocionada.
—Otra pieza más de este puto rompecabezas —Cerró los ojos un instante—. Lo que daría porque todo esto fuera una maldita pesadilla.
Aeris no respondió. Se limitó a entrelazar los dedos, mirando el vacío.
«Si esto es una pesadilla, estamos atrapados juntos», pensó. Y esa certeza le dolió más que cualquier amenaza velada de la asesina.
En la penumbra de aquel salón, la pregunta sobre la verdadera identidad de Nya, su origen y la sombra que la perseguía quedó flotando en el aire, sin respuesta.
Solamente un tic tac lejano marcaba los segundos de un reloj que ambos hubieran querido parar, aunque fuera un instante, para no sentir cómo sus certezas se tambaleaban.