Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Genealogía de la duda

Tres días después.

L a luz grisácea del amanecer se filtraba por las cortinas mal corridas del salón, cubriendo el sofá con un tono plomizo que contagiaba de desaliento cada rincón de la casa.

Aeris llevaba ya un buen rato despierto, aunque no se había levantado del todo.

Sus ojos estaban fijos en el teléfono, revisando por enésima vez los mensajes que Parra había enviado hacía tres días.

No había nuevas noticias. Solo silencio durante aquel fin de semana.

Un silencio que, últimamente, era más aterrador que cualquier información.

En la habitación de al lado, escuchó cómo Nya se desperezaba. Llevaba días durmiendo en la cama de invitados. El débil sonido de pasos le confirmó que acababa de levantarse; caminaba con cuidado, como si no quisiera perturbar la frágil quietud de aquel amanecer.

Nya apareció en el salón, con gesto adormilado y el pelo revuelto cayéndole sobre el rostro. Al verla, Aeris se incorporó, dejando el teléfono a un lado.

—Buenos días… —murmuró ella, cubriéndose con la manga de la sudadera mientras un escalofrío le recorría el cuerpo.

Aeris esbozó un intento de sonrisa que no llegó a sus ojos.

Estaba demasiado cansado.

—He hablado con Parra hace un rato —soltó, sin preámbulos—. Confirma que los resultados definitivos de la genealogía inversa estarán listos en… —tanteó el aire con los dedos— …siete días, con suerte.

Nya parpadeó, algo incrédula.

—¿Siete días? Creía que esos análisis tardaban… no sé, semanas enteras. Sobre todo si buscan árboles genealógicos y ADN antiguo.

—Y no te equivocas. Es cierto —Aeris se levantó, estirándose—. Pero Parra tiene un contacto en un laboratorio privado que puede saltarse varios protocolos y acelerar el proceso. Así que, con algo de suerte, en una semana tendremos una confirmación sólida. En Salamanca, concretamente, me ha dicho.

—Mientras tanto… —susurró ella, dejando la frase inconclusa.

—Mientras tanto —continuó Aeris—, trabajaremos con lo que tenemos. Y con lo que vayamos descubriendo día a día —La miró un segundo, midiendo sus palabras—. Nada de riesgos innecesarios, Nya. No quiero que hagas nada imprudente. Todavía no tienes el cuerpo a pleno rendimiento.

—Harper… —Nya resopló suavemente.

—Escucha, sé que soy un témpano y que parece que no siento nada. Pero creo que, una parte de mí, despertó gracias a ti… así que, creo que lo justo, es que te devuelva el favor. Somos un equipo, por ahora… ¿vale?

Ella asintió con un suspiro, abrazándose a sí misma. Pero había una seguridad oculta en su mirada, la de quien está cansada de sentirse un peón sin capacidad de decisión.

El aire del exterior tenía un matiz de lluvia retenida, un presagio de tormenta que no terminaba de descargar.

Nya aparcó el coche en la explanada detrás del edificio «Índico», y caminó por cruzando hacia el juzgado por el interior del centro comercial donde, personas con su vida cotidiana, desayunaban en las cafeterías de por allí; algunas saliendo de un pequeño bazar escondido…

todo oculto en una máscara de normalidad que a ella se le presentaba como un paraíso hacia el que quería correr desesperadamente.

Pero no era posible.

Siguió caminando, sintiendo un leve temblor en las rodillas, mezcla de ansiedad y de las secuelas de su reciente hospitalización. Aún se notaba cansada cuando caminaba muy rápido, pero tenía que seguir adelante, aunque fuera con cuidado.

Si no, cualquiera escuchaba al ogro de Aeris Harper.

En su mano, llevaba un sobre con los pocos documentos personales que había podido reunir.

Sus padres nunca habían sido muy transparentes con ella en ese aspecto…

De hecho, se divorciaron cuando ella apenas tenía doce años, y salvo pocas llamadas por cortesía, apenas había tenido contacto con su madre.

Simplemente se divorció, y ni peleó la custodia por ella en el convenio de divorcio .

Recordó aquella noche.

Discutieron.

Su padre le soltó un bofetón como los luego le dio a Nya.

Ella cogió sus cosas.

Y se largó sin ella.

La dejó con el monstruo de Antonio Palacios.

No hubo explicaciones.

Hasta que murió cuando Nya estudiaba en Deusto. Y se enteró meses después.

Solo se la mencionaba por su padre cuando había que reprocharle algo a Nya, como si Marta Olivares fuera la culpable de los defectos de su hija, según la retorcida cabeza de Antonio Palacios.

Y por primera vez se percataba de lo extraño que resultaba aquello.

Subió los escalones del Juzgado, para acceder al Registro Civil. Cuando entró, miró hacia su derecha, hasta las escaleras que conducían al Juzgado de Instrucción nº2. Se preguntó qué estaría haciendo Aeris en ese momento.

Pero decidió no ir hacia él.

Lo que tenía que hacer, tenía que hacerlo sola.

Durante el trayecto, su mente era un hervidero de preguntas. «¿Quién demonios soy, en realidad? ¿Es posible que hayan manipulado mi identidad, incluso mi nacimiento? Nya… te estás volviendo demasiado paranoica. ¿Y cómo no volverme así con esta locura de caso?».

Recordaba la expresión de Aeris al hablar de la genealogía, como si temiera encontrar la pieza que cambiara todo el rompecabezas.

El pasillo que daba al registro civil, antiguo y sobrio, la recibió con un silencio sepulcral. El olor a papel y a polvo se mezclaba con el de la lejía mal enjuagada. Varias personas aguardaban su turno con semblantes aburridos. Nya tragó saliva y se acercó a la ventanilla.

—Buenos días —dijo, ofreciendo su DNI al funcionario—. Necesito la partida literal de mi nacimiento.

El empleado levantó la vista del periódico que estaba leyendo.

—¿Tiene usted cita?

«Ya empezamos…», pensó con resignación.

—Eh… no. No suelo ser asidua al Registro Civil.

El hombre la miró y se ajustó las gafas de vista. Acto seguido le señaló un cartel en la pared.

«SOLO SE ATENDERÁ CON CITA PREVIA».

Nya sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.

Cita previa .

«Soy subnormal, en todas partes van con cita previa, Nya».

Decidió cambiar de táctica.

—Ehm… a ver, es importante para mí. Solo le llevará un minuto. Le prometo que para la siguiente vendré con cita previa.

El funcionario del registro la miró sin expresión en la cara. Nya no sabía si echarse a llorar, o cargárselo por exceso de tranquilidad. Sin pensárselo mucho, giró la cabeza.

—Fernando… dame una partida de nacimiento de esta chica —Dijo, cogiendo el DNI de Nya de encima del mostrador—. Parece bastante desesperada por saber qué día nació.

«El día dice… si tú supieras, hijo».

Fernando, un hombre con el cabello graso y una mirada apagada, tecleó lentamente en su ordenador.

Parecía que cada movimiento de sus dedos fuera un acto de pura desidia.

Nya, impaciente, buscó algo en la pared que la distrajera, pero solo encontró carteles amarillentos y tristes, invitando a la población a inscribirse en algún proceso electoral pasado.

Finalmente, el funcionario sacó una carpeta y extrajo una hoja amarillenta con aspecto oficial.

Se lo dio al chico del mostrador y éste se acercó a Nya, quien parecía al borde del colapso.

—Aquí tienes —masculló, sin molestarse en ser amable.

Nya tomó el documento con sumo cuidado. El papel tenía un tono mortecino, como si hubiese sido fotocopiado demasiadas veces.

Comenzó a leer, y nada parecía fuera de lugar…

hasta que notó detalles que chirriaban: el nombre de un hospital del que apenas había referencias en internet , testigos registrados como «amigos de la familia» cuyos nombres no le sonaban de nada, y una tipografía que parecía distinta en algunos renglones, como si hubieran parcheado la información.

—Vale… ehm… una pregunta ¿existe alguna constancia digital de este hospital? —preguntó, tratando de modular el tono para no sonar acusatoria.

El hombre la miró con sus ojos acuosos y soltó una pequeña risa sin humor.

—Nunca apareció nada informatizado de ese centro. Por lo que sé, está cerrado desde hace años. ¿Algo más? Tengo gente que está esperando, con cita previa, ¿sabe?

Nya negó con un leve movimiento de cabeza, sin despegar la vista del papel. Salió del Registro con un peso en el pecho que no supo identificar del todo, pero que le confirmaba sus peores presagios: había demasiadas lagunas en su origen.

Mientras tanto, en el Juzgado, entre declaraciones y testificales ya agendadas, Aeris recibió una visita de Parra. Traía un expediente bajo el brazo, grueso y con la portada marcada por sellos oficiales.

—¿Qué traes ahí? —preguntó Aeris, mirándolo con ansiedad contenida.

—Primer informe preliminar de la genealogía inversa —dijo Parra, abriendo el dossier—.

Aún no está completo, ya lo sabes, pero…

empiezo a ver cosas raras. Aquí indican que el ADN de Nya presenta coincidencias con otro perfil no identificado.

No es un parentesco común, no se trata de una simple hermana…

o no oficialmente, al menos. Es algo distinto.

Aeris frunció el ceño, sintiendo un leve dolor de cabeza.

—¿Distinto en qué sentido?

Parra pasó las páginas y señaló un párrafo subrayado.

—Indican que ciertos marcadores genéticos, aquellos relacionados con epilepsias y cardiopatías, no coinciden con la muestra recogida en las escenas de los primeros asesinatos.

Sin embargo, la similitud del resto del perfil es altísima, casi de gemelas idénticas.

Pero no es perfecto: hay un desajuste porcentual mínimo, pero significativo.

Lo que ya sabíamos. Pero el informe preliminar nos confirma el camino trazado. Solo tenemos que esperar.

Aeris soltó un suspiro, intentando encajar la información.

—Entonces… tenemos que buscar por otra parte.

Parra asintió lentamente.

—Exacto. Mientras esperamos los resultados definitivos, ya sabes, en una semana. Pero a mí esto me huele a chamusquina.

—Pide la partida literal de nacimiento de Nya —ordenó Aeris con un tono oscuro—. Y cruza datos con las bases de adopciones o nacimientos extraoficiales. Si tenemos que remover el infierno, lo haremos.

Parra no replicó. Ambos sabían que ese camino conduciría a un lugar profundo y turbio, tal vez más de lo que jamás habrían imaginado.

La noche se cernía sobre la ciudad, tiñendo los edificios de una negrura silenciosa que solo rompían las luces trémulas de las farolas.

En la cocina, Nya sostenía aquel papel entre sus manos.

Era la partida literal de nacimiento que había recogido esa misma mañana.

Sobre la encimera, descansaba un cuaderno con varias notas escritas a toda prisa.

Junto a él, un vaso de agua medio lleno.

Todo daba la impresión de que alguien había estado tomando apuntes frenéticamente durante horas, tratando de armar un puzzle imposible.

A unos pasos de ella, Aeris se servía café de una cafetera humeante. El aroma se extendió como una caricia tenue, incapaz de endulzar la tensión latente. Nya empezó a repasar de nuevo la hoja, con la mirada clavada en esos nombres que no le decían nada.

—¿Tú también tuviste la sensación alguna vez de que alguien te construyó un pasado de mentira? —preguntó Nya, sin levantar los ojos del papel.

Aeris no respondió al instante. Conocía la pesadez de aquella pregunta. Al final, se pasó la lengua por los labios, sirviéndose café en un gesto mecánico.

—No —Se encogió de hombros, fingiendo indiferencia—. Yo me lo fabriqué solo. Es más barato.

Nya levantó la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño. No se daba por satisfecha con esa ironía a medias.

—No es broma, Harper. El hospital ni siquiera aparece en ningún registro digital. Es como si no hubiera existido, o hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Todo en mi acta de nacimiento me suena a manipulado.

Aeris dejó la taza con un leve golpe sobre la encimera, y sus ojos, reflejados en la penumbra de la estancia, mostraron un brillo preocupado.

—Entonces, quizás… —entornó la mirada— no eres la única cosa que alguien intentó esconder.

El silencio posterior se extendió como una mancha de aceite. Afuera, el rugir lejano de un coche nocturno atravesó la calle y se difuminó en la distancia. En la cocina, la única luz provenía de una bombilla tenue que proyectaba sombras alargadas en la pared.

Aeris dio un sorbo a su café y pensó en todo lo que habían descubierto ese día.

En esa partida de nacimiento con testigos fantasma, en la pista genética que apuntaba a una persona casi idéntica a Nya.

En la mirada de Parra cuando hablaba de «cosas raras», como si estuvieran ante un laberinto cuyos muros se estrechaban a cada paso.

Nya volvió a fijar la vista en el documento, acariciando el borde con los dedos. Habló casi en un susurro.

—¿Sabes lo que más miedo me da? Que, al final, tal vez descubra que yo… nunca existí como pienso. Que hay otra verdad que me haga pedazos.

Aeris cerró los ojos un segundo, sosteniendo la taza con fuerza. Entendía la desolación de Nya más de lo que habría admitido en voz alta. Pero eran demasiadas las incógnitas, y las piezas del puzzle todavía danzaban en un juego cruel de falsedades y medias verdades.

—En siete días, con un poco de suerte, podremos aclarar todo esto —dijo al fin, suavizando el tono.

Nya no respondió. No necesitaba hacerlo. En su interior, la angustia crecía como una bestia agazapada. La promesa de «siete días» se le antojaba un plazo eterno, un tiempo en el que las sombras aún podrían devorarla.

Y, entretanto, aquella noche apenas arrancaba. Afuera, un viento gélido agitaba los árboles, como si la ciudad entera presintiera que algo muy oscuro estaba por desvelarse.