CAPÍTULO 37
Secretos en la sangre
U n par de horas más tarde, Aeris y Nya seguían repasando los documentos una y otra vez.
La investigación al completo estaba tomando forma, aunque la teoría más consistente se estaba convirtiendo en una locura.
Pero era lo único a lo que podían aferrarse.
Era lo único que pudiera explicar y hacer que las piezas comenzaran a encajar poco a poco.
El timbre sonó.
—Voy yo —Aeris se levantó del sofá y caminó hacia la puerta principal de la casa.
Cuando la abrió, el mismo Parra apareció en el umbral, con un sobre bajo el brazo y una expresión de asco en el rostro. Ni siquiera dejó que Aeris lo invitara a pasar; necesitaba soltarlo cuanto antes.
—Siento venir tan de repente. Pero no podía contártelo por teléfono.
Parra miró a Nya, quien le saludó con una sonrisa de medio lado.
—Hola, Parra.
—Estefanía…
—Nya, por favor.
—Harper, dame una cerveza. Necesito algo de alcohol para procesar toda esta mierda.
Aeris chasqueó la lengua y fue a la cocina. No tardó ni dos minutos en volver al imponente salón con tres botellines de Estrella Galicia.
—¿Vas a tardar mucho en escupir lo que sea que traes?
Parra dio un trago a la cerveza y se dejó caer en el sofá, poniendo el sobre de forma contundente sobre la mesa, tapando los documentos que Aeris y Nya estaban mirando minutos antes.
—Encontramos fármacos en tu casa, Nya. «Clozapina» y «Zolpidem». Todo en dosis que podrían… no sé, desorientar a una persona durante meses —escupió Parra, con rabia contenida.
Aeris cerró los ojos un instante. Sintió que la columna vertebral se le helaba.
«Clozapina», un antipsicótico muy fuerte.
«Zolpidem», un somnífero que podía inducir lagunas mentales.
Alguien había estado drogándola de forma prolongada, justo como lo sugerían las sospechas cuando encontraron los rastros en la analítica de Nya.
—¿Dónde? —preguntó el juez, con un hilo de voz.
—En el dispensador de agua. Y en las garrafas de agua mineral que tenías en la despensa. Como si se hubieran asegurado de suministrarte dosis controladas en el agua, sin que tuvieran que meterlo diariamente.
El rostro de Nya se desencajó completamente. Todo aquello estaba siendo demasiado. Demasiado metódico. Parecía que la asesina tenía una obsesión personal demasiado marcada. Y la revelación del ADN no ayudaba en absoluto.
—¿Meses? —susurró con incredulidad.
Parra asintió.
—No es solo que quisieran hacerte creer que estabas loca. Te estaban moldeando, Nya. Controlando tu cuerpo y tu cabeza. Tú eras el campo de pruebas de alguien que quería convertirte en la principal sospechosa de estos crímenes.
Nya tembló, y Aeris la sostuvo por los hombros. Con el rostro pálido, ella murmuró.
—Entonces… todo este tiempo… nada de lo que he sentido, nada de lo que he hecho… era realmente mío.
—No todo, Nya —Aeris la ancló a la realidad sujetándola por la muñeca.
Un silencio opresivo anidó en el salón. La certeza de la manipulación se clavó en la mente de los tres. Y, por primera vez en días, la rabia en los ojos de Nya pareció sustituir a la desesperación.
—Hay más —prosiguió Parra, intentando sonar sereno—. Te he mandado un enlace con los vídeos de seguridad del café literario. Los revisé por encima, pero… mejor que lo veáis vosotros mismos.
Aeris abrió el portátil y entró en el correo electrónico.
Cuando clicó en el enlace saltó la aplicación del servidor de la Policía, reproduciendo un vídeo con calidad mediocre.
El logo de «Café Rey de Copas» en la esquina inferior le arrancó un chispazo de rabia.
Ese era el lugar en el que Nya habría estado la tarde en que mataron a Helena Ortiz .
Las imágenes mostraban a una Nya sonriente, charlando con un par de mujeres. La charla parecía distendida. Podría haber sido cualquier reunión de amantes de la lectura. Hasta que, de repente, Nya se callaba. Su rostro cambiaba, se quedaba inmóvil un par de segundos, como en un ligero trance.
Luego se levantaba de la mesa y caminaba hacia el baño, mientras una sombra -alguien fuera de plano- parecía pasar tras ella. El vídeo no captaba más que un bulto oscuro por el rabillo de la cámara.
La siguiente escena mostraba a Nya regresando, pero su mirada era distante, ajena. Parecía otra persona. Se sentó a la mesa, habló un momento, y poco después recogió sus cosas y salió.
—Fue ahí —Aeris alzó la voz. La cólera vibraba en cada sílaba—. La drogaron justo entonces o antes. Todo el mundo a su alrededor pudo creer que solo habías ido al baño… pero en realidad…
—En realidad, me convirtieron en un maldito títere —Nya terminó la frase, con los ojos humedecidos—. Y después, mientras creía que seguía en el café o volvía a casa… mi cuerpo estaba en el Polígono… con las uñas de Helena Ortiz clavándose en mi brazo.
El peso de sus palabras resonó como un disparo sordo.
—La asesina estaba cerca. Tan cerca que nadie se dio cuenta —murmuró Aeris—. Y yo… yo ni siquiera lo vi venir.
—¿Cómo coño se ve venir esto, Harper? —Dijo Parra, apurándose la cerveza.
Ambos miraron a Nya, quien permanecía en completo silencio, impasible. Pero los dos sabían que su cabeza estaba funcionando a mil por hora.
Esa noche, cuando Parra se fue, Aeris y Nya se quedaron a solas en el salón. Afuera, la ciudad guardaba un silencio espeso, roto de vez en cuando por el paso lejano de algún que otro coche. El ambiente dentro de la casa pesaba como una losa en la conciencia de ambos.
Aeris se sentó en el borde del sofá, frente a Nya, que envolvía sus propias piernas con los brazos, como si quisiera protegerse del frío que no sentía en la piel, sino en el alma.
—Parra enviará las muestras para un análisis genético más exhaustivo. Lo sabremos todo cuando terminen —La voz de Aeris tenía un tono de amargo consuelo.
Nya no contestó. Sus ojos estaban clavados en un punto indeterminado de la pared, pero su mente bullía.
¿Una gemela desconocida? ¿Una impostora?
¿Un clon? La idea de que alguien llevara su misma sangre -y su misma cara- y, sin embargo, estuviera destruyendo vidas con su nombre, la estaba carcomiendo por dentro.
—¿Y si todo esto solo ha sido un ensayo? —Aeris soltó la pregunta en voz baja, casi como un pensamiento en voz alta—. ¿Y si la verdadera obra todavía no ha comenzado…?
Nya alzó la mirada hacia él, sintiendo un vacío en el estómago. Sus labios se movieron, pero las palabras no terminaban de fluir.
—Ahora sé que hay otra persona con tu rostro, Nya. Pero no sé si comparte también tu alma… ni tus recuerdos —Aeris cerró los ojos un instante, abatido—. Solo sé que tenemos que averiguarlo antes de que dé su próximo paso.
—Me gustaría poder… hacer algo más —Murmuró Nya—. No puedo quedarme quieta.
Aeris la miró con expresión abatida.
—¿Qué quieres hacer tú? —Susurró, sosteniéndole la mirada.
Nya respiró hondo.
—Los resultados de ADN… son alarmantes, y muy concretos… quizá, si investigo sobre mi origen, podré averiguar qué coño está pasando.
Aeris asintió lentamente.
—Supongo que… cuatro ojos y dos mentes… verán mejor en la oscuridad…
Nya no dijo nada, pero fue el mejor aliento que había recibido en su vida.
El reloj de la casa marcó la medianoche con un clic sordo, y con ese ruido, pareció caer un velo final sobre el día. Entre los dos, un silencio cargado de promesas oscuras.
Porque en la sombra se movía alguien con el mismo rostro que Nya.