CAPÍTULO 36
Bajo la piel de la mentira
Tres días después.
E l sol de media tarde entraba por los ventanales como un espectro cansado, pintando la estancia con una luz tenue y dorada que apenas lograba imponerse a la penumbra del interior.
En la casa de Aeris Harper, la atmósfera era engañosamente tranquila.
Habían pasado unos días desde que Nya saliera del hospital y, a simple vista, nada parecía alterado: ningún perseguidor a la vista, ningún asesinato nuevo.
Sin embargo, la tensión se respiraba como un leve olor a humedad que se niega a desaparecer.
Todos sabían a qué esperaba la asesina.
A que Nya volviera a escribir.
Pero nadie quería decirlo en voz alta.
Aquella tarde, Aeris volvió del juzgado con el gesto cansado.
A pesar de que la investigación seguía abierta, estaba en manos de la Policía. Y él no podía postergar más las declaraciones y las actuaciones que como Juez tenía que realizar. Tenía funcionarios que cubrieran las testificales, sí, pero no quería desatender lo que pudiera hacer él mismo.
Además, necesitaba mantener la cabeza ocupada.
Se había vuelto el protector de Nya.
Gracias a Parra, había una patrulla que vigilaba su casa.
Y eso le daba cierta tranquilidad… al menos en parte.
Cuando entró por la puerta, pareció que había dejado una película en pausa desde que se había ido por la mañana.
Porque todo seguía en el mismo sitio, incluso ella .
Lo único que había cambiado era la música.
« Sound off the Sirens », de Sam Tinnesz.
Nya estaba sentada en el sofá, cubierta con una manta fina aunque hiciera calor.
Su rostro mostraba señales de cierta recuperación física.
Ya no se la veía tan pálida ni tan frágil; el temblor de sus manos se había atenuado con la medicación.
Dormía mejor, sus pulsaciones eran más regulares y, en teoría, aquella vida podía considerarse normal para cualquiera que la mirase desde fuera.
Pero Aeris la observaba con el rabillo del ojo mientras preparaba un café en la cocina. Sabía que aquella quietud no era auténtica. Porque, aunque el cuerpo de Nya se hubiese fortalecido, su mente seguía atrapada en un laberinto de preguntas y miedos.
En la mesita del salón se amontonaban hojas impresas, cuadernos y folios llenos de anotaciones caóticas.
Eran los relatos de Nya, revisados una y otra vez, con frases subrayadas y márgenes repletos de garabatos y flechas que conectaban ideas inconexas.
Además, había revisado los datos de la investigación de Helena Ortiz.
Todo lo que había en su portátil. Los meses que había dedicado a intentar encontrar al asesino de su pareja…
y murió porque se acercó demasiado. La había sorprendido alguna madrugada, a eso de las tres, rodeada de papeles y con la mirada perdida en un punto que él no alcanzaba a ver.
—Nya, no puedes pasarte el día releyendo lo mismo —le dijo Aeris en un tono calmado, intentando sonar firme.
Ella ni siquiera levantó la vista.
—Necesito saber cómo lo sabía —Fue la única respuesta que soltó, casi un murmullo.
Aeris reconocía ese matiz de obsesión: el tono de quien solo puede pensar en una cosa, la misma que la persigue incluso en sueños.
Había intentado proponerle salir a dar un paseo corto, cocinar algo juntos o, al menos, ver una película para desconectar.
No era su estilo, pero se le agotaban las ideas.
Pero en cada intento encontraba un muro, una respuesta muda de Nya que no admitía réplica.
Detrás de sus preguntas, Aeris intuía un temor mucho más profundo. Uno que palpitaba como un corazón enfermo. La sospecha de que, debajo de su piel, pudiera existir otra Nya, una doble que caminara con su rostro sin que ella lo supiera.
Y se lo confirmó en ese momento, cuando la vio cerrar sus cuadernos con un golpe frustrado y suspirar:
—Ya no busco entender a la asesina… busco entenderme a mí.
La frase quedó suspendida en el silencio de la casa, como un presagio.
El teléfono de Aeris vibró sobre la barra de la cocina, arrancándolo de sus pensamientos. Al ver el nombre de Parra, contestó sin dilación.
—¿Qué tienes, Parra?
—Necesito que vengas a comisaría, o que al menos nos veamos —dijo el inspector, con un tono tan hosco que Aeris enseguida comprendió la gravedad—. Me han llegado los resultados provisionales del ADN.
El juez sintió un nudo en la garganta. Miró de soslayo a Nya, que seguía inmersa en sus papeles.
—Dame un resumen.
Hubo un breve silencio antes de que Parra hablara.
—Las muestras que recogimos bajo las uñas de Helena Ortiz… y bajo las de las otras dos víctimas anteriores… concuerdan con el ADN de Nya. Pero hay una salvedad.
Aeris frunció el ceño, notando cómo la temperatura en la habitación parecía bajar varios grados. Nya lo había oído, y levantó la vista de inmediato.
¿Su ADN?
Bajo las uñas de Helena Ortiz tenía sentido.
¿Pero en el resto de víctimas?
Aquello empeoraba por momentos.
Aeris la observó frotándose los ojos.
—¿Harper?
Aeris carraspeó.
—¿Cuál es la salvedad?
—Las dos víctimas anteriores a Helena no presentan la variante genética que indica su epilepsia. Y, sin embargo, el ADN coincide en más de un noventa por ciento con el de Estefanía Palacios.
Harper se quedó mudo unos instantes, tratando de procesar aquello.
—¿Estás diciendo que… hay dos Nya diferentes?
—No lo sé, Harper. Pero… o es un error del laboratorio o… esto implicaría que alguien comparte material genético con ella, pero no la misma enfermedad. Ya sabes lo que eso significa.
Aeris tragó saliva, notando la garganta seca.
Una gemela.
O, en el peor de los casos, alguna manipulación genética que no lograba imaginar.
—Parra, encarga un estudio genético completo y no hables con nadie de esto. —Su voz sonó más amarga de lo que pretendía—. Pide a la científica también un seguimiento inverso de genealogía. Si alguien se está haciendo pasar por ella, tenemos que saberlo.
Colgó, apoyando el móvil contra su frente. Nya lo observó de reojo, adivinando la tensión en su rostro. Hubiera querido preguntarle, pero él se mantuvo en silencio, incapaz de sostener todavía una explicación tan delirante.
«Si su ADN está en dos lugares distintos… entonces alguien más lleva su sangre, pero no su historia».