Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 35
77%

CAPÍTULO 35

El rostro duplicado

A eris leyó las palabras en silencio, sintiendo un nudo en la boca del estómago. Las leyó una y otra vez. El mensaje era muy claro y concreto. Y no daba lugar a confusión.

« La próxima vez que vengas a la Finca ten la decencia de saludar a familia, Estefanía. Te recuerdo que sigues siendo mi hija »

Antonio Palacios estaba muy seguro de lo que había visto.

Pero tanto Aeris como Nya podían rebatir aquel mensaje.

Porque Nya estuvo en casa de Aeris, luego en Sevilla, en comisaría, y ahora en el hospital.

Era imposible.

Nya miraba a Aeris con desconcierto. Totalmente confusa.

—No estuve allí, Aeris —susurró ella, con la voz quebrada—. Hace días que no piso la finca…

Él asintió con gravedad. Nya estaba ingresada en el hospital desde la madrugada, recuperándose del colapso que casi le había costado la vida. Su historia clínica ya estaba más clara: epilepsia del lóbulo temporal y una incipiente cardiopatía que había permanecido oculta hasta entonces.

—Lo sé… —contestó en voz baja. Luego, añadió con un matiz más sombrío—. Y, sin embargo, tu padre da por hecho que apareciste anoche en la finca. Y se ve que no le hizo gracia.

Nya sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. El aire de la habitación parecía más denso, como si una amenaza invisible se cerniera sobre ella.

—La asesina está jugando demasiado bien a ser tú —dijo Aeris, tras una larga pausa.

Sus ojos se clavaron en los de Nya, y por un segundo, pareció contemplarla desde una distancia infinita—.

Te está suplantando, Nya. O alguien muy cerca de ti sabe todos tus movimientos.

Conoce tu manera de actuar, tus gestos, y puede hacerse pasar por ti sin que nadie lo dude.

Nya sintió que se le helaba la sangre. De golpe, sus peores miedos parecían cobrar forma. Se incorporó, apoyándose en la almohada. Notó su propia respiración acelerarse y se obligó a mantener la calma.

—Entonces… no me está manipulando solo a mí. Está manipulando a mi familia, a los que me conocen… Esto es… muy personal, Harper. Mi padre habla como si me hubiera visto a mí. ¡Mi puta cara!

—Nya… con tal de que haya visto a una mujer con tu misma ropa… no necesita verte la cara para dar por hecho que eres tú.

Aeris se quedó en silencio, confirmando con la mirada lo que ambos temían.

Con un temblor casi imperceptible en la voz, Nya se incorporó en la cama.

—Llama al médico, por favor. Quiero saber exactamente qué tengo que hacer. Estoy harta de no entender mi propia enfermedad.

Sin dudarlo, Aeris asintió y salió al pasillo. Al poco rato volvió, acompañado de un doctor de mediana edad, pelo entrecano, con una expresión profesional pero amable. Llevaba una carpeta con los resultados de Nya bajo el brazo.

—Buenos días, señorita Palacios. Soy el doctor Marín. Me encargo de su caso durante este turno —El hombre hablaba con un tono sereno que contrastaba con la atmósfera cargada de tensión que envolvía la habitación—. Tengo entendido que desea hablar sobre su tratamiento.

Nya lo escrutó con firmeza, más decidida de lo que había estado en días.

—Sí. Quiero respuestas. Dígame… ¿qué debo hacer para estar bien de verdad?

El médico carraspeó, consultó rápidamente sus notas y empezó a explicar:

—En primer lugar, su cardiopatía es de naturaleza leve, pero no podemos subestimarla. Necesitará betabloqueantes, por ejemplo, «bisoprolol». Además de eso, le recomendaría una dieta baja en sodio, muy poco estrés, chequeos cardiológicos regulares y evitar esfuerzos físicos extremos.

La expresión de Nya se mantuvo seria, siguiendo cada palabra. Aeris se mantuvo junto a la cama, escuchando con la mandíbula apretada.

—En cuanto a la epilepsia del lóbulo temporal, es fundamental el uso de antiepilépticos: podemos probar con «lamotrigina» o «levetiracetam».

Y, desde luego, será esencial evitar situaciones que alteren su ciclo de sueño o le generen estrés agudo.

El lóbulo temporal es muy sensible a estímulos fuertes; convendrá controlar cualquier factor que pueda desencadenar un episodio.

Nya tragó saliva. Aquella cascada de términos médicos le provocaba un leve mareo, pero también algo nuevo: la sensación de que, por primera vez, tenía la posibilidad de recuperar el control de su vida.

—¿Puedo… llevar una vida normal? —preguntó con cautela.

—Perfectamente. Creo que ya se lo adelantó mi compañero. Con los controles adecuados y la medicación al día, no hay razón para que no pueda retomar su rutina. Eso sí, siempre y cuando se mantenga vigilada y no se exponga a riesgos innecesarios.

Ella miró al médico, luego a Aeris, y alzó el mentón con decisión.

—Quiero el alta. Ahora.

El médico ladeó la cabeza, sorprendido por la contundencia de la petición. Aeris dio un paso al frente, con los puños ligeramente crispados a los costados.

—Nya… no es buena idea —murmuró, con un deje de preocupación—. Estás débil todavía. Y fuera de aquí, no estás a salvo.

Nya lo miró con una mezcla de cansancio y convicción.

—No soportaré ni un día más entre estas cuatro paredes. Estoy enferma, sí, pero no rota, ni inválida. No puedo quedarme aquí encerrada mientras alguien se hace pasar por mí y sigue matando. Quiero mi vida de vuelta, Harper.

—Palacios… —La voz de Aeris sonó firme, fría y autoritaria.

Nya se cruzó de brazos.

—Harper… por favor —Nya tenía en la expresión de su cara la decisión firme de no bajarse del caballo.

Aeris se humedeció los labios. Por una parte la entendía, pero por otra, necesitaba mantenerla a salvo.

El médico, conciliador, intervino.

—Señorita Palacios, por mí podría firmarle un alta con supervisión, aunque no es lo que recomendaría de inmediato. Pero la ley ampara su decisión de irse bajo su absoluta responsabilidad.

Aeris alzó la vista hacia el médico, con gesto grave. Sabía que, en el fondo, Nya no iba a cambiar de opinión.

—Muy bien, Palacios, tú ganas —dijo al fin, encajando la mandíbula—. Entonces vendrás conmigo. Te instalas en mi casa y de ahí no te mueves sin mi supervisión. Hasta que encontremos a la persona que te ha hecho esto, no darás un paso fuera sola.

Nya vaciló un instante, como si dudara de si aquel sería un encierro diferente, otra prisión a la que no quería someterse. Pero se encontró con la mirada de Aeris y vio algo más que autoridad. Vio preocupación auténtica. Vio miedo. Vio la necesidad de protegerla.

—De acuerdo —susurró—. Pero no quiero quedarme de brazos cruzados, Harper. Quiero ayudar a encontrar a esa… esa impostora.

Él asintió, aliviado en parte de que accediera a la protección, aunque consciente de que aquello no iba a ser sencillo.

—Te prometo que trabajaremos en esto juntos, Palacios… ¿Vale?

Nya asintió, respirando hondo.

—Gracias, Harper…

Aeris asintió, aliviado.

Mientras el médico firmaba la documentación necesaria, un enfermero se acercó para retirar la vía y los electrodos, y al cabo de unos minutos, Nya ya estaba en pie, un tanto inestable, pero con la decisión bien sujeta al pecho.

Vestía la misma ropa que llevaba cuando llegó: una camiseta amplia y pantalones vaqueros.

—Te acompaño —dijo Aeris, recogiendo un par de informes médicos—. No quiero que te caigas en mitad del pasillo.

Nya no replicó. Solo lo dejó acercarse y rodearla por la cintura, ayudándola a caminar. Era un gesto de cuidado, casi íntimo, que contrastaba con la frialdad habitual de Aeris.

En la salida, un guardia de seguridad observó la escena con un ademán de curiosidad, pero al reconocer el semblante serio del juez, apartó la vista.

Aeris empujó la puerta de cristal de la entrada principal, abriendo paso a la luz del mediodía. En ese momento, se volvió hacia Nya con una expresión que mezclaba rabia e impotencia.

—Te juro que no voy a parar hasta saber quién coño te ha hecho esto —Su voz era apenas un murmullo, pero contenía la fuerza de una promesa inquebrantable.

Ella asintió, bajando la mirada. Por un segundo, algo de la dureza de su seguridad pareció fisurarse.

—Yo tampoco… —susurró—. Oye, Harper…

—Dime…

—No te he dado las gracias… —Una tenue sonrisa se curvó en las comisuras de Nya— Por salvarme.

—Estamos en paz, Palacios. Tú me salvaste primero.

Se subieron al coche de Aeris, que arrancó con un ronroneo pausado. Durante el trayecto, ninguno dijo gran cosa. El cansancio pesaba en los párpados de Nya, y en la mente de Aeris se arremolinaban mil preguntas sobre la identidad de la persona que se hacía pasar por ella .

Unos minutos después, llegaron su casa. Aeris abrió la puerta del garaje y aparcó dentro.

En el breve espacio de tiempo que tardaron en entrar, la cabeza de Nya se llenó de pensamientos inquietantes: la imagen de la finca, su padre enviándole mensajes enigmáticos, la duda de por qué alguien querría fingir ser ella con tanta precisión.

Ya dentro, Aeris dejó sus llaves sobre la mesa del recibidor y, dándole espacio a Nya, se dirigió a la cocina y se dispuso a preparar un café. Nya se sentó en el sofá, observando el lugar con una mirada perdida. Todo allí le recordaba momentos de confusión, de ternura, de revelaciones a medias.

Un murmullo salió de sus labios, casi inaudible, mientras Aeris estaba de espaldas.

—¿Cómo cojones sabía que tenía epilepsia… antes que yo misma?

Él se giró, con la cafetera en la mano, escuchando esa pregunta que flotaba como un espectro.

No supo qué contestar.

El silencio cayó sobre la estancia como una losa, hundiéndolos en el eco de enigmas sin resolver.

Y en medio de ese silencio, se adivinaba el crujir de algo mucho más grande, un monstruo que acechaba en las sombras, esperando su momento para volver a golpear.

Y Nya no tenía ni idea de por dónde le daría el siguiente golpe.