CAPÍTULO 50 #3
—Lady Black ya no tiene sentido en mi vida. Es una máscara que no necesito ya.
Aeris asintió, complacido. Era como si ambos hubieran dejado aquello atrás, sin más explicaciones, sin más preámbulos. Sino como mención de la presencia de una cicatriz más.
Pagaron sin prisas. Sin despedidas largas al camarero. Salieron del restaurante caminando despacio por las calles silenciosas del barrio de Salamanca.
Las luces de la ciudad les daban ese tono dorado que solo Madrid sabe regalar por la noche.
Y en algún punto, al girar una esquina, Aeris le ofreció su brazo.
Nya lo miró. Dudó.
Luego lo aceptó, sin decir nada.
Ambos sabían que el concierto era al día siguiente.
Pero la música ya había comenzado a sonar.
Tras aquella cena, la noche discurrió con mucha tranquilidad.
Simplemente durmieron. Y tras un paseo largo por Madrid, con mochilas a la espalda, acudieron al concierto de Sam Tinnesz, que disfrutaron en paz, lejos de las obligaciones que arrastraban a Aeris, quien se permitió sonreír.
A la vuelta, la habitación parecía suspendida en otro tiempo.
Las cortinas entornadas dejaban pasar apenas la luz suave de las farolas del patio.
Afuera, Madrid dormía. Dentro, todo era calma.
Cuando salieron del concierto, todo era una sensación de quietud y paz.
Aeris dejó las llaves sobre la cómoda y se quitó los zapatos en silencio. Nya se sentó sobre la cama, desabrochando los primeros botones de su camisa de cuadros, sin prisa, sin tensión. Por primera vez en meses, no había dolor en sus gestos. Solo una extraña paz.
—¿Quieres una copa? —preguntó él, con voz grave, casi susurrada.
—Solo si me la sirves tú —contestó ella, sonriendo con cansancio, pero con ese brillo suave en los ojos que ya no era miedo. Era deseo contenido. Era vida.
Aeris se dirigió a la pequeña vinoteca del minibar. Abrió la botella, sirvió dos copas. Nya se recostó hacia atrás, abrazando la almohada con aire juguetón.
—¿Sabes que esta noche ha sido bonita?
—¿Bonita? —repitió él, entregándole la copa—. ¿Eso es todo lo que tienes para describirla?
—No quiero ponerme cursi, Harper. Eres tú quien cumple años.
—¿Y tú el mejor regalo que me han hecho nunca?
«La puta que lo parió», pensó, quedándose sin palabras ante la espontaneidad de Harper.
Ella alzó la copa, brindando en silencio. El cristal tintineó suavemente.
Pero Harper no se detuvo en una espontaneidad con palabras.
Cogió su muñeca, anclándola a la realidad.
Nya sintió su piel arder bajo su toque, y cuando Aeris la acercó hacia él, sin florituras ni cursiladas, Nya Palacios se rindió por primera vez…
porque aquella vez lo hacía con el corazón, por sentirse viva.
Aeris se acercó más, y Nya pudo percibir su perfume, que no olvidaría jamás.
Annick Goutal .
Sus labios se rozaron en un beso que no tenía nada de tierno.
Era un choque de oscuridades que se batían en un duelo titánico.
Nya acarició el rostro de Harper con su mano libre, dejándose llevar por el calor de sus labios.
Y disfrutó por primera vez, del placer de sentir la lengua de Harper tomar posesión de lo que era suyo.
—No quiero que te arrepientas de esto… —Susurró ella contra sus labios.
Él sonrió apenas, disfrutando del calor de sentir.
—Puedo hacer muchas cosas contigo, Palacios… pero nunca me arrepentiré de besarte.
Ella sonrió, separándose lentamente para ir a la cama, con él detrás.
Y justo cuando iba a llevar la copa a los labios, el teléfono móvil de Nya vibró sobre la mesilla de noche.
Una notificación.
Un mensaje anónimo.
Solo texto. Sin remitente. Sin foto. Sin tono.
Ella lo tomó por inercia, sin importancia.
Pero cuando leyó la frase en la pantalla, el mundo pareció detenerse.
Id. sin Identificar -03:15
«¿Te has preguntado alguna vez si realmente eres tú la que duerme en esa cama?
O si yo soy quien te lo permite mientras tú finges que tienes una vida.
Qué lástima, Nya. Crees que esto ha terminado…
pero ni siquiera ha empezado. ¿Serás más inteligente que yo?
Comprobémoslo. Feliz cumpleaños por adelantado. L»
El cristal de la copa tembló entre sus dedos.
Aeris notó el cambio inmediato en su rostro.
—¿Nya?
Ella alzó la mirada. Sus labios entreabiertos, sus ojos completamente dilatados.
—He recibido esto —susurró— Al fin tengo lo que quería.
Aeris cogió el móvil cuando ella se lo enseñó. Lo que más lo desconcertó, fue esa mención extraña.
—¿Qué quieres decir?
La mirada de Nya se oscureció durante un momento.
—¿Recuerdas mi epilepsia del lóbulo temporal?
Aeris asintió.
—Sé cómo ella lo supo antes que yo. Porque alguien se lo dijo.
Aeris no pudo evitar abrir los ojos, fruto del desconcierto.
—¿Quién, Nya?
Ella respiró hondo.
—Una noche en Deusto. Yo estaba con él. Estaba en medio de una sesión… y me sentí mal. Me llevó al hospital y me hicieron pruebas. El diagnóstico constó en un informe… que él me ocultó. Pero cometió un error.
—¿Cuál? —Preguntó Aeris con curiosidad.
Nya revisó en su teléfono y le enseñó el informe de la Clínica Bilbao. Aeris no pudo sino sobrecogerse al ver el nombre de la persona que la llevó aquella noche a urgencias.
—Dios…
—Tanto tú, como yo… hemos sido sometidos por el artífice de todo esto.
Aeris apretó el móvil en su mano.
—Hijo de puta…
—Ahora nos queda averiguar… cómo podemos pillarlo.
—No será fácil… —Susurró Harper.
—Tenemos algo que él no tiene… —Dijo Nya—. Él es uno. Nosotros somos dos.
La mirada de Aeris se oscureció.
—En ese caso… tiene dos problemas.
Nya se volvió hacia Harper y alzó una ceja.
—¿Nos vamos, Señoría?
—Vamos, fiscal en potencia —respondió él.
Y esta vez, no miraron atrás.
Selene estaba encerrada.
Pero el monstruo que la creó… aún respiraba.
Lo habían tenido delante todo el tiempo.
Y ambos… habían pasado de ser presas, a cazadores del mismo objetivo.
Lucian Fauden.