Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

La marioneta perfecta

A eris y Nya permanecieron en la habitación en silencio durante unos minutos.

Nya necesitaba calmarse, y poco a poco lo fue haciendo.

Seguía postrada en la cama, con una vía colocada en el brazo.

Aeris le había devuelto sus cosas, al menos para que se distrajera un poco.

Pero ni fuerzas tuvo para coger el móvil.

Tenía los ojos enrojecidos, y en la comisura de sus labios se dibujaba una mueca amargamente cansada.

—Harper… —Susurró— Creo que sé lo que me pasa.

Aeris la miró fijamente, estudiándola.

—Nya…

—Creo que tengo algún tipo de doble personalidad o algo —Nya observaba los arañazos en su antebrazo—. Estuve en el polígono, pero no recuerdo haber estado conscientemente… Sé que estuve en el café literario y luego llegar a la finca, pero en medio hay un vacío que no recuerdo…

La voz de Nya sonaba angustiada.

Las palabras se le trababan en la garganta.

Aeris sujetó su muñeca suavemente, lo que Nya necesitaba en ese momento era un ancla.

—Escúchame bien, Palacios —Su voz sonaba dura, firme—. Cuando el médico ha hablado conmigo en la sala de espera, dijo que lo que te pasó fue una arritmia provocada por una cardiopatía que no te habían diagnosticado antes.

Los ojos de Nya se abrieron de par en par.

—¿Qué?

Aeris asintió.

—Lo que oyes. Ahora mismo, están estudiando en tu sangre marcadores genéticos que indiquen si tienes algún trastorno neurológico. Posiblemente epilepsia.

Nya no salía de su asombro.

—No intentes justificar la locura con algo orgánico, Harper.

Aeris no pudo evitar reírse ante su incredulidad.

—Palacios, llevo días queriendo encontrar respuestas a este jodido caso. Y si para ello tengo que ahondar en tu sangre, lo haré. Pero creo, a pesar de que no tengo los resultados sobre el papel, que no estás loca. Pero alguien quiere que lo creas.

Nya no sabía qué decir.

Y en ese momento la puerta de la habitación se abrió.

Aeris vio cómo el mismo médico de antes entró, acompañado de dos enfermeras y un celador. Traía un informe en las manos.

—A ver, Estefanía… —Dijo mirándola con atención, pero sin dureza— ¿Cómo te encuentras?

Ella respiró hondo.

—Bastante cansada, pero más o menos… creo que mejor.

El médico asintió.

—Es normal. Te hemos puesto una medicación después del ecocardiograma que te hicimos cuando llegaste. A ver. Sufriste una arritmia debido a una cardiopatía derivada.

—¿Qué quiere decir con «derivada»? —Nya no salía de su asombro.

Aeris permaneció en silencio.

—Significa que no naciste con ella. Las cardiopatías pueden ser congénitas, o provocadas por diversos factores externos.

Tales como ser fumador, ser alcohólico, medicación que se tome…

o como en tu caso, un trastorno neurológico real.

Lo que hemos encontrado en tu sangre. Epilepsia del lóbulo temporal.

Nya permaneció en silencio, con los labios apretados.

Una cardiopatía.

Ni puta idea.

Epilepsia del lóbulo temporal.

Ni puta idea.

Miraba al médico como quien mira las vacas al tren.

—Hemos analizado tu sangre, y tenemos unos datos preocupantes. Hemos detectado una alta concentración de «Clozapina». Es un antipsicótico muy potente y «Zolpidem», un hipnótico, y tu cuerpo está intentando expulsarlo, lo cual nos indica que no lo has tomado de forma controlada.

Nya lo miró sin comprender.

El médico la miró con seriedad, midiendo sus palabras con precisión quirúrgica. Tomó la carpeta de los pies de la cama y la abrió de nuevo, repasando los análisis.

—Mi teoría, Estefanía, es que los niveles de esos medicamentos en tu sangre, junto con los síntomas que presentas, coinciden exactamente con los de una persona con epilepsia del lóbulo temporal. Y tus marcadores en la analítica lo han dejado claro.

El aire en la habitación pareció volverse espeso. Nya sintió que su respiración se tornaba más errática, como si su propia mente estuviera luchando por procesar aquella información. Aeris, junto a la cama, se mantenía rígido, su mandíbula tensándose de forma peligrosa.

—¿Está diciendo que ha estado drogada? —espetó Aeris, con un tono de voz peligrosamente contenido.

El médico asintió lentamente.

—No solo drogada, caballero. Sino manipulada.

La «Clozapina» es un antipsicótico muy potente que, en dosis controladas, se usa para tratar esquizofrenia y otros trastornos psiquiátricos severos.

Pero en tu caso, Nya, los niveles en tu sangre están muy por encima de cualquier tratamiento convencional.

Combinado con el «Zolpidem», que es un hipnótico, y la epilepsia sin diagnosticar, lo que has sufrido es un cóctel que ha afectado a tu percepción de la realidad, generando disociaciones, alucinaciones y lagunas de memoria.

Nya sintió que el mundo se desmoronaba bajo la camilla en la que estaba tumbada.

—¿Qué significa eso exactamente? —preguntó con la voz temblorosa.

Aeris se cruzó de brazos, sintiendo cómo una tormenta se desataba en su interior.

—Significa que alguien ha estado jugando contigo, Palacios. Que te han estado drogando. Y ahora la pregunta es… ¿para qué?

El médico observó a Nya con una mezcla de preocupación y profesionalidad.

—Voy a preguntarte varias cosas, y quiero que respondas con la mayor claridad posible. ¿Últimamente has sufrido mareos?

Nya tragó saliva y asintió.

—Sí.

—¿Desorientación?

—Sí.

—¿Sensación de déjà vu ?

—Más de las que debería —murmuró Nya, sintiendo que cada respuesta era un golpe más fuerte al muro de su cordura.

El médico continuó, sin apartar la mirada de ella.

—¿Alucinaciones auditivas, olfativas o visuales?

Nya asintió, sintiéndose cada vez más atrapada en una red de la que no recordaba haber entrado.

—Sí… he olido cosas que no estaban ahí… visto sombras… escuchado voces y sonidos.

—¿Desconexión de la realidad? Se llama disociación.

—Creo que sí. Hay cosas que… he hecho y no recuerdo haber hecho. No sé, como si hubiera tenido un «robo de tiempo». No sé explicarlo —susurró, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

Aeris respiró hondo, sus pensamientos viajando a toda velocidad. Y entonces, de golpe, lo recordó.

La testigo del crimen en Asturias.

Una mujer que aseguraba que no recordaba haber presenciado el asesinato.

Que no recordaba lo que había hecho en veinticuatro horas.

Una mujer que, según los análisis, también tenía «Clozapina» en la sangre, y epilepsia del lóbulo temporal.

Era una paciente de la psiquiatra que fue asesinada. Tenía una cita con ella el mismo día.

«Hija de puta… no solo entrenó el modus operandi , entrenó cómo manipular a Nya. Experimentó con aquella chica… para poder ser perfecta con Nya».

Aeris sintió un escalofrío helado recorrerle la nuca.

—Doctor… —dijo con la voz más firme de lo que se sentía—, con esta combinación de medicamentos y esta enfermedad… en un ataque epiléptico, ¿podría alguien ser sugestionado? ¿Podría haber sido utilizada como una marioneta?

El médico sostuvo su mirada con gravedad antes de responder.

—Sí.

El silencio se hizo insoportable.

—La «Clozapina», en las dosis que encontramos en su sangre, provoca un estado de extrema vulnerabilidad mental.

Si alguien la indujo a una crisis en el momento exacto y la sometió a sugestión, pudo haberla obligado a hacer cosas que no recuerda.

En términos simples… en las circunstancias adecuadas, alguien pudo manipularla para que hiciera lo que quisiera, sin que ella lo recuerde después.

Nya sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Aquello era demasiado.

—No… no puede ser… —murmuró, llevándose una mano a la cabeza.

Aeris apoyó ambas manos en sus rodillas, inclinándose hacia adelante.

—¿Y qué hay del corazón? —preguntó de golpe Nya, con la voz temblorosa. Necesitaba aferrarse a algo.

El médico exhaló lentamente.

—Tu cardiopatía ha sido consecuencia de años de no haber tratado la epilepsia.

Tu cuerpo ha estado sometido a estrés constante, y el corazón se ha resentido.

Pero tranquila, Estefanía. Ambos problemas tienen tratamiento.

Si sigues el procedimiento adecuado, no hay razón para que no puedas llevar una vida normal.

Nya cerró los ojos con fuerza, sintiendo la avalancha de información hundirla en una espiral de miedo y confusión. Había pasado años creyendo que simplemente tenía ansiedad, cuando en realidad había estado enferma. Y alguien más lo sabía.

Y lo había usado en su contra.

Aeris, que había permanecido en silencio, se pasó una mano por el rostro, intentando asimilar lo que acababan de escuchar.

—¿Qué pasa con los efectos de la «Clozapina» y el «Zolpidem»? —preguntó, su voz más grave que nunca—. ¿Cuánto tardará en desaparecer por completo de su organismo?

—Dependerá del metabolismo de su cuerpo, pero los efectos pueden prolongarse varios días, incluso semanas si ha estado expuesta de forma prolongada —explicó el médico—. La prioridad ahora es limpiar su sistema y estabilizarla.

Nya respiró hondo.

—Entonces… la pregunta es… ¿quién me ha estado drogando y por qué?

Aeris la miró a los ojos, sabiendo que esa era la clave de todo.

Porque quien estuviera detrás…

No solo la había estado usando.

Quería que ella nunca se diera cuenta.