Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Ver lo que no es

E l pasillo lucía un tono gris azulado bajo los focos del techo, confiriéndole al hospital un aire de naufragio: pacientes, familiares y personal sanitario circulaban con el mismo gesto agrietado en sus rostros, como si arrastraran el peso de mil historias a cuestas.

El olor a desinfectante lo cubría todo, frío y penetrante, incapaz de arrastrar la sensación de muerte que siempre flotaba en aquel lugar.

Aeris Harper estaba sentado en una de las sillas de plástico, encorvado, con la mirada fija en la puerta de la UCI, tamborileando los dedos sobre su rodilla con un ritmo errático.

El abrigo parecía haberle envejecido encima durante la madrugada; aún conservaba motas de polvo del lugar del crimen donde apenas unas horas antes se había encontrado, junto a Parra, con el último asesinato de una serie tan macabra que resultaba difícil ponerlo en palabras.

Su pierna derecha se movía de forma compulsiva, un temblor involuntario que no podía controlar.

Apretaba y aflojaba los puños sobre sus muslos, como si tratara de expulsar la ansiedad de su cuerpo.

Un nudo de tensión se alojaba en su mandíbula, tanto que el crujido de sus dientes resonaba en su cabeza.

Pero aquella violencia, esas imágenes dantescas, todo se había difuminado en su mente ante la sola idea de que Nya pudiera morir.

La culpa era una sombra espesa, pegajosa, le pesaba en el pecho como un cadáver que él mismo había condenado.

Apenas sentía el latido de su propio corazón, y cuando intentaba respirar profundo, su pecho parecía negarse a expandirse.

De pronto, escuchó pasos. Parra apareció al final del pasillo, con el gesto sombrío y el ceño marcado. Sin decir nada, se sentó a su lado. No hubo saludo, ni protocolo, ni palmadas en la espalda.

Solo un silencio que decía mucho más que cualquier palabra.

Lentamente dejó una bolsa con los efectos personales que le habían incautado a Nya horas antes.

Eso, junto con un café que le ofreció.

Aeris lo cogió, le temblaban las manos, sin saber todavía cómo se mantenía firme en aquella situación.

—No sé qué pasó… han hablado de insuficiencia cardíaca —logró murmurar Aeris, como si necesitara confirmarlo en voz alta—. Se desmayó en plena sala de interrogatorios…

Parra asintió con una lentitud dolorosa.

Observó las ojeras profundas en el rostro de Aeris, la tensión en sus hombros, la forma en que se aferraba a los reposabrazos de la silla.

—¿Has podido verla?

—No. Está en la UCI. Haciéndole pruebas —contestó Aeris, casi sin mirar a Parra.

Otra pausa. En la frialdad de ese amanecer, el hospital parecía la antesala a un purgatorio infinito.

—Aeris —se atrevió a decir Parra—, tengo que preguntártelo: ¿qué significaba lo que dijo Nya en la sala de interrogatorios?

—¿El qué? —Aeris conocía la respuesta, mientras daba un sorbo a su café.

—« ¿Qué se siente al ser el verdugo de tu propio demonio, Alexander ?».

Aeris se giró, y por un segundo, su mirada ardió con el fuego de la vergüenza y la rabia, contenidas a partes iguales.

—Significa que… Estaba conmigo… en un club en Sevilla. Yo… no tenía ni idea de que era ella —admitió, con la voz ronca—. No quiero entrar en detalles. No preguntes más, por favor. Solo tienes que saber… que Nya no mató a ese hombre. Ni a Daniel Heredia tampoco.

La sinceridad descarnada de aquella confesión dejó a Parra sin palabras. Aun así, asintió, comprendiéndolo a su manera. Podía sentir la turbulencia que sacudía a Aeris por dentro.

Se quedaron en silencio un rato, escuchando el zumbido lejano de los monitores del área de Urgencias.

Aeris cerró los ojos un instante, recordando cómo, durante unas horas, Nya había sido Lady Black, la mujer que lo había descolocado por completo.

La mujer que lo había roto, que le había puesto por delante un espejo para que él se enfrentara a sí mismo.

Y joder, sí que lo había hecho.

Se había enfrentado y había vencido.

Mientras la asesina estaba grabando en la carne de su víctima un relato que ella no recordaba haber escrito como si fuera una maldita religión.

Y ahora, ella estaba ahí, luchando por su vida en una camilla.

—Oye… yo, sé que eres un tío frío y distante. No te conozco amigos, y en verdad yo, estoy demasiado quemado de esta mierda de profesión. Pero… si en algún momento necesitas hablar… siempre tendrás mi oído y una cerveza. O lo que coño bebas aparte de café.

Aeris dio una risa baja, sin emoción alguna, pero entendió la trascendencia de lo que estaba diciendo el inspector.

—Gracias, Parra. De verdad —añadió Aeris al fin, con un hilo de voz.

El inspector no replicó. Pero aquella muestra de confianza marcó un punto de inflexión. Ya no estaban en un simple equipo de investigación; habían cruzado una línea y entrado en un territorio personal, lleno de secretos y vulnerabilidades.

Y en ese momento, la puerta se abrió.

Un médico alto y delgado, con el rostro marcado por demasiadas guardias, se acercó a ellos. Llevaba la mascarilla en la barbilla y un ligero temblor en la mano derecha, signo evidente de cansancio.

—¿Familiares de… Estefanía Palacios? —inquirió, revisando una carpeta.

Aeris se puso en pie de un salto, con la urgencia palpitándole en la mirada.

—Soy un amigo, quien la trajo aquí. ¿Cómo se encuentra?

El médico inspiró hondo, consciente de que tenía delante a alguien al límite.

—La paciente ha sufrido una arritmia grave provocada por una cardiopatía que, según los primeros análisis, no había sido diagnosticada hasta ahora. La crisis ha venido desencadenada por un episodio de estrés extremo.

Parra y Aeris intercambiaron una mirada.

¿Estrés? Pocas personas se habían visto envueltas en situaciones más estresantes que Nya en las últimas semanas.

—Haremos más pruebas para descartar complicaciones neurológicas. Hay signos que apuntan a un posible trastorno en el lóbulo temporal… tal vez epilepsia. Eso podría explicar lagunas, desconexiones, incluso alucinaciones. ¿Saben si ella ha manifestado estos síntomas?

Aeris sintió que la culpa volvía a presionarle el pecho. Todo aquello encajaba demasiado bien con la extraña conducta de Nya, con sus ausencias, con la imposibilidad de recordar.

—Algo hemos observado… —Dijo Parra, al ver que Aeris era incapaz de hablar.

El médico asintió.

—Entonces le haremos pruebas. Le hemos hecho una analítica. Hay ciertos marcadores genéticos que pueden revelarnos un punto de partida. Mientras tanto, pueden verla. Solo uno. Y procuren no alterarla demasiado.

—Hagan lo que sea necesario —dijo Aeris con voz ronca—. El dinero no importa.

El médico asintió, dándole unas suaves palmaditas en el hombro antes de marcharse. Parra suspiró, hundiendo la cabeza entre las manos. Aeris notó cómo su propia respiración se volvía errática. No había esperado un diagnóstico así, una mezcla de cardiopatía con posible afección neurológica.

—Me cago en todo… —murmuró el juez—. Hemos estado acusándola… intentando…

No terminó la frase. El ruido de los monitores y los murmullos del pasillo retumbaron en su cabeza como un eco de malas decisiones.

—Aeris… —Dijo Parra— Entra tú. Mantenme informado. ¿Quieres que avise a su padre?

Aeris soltó una risa ronca, sin emoción.

—No le va a hacer ni puta gracia, pero… sí, avísalo. Que sepa al menos que su hija está bien.

Parra asintió, ambos hombres tomaron caminos opuestos. Mientras Parra iba en dirección a la comisaría, Aeris se adentró en el interior del hospital para ver a Nya.

Tenían tanto de qué hablar.

Pero no era el momento de hablar ciertas cosas.

Antes, tenían una asesina que coger.

Nya abrió los ojos. Una luz blanca, cegadora, le arañaba las pupilas. Se esforzó por enfocar la mirada. Tardó varios segundos en ubicarse: estaba en una cama, en una habitación de hospital. El zumbido metálico de un monitor confirmaba que seguía viva.

La puerta se abrió con una lentitud antinatural, arrastrando sus bisagras en un murmullo que erizó la piel de Nya.

Una figura entró en la estancia, vistiendo el uniforme blanco de enfermera con el logotipo del hospital « Jerez. Puerta del Sur » y mascarilla. Pero algo estaba mal.

El aire pareció volverse más pesado, como si la habitación se contrajera con su presencia.

Nya parpadeó varias veces, porque durante un segundo creyó verse a sí misma reflejada en un espejo distorsionado.

La desconocida tenía el pelo oscuro, la misma complexión, y unos ojos profundos, demasiado oscuros, demasiado vacíos, como si fueran un reflejo hueco de los suyos propios.

—Tranquila, Estefanía… —La voz no solo era suave; era inquietantemente pausada, como si cada sílaba estuviera medida, calculada.

Era la voz de alguien que disfrutaba con lo que decía, con lo que veía.

Una voz que había sido entrenada para ser reconfortante, pero que ocultaba algo podrido en su entonación.

Nya sintió un escalofrío helado recorrer su espalda. Un sudor gélido le empapó las sienes. Quiso moverse, pero su cuerpo estaba paralizado, como si una fuerza invisible la mantuviera clavada a la cama.

«¿Estoy delirando?», pensó, mientras su mente luchaba contra el pánico.

Aquella mujer… ¿o era ella misma, distorsionada por algún sueño?

—¿Qui-quién eres…? —atinó a balbucear, con la garganta seca.

Pero la enfermera se limitó a sonreír, avanzando un paso más, sus movimientos eran suaves, demasiado suaves, como si flotara en vez de caminar.

En sus ojos había un brillo cruel, pero no era de furia o locura.

Era una calma absoluta, el tipo de serenidad que solo tienen los que disfrutan con la desesperación ajena.

Y entonces, antes de irse, susurró algo más, un murmullo venenoso que se deslizó en el oído de Nya como un susurro de ultratumba:

—Pronto entenderás quién eres realmente.

La habitación pareció volverse más fría.

Nya sintió cómo su pecho se oprimía, el aire se volvía denso, como si el oxígeno se hubiera convertido en algo sólido y asfixiante.

Las luces parpadearon por un instante, y en ese breve titileo, la silueta de la enfermera pareció deformarse, como si por un segundo su cuerpo no encajara en el mundo real.

La puerta se cerró con un chasquido seco, resonando como un disparo en la mente de Nya.

Su respiración se volvió errática. El pánico la devoraba.

Porque no sabía si lo que había visto era real…

O si su propia mente estaba empezando a desmoronarse.

El corazón de la joven latía con tanta fuerza que sentía un dolor punzante en el pecho. Pero la peor punzada era la de la duda.

¿Había sido real o una alucinación más?

—¿Nya?

Aquella voz la ancló de golpe a la realidad.

Enfocó la vista.

Ahí estaba.

Aeris.

Nya respiró hondo, y no sabía si sentir alivio o miedo.

Y entonces le sobrevino.

La respiración entrecortada, la ansiedad, la garganta seca.

Aeris se dio cuenta.

Y se acercó rápidamente hacia ella.

—Eh… eh… —Aeris sujetó el rostro de Nya entre sus manos, obligándola a mirarle— Nya, mírame.

Ella no podía.

Solo podía ver su rostro en el cuerpo de aquella enfermera.

Aeris sabía que tenía que hacer algo más para devolverla a la cordura.

—Palacios…

Y entonces, ella parpadeó.

Miró sus ojos.

Y comenzó a respirar un poco más rítmicamente.

—Eso es… —Aeris la soltó despacio, pero le mantuvo la mirada, anclándola a la realidad— Respira…

Nya respiró…

Y respiró…

—Tienes que irte de aquí, Harper… —La voz de Nya era un susurro entrecortado— Antes de que…

Aeris la miró fijamente, tenso, frío.

—¿Antes de qué?

Nya sentía un pánico en su interior por la incertidumbre de no saber.

—Antes de que te haga daño… porque ya no sé quién soy…

Solo podía recordar las palabras de aquella diabólica enfermera.

« Tranquila, Estefanía. Pronto sabrás quién eres realmente… ».

Aeris volvió a cogerla por las mejillas y lo que salió de su garganta fue un susurro muy bajo.

Peligroso.

—No pienso ir a ninguna parte, Palacios. Porque solo tengo clara una cosa. Por más que las pruebas digan lo contrario, sé que tú no has matado a nadie.

Y eso hizo que Nya tuviera una reacción que jamás pensó que tendría.

Su propio miedo.

Se desató en lágrimas.

Aeris no dijo nada más.

Solo se quedó ahí.

Sentándose en una silla junto a ella.

Porque algo tenía claro.

Las respuestas a las preguntas que tanto buscaban .

Estaban en la sangre de Nya.

Era cuestión de tiempo.

Y los dos solo podían esperar.

En silencio.