CAPÍTULO 31 #2
Aeris apretó los dientes. Esos síntomas que llevaba viendo en ella desde que la vio en aquella boda. Los temblores en las manos, los mareos… y entonces cayó en la cuenta de algo.
—Recuerdo que te llamaron por teléfono, sí. Y luego… te dio esa especie de «ataque de ansiedad» que no nos creímos ni tú ni yo, pero oye, va siendo hora de que me cuentes qué fue lo que te pasó…
Nya tragó saliva, estaba muy angustiada.
—Sentí como… no sé explicarlo. Como si me viese fuera de mi cuerpo. Charcos, cristales… gritos… miles de espejos… sentir el… —Se puso la mano sobre los arañazos del antebrazo— el rasgar de mi carne… y luego… una voz.
Aeris inclinó la cabeza, indicándole que continuara.
—¿Qué recuerdas de esa voz?
—« Ya pasó… solo son reflejos… vamos a casa, dormilona ».
El silencio que siguió a esas palabras fue insoportable.
Aeris no percibía que Nya estuviera mintiendo, su mente y su corazón le decían a gritos que ella no era la asesina que tenía delante.
Pero… ¿qué tipo de manipulación psicológica era aquella que ponía por delante tantas pruebas que apuntaban a ella?
—¿Me crees? —preguntó ella ante el silencio de Aeris, con una esperanza desesperada teñida en su voz.
Aeris se levantó bruscamente, apartándose, incapaz de responder de inmediato. Su cabeza giraba a toda velocidad, colapsando entre la evidencia y la intuición. Su corazón era un tambor furioso, golpeando en su pecho con la violencia de un reloj roto.
Entonces, casi sin aliento, ella susurró algo que lo atravesó como un cuchillo oxidado.
—¿Qué se siente al ser el verdugo de tu propio demonio, Alexander?
No le quedó más remedio de darle a Aeris Harper la prueba definitiva de que ella no era la asesina que estaba buscando.
Porque la propia Nya, incluso ella misma, quería seguir pensando que no era una asesina, por mucho miedo que le diera equivocarse.
Aeris retrocedió como si lo hubieran sacudido, golpeando con fuerza la mesa. Su voz salió en un rugido cargado de frustración y angustia.
—¿Qué has dicho?
Nya le miró, tragando saliva, sintiendo cómo una extraña opresión en el pecho la atormentaba de forma cada vez más intensa.
Algo iba mal.
Aeris se acercó a ella y posó las manos a ambos lados de la carpeta abierta, mirándola fijamente a los ojos.
—Nya…
Ella asintió, con los ojos vidriosos.
—Sí… —Le sostuvo la mirada—. No pude matar a nadie esta noche, Harper. Po rque estaba allí, rompiéndote en mil pedazos, bajo la máscara de Lady Black.
Aeris mantuvo la compostura, y no sabía si en ese momento quería matarla, gritarle, pedirle explicaciones, o simplemente darle las gracias por lo que había hecho en Sevilla.
Su mente iba a mil por hora. La sola idea de descubrir que Nya era la mujer a la que Lucian Fauden había creado…
le resultaba angustioso. No podía imaginar a Nya pasando por aquello.
Pero no era el momento de pensar en eso.
Tenían una asesina que detener.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Tenía miedo… porque yo no sabía quién eras hasta que mencionaste el nombre de David —Respondió Nya, tratando de calmarse. La opresión en el pecho se hacía más asfixiante.
—¿Por qué no paraste?
Ella no respondió. Su rostro palideció de forma repentina, sus labios se volvieron azulados y sus pupilas se dilataron violentamente. Aeris notó el sutil cambio en su respiración, el leve jadeo que no debería estar ahí.
—Nya… —la llamó con un tono más suave, acercándose—. Nya, ¿estás bien?
Ella intentó hablar, pero lo único que salió de su boca fue un sonido seco, casi un jadeo sofocado.
—Nya… —Aeris sintió cómo la alarma se disparaba en su cerebro.
La joven se llevó una mano al pecho con dedos temblorosos, como si intentara sostener algo invisible, un dolor que no podía nombrar. Su respiración era cada vez más errática, entrecortada, como si el aire le quemara la garganta en lugar de llenarle los pulmones.
—Mierda… —Aeris se inclinó hacia ella, pero antes de poder sujetarla, su cuerpo comenzó a convulsionar en espasmos pequeños pero violentos.
Un escalofrío de puro pánico recorrió la espalda de Aeris.
—¡Nya! —intentó sostenerla, pero ella ya estaba cayendo.
Sus ojos, abiertos un segundo antes, se cerraron de golpe, y el sonido de su cuerpo golpeando el suelo fue un eco seco en la habitación.
Demasiado tarde.
El golpe resonó con un eco sordo en la pequeña habitación.
—¡Nya! —gritó Aeris, aterrorizado, mientras se lanzaba hacia ella, arrodillándose a su lado. Su mano tocó el rostro frío, pálido, casi sin vida—. ¡Ayuda, joder! ¡Necesito ayuda aquí!
La puerta de la sala de interrogatorios se abrió con violencia, y Parra entró acompañado por otros agentes, todos atónitos, petrificados ante la escena.
Pero Aeris ya no los veía.
Solo veía a Nya, inconsciente en sus brazos, vulnerable, rota. La mujer que, en cuestión de días, había desmontado toda su vida pieza a pieza.
«No puedes morirte ahora», pensó desesperado, sintiendo una angustia que nunca había conocido. «No hasta que me expliques qué cojones está pasando aquí.»
Y justo en ese instante, lo supo con claridad.
Ella era inocente, y Harper había condenado a la única persona capaz de sacarlo del infierno en que se había convertido su vida.
Y posiblemente, sin saber por qué, acababa de perderla para siempre.
La realidad, oscura y afilada como la hoja de un bisturí, lo golpeó con fuerza demoledora.
Estaba atrapado entre silencio y sombras.
Y, por primera vez en años, sintió verdadero miedo.