Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Silencio y sombras

L os primeros ecos del amanecer comenzaban a vislumbrarse en el horizonte.

Aeris Harper detuvo el coche en la puerta vacía de la comisaría, dejando que el motor se apagara lentamente, con un último ronroneo que se desvaneció susurrante.

Permaneció sentado unos instantes, incapaz de moverse.

En el espejo retrovisor, sus ojos eran agujeros negros, pozos de incertidumbre, cargados de una furia que no lograba disimular.

Un peso demoledor le comprimía el pecho.

Una culpa espesa, como alquitrán caliente, le quemaba las entrañas.

Nya Palacios estaba detenida.

Y él había dado la orden.

La puta orden.

Salió del coche con lentitud, casi obligado por sus propias dudas. Cada paso hacia el edificio, bajo la luz enfermiza de las farolas, resonaba con el eco vacío de una sentencia. Dentro le esperaba la mujer que había puesto su mundo del revés.

La misma mujer que ahora era sospechosa de asesinato múltiple.

No podía serlo.

Se negaba a creerlo.

Pero las pruebas hablaban por sí solas.

Y por una vez.

Aunque le costara su reputación.

Deseó equivocarse con toda la fuerza de su convicción.

Parra se cruzó con él en la entrada. Sus ojos revelaban cansancio y preocupación. El inspector asintió con respeto.

Cuando entraron en la comisaría, un agente de paisano se acercó a ellos y les entregó una carpeta azul con las fotografías de los tres crímenes y los resultados sobre la cámara del conservatorio, la declaración del testigo del polígono, la prueba del punto de libro, y las notas todavía manuscritas del escenario del Camino de las Estacadillas.

La voz de aquel agente, apagada y sombría, rompió el silencio.

—Está en la sala tres, señoría. No ha dicho ni una sola palabra desde que la dejamos ahí. ¿Llamamos al abogado de guardia?

—Aquí no va a venir nadie —Dijo Aeris, seco, cortante.

Parra le puso la mano en el hombro.

—Harper… hay derechos.

—Si luego quiere ponerme una nulidad de actuaciones sobre lo que diga en esa sala, que lo haga, pero no podrá invalidar lo que ya tenemos. Solo quiero hablar con ella…

«Necesito saber que no es verdad… que no he tenido a la puta asesina delante de mis narices».

—Como quieras —Parra asintió—. Solo… prepárate para lo que te pueda venir.

Aeris se revolvió hacia Parra, visiblemente molesto, fruto de la ansiedad que tenía encima.

—Sé perfectamente cómo hacer mi trabajo, Parra. Y también sé las consecuencias de lo que hago mal. Llévame hasta ella.

Parra asintió y se encaminó hacia el pasillo.

Y Aeris no tuvo tiempo de arrepentirse de haber pagado con Parra la frustración que se arremolinaba en su interior.

Parra no tenía la culpa.

Aeris apretó los dientes, respirando despacio, sintiendo el pulso martillear en sus sienes. Sin decir nada más, avanzó por el pasillo que llevaba a la sala de interrogatorios, con la carpeta en una mano, sintiendo cómo el peso del mundo entero recaía sobre sus hombros.

—Voy solo. Observa desde la antesala… —Aeris se humedeció los labios.

Parra asintió, sin rechistar. Sabía cuándo debía apartarse. Pero antes de que se retirara, la voz de Aeris lo detuvo.

—Lo siento… —Susurró.

Parra sonrió de medio lado.

—No te preocupes. Este caso nos está volviendo locos a todos. Me invitas a una cerveza y listo —Parra lo dijo de corazón, para calmar los ánimos.

Aeris asintió sin expresión.

—Dame las llaves de las esposas.

Parra se las dio sin dudar.

—¿Estás seguro?

—No me hará nada, Parra, estoy seguro. Mientras tanto, ya que le habéis confiscado sus cosas, revisad la cronología de su móvil para esta noche, mensajes… quiero todo, por insignificante que parezca.

Parra se dio la vuelta y dejó a Aeris frente a su destino.

La puerta de la sala de interrogatorios era un obstáculo más. Fría, metálica, un reflejo de lo que sentía en su interior. Respiró hondo, y abrió con violencia.

La habitación era claustrofóbica, con paredes grises y una lámpara que emitía un zumbido bajo y constante, como la melodía enfermiza de un reloj al que se le están acabando las pilas. Frente a él, Nya estaba sentada en una silla metálica, con la espalda perfectamente recta y las manos bajo la mesa.

No alzó la vista cuando él entró. No hizo ni un movimiento, como si estuviera hecha de piedra. Levantó las manos instintivamente, y Aeris vio las esposas. Quizá, si aflojase un poco la tensión, podría obtener más que si la tenía como un perro rabioso. Pero… ¿y si estaba equivocado?

Sus dedos se cerraron alrededor de la llave, pero no giró de inmediato. La observó, buscando algo, cualquier atisbo de amenaza o mentira en sus ojos. Nada. Solo una quietud impenetrable, como un océano sin olas.

Aeris tragó saliva. La llave resbaló entre sus dedos sudorosos antes de que se decidiera.

—Dame las manos —susurró finalmente.

Nya no dijo palabra alguna. Ni siquiera lo miró. Simplemente dejó que Aeris le soltara las manos, y cuando se las acarició instintivamente, él no pudo evitar fijarse en la leve marca rojiza que quedaba sobre su piel. Una imagen incómoda, demasiado familiar.

Solo que el contexto en el que se las puso Lucian Fauden no era en una comisaría.

Era una sala de interrogatorios.

Y Aeris Harper se las estaba quitando.

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó Aeris, midiendo cada palabra.

Ella levantó los ojos lentamente hacia él, y Aeris sintió cómo su seguridad flaqueaba por un segundo al encontrarse con aquella mirada fría, herida, pero también desafiante.

—Porque crees que soy yo —respondió ella, con voz plana—. Porque has decidido que ya soy culpable.

—No he decidido nada todavía, Nya —replicó él, tomando asiento frente a ella—. Pero necesito respuestas.

—¿Y si no las tengo?

—Entonces vas a tener un problema muy serio.

El silencio cayó entre ambos, tan pesado que se hizo casi tangible. Aeris abrió la carpeta y le puso por delante varios documentos, con fotografías y texto.

—Saliste a las 21:10 de casa. Has dado esquinazo a mis agentes.

Han visto tu coche, han registrado tu móvil en los alrededores del crimen de Helena Ortiz.

Y tenemos un testigo que te ha visto salir de la finca en el Camino de las Estacadillas cubierta de sangre, por no hablar de que el yonqui del Polígono te vio saliendo de la nave donde mataron a Helena Ortiz, y para coronar, tu punto de libro en la escena del crimen de Daniel Heredia ¿Quieres decirme qué coño pasa aquí?

Nya mantuvo la mirada en silencio, inmóvil, impasible.

Un músculo en su mandíbula se tensó lentamente, como una cuerda que estuviera a punto de romperse.

No podía recordar qué pasó en el Polígono la noche en que Helena Ortiz fue asesinada, pero lo que tenía claro es que su cuerpo recordaba que estuvo allí, pero su mente no.

—No lo sé —respondió con calma—. No lo recuerdo.

—¿No lo recuerdas o no quieres recordarlo, Nya? —presionó Aeris, inclinándose hacia adelante, sintiendo una rabia contenida quemarle la garganta— ¡Háblame, joder! ¡Si no me hablas no puedo entender!

Nya no retrocedió. Se limitó a sostener su mirada, sin parpadear.

—¿De qué serviría decirte nada, Aeris? Has decidido ya que soy culpable. Y no me extraña con lo que me has expuesto. Mi punto de libro estaba en la escena del crimen de Daniel Heredia… yo ya… no estoy segura de nada.

—Tú no mataste a Daniel Heredia, Nya. Estabas conmigo en el Parador Atlántico. Pero… ¿por qué fuiste al conservatorio el día antes de su muerte?

Nya no respondió.

Ya no estaba segura de nada.

Su mente estaba a pleno rendimiento.

«No salí de casa desde que Aeris se fue… pero también escribí el relato, y no me acuerdo… ¿y si también salí el viernes de casa y no lo recuerdo? La puta imagen está ahí. Es mi punto de libro… todo».

Pero su expresión era impasible.

Lo que Aeris veía era una mujer a la que no podía leer.

Su voz bajó varios tonos, acercándose peligrosamente a una amenaza velada.

—¿Por qué has salido esta noche, Nya? ¿Adónde coño fuiste?

Ella apretó las manos sobre su abdomen, como si intentara contener algo mucho más profundo que el miedo .

—Necesitaba dar un paseo para combatir mi ansiedad, sabes que la padezco —respondió en voz baja, con una grieta visible en su voz—. Volví a tu casa cuando me calmé.

—¿Casi seis horas para calmar un ataque de ansiedad? Nya… tanto tú como yo sabemos que lo que te pasa no es ansiedad, así que no me cueles esta mierda.

—No tengo otra… —Nya le miró directamente a los ojos—. Pero sí te diré… que la noche que mataron a Helena Ortiz, no recuerdo lo que pasó. Hay… una parte de esa noche que no recuerdo.

Aeris sintió cómo se le congelaba el aire en los pulmones.

—¿Qué quieres decir con que no recuerdas?

Nya bajó la vista al suelo, sus hombros temblaron suavemente. Y entonces levantó la manga de la sudadera con lentitud. Aeris observó, con horror contenido, las marcas frescas y profundas en su antebrazo, arañazos recientes.

—No recuerdo haberme hecho esto.

Aeris la observó con detenimiento. No sabía por qué, pero había algo en sus palabras y la expresión de su cuerpo que le indicaba que la escuchara.

—Explícate.

—Ese día… —Nya tragó saliva, sintiendo cómo sus manos temblaban— Estuve en un café literario en el centro de Jerez. Soy clienta asidua de allí. Estaba con cuatro compañeras. Luego te doy los datos, si quieres.

Aeris no manifestó expresión, pero con un leve asentimiento de cabeza, la invitó a continuar.

—Sigue…

Nya tragó saliva.

—La cuestión es que… según lo que recuerdo… salí de allí más de la una de la mañana, en dirección a la Finca. Ya sabes que al día siguiente, mi padre tenía declaración en el Juzgado…

Las palabras se le atascaban en la garganta.

—Ajá… —Aeris continuaba escuchando.

—Cuando tú y yo fuimos al Polígono para ver los alrededores del escenario…

me llamó una de ellas. Lucía. Tras hablar un momento, ella me dijo dos cosas.

La primera, es que me fui de allí sobre las 20.

30… y la segunda, es que según lo que me dijo, me notó ida, distraída…

como si no fuese yo… —Aquellas últimas palabras temblaron en la voz de Nya.