Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Relojes Rotos

E l coche de Aeris irrumpió en el camino de tierra levantando una nube de polvo y grava que se disolvió bajo las luces estroboscópicas de la policía que parpadeaban en la negrura de la madrugada, proyectando sombras fantasmales sobre la finca.

La casa, vieja y carcomida por la humedad, se erguía en medio de la nada, rodeada de campos abiertos y salpicada por el eco de conversaciones tensas.

Aeris conocía El Puerto de Santa María, esa finca era propiedad de la familia «Osborne», y solo la utilizaban en época de vendimia como depósito para la uva, para posteriormente trasladarla a otros puntos de la geografía española.

Pero…

¿Qué ocurría mientras no había vendimia?

Que aquella casa, salvo por el guarda, era el sitio perfecto para cargarse a alguien.

Y aquel momento era el reflejo de aquella oscura realidad.

Agentes dispersos, rostros tensos, el aire impregnado de electricidad estática.

Un crimen así no era común. Ni siquiera en su línea de trabajo.

Y ya era el tercero en menos de dos semanas, y el octavo que al menos supieran en menos de dos años. Y poco a poco el cerco se iba estrechando, acercándose y cerrando filas en torno a la autora de la biblia que aquella asesina había tomado como sagradas escrituras.

Nya Palacios.

Pero en aquel momento, Aeris, a pesar de la liberación y el peso que ya no soportaba sobre sus hombros… no podía dejar de preguntarse si Nya era más de lo que le había mostrado, o si realmente era una psicópata capaz de manipular a la gente para cometer esos atroces crímenes.

Aeris descendió del coche con el gesto pétreo. Su mandíbula era una losa de mármol, y sus ojos, dos pozos sin fondo. No corrió, ni aceleró el paso, pero cuando llegó junto a Parra, el ambiente a su alrededor ya estaba cargado como una tormenta en el horizonte que amenazaba con desatarse.

Parra tenía esa expresión de quien acaba de mirar algo que le ha cambiado la vida. Algo que se le ha pegado en la piel y que no va a poder quitarse ni con lejía.

—Harper… esto es muy jodido. Cada crimen es peor que el anterior.

—Muéstramelo.

La casa olía a humedad rancia y a madera podrida. El suelo crujía con cada paso y el aire parecía espeso, como si el horror se hubiera filtrado en las paredes. Todavía quedaba olor de uva rancia de los años transcurridos, mezclado con el olor cobrizo de la sangre.

Aeris sintió un escalofrío visceral cuando cruzó el umbral.

Parra no dijo nada. Solo lo guio hasta la habitación.

Y ahí estaba.

El cadáver, atado a una silla en el centro de la estancia, convertido en una macabra pieza de relojería humana.

Los cortes eran precisos.

Demasiado.

Círculos perfectos.

Numerados con exactitud milimétrica sobre la piel desgarrada.

La sangre formaba un charco a los pies de la víctima, reflejando el resplandor de las linternas como un espejo de pesadillas.

Un reloj de péndulo seguía funcionando en la pared, marcando el tiempo con un sonido monótono y eterno.

Tic.

Tac .

Frente al cadáver, la sentencia manchada en la pared.

« El tiempo no se detiene. La carne sí ».

Pedro, el forense, se encontraba examinando el cuerpo con la precisión meticulosa de un hombre que veía la vida como una hoja cuadriculada.

Sin inmutarse ante el escenario grotesco, deslizó los guantes de látex sobre sus manos con un chasquido seco y se inclinó sobre la víctima.

—Hombre, entre 40 y 45 años —comenzó con su tono plano, casi desapegado—.

Raza caucásica. Complexión delgada. Sin signos de lucha en manos ni uñas.

Apuesto lo que queráis a que cuando analicemos su sangre, encontraremos el mismo cóctel de medicamentos que en las víctimas anteriores. El «midazolam» parece que es su firma.

Pasó la luz de su linterna sobre la piel abierta con la indiferencia de quien examina un objeto más, como si el horror de la escena no tuviera cabida en su sistema de pensamiento estructurado.

—Los cortes son quirúrgicos. Superficiales en algunas zonas, profundos en otras. No son aleatorios. Hay una intención matemática en ellos.

Aeris frunció el ceño.

—¿Matemática?

Pedro asintió, moviendo su bisturí con suavidad sobre una de las incisiones.

—El asesino usó un compás o algún tipo de herramienta de medición para lograr estos círculos. No son torpes ni improvisados. Además…

Se detuvo un instante, observando el patrón de las heridas con atención.

—La disposición de los cortes sigue una distribución proporcional en torno al torso. Fíjate en los números —Pedro señaló las marcas con la punta del bisturí—. Son perfectamente equidistantes, formando lo que parece ser la esfera de un reloj.

Aeris sintió que algo se revolvía en su interior.

—¿La víctima estaba viva cuando se hicieron los cortes?

Pedro hizo una leve pausa antes de responder.

—Sí. Y completamente consciente, al menos lo que ya sabemos. El cerebro funciona, pero el cuerpo no.

El silencio se espesó como alquitrán caliente.

Parra maldijo en voz baja.

Pedro siguió con su exposición metódica.

—La hemorragia indica que las heridas fueron infligidas mientras el corazón aún latía. El asesino controló el sangrado lo suficiente para prolongar el sufrimiento. Esto no es solo tortura. Es una representación.

Aeris exhaló lentamente.

—¿Hora de la muerte?

Pedro consultó su reloj, como si el dato fuera un simple trámite más en su jornada.

—Según la temperatura del hígado, entre las diez y las once de la noche.

Tic.

Tac.

El sonido del péndulo llenó el silencio.

Pedro levantó la mirada hacia la frase escrita en la pared, observándola con el mismo interés distante con el que miraría una fórmula matemática.

—« El tiempo no se detiene. La carne sí » —repitió en voz baja, como si analizara el significado más allá de lo evidente—. ¿ Cómo se puede interpretar un relato de esta forma? ¿Qué retorcida mente maligna hace esto?

Aeris sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Tenemos que encontrarla. ¿Habéis visto si se ha publicado algún otro relato?

Esta vez fue Parra quien miró a Aeris, sorprendido.

—No. «El Reloj de Carne» ha sido el último. ¿Por qué lo preguntas?

Aeris respiró hondo.

—Porque… por mucho que Palacios no escriba ningún relato más… la asesina no va a detenerse.

Pedro enderezó la postura y se quitó los guantes con la misma calma con la que se los había puesto.

—¿Le has dicho lo que te han dicho los informáticos? —Dijo, dirigiéndose a Parra.

Aeris giró la cabeza hacia el inspector con tanta fuerza que casi se desnuca.

—¿Qué tienes que contarme?

Parra respiró hondo.

—Cuando comentamos lo de la foto en la cámara del conservatorio… pedí a los de informática que rastrearan la ubicación del móvil de Nya la noche del asesinato de Helena Ortiz y Daniel Heredia. He encontrado… información un poco confusa.

Aeris apretó los puños. No estaba para que le tocaran las narices.

—Explícate —Dijo con un tono bajo, peligroso.

Parra sacó su móvil y revisó los datos que le habían dado.

—Según el historial de ubicaciones, la noche del asesinato de Daniel Heredia, Estefanía estuvo en su casa, hasta el momento en que va al Hotel Parador Atlántico, y está allí hasta que se desplaza al escenario del crimen.

Aeris estaba perdiendo la paciencia.

—Eso ya lo sé. Estuvo conmigo.

Parra asintió.

—Y ahora viene lo interesante. En la franja horaria del asesinato de Helena Ortiz, el móvil de Estefanía estuvo… —Parra tragó saliva, no se atrevía a decirlo.

Aeris entrecerró los ojos.

No iba a repetirse.

—…Estuvo en el polígono, Harper. Llegó a Jerez pasadas las 02.00 h.

Aeris no sabía qué hacer en ese momento.

Una parte de él, el Juez de instrucción, se fijaba en las pruebas que cada vez se iban arremolinando más en torno a Nya. Pero algo en su interior. Los síntomas que veía en ella, esa determinación y mente afilada… le decía a gritos que había algo que se le escapaba.

Nya Palacios no era una asesina.

No le entraba en la cabeza.

Y recordó.

La noche del asesinato de Helena Ortiz, el relato «La Orquesta de los Condenados», se escribió esa noche, aquella madrugada.

Era una jodida locura.

Según esas pruebas, Nya había asesinado a Helena Ortiz y luego, tan tranquila, se había ido a su casa y había escrito la receta del siguiente asesinato…

No.

Se negaba a creerlo.

Algo había que se le escapaba.

Pero cada vez le costaba más creer en la inocencia de Nya.

Respiró hondo y no dijo nada.

Todavía no podía decidir.

Quería esperar un poco más.

Simplemente dejó escapar un lento suspiro, pero ni siquiera él supo si era de asco o de comprensión.

Porque aquello no era una serie de asesinatos.

Era un mensaje.

Y sabía exactamente para quién iba dirigido.

O no.

Porque en su mente, el hecho de que Nya no estuviera en su casa entre las 21.10 y las 03.00 de la mañana le recordaba continuamente aquella jodida posibilidad.

Parra tragó saliva, lo que salió de su garganta era un susurro tembloroso.

—Esto es una puta locura, Harper, lo sé. Pero…

Aeris giró la cabeza hacia él, sin apartar las manos de los bolsillos de su pantalón.

—No. Esto es una declaración de intenciones.

El sonido del reloj llenó el silencio.

Tic.

Tac.

Una aguja que avanzaba sobre un tablero donde los jugadores aún no se habían mostrado.

Pero pronto lo harían.

Y Aeris tenía la sensación de que no le iba a gustar lo que vería .

Y continuó con lo siguiente que debía preguntar.

—¿Alguien vio algo?

Parra asintió.

—El guarda de la propiedad. Solo está él aquí. Es un hombre mayor. Dice que vio a la asesina salir. Pero mejor que hables con él tú mismo.

Aeris asintió. En su mente estaba la esperanza de que el testigo disipase sus dudas sobre Nya. Tuvo que haber sido otra persona.

Tenía que serlo.

Al salir de la casa, encontraron al oráculo donde encontraría sus tan ansiadas respuestas.

El viejo Manuel Osorio esperaba fuera, junto a los coches patrulla.

Rostro curtido por el sol, manos callosas, mirada cansada. Un hombre que había visto cosas en su vida, pero nada como aquello.

Aeris y Parra se acercaron.

—Señor Osorio —dijo Aeris con voz firme pero tranquila—. Cuénteme exactamente lo que vio.

El hombre tragó saliva. Miró alrededor, como si temiera que algo pudiera escucharlo.

—Mire usted… Oí ruidos raros sobre las diez y media… Gritos. Vine corriendo, pensando que se habían metido ladrones, pero… vi salir a una mujer joven.

Se detuvo un segundo. Frunció el ceño.

—¿Seguro que era una mujer?

Osorio dudó. Se pasó la lengua por los labios resecos.

—Era delgada. No muy alta. Llevaba el pelo suelto, oscuro. Pero iba cubierta de sangre. Y su mirada…

Parra se inclinó un poco más.

—¿Qué tenía su mirada?

Osorio tembló, cerrando los ojos un segundo como si la imagen lo golpeara de nuevo.

—Era… jodida. No sé cómo explicarlo. No era la mirada de alguien asustado. Era… como si…

Aeris sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Como si qué?

Osorio lo miró con una expresión de pura incomodidad.

—Como si supiera que la estaban viendo. Y le diera igual.

Parra deslizó el móvil con discreción.

—¿Es ella?

Osorio miró la pantalla.

Por un instante, su rostro se contrajo en duda.

Y entonces, después de una pausa eterna, asintió.

—Sí. Era ella.

El golpe en el pecho de Aeris fue seco, brutal… pero aun así, algo en su interior gritaba que no podía ser cierto.

Se apartó.

Necesitaba aire.

Su respiración se aceleró, y su pulso era como un tambor enloquecido.

Parra se acercó despacio, midiendo cada paso.

—Aeris… ¿Estás bien?

Aeris no respondió de inmediato.

Su mirada se perdió en el reflejo de la luz azulada sobre el capó del coche patrulla. Y, por un segundo, lo vio.

Nya, tumbada en el sofá de su casa, la noche de la gala...

Tan indefensa, tan agobiada… y él decidió no dejarla sola.

Un momento simple, sin importancia… pero ahora lo veía con una claridad hiriente. Porque en esa noche tranquila, en esa conversación sin palabras, él había sentido algo que hacía tiempo no experimentaba.

Se había sentido a salvo.

Y ahora iba a ordenarle a la policía que la detuviera.

Tragó saliva, sintiendo una presión insoportable en la garganta.

«Si te equivocas, Harper, la habrás condenado. Y nunca te lo perdonarás»

Cerró los ojos un segundo. Su mente era una tormenta. Cada fibra de su ser le decía que no lo hiciera. Pero los hechos…

Los hechos no dejaban escapatoria.

El sonido de su puño golpeando la puerta del coche resonó en la madrugada.

Parra se mantuvo en silencio. Esperó.

Hasta que Aeris alzó la mirada, con una decisión dolorosa grabada en cada línea de su rostro.

—Detenedla.

Su voz sonó como un disparo.

Parra respiró hondo.

—Harper… ¿estás seguro?

Aeris bajó la mirada, como si la pregunta lo hubiese golpeado en el pecho.

—No estoy seguro de nada —su voz era puro veneno contenido—. Pero a pesar de que el día de la muerte de Daniel Heredia, Palacios no pudo ser porque estaba conmigo en Cádiz… estaba en el polígono la noche del asesinato de Helena Or tiz. Y no tiene coartada para esta noche.

—¿Y si te equivocas?

Aeris tragó saliva.

—Entonces estaré cometiendo el peor error de mi vida.

Parra asintió, comprendiendo la tormenta que había en el interior de Aeris Harper en ese momento.

—¿Quieres estar presente cuando la interroguemos?

—No, Parra. La interrogaré yo mismo.

—Eso va…

—En contra de las normas, lo sé —cortó Aeris—. Pero necesito hacerlo. Quiero que, si realmente es ella, me mire a los ojos y me diga en mi puta cara que no tiene nada que ver con esto. ¿Está claro?

Parra lo miró en silencio un largo segundo.

Luego asintió.

—Clarísimo.

El inspector cogió su móvil para cumplir la orden. Llamó a la patrulla que se encontraba en casa de Aeris.

—Soy el inspector Alberto Parra. Por orden del Juez Aeris Harper, detened a Estefanía Palacios. Llevadla a comisaría para su interrogatorio.

Aeris se metió en el coche y cerró la puerta, aislándose del mundo.

El ruido, las luces, las voces, todo quedó fuera.

Solo quedó él.

Él y la imagen en su cabeza.

La víctima muerta entre las diez y las once.

Nya había salido de su casa a las 21:10 y volvió poco antes de las tres.

El testigo que la había visto cubierta de sangre.

La cámara del conservatorio.

La ubicación de su móvil que la situaba en el Polígono la noche que mataron a Helena Ortiz.

El punto de libro.

El relato.

El que ella misma había dicho no recordar haber escrito.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Aeris apoyó la frente contra el volante, los nudillos blancos de tanto apretar.

—Joder, Nya… —susurró, con la voz quebrada—. ¿Qué cojones estás haciendo?

Encendió el motor.

Puso primera.

La carretera se estiraba ante él, oscura e infinita.

Y en algún punto de esa oscuridad, le esperaba la verdad.

Y quizá, solo quizá, no quería conocerla.