CAPÍTULO 29
Jaque Mate
L a noche aún latía en sus venas cuando Aeris Harper detuvo su coche en la entrada del garaje.
El motor ronroneó un instante más antes de apagarse, dejando el silencio devorar todo a su alrededor.
La cabeza le ardía con imágenes que aún no comprendía, pero era el corazón, acelerado e inquieto, el que verdaderamente lo alarmaba.
Algo no iba bien. Lo notó antes de bajarse del vehículo.
Sus ojos se clavaron, de forma inmediata y automática, en el coche de Nya. Su posición había cambiado: ligeramente inclinado, mal estacionado, como si alguien lo hubiera dejado allí con prisas. La alarma en su cerebro fue instantánea.
Nya había salido.
Sintió cómo el aire se le escapaba lentamente de los pulmones. Sin perder tiempo, sacó el móvil y llamó a la patrulla que Parra había asignado discretamente a vigilar su casa.
—Soy Harper. ¿Alguien ha salido de mi casa esta noche?
La respuesta del agente llegó cargada de titubeos.
Mal augurio.
—Sí, señoría. La señorita Palacios salió a las 21:10.
El corazón de Aeris se hundió en una mezcla nauseabunda de rabia y angustia.
—¿Y no la seguisteis?
—Lo intentamos, señoría, pero… nos hizo una maniobra extraña en la rotonda del centro. Frenó en seco para dejar pasar un taxi. Nos bloqueó un coche por detrás. Perdimos el contacto visual. Supusimos que volvería. Y lo ha hecho hace co mo mucho veinte minutos.
Aeris sintió cómo una gota de sudor frío recorría lentamente su espalda. El corazón se le desbocó, y el teléfono crujió bajo sus dedos al apretarlo con fuerza suficiente para blanquear sus nudillos. Su voz salió ronca, apenas un susurro cargado de frustración.
—Joder.
Colgó sin dar explicaciones, sintiendo la adrenalina abrasarle el pecho. Nya había evitado a sus vigilantes. Y lo había hecho a propósito.
Ella, precisamente ella.
Y con todo lo que tenía encima.
El puzzle se retorcía cada vez más.
Aeris entró en casa como si fuese una escena del crimen en sí misma. Lo hizo en silencio, metódico, sus ojos fríos escaneando cada centímetro con una precisión forense.
Encontró a Nya en la cocina, sentada frente a una taza de café medio vacía, sus dedos aferrados a la porcelana con una fuerza desproporcionada.
Temblaba ligeramente, como si pudiera quebrarse en cualquier instante, y su mirada parecía hundirse en el fondo oscuro de aquella taza, intentando evitar a toda costa encontrarse con la de Aeris.
Su rostro estaba pálido, sus ojos cansados, su expresión ilegible. Pero había algo más: una grieta invisible en su mirada que Aeris supo leer enseguida.
—Has salido. ¿Dónde?
No fue una pregunta. Fue un disparo directo al pecho.
Nya alzó lentamente la vista hacia él, midiendo con inquietante calma cada palabra.
—¿Desde cuándo tengo que pedirte permiso para coger mi coche y dar una vuelta?
Aeris caminó lentamente hacia la mesa, tensando cada músculo de su cuerpo. Se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos con firmeza.
—Desde que hay una puta asesina suelta que ha dejado TU marcapáginas en la escena de un crimen.
Aeris no mencionó ni lo de la imagen de la cámara, ni la afirmación del yonqui del polígono.
No tenía claro lo que estaba pasando.
Pero una cosa sí tenía clara.
Nya no pudo matar a Daniel Heredia.
Pero eso no la eliminaba como sospechosa de complicidad con la asesina.
Nya apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se tensaron hasta hacerse visibles bajo la piel.
Sus ojos, brillantes y húmedos, reflejaron por un instante una mezcla de dolor, decepción y rabia que Aeris no supo interpretar del todo.
Pero lo que la perturbó no fue su propio reflejo en la mirada de Harper.
Fue la forma en la que él la observaba: distante, evaluador, como si cada palabra, cada gesto suyo estuviera siendo diseccionado al milímetro.
Nunca antes le había parecido tan frío, tan peligroso.
Como si ya no estuviera mirándola a ella, sino a una posible sospechosa.
—¿Es eso lo que crees, Harper? ¿Que yo maté a Daniel Heredia?
—La noche que mataron a Heredia estaba contigo en el Parador Atlántico —replicó él, frío y duro—. Esa no es la pregunta. Repito. ¿Dónde has ido esta noche, Nya?
—A dar una puta vuelta, Harper… —Nya se puso a la defensiva. En aquel momento prefería que la odiara por mentirosa antes que por ser la mujer que lo había roto unas horas antes.
El silencio se hizo insoportable entre ambos. Los ojos de Nya brillaban con un desafío extraño, oscuro, peligroso. Antes de que pudiera responder, el móvil de Aeris vibró violentamente sobre la mesa, sacudiendo el instante como una maldita bomba de relojería.
Parra.
—Harper.
—Aeris. Tenemos otro cuerpo —respondió la voz profunda y tensa de Parra—. El Puerto de Santa María. En el Camino de las Estacadillas. Te paso la ubicación por WhatsApp . Está cerca del recinto ferial.
El aire de la habitación se congeló al instante. Aeris sintió que algo se quebraba dentro de él, pedazos de verdad encajando en posiciones dolorosas.
—Voy para allá.
Pero antes de colgar, Parra soltó la bomba que Aeris llevaba días temiendo:
—La escena es una locura. Es idéntica al relato que mencionaste… « El Reloj de Carne ».
Aeris sintió cómo la sangre se retiraba lentamente de su rostro. Frente a él, Nya palideció con la fuerza brutal de una revelación atroz.
Aquel relato era suyo.
Lo había escrito ella.
Pero según dijo no recordaba haberlo publicado.
—¿Hora de la muerte? —preguntó Aeris, apretando el teléfono hasta sentir el dolor en sus dedos, sin apartar los ojos de Nya.
—Entre las diez y las once de esta noche.
El móvil pesó como un cadáver entre sus manos.
Colgó en silencio, incapaz de moverse. Frente a él, Nya permanecía inmóvil, respirando con dificultad, sus pupilas dilatadas hasta extremos inquietantes.
Pero esta vez no fue solo la tensión en su propio cuerpo lo que la alarmó, sino el sutil cambio en Aeris.
Se había quedado rígido, como si algo dentro de él estuviera encajando piezas invisibles.
Su mirada era un abismo impenetrable, cargado de una intensidad feroz.
Durante un segundo, Nya tuvo la espeluznante certeza de que él ya había tomado una decisión sobre ella.
No sabía cuál. Pero sintió, con un escalofrío en la nuca, que su margen de maniobra se reducía a cada latido.
Y entonces lo comprendió todo.
Nya no estaba en casa a esa hora.
El coche había desaparecido.
Ella había escapado de la vigilancia deliberadamente.
El escenario se presentaba insoportable, despiadado.
Y, cuando Aeris levantó la vista de su móvil y la miró directamente, Nya sintió que su sangre se helaba.
No era una simple sospecha lo que reflejaban sus ojos, era una certeza hiriente, algo oscuro y calculador.
Como si ya no estuviera frente a un hombre desconcertado, sino ante un juez a punto de dictar sentencia.
Y ella no tenía claro en qué lado del fallo caería.
—Tenemos otro cuerpo —repitió Aeris, sin apartar sus ojos de los de Nya.
Ella, despacio, alzó el rostro con decisión.
—Voy contigo…
—No. Tú te quedas aquí —la cortó, seco y tajante—. Hasta que esto se aclare, te quiero bajo vigilancia.
Ella se levantó lentamente, sin apartar sus ojos de él. Su expresión se endureció, la vulnerabilidad se diluyó en una frialdad perturbadora.
—Y dime, Harper… —su voz cortó el aire como un bisturí—. ¿Qué harás si descubres que no soy la víctima?
Las palabras de Nya quedaron suspendidas en el aire como un disparo cuyo eco no se desvanece jamás. Aeris sintió que cada fibra de su ser se tensaba al límite, como cuerdas de violín a punto de romperse.
Durante un segundo eterno, no pudo responder. Solo pudo mirarla, dándose cuenta de que, por primera vez, no sabía quién era realmente la mujer que tenía frente a él.
La mujer que no sabía por qué le importaba un poco más que cualquiera.
Y eso lo irritaba sobremanera.
La mujer que quizás había convertido cada momento en ese poco tiempo a su lado en una maldita mentira.
El silencio, despiadado, resonó entre ambos como una sentencia .
Aeris dio media vuelta, sintiendo un peso insoportable en cada paso hacia la puerta.
No pronunció ni una palabra más. El silencio se expandió detrás de él, denso y tóxico, dejando en el aire una duda que le devoraba lentamente las entrañas, como el veneno de una serpiente que se inyecta poco a poco, matando muy lentamente.
Nya permaneció allí, inmóvil, mientras una sonrisa amarga, casi rota, se dibujaba lentamente en su rostro.
Las lágrimas, silenciosas, resbalaron por sus mejillas en completo contraste con aquella sonrisa triste, creando un cuadro tan desgarrador como inquietante.
Ella sabía algo que él ignoraba. Algo tan oscuro, tan terrible, que la sola idea de verbalizarlo le provocaba náuseas. Una verdad afilada, como cristales rotos en la garganta, esperando ser escupida con sangre y lágrimas.
Pero, sobre todo, sabía que aquella noche acababa de cruzar una línea de la que no había retorno.
Lady Black y Nya eran una sola mujer.
Y Aeris Harper estaba a punto de descubrirlo de la peor manera posible.