Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Carretera a la oscuridad

E l silencio era una presencia tangible, sofocante, pegajosa como la sangre en los dedos después de un crimen no cometido, pero sí contemplado.

Nya sentía ese silencio impregnado en cada centímetro de su piel, en cada poro abierto por la adrenalina de lo que acababa de hacer.

Las luces amarillas y monótonas de la autopista desfilaban en una procesión lúgubre, transformando la carretera en un túnel sin salida, sin retorno.

En el asiento del copiloto, aquella máscara descansaba como un cráneo despojado de identidad.

Dirigió hacia ella una mirada cargada de desdén y anhelo; de odio y gratitud.

Lady Black era ella y a la vez otra. Una mujer construida con retazos de dolor, fuerza y desafío, moldeada desde el barro viscoso de un pasado que no podía olvidar.

Condujo en silencio, observando de reojo la máscara, su otra piel. Le recordaba quién había sido, en quién se había convertido, y cuál era el precio que había pagado por ello.

—No soy tú —murmuró a la máscara, sintiendo la garganta seca, casi doliente por la mentira—. No soy tú.

Pero sí lo era. Quizá demasiado.

Sus ojos, negros y brillantes, se alzaron hacia el espejo retrovisor. El rostro que vio no era el de Lady Black, era el suyo propio. Vulnerable, quebrado, marcado aún por la sombra cruel de otro nombre, otro hombre.

Y entonces, inevitablemente, recordó.

« Bilbao. Cinco años atrás .

11:45 pm.

Tenía veinte años cuando Lucian Fauden decidió destruirla. Nya aún no sabía diferenciar la pasión del abuso, ni el deseo del sometimiento absoluto. Lucian sí, y se aprovechó de ello.

Aquella noche, la habitación del piso de Lucian se asemejaba a un altar pagano, decorado con oscuridad y terciopelo negro. Él la observaba con aquella expresión suya, arrogante y cruel, estudiándola como quien disecciona un cadáver aún caliente.

—Crees que deseas control, pequeña. Que tienes fuerza —Lucian avanzó hacia ella lentamente, sus ojos azules reluciendo con un brillo animal—.

Pero yo sé lo que eres realmente: una niña perdida que necesita alguien que le diga cómo respirar, cómo vivir.

Alguien que la haga arder hasta los huesos para que entienda quién manda aquí.

La voz de Lucian siempre había sido venenosa. Suave, susurrante, persuasiva. La desnudaba con palabras antes de tocarla, la golpeaba con frases antes de rozarla siquiera. La humillaba con silencios deliberados que dolían más que cualquier látigo.

Nya bajó la mirada, pero él la obligó a levantar el mentón con rudeza. Sus dedos, firmes y duros, marcaron la piel blanca de su mandíbula como una promesa de lo que vendría.

—¿Lo entiendes ahora? —preguntó él, burlón—. Necesitas romperte. Solo así podrás reconstruirte. Solo así dejarás de fingir que eres fuerte. Porque no eres nada, Nya.

Y ella, confundida y desorientada, creyó aquella mentira.

Permitió que la tumbara sobre la cama, que la desnudara lentamente, como si estuviera despellejando cada capa de su identidad.

Las manos expertas de Lucian, cálidas pero sin cariño, se pasearon por su cuerpo con la precisión quirúrgica de quien explora un campo de batalla.

No era sexo, nunca lo fue: era la forma en que Lucian marcaba su territorio, reclamaba su dominio, la devoraba para dejar de ella apenas los huesos rotos de su autoestima.

—No vales nada sin mí —le susurró al oído, mordiendo su cuello hasta hacerla gemir de dolor y de vergüenza—. Nunca serás suficiente sin alguien que te moldee.

Pero aquella noche, algo cambió. En medio de su total vulnerabilidad, Nya sintió algo extraño germinar en su interior.

Una rabia, minúscula primero, pero que se expandía como un cáncer.

Lucian, en su soberbia, no se percató de que la chica que intentaba romper había encontrado en sí misma una resistencia que no había imaginado jamás.

—No me estás moldeando, Lucian —murmuró Nya, mientras las lágrimas, calientes y silenciosas, resbalaban por sus mejillas—. Me estás destrozando. Pero lo que no sabes, es que los huesos rotos se sueldan más fuertes.

Y sin más, sin dar oportunidad a réplica, se levantó. Él la miró atónito, quizá por primera vez sorprendido. Quizá por primera vez asustado.

—¿A dónde crees que vas?

—Lejos de ti.

No le dio una escena dramática, no le dio explicaciones. Abandonó su cama, su habitación, su vida. Salió del apartamento con la certeza clara, ardiente como hierro candente, de que aquella humillación sería la última.

Aquella noche nació Lady Black, una mujer decidida a nunca romper a nadie, a nunca destruir. Su código sería distinto: duro pero justo. Dolor para sanar, nunca para dañar » .

Y así se lo dejó claro a Lucian aquella noche… cuando él acudió a ella, tras años de silencio, para dominar a Alexander.

Nunca supo por qué aceptó. Odiaba a Lucian tanto como le agradecía que le hubiera recordado quién era. Tras lo que había pasado, había comprendido su corazonada.

Porque Alexander, era Aeris Harper.

Los ojos de Nya regresaron al presente, borrosos por un instante. Las lágrimas se evaporaron tan rápido como llegaron. Apretó el volante con fuerza hasta que sus nudillos se pusieron blancos, y sintió una certeza más clara que nunca:

—No soy tú, Lucian —se susurró, con la voz temblando—. No lo he quebrado para dejarlo vacío. Lo liberé para que pudiera llenarse a sí mismo.

¿Pero Aeris sería capaz de verlo así?

El corazón se le detuvo en un latido doloroso. La idea de haberlo roto demasiado era insoportable. ¿Y si descubría quién era Lady Black? ¿Y si al mirarla veía la mentira, la traición? ¿Y si ya no podía confiar en ella?

Ya lo había notado extraño durante el día, cuando se fue por la mañana y no había vuelto. Y aquel mensaje tan frío en el que le dijo que no iba a llegar pronto.

Pensó en cocinar algo para distraer su mente. Escribir otro relato.

Pero descartó lo segundo.

Era demasiado peligroso.

Y cuando estaba a punto de caer en la ansiedad de la frustración.

Una llamada que no esperaba.

Lucian Fauden.

Después de cinco años.

Nya dudó si contestar.

Pero lo hizo.

Y se arrepintió de haberlo hecho sabiendo lo que había tenido que hacer.

Destrozar a Aeris Harper. Sin saberlo.

Enfrentarlo a su propio reflejo.

¿Cómo coño cayó Aeris en las manos de Lucian Fauden?

¿Tan jodido estaba?

Aquella duda era un gusano venenoso, arrastrándose lentamente por su mente, dejando un rastro frío de terror.

Aeris no era cualquier hombre. Aeris importaba demasiado .

Y le fastidiaba el hecho de no saber por qué.

—¿Me odiarás? —se preguntó en voz alta, lanzando la pregunta al vacío oscuro del coche—. ¿Podrás perdonarme?

El silencio no respondió, porque nunca lo hacía. Solo la máscara seguía allí, impasible, fría y despiadada, observando cómo Nya se desmoronaba lentamente.

Cuando aparcó en la acera de enfrente de la casa, el motor apagado parecía un corazón que deja de latir.

El puto coche de la patrulla de la policía seguía allí.

Les había dado esquinazo, pero ahora… seguían allí.

Aeris quería protegerla… Y lo entendía. Ya le daría las explicaciones pertinentes cuando llegara.

Entró en la casa, casi autómata, subió las escaleras y se detuvo frente al espejo del pasillo.

Su reflejo devolvió una sombra nueva, marcada en sus pupilas negras.

Algo en ella había cambiado irreversiblemente esa noche.

—¿Qué coño he hecho? —se preguntó a sí misma, en voz baja.

El reflejo no respondió. Pero en sus ojos estaba escrita la respuesta que temía. Quizá había cruzado una línea que nunca debió cruzar.

Y, cuando la puerta de casa sonó, anunciando la llegada de Aeris, Nya sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.

Él aún no sabía nada.

Pero pronto, inevitablemente, lo sabría.