Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 27 #4
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CAPÍTULO 27 #4

El tiempo se volvió casi irreal. Podrían haber pasado segundos o minutos. Se sentía exhausto, con el corazón a punto de estallar, y la voz de la canción se había desvanecido entre las paredes insonorizadas, dejando el ambiente envuelto en un rumor lejano.

Lady Black, sin pronunciar palabra, se incorporó lentamente y se alejó un paso, dándole espacio. Lo observó desde arriba, con la calma de quien sabe que no tiene que hacer nada más. Había cumplido su cometido.

Aeris permaneció en el suelo, con la respiración agitada y el cuerpo temblando por la descarga de adrenalina y emociones.

Cuando levantó la mirada, notó que Lady Black lo contemplaba con cierta compasión, tal vez con orgullo.

Sin embargo, su gesto, enmarcado por la máscara, seguía firme e inescrutable.

—No estás enfermo, Alexander —repitió ella, como si necesitara sellar esa verdad en su memoria—. Nunca lo has estado.

Él, por primera vez, no sintió esa chispa de rebeldía que habría emergido en cualquier otro momento. No se sintió ofendido ni humillado; tampoco culpable. Sintió, en cambio, un desconcierto absoluto, como si sus cimientos hubieran sido arrancados de cuajo.

Y, de algún modo, esa sensación le trajo un extraño alivio.

La voz de David acudió a su mente por un instante: un recuerdo borroso, una sonrisa fugaz, la primera vez que se besaron.

Aquella noche en la que fue tan feliz y libre.

Ahora, evocarlo no le supo a tragedia. Sintió una punzada de dolor, sí, pero se mezclaba con una ternura que hacía siglos no experimentaba.

—¿Lo odias a él o a mí? —preguntó Lady Black, observando sus cambios de expresión.

Aeris buscó su mirada. Dudó. No sabía qué responder. Odiar a Lucian, odiar a su padre, odiar la memoria de David… nada parecía tener sentido. La palabra «odio» se le antojaba hueca, sin peso.

—No lo sé —musitó, finalmente—. No sé si odiarte… o darte las gracias.

Lady Black asintió, como si esa respuesta fuera suficiente. Luego, se dio la vuelta y se dirigió al sillón. Se sentó con un porte regio, cruzando las piernas con elegancia, mientras Aeris retomaba fuerzas para ponerse en pie.

El silencio se alargó, cargado de una intimidad que no necesitaba ser descrita.

Ella no pidió disculpas. No hizo promesas de futuro.

Tampoco lo retuvo con caricias. Había cumplido el rol que esa noche le correspondía: desencadenar la liberación de Aeris, forzarlo a verbalizar lo que siempre calló y empujarlo al borde de su propio abismo.

Y Aeris, por su parte, supo que algo irreversiblemente había cambiado.

Se palpó las muñecas al notar el leve escozor de las esposas.

Aun en la penumbra, el sudor le corría por la nuca y sentía los latidos retumbar en sus sienes.

Lentamente, se irguió, rehaciendo su ropa con la torpeza de quien todavía permanece en shock .

—Gracias —murmuró, sin atreverse a alzar la voz.

Lady Black no respondió. Sus labios se curvaron en una sombra de sonrisa, un gesto que Aeris interpretó como la confirmación de que ella le había dado exactamente lo que necesitaba: no placer, sino libertad.

En la mente de Aeris, la frase seguía resonando.

« ¿Qué se siente al ser el verdugo de tu propio demonio? » .

Con un escalofrío final, comprendió que llevaba toda su vida ajusticiándose, encerrándose en culpa y tratando de apagar un deseo que era tan parte de él como su propia sangre. Ahora, las cadenas comenzaban a romperse. Y con esa ruptura, llegaba la incertidumbre de un nuevo comienzo.

Se volvió hacia la puerta, consciente de que salir de aquella sala era mucho más que abandonar el club. Era abandonar una versión de sí mismo. Atrás quedaba el hombre que se negaba cualquier atisbo de deseo, el que arrastraba el peso de la vergüenza por su cuerpo y su pasado.

David ya no era un fantasma que lo acechaba para condenarlo. Lo sentía cercano, casi amable. Lady Black no había pronunciado una sola frase de compasión al respecto; no lo había consolado con palabras vacías. Le dio algo más valioso: la oportunidad de enfrentar su verdad.

Y mientras Aeris Harper abría la puerta, notó que su mente, aunque agotada, se abría a un espacio nuevo donde la culpa no tenía la última palabra. Los demonios seguían rondando, sí, pero por primera vez sintió que no tenía por qué seguir siendo su carcelero.

Se detuvo un segundo, con la mano en el pomo, y echó un vistazo atrás. Lady Black seguía sentada, silenciosa, envuelta en sombras, como un enigma que solo se revela cuando uno se atreve a desnudarse ante su propia conciencia.

No estás enfermo. Nunca lo estuviste.

Con esa certeza tatuada en el interior de sus párpados, Aeris salió de la sala. Afuera, una brisa ligera le golpeó el rostro, pero el juez más implacable de Jerez apenas la notó. Estaba renaciendo. Y toda metamorfosis duele… y libera.

Desde aquel instante, Aeris supo que jamás volvería a ser el mismo. La noche lo había despojado de uno de sus mayores temores y le había mostrado que su mayor enemigo no era el padre autoritario, ni el recuerdo de David, ni Lucian Fauden con su manipulación. Era él mismo.

Y por fin, esa noche, había matado al carcelero que llevaba dentro.

Y así, se convirtió en su propio verdugo.

Pero también en su propio salvador.