Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

El tiempo dejó de existir. El aire se volvió denso. La habitación se cerró en torno a él. Aeris sintió el peso de las esposas en sus muñecas, el ardor de la confesión que jamás había pronunciado.

Cerró los ojos.

Un solo susurro escapó de su garganta.

—Sí.

Lady Black lo miró con intensidad. Desde fuera, podía parecer un acto simple, pero en ese cruce de miradas había un mundo de significados.

Ella ahora lo sabía. Y él… jamás debía saberlo.

Aeris Harper, el juez implacable, el hombre que siempre estaba al mando, había caído en el mismo abismo que ella. Pero, a diferencia de él, ella no se permitiría ser descubierta.

Y, en ese momento, Lady Black no sintió lástima. No sintió compasión. Sintió peligro.

Porque si Aeris Harper alguna vez descubría quién era ella en realidad… todo se iría a la mierda. Sus tacones se deslizaron sobre la alfombra, y entonces ella se inclinó, acercando sus labios a la altura de su oído. Podía oler su perfume, un aroma a cuero y noche que lo envolvía sin remedio.

—Mírame —ordenó, con una calma demoledora.

Él la obedeció, abriendo los ojos. Se encontró de nuevo con esa máscara que dejaba al descubierto solo los labios, y la firmeza inquebrantable de su voz.

—No estás enfermo —sentenció Lady Black, con la fuerza de quien desgarra mentiras arraigadas—. Nunca lo has estado.

El temblor que asaltó el cuerpo de Aeris fue tan notorio que ella lo percibió de inmediato. Se estremeció, como un animal vencido que ya no puede sostener la máscara de fortaleza.

—Tu deseo no es una maldición —prosiguió—. Es lo que te hace humano. Desear… amar… es lo que nos hace sentir vivos.

La mano de Lady Black descendió hasta el borde del pantalón de Aeris, rozando con la yema de los dedos la tensión que él ya no podía negar. No era una prueba de su sumisión, ni un castigo. Era la confirmación de que su cuerpo, después de años de negación, estaba por fin en sincronía con su verdad.

—No quiero oírte pedir perdón por ser quien eres —murmuró, con un tono de advertencia—. Quiero oírte rendirte.

La habitación parecía más oscura y el foco sobre el sillón de terciopelo daba un halo hipnótico.

Lady Black se incorporó un poco, y con calma experta, desabrochó el cinturón de Aeris.

Después, liberó los primeros botones de su pantalón, dejando espacio para que su mano, protegida por guantes finos, se deslizara con suavidad.

El aire se cortó. Aeris cerró los párpados con fuerza cuando sintió el contacto firme que comenzaba a estimularlo.

Fue un gesto casi automático, un intento por aislarse de la humillación que creía sentir.

Pero al mismo tiempo, un gemido se escapó de sus labios, incontrolable, rompiendo el silencio sepulcral que se había instalado.

—No pienses. Solo siente —dijo Lady Black, y el tono de su voz era casi un arrullo peligroso.

La mano de ella marcó un ritmo inquebrantable: sin apresurarse, sin amedrentarse, dominando la situación con la serenidad de quien conoce su poder. Aeris notó cómo, en cada embate de placer, se desvanecían un poco más sus barreras mentales.

El olor a cuero, el latido ensordecedor en sus oídos, la música que continuaba de fondo…

Todo se mezclaba en una maraña de sensaciones que lo arrastraban hacia un abismo placentero.

Sintió que la culpa no hallaba un resquicio para sostenerse.

Allí, en esa sala, con esa mujer que parecía conocer sus secretos más íntimos, Aeris se permitía por primera vez no huir.

El orgasmo llegó como una grieta en una represa demasiado tiempo contenida.

Un colapso. Una implosión.

Su espalda se arqueó. El aire se le quedó atrapado en la garganta.

La presión se deshizo en oleadas que le nublaron la mente, no solo de placer, sino de una liberación más profunda.

No fue solo un clímax. Fue un adiós.

El último vestigio de su culpa muriendo dentro de él.

Cuando Lady Black torció un poco la muñeca para intensificar la caricia final, Aeris se derramó sin contención, con un estremecimiento que convulsionó sus músculos y lo hizo temblar de pies a cabeza.

No fue solo la liberación física de un acto sexual.

Fue la rotura de una cadena forjada durante años.

Una implosión que limpió, al menos por unos instantes, el veneno de la culpa.

Al exhalar, Aeris tuvo la sensación de que algo verdaderamente pesado se deshacía en su interior, dejándolo a la deriva en un océano de alivio.

Cuando el placer dio paso a un silencio cargado de intimidad, Lady Black se retiró con la misma elegancia felina, aflojando su agarre y dejando que Aeris recobrara el aliento. Y así, con la respiración entrecortada, él la miró como si hubiera visto un milagro.

—No te he liberado yo, Alexander. Te has liberado tú mismo —Las palabras se derramaron de sus labios con la solemnidad de un veredicto—. Lo demás depende de ti.

Y antes de que el clímax pudiera calmar del todo, antes de que Aeris reconstruyera un muro que lo protegiera, Lady Black le asestó el golpe final.

Se inclinó sobre él, aún en el suelo, con las rodillas ancladas al terciopelo de la alfombra.

Acarició su rostro empapado en sudor y le sostuvo la mirada con decisión.

—Alexander.

Él levantó los párpados, consternado, sintiendo que todavía flotaba en un estado de vulnerabilidad absoluta.

—¿Qué se siente al ser el verdugo de tu propio demonio?

La pregunta se clavó en su pecho como un cuchillo al rojo vivo.

Todo el aire pareció escapar de la habitación.

En un solo instante, Aeris comprendió con una claridad brutal la verdad que había evadido tanto tiempo: no fue únicamente su padre quien lo condenó, ni la tragedia de David quien lo atormentó hasta la obsesión.

Fue él mismo quien, durante años, alimentó la culpa y el autodesprecio, transformándolos en una prisión de la que no se permitió escapar.

Y ese reconocimiento lo devastó. Sintió sus piernas flaquear, un mareo tibio amenazando con hacerlo caer.

Su respiración se tornó errática. Fue un orgasmo mental, un quiebre interno más demoledor que el físico.

En los segundos siguientes, un torrente de lágrimas se acumuló tras sus párpados, aunque no llegó a derramarlas: la misma rigidez que siempre lo mantuvo erguido le impidió desmoronarse ante Lady Black.

Pero en su mente, había dejado de ser juez, de ser una autoridad temible. Era solo un hombre roto, un hombre que por fin vislumbraba la posibilidad de dejar de castigarse.

—Fuiste tú. Tú mismo te convertiste en tu peor enemigo. Tú has sido tu carcelero, y tu mayor tortura…

Cuando esas palabras calaron hondo, Aeris explotó en un gemido ahogado, un lamento que escapó de su garganta antes de que pudiera reprimirlo. Se apoyó sobre su propia rodilla, intentando no desplomarse del todo, mientras Lady Black aflojaba las esposas para que pudiera respirar con más libertad.