CAPÍTULO 27 #2
—Así que esto es lo que piensas de ti mismo, ¿Alexander? —Chasqueó la lengua— Qué cliché…
Aeris tragó saliva. Sentía la mirada de la mujer recorriéndolo, analizando sus reacciones, mientras el ritmo se hacía cada vez más intenso.
Y en algún punto, notó una corriente helada que le subía por la columna, mezclada con algo que no se atrevía a nombrar.
Era una entrega voluntaria, sí, pero también un paso al abismo del que quizá jamás podría regresar.
—¿Estás listo para tu primer quiebre? —susurró ella, sin que sus labios se movieran demasiado, pero dejando escapar cada sílaba con la precisión de un verdugo.
Él no respondió con palabras. No habría sabido qué decir.
La sangre le palpitaba en las sienes, su respiración se aceleraba y el aroma a cuero, whisky y deseo parecía arrancarle la compostura a jirones.
En la penumbra de aquella sala, Aeris Harper -el juez insobornable, el hombre que nunca llegaba tarde a nada-, se encontraba de rodillas ante Lady Black, sintiendo cómo se fracturaban sus certezas.
El club, las luces bajas, la música y la presencia implacable de ella se combinaban en un vórtice que amenazaba con devorarlo. Y, sin embargo, en medio de esa tormenta interna, reconoció que algo en su interior emergía, ansioso, dispuesto a consumirlo todo si no le ponía freno.
Alexander. Era como un cuchillo que abría viejas cicatrices.
En ese instante, Lady Black extendió una mano enguantada y, con un roce apenas perceptible en la barbilla de Aeris, marcó el inicio del verdadero juego. Sin alzar la voz, sin emitir un grito de dominio. Simplemente, con una caricia que sentenció su rendición.
—Mírame, Alexander —pidió ella.
Él alzó los ojos y se encontró con dos pozos oscuros que prometían tormentas y secretos. Lo supo entonces: esa noche sería un antes y un después, un renacimiento que nadie, ni siquiera él, había podido predecir.
Porque Lady Black no necesitaba ordenar, ni herir, ni alzar la voz para ejercer su poder. A diferencia de Lucian, que saboreaba la manipulación, ella apenas se valía de la verdad desnuda. Le bastaba con exponer los miedos de Aeris, dejándolos sangrar hasta que no quedara más remedio que ceder.
Y mientras la música seguía envolviendo la sala con ese ritmo denso y voraz, Aeris Harper sintió, por primera vez, la piel erizada al comprender que el primer quiebre estaba por llegar.
Había elegido la canción equivocada.
O tal vez, en el fondo, era la única elección posible.
Porque era un reflejo de lo que significaba su tormento.
Quien se acercara a él.
Sería destruido .
La música retumbaba con un pulso denso que enmascaraba los latidos acelerados de Aeris Harper.
Todavía de rodillas, con las manos firmemente atadas a la espalda, su respiración se había tornado más pesada.
Sentía cómo el calor se arremolinaba en su vientre y se expandía por su pecho, alimentando una urgencia que siempre había reprimido.
Era un deseo que iba más allá de lo meramente sexual; era la pulsión de toda una vida negada. Mientras « Tear You Apart » seguía envolviendo las paredes en una atmósfera íntima y algo espectral, Lady Black avanzó con una calma medida, rodeándolo como un león inspecciona a su presa.
—« Sabes que soy peligroso, sabes que soy un problema desde el principio » —entonaba la canción, y con cada verso, la voz ronca del intérprete se fundía en el silencio expectante de la sala.
Lady Black detuvo su paso tras él, observándolo sin prisa. Aeris percibió su aliento deslizarse por la línea de su cuello y contuvo un escalofrío que amenazó con electrizarle la piel. No era miedo lo que sentía. Era algo más hondo y primario. Una mezcla de fascinación y vértigo.
—¿Sabes por qué elegiste esta canción, verdad? —murmuró ella, con un deje de burla que pretendía, a la vez, sacarlo de su ensimismamiento.
Aeris permaneció en silencio. Su boca se abrió un instante, como si necesitara tomar aire adicional para no derrumbarse.
Ese silencio fue, en realidad, su respuesta.
Lady Black esbozó una sonrisa imperceptible, un gesto que reflejaba su victoria anticipada.
Deslizó los dedos enguantados por la nuca de Aeris con una delicadeza lenta, apenas un roce, lo justo para provocarle un súbito escalofrío que serpenteó por su columna vertebral.
La reacción de su cuerpo fue inmediata. El calor subió a su cuello, tiñéndole de rubor la piel que quedaba expuesta. Ante el tacto de esa mano suave y firme, Aeris comprendió que su deseo lo estaba traicionando.
Lo había negado tanto tiempo que ahora rugía por escapar.
Estaba duro.
Y ella lo supo.
—Es interesante ver cómo tu cuerpo ya ha decidido por ti —musitó Lady Black, ladeando apenas la cabeza—. Tu mente todavía lucha, Alexander, pero tu sangre fluye hacia un solo sitio.
Ella no lo señaló. No necesitó humillarlo con una declaración abierta de su excitación. Simplemente dejó que el ambiente, la música y la necesidad contenida se encargaran de subrayar la realidad. Y en ese silencio, Aeris sintió cómo se encendía el primer fuego que no podía apagar.
Las esposas, la música, el calor… Toda la escena lo comprimía como un yu nque, y a cada respiración, la presión aumentaba. El tema sonaba con un verso desgarrador:
« Sabes que soy un problema desde el principio, sabes que soy un hombre roto y sin redención ».
Lady Black se agachó frente a él con un movimiento fluido, casi felino.
El foco de la habitación la iluminaba a medias, acentuando los pliegues de su vestido de terciopelo y la máscara que cubría su rostro.
Sus dedos rozaron la mandíbula de Aeris, obligándolo a que sus ojos se posaran en los de ella.
—¿Qué es lo que tanto intentas esconder, Alexander? —inquirió, con la voz baja y la firmeza de quien conoce las respuestas, pero desea escucharlas en voz alta.
Aeris notó cómo se le tensaba cada fibra muscular.
Un nudo se alojó en su garganta mientras su mente se debatía entre el orgullo y la vulnerabilidad.
Durante toda su carrera como juez, había creído que el silencio y la fachada de perfección eran sus mejores armas.
Pero allí, sometido por aquella mujer, sintió cómo la coraza se resquebrajaba pedazo a pedazo.
—No juegues conmigo, Lady Black —gruñó, en un intento desesperado por aferrarse a algo de control.
Ella no apartó su mano ni un milímetro. Sonrió con un matiz de compasión y crueldad que hirió a Aeris más que cualquier golpe.
—No estoy jugando. El único que juega aquí eres tú. Y llevas toda tu vida perdiendo.
Con esas palabras, Lady Black apuntó directo al corazón.
Era la verdad que Aeris se negaba a escuchar, la misma que había alimentado sus pesadillas.
Él sintió el martilleo en las sienes. La imagen de Nya, de Lucian, y sobre todo la de aquel pasado que había enterrado bajo toneladas de rabia y culpa, comenzó a aflorar de golpe.
Cuando Lady Black ladeó la cabeza, una chispa de certidumbre brilló en sus ojos.
—Dime su nombre —susurró.
Aeris vaciló un segundo. Tragó saliva con esfuerzo.
—¿De qué hablas?
—Siempre hay una primera persona. Aquella que no logras olvidar. Aquella por la que aún te castigas.
Lady Black observó cada mínima reacción en su rostro. La tensión en su mandíbula. El parpadeo demasiado calculado. Y entonces, supo que la pregunta había tocado un nervio. Supo que, fuera quien fuera… esa persona le importó demasiado.
Silencio. El corazón de Aeris se disparó, golpeando contra su pecho como un potro desbocado. Se sintió paralizado, como si una corriente eléctrica lo mantuviera sujeto a la alfombra y al peso de su propia historia.
—Dímelo —exigió Lady Black, su voz convertida en una orden inquebrantable.
Y entonces, Aeris se derrumbó. Un nombre que lo atormentaba desde la grieta más profunda de su memoria.
—David —susurró, casi sin aliento.
La mano de Lady Black no se movió, pero un escalofrío le recorrió la espalda. «David». No era un nombre cualquiera. No era una confesión vacía. Era un dolor anclado en su voz.
Y entonces, lo comprendió. Todo.
El hombre de rodillas ante ella, con las esposas de cuero ajustadas a su piel, no era otro cliente más. No era otro hombre buscando ser castigado. Era un reflejo de ella misma.
Y, por primera vez desde que Lucian Fauden la encontró… Lady Black sintió algo que no debería haber sentido. Empatía.
El sonido de ese nombre en la penumbra fue como el estruendo de un trueno. Se quedó flotando en el aire, condensando el dolor, la culpa y el anhelo reprimido. Aeris sintió el impacto en su pecho con una fuerza devastadora.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Aeris al saberse tan expuesto.
Llevaba años escondiendo aquel nombre, aquel recuerdo.
Solamente se lo había verbalizado a Nya.
Recordó el rechazo de su padre, el desprecio con el que le habló de su bisexualidad, la forma en la que sus propios temores lo habían encadenado.
Y recordó la mirada de David, su sonrisa, su cuerpo, su risa…
y la tragedia de aquella muerte que no pudo, o no quiso, impedir.
Lady Black inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera escudriñándolo más allá de lo que mostraban sus palabras.
Sus labios se fruncieron apenas, en un gesto de curiosidad inesperada.
Su mano enguantada descendió con lentitud, rozando su pecho por encima de la camisa, y por un instante…
su tacto se demoró justo sobre el esternón.
Una fracción de segundo. Un gesto insignificante para él, pero para ella, un eco de reconocimiento.
Aeris aspiró aire de forma entrecortada, pero ella no lo hizo por placer. Lo hizo para asegurarse.
—Dime la verdad, Alexander.
Su voz era un filo de seda, cálida y letal. No lo juzgaba. No lo incitaba. Solo exponía.
—Cuando estabas con él, cuando lo deseaste por primera vez… ¿sentiste que estabas enfermo ?