CAPÍTULO 27
Rompiendo y reconstruyendo
E l zumbido constante del asfalto acompañaba a Aeris Harper como un canto fúnebre.
La carretera se extendía ante él, grisácea, implacable, ajena a la tensión que le oprimía el pecho.
Acababa de dejar atrás Jerez tras dejar preparadas las declaraciones de investigado que tenía que despachar al día siguiente, y se adentraba en la carretera que conducía a Sevilla, sintiendo que cada kilómetro era un paso más hacia su propia condena.
En la quietud solitaria del coche, sus manos parecían dos fieras debatiéndose entre la razón y el deseo.
La izquierda se aferraba con fuerza al volante, marcando las venas de su brazo y robándole flexibilidad a sus dedos.
La derecha reposaba sobre el pomo de cambios, pero de vez en cuando sus nudillos se tensaban, revelando la incomodidad que bullía en su interior.
Le había enviado a Nya un mensaje indicando que no volvería a su casa pronto, que se quedara allí, y aquello era una orden.
Aeris la tenía vigilada.
Le había dado la orden a Parra.
Si Nya salía de su casa, lo sabría.
Su mente, sin embargo, no estaba en la carretera. No pensaba en la noche sevillana ni en el club que lo esperaba con sus promesas clandestinas. Tenía clavado un recuerdo reciente, como una astilla que dolía con cada respiración: la llamada que no debía haber hecho.
« Había marcado aquel número con la misma frialdad calculada con la que dictaba sentencias en el juzgado. Con la precisión de un hombre que siempre supo cuáles eran las consecuencias de sus actos. Y cuando escuchó la voz al otro lado, supo que su destino estaba sellado.
—Alexander.
Nadie, salvo él, lo llamaba así. El tono burlón de Lucian Fauden vibró en sus oídos, acariciando su orgullo y rasgándolo a la vez.
Cada sílaba se sintió como un reto latente.
Pensó en lo que le había dicho Nya, y parecía que aquel desconocido era un punto en común para ambos, y Aeris todavía no tenía claro qué pintó Lucian Fauden en su vida, pero estaba seguro de que, tal y como Nya lo narró…
sabía que no le había hecho del todo bien.
Lucian Fauden no era un buen samaritano.
Lucian Fauden era un depredador sexual.
Lucian Fauden sometía y dominaba.
Y Nya no era de las que se dejaba dominar.
No entendía nada.
Apretó los ojos un instante, a solas con esa punzada que lo recorría.
Allí, en la penumbra de su coche en marcha, Aeris Harper dejaba de ser juez, dejaba de ser hombre contenido, para convertirse de nuevo en Alexander, la máscara del demonio que moraba en su interior y que amenazaba con destruirlo todo a su paso.
—Lucian —respondió, con sequedad, sin rastro de vacilación en su voz.
—Sabía que tarde o temprano necesitarías volver a ceder. ¿Ya me echas de menos?
El peso de ese verbo rebotó en su pecho. Ceder. Una palabra que no acostumbraba a conjugar. Pero allí estaba, atrapado entre la necesidad y el orgullo, entre la rendición y la negación. El silencio que siguió fue una confirmación muda. Necesitaba algo más ruidoso que pudiera callar su propia mente.
—Quiero verla —dijo por fin.
No era un ruego.
Tampoco una orden.
Era una sentencia: firme, inapelable.
«Lady Black».
Lucian se rio, pero fue un sonido breve, un susurro que olía a victoria. Aeris sintió esa oscura satisfacción del otro hombre, tan conocedor de sus flaquezas.
—Hoy, a las once. En la sala privada. No llegues tarde.
—Nunca llego tarde.
—Lo sé.
Un segundo de duda lo azotó. Aeris tragó saliva y se dispuso a preguntar algo que, en el fondo, ya conocía.
—Lucian…
—No necesitas preguntarlo.
El clic de la llamada terminada se sintió como un disparo seco.
Sin piedad » .
Se encontró con la vista fija en la carretera, como si acabara de arrancar cuando, en realidad, llevaba kilómetros conduciendo. Se obligó a acelerar, desquitándose con el pedal, intentando expulsar la tensión. Pero los recuerdos seguían ahí, palpitando.
« Sabía que tarde o temprano cederías ».
Lucian tenía razón, maldita sea.
Puntual hasta en la hora de su entierro, Aeris Harper no dudó al bajar del coche, colocándose la máscara para transformarse en «Alexander».
Cruzó la acera con paso firme, notando la mirada de un gorila trajeado que, con un leve gesto de cabeza, confirmó que todo estaba previsto.
Lucian debía de haber preparado el terreno.
Dentro, la atmósfera era cálida, íntima, con paredes forradas de terciopelo oscuro y luces bajas.
El murmullo lejano de una música rítmica le hizo pensar en el latido de un corazón que alguien retuviera con un puño de hierro.
Cada pisada resonaba en su mente como un eco sordo, un compás que marcaba la cuenta atrás hacia lo inevitable.
Al fondo, apoyado en la barra, estaba Lucian. Tenía esa sonrisa ladeada de quien se sabe superior, o de quien goza viendo tambalearse a un adversario. Sostenía una copa de whisky con dedos largos y elegantes, y su mirada fulminaba a Aeris con la fuerza de un dios deleitándose en su creación.
—¿Nervioso, Alexander? Ella no es algo a lo que te hayas enfrentado antes.
La mandíbula de Aeris se tensó, dibujando un gesto seco.
—No.
Lucian se inclinó apenas, complacido.
—Ella te está esperando.
Casi sin despedirse, Aeris desvió la mirada hacia un camarero que apareció en el momento justo, como si formara parte de un engranaje perfectamente engrasado.
Siguió al hombre por un pasillo alfombrado, sintiendo el aroma a cuero que flotaba en el ambiente.
Ese olor era promesa de secretos, de anhelos y de rendiciones.
Cada paso lo acercaba a esa parte de sí mismo en la que se encerraba cuando necesitaba silencio. Cada paso lo arrancaba un poco más de Aeris Harper, para devolverlo a « Alexander».
La puerta se cerró tras él con un leve chasquido, amortiguado por el terciopelo de las paredes. Dentro, la iluminación se recogía en el centro de la estancia, donde un foco resaltaba un único sillón de terciopelo negro. Allí, cómodamente instalada, estaba ella.
Lady Black.
Se erguía con una elegancia letal. Llevaba un vestido ceñido que moldeaba su silueta, dibujando curvas que eran una invitación y una amenaza.
Pero más allá de su figura, lo que más sobresalía era su aura de control implacable.
Sus ojos, oscuros y profundos, se clavaron en él sin rastro de vacilación.
No había nada más que pudiera vislumbrar de ella.
La máscara completa que cubría su rostro era inexpugnable.
Un misterio en toda regla.
Aeris sintió que algo en su interior se contraía. No era deseo, o no solo lo era. Era miedo, admiración, repulsión y anhelo: todo mezclado en un torbellino. Lady Black no lo miraba como un desconocido; lo miraba como alguien a quien ya llevaba esperando demasiado tiempo.
Lucian ya le había hablado de Alexander.
Y había sido la excepción por la que había vuelto al club después de mucho tiempo, tras jurar que no volvería jamás.
El silencio se extendió, sofocante, sin que ninguno moviera un músculo. Ella ni siquiera parpadeaba. Finalmente, ladeó ligeramente la cabeza, haciéndole un gesto casi imperceptible.
—¿Sabes por qué estás aquí, Alexander?
La manera en que pronunció aquel nombre lo atravesó. La voz de Lady Black era baja, cargada de una calma que en lugar de apaciguar encendía más la tensión. No le había llamado «sumiso», sino como si se dirigiera a su esencia más íntima.
Aeris apretó la mandíbula. Tenía un nudo en la garganta, pero no cedió a la tentación de pronunciar excusas.
—Estás aquí porque te has pasado la vida convenciéndote de que no mereces sentir, ni mucho menos placer.
Las palabras resonaron en la habitación vacía como un disparo en la noche. Tan directas, tan certeras, que Aeris habría deseado replicar… pero no pudo. Sintió la quemadura de la verdad atravesándole la piel.
Un leve temblor recorrió sus manos. Ella lo notó, a pesar de que él se resistía a mostrar flaqueza. Fue entonces cuando Lady Black se incorporó un poco, sin perder la compostura.
—De rodillas.
Aeris contuvo la respiración. Un segundo que pareció una eternidad. En ese lapso, comprendió que su vida podía cambiar con un solo gesto. Entregaría esa parcela de control que había custodiado con ferocidad toda su carrera, toda su existencia.
Y, sin embargo, descendió. Lentamente, flexionó las rodillas y apoyó el peso de su cuerpo en el suelo, frente a aquella mujer que observaba el acto con la serena certeza de quien domina. La suave alfombra cedía bajo sus rodillas, y la postura le pareció tan sumisa como liberadora.
Ella se acercó muy despacio, como un depredador acechando a su presa, con un juego de esposas de cuero en la mano. Con precisión quirúrgica, sujetó las manos de Aeris a la espalda, ajustando el velcro y las correas con firmeza, pero sin hacerle daño.
Sin más preámbulos, Lady Black se levantó y volvió al sillón de terciopelo, observando a Aeris en esa postura tan sumisa.
—Elige la música, Alexander —dijo, mientras un tenue sonido ambiental se colaba por un altavoz invisible.
Era más que un pedido.
Era una prueba.
Aeris dudó, con la mirada clavada en el suelo, antes de murmurar el nombre de la canción que le llegó a la mente como un latido oscuro.
—« Tear You Apart », Daniel Farrant.
Un suave chasquido en la garganta de Lady Black sonó a fascinación. O a amenaza velada. Quizá ambas cosas. Una sonrisa curvó sus labios carmesí y se inclinó sobre él, contemplándolo como a una criatura extraña.
—Interesante elección —Respiró hondo—. Lucian no te dejaba elegir la música, ¿verdad?
La primera diferencia.
Lucian imponía.
Lady Black no.
El aire parecía haberse espesado, cargado de una electricidad que se filtraba por cada poro de la piel de Aeris. En la penumbra, el ritmo de la canción empezó a sonar, inquietante, envolvente. Un blues que reflejaba la voz interior de Aeris.
« You got no place left to run to
Maybe you could put the blame on yourself… »
Los graves retumbaban en sus oídos mientras Lady Black se levantaba del sillón, sus tacones resonando con un compás que era pura anticipación.