Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La sombra que acecha

E l juzgado tenía un aura opresiva, impregnada de un peso invisible que se adhería a la piel como un sudor frío.

No eran solo los murmullos apagados de los funcionarios ni el rítmico golpeteo de los teclados, sino la esencia misma del lugar: expedientes apilados como montones de desgracias, vidas desmoronadas en papeles arrugados, miradas esquivas de aquellos que sabían demasiado o demasiado poco.

El aire olía a café requemado y papel viejo, a tinta burocrática y desesperación envuelta en formalismos legales.

El suelo de mármol estaba gastado por el peso de cientos de suelas ansiosas, de abogados derrotados y testigos temblorosos.

Todo en aquel lugar tenía una pátina de fatiga, un cansancio institucional que carcomía hasta los huesos.

Aeris Harper cruzó el pasillo con los hombros tensos y la expresión cincelada en piedra.

Su paso era firme, sus ojos duros, pero por dentro se sentía como una bomba de relojería.

Cada fibra de su ser gritaba, pero su exterior era una fortaleza.

Había dejado a Nya en su casa con la excusa de solucionar un asunto en el Juzgado.

Y no era mentira.

Era una verdad a medias.

Porque sí, tenía algo que solucionar en el Juzgado.

Pero no en el suyo.

Los guardias civiles apostados en la entrada del edificio alzaron la vista cuando lo vieron acercarse.

Uno de ellos, un tipo de mediana edad con el ceño marcado y la barriga tensa bajo el uniforme verde, le hizo un gesto de reconocimiento.

Aeris respondió con una leve inclinación de cabeza, sin frenar el paso. No había tiempo para cortesías.

Jerez estaba al borde de algo grande. Lo sentía en el aire, en la forma en que la ciudad parecía contener la respiración, como si esperara otro golpe.

La muerte de Helena Ortiz había sido solo el principio.

Ahora Daniel Heredia se sumaba a la ecuación, y él no estaba dispuesto a dejar que la incompetencia de un juez egocéntrico torpedeara la investigación.

Cuando llegó al Juzgado de Instrucción nº3, no se molestó en aminorar la marcha.

Entró como una exhalación, sorteando escritorios, funcionarios y miradas curiosas sin detenerse.

Su reputación le precedía. Los empleados judiciales de todos los juzgados de Jerez habían aprendido a respetarlo.

A temerlo. Porque Aeris Harper podía ser el hombre más respetuoso del mundo, pero también podía imponer su presencia como una tormenta, sin necesidad de levantar la voz.

Y en ese momento, debía hacer lo segundo.

Nadie intentó detenerlo cuando avanzó hacia el despacho de Javier Cabo. Sabían que si Aeris Harper entraba en territorio ajeno, era por una razón. Y la llevaba en la mano.

No llamó.

No pidió permiso.

La puerta se abrió de un empujón y Aeris entró.

Javier Cabo levantó la vista del expediente que estudiaba con exasperación.

Era un hombre de unos cincuenta años, con el cabello ralo y peinado hacia atrás con demasiado esmero, como si intentara aferrarse a una juventud que ya lo había abandonado.

Su traje era caro, pero le quedaba ajustado, como si se estuviera aferrando a una talla que ya no le correspondía.

Su sonrisa ladeada no anunciaba nada bueno.

—Harper, qué sorpresa —musitó, su tono impregnado de una arrogancia que intimidaría a cualquier funcionario o justiciable.

Sus dedos tamborilearon sobre el escritorio en una reacción mínima, pero suficiente para delatar su incomodidad—.

¿A qué debo el honor de tu ilustre presencia en mi santuario de justicia?

Aeris cerró la puerta con un golpe seco. Sin invitarse, tomó asiento frente a él, dejando caer el expediente sobre la mesa con un sonido sordo.

—Baja de la puta nube, Cabo. Vamos a hacer esto rápido.

Los ojos del juez destellaron con una mezcla de irritación y desdén.

—¿De qué coño hablas?

Aeris inclinó la cabeza apenas un milímetro, su voz firme y cortante .

—Daniel Heredia. Sus previas se acumulan a las mías.

El silencio en la habitación se volvió espeso, cargado de electricidad. Cabo se echó hacia atrás en su silla con fingida calma, entrecerrando los ojos. Su mandíbula se tensó apenas un instante antes de responder.

—No lo creo. Yo estaba de guardia esa noche. ¿Te acuerdas? Solo me la cambiaste el martes. Así que, querido, Daniel Heredia es mío. Es mi caso.

Aeris no se inmutó.

—Helena Ortiz fue la primera víctima. La ley es clara: el caso más reciente debe acumularse al primero en instrucción. Y el primero es mío.

Hizo una pausa, dejando que la verdad calara hondo.

—Y además… permíteme que te diga algo, Cabo. Para haber estado de guardia, no te vi por ninguna parte cuando levantaron el cadáver. Ah, espera, porque no estuviste. Dejas mucho que desear.

El rostro de Javier Cabo se ensombreció.

—Ya fuiste tú, que por cierto tengo que hablar con Parra por saltarse las normas y no llamar al Juez de guardia. Esa era su obligación.

Aeris esbozó una sonrisa sin calidez.

—No haberme cambiado la guardia el martes, estúpido.

El insulto flotó en el aire como una sentencia.

—Parra me avisó por orden mía —continuó, con la paciencia de quien explica algo obvio a un niño torpe—.

Si te hubieras documentado, sabrías la atrocidad que hicieron con Helena Ortiz.

Y, si Parra me llamó, es porque el asesinato de Daniel Heredia coincide con el mismo modus operandi .

Hemos encontrado pruebas que nos han dado la conexión.

Y no solo con Helena, sino con varios asesinatos en la geografía española…

Cabo respiró hondo, intentando recuperar el control. Sus codos se apoyaron en la mesa, su mirada se endureció.

—¿Qué pruebas, Harper?

Aeris no respondió de inmediato. Dejó que el silencio hablara primero.

Javier Cabo apretó los dientes. El músculo de su mandíbula se marcó con una tensión visible.

Aeris veía la lucha interna reflejada en sus ojos: Cabo no quería soltar el caso.

No porque le importara la justicia. No. Lo que quería era protagonismo.

Un caso mediático más en su historial. Otra oportunidad para pavonearse ante las cámaras.

—Harper, esto es una puta mierda y lo sabes. Si te lo llevas tú, me dejas fuera de la instrucción.

Aeris apoyó los antebrazos en la mesa, su voz descendiendo hasta volverse un filo afilado.

—Repito. No haberme cambiado la puta guardia para irte a follar a no sé dónde con una señorita que, curioso… es quince años más joven que tu mujer.

Un latigazo de rabia cruzó la expresión de Javier Cabo.

Su mano se crispó sobre el brazo de la silla.

El tiro de Aeris había dado justo en el blanco.

—¿Cómo sabes eso? —murmuró el juez.

«Bingo», pensó Aeris.

Aeris entrelazó los dedos frente a su mentón, su expresión de satisfacción apenas contenida.

—No lo sabía. Me lo acabas de confirmar tú.

Antes de que Cabo pudiera replicar, Aeris continuó, su voz como una sentencia grabada en mármol.

—Repito, compañero. Es la ley.

Javier resopló, cruzándose de brazos.

—¿Y si me niego?

Aeris lo miró fijamente. Su tono se volvió gélido.

—Si no lo haces, lo haré yo. Daré traslado a Fidel para que se adhiera a mi solicitud de acumulación.

Los ojos de Javier destellaron con rabia contenida. Aeris lo vio calcular. Lo vio debatirse. Y, al final, lo vio ceder.

—Muy bien, Harper. Gánate tu jodida gloria.

Aeris se puso en pie, recogiendo el expediente.

—No quiero gloria, Cabo. Quiero a la asesina. No engordar como un pavo frente a las cámaras…

El silencio en aquel despacho se volvió insoportable.

Javier Cabo sabía que había perdido.

El despacho de Aeris era un reflejo de su mente: ordenado en apariencia, pero con un caos subyacente que se deslizaba en los detalles.

La mesa estaba impoluta, con un cenicero vacío al borde -aunque hacía años que no fumaba en el despacho, gracias al gobierno-, y la taza de café que siempre usaba, junto al monitor.

El aire olía a papel viejo, a tinta seca y a algo más denso, casi eléctrico: el rastro invisible de conversaciones difíciles y decisiones que pesaban demasiado.

Parra ya estaba allí.

Sentado en la silla de visitas con los hombros tensos y el ceño fruncido, su expresión era la de un hombre que cargaba con un peso demasiado grande. La luz mortecina que entraba por las persianas mal cerradas proyectaba sombras duras sobre su rostro, acentuando el cansancio en sus ojos.

Aeris cerró la puerta con un chasquido seco y fue directo al grano.

—¿Qué pasa? —Dijo mientras tomaba asiento.

Parra no respondió de inmediato. En cambio, sacó su teléfono del bolsillo con movimientos rígidos, como si cada gesto pesara más de lo normal. Sin decir una palabra, deslizó el dispositivo sobre la mesa.

Aeris lo cogió sin apartar la vista del inspector y bajó la mirada a la pantalla.

El aire pareció espesarse de golpe.

Una imagen en blanco y negro. Captura de una cámara de seguridad.

La puerta trasera del Conservatorio, la imagen era de muy mala calidad, pero podía verse con claridad el callejón que había junto a ella.

Y en el centro, una figura.

Cabello oscuro. Complexión esbelta. Caminando sola, con la cabeza apenas inclinada hacia abajo.

Aeris sintió que algo se le hundía en el estómago.

Porque la silueta en la imagen era jodidamente parecida a ella.

A Estefanía Palacios.

El zumbido del fluorescente en el techo se hizo ensordecedor.

Sus dedos se crisparon en torno al teléfono.

—Dime que esto es un puto error.

Su voz era baja, medida, pero contenía un filo peligroso.

Parra exhaló despacio, pero negó con la cabeza.

—No puedo. Es una puta imagen de la cámara de tráfico. Y la hora coincide con un día antes del asesinato de Daniel Heredia. Y estaba allí según los registros de entrada y salida. Estaba ensayando. Lo estaba acechando, Harper.

Aeris volvió a mirar la imagen.

Las facciones no eran nítidas. No había detalles precisos. La calidad granulada y la iluminación pésima no permitían distinguir mucho más allá de la silueta y la forma en que caminaba. Pero el jodido problema era ese.

Esa manera de moverse. Esa inclinación leve de la cabeza.

Parecía ella.

—Nya no pudo matar a Daniel Heredia… tiene coartada. Estaba conmigo en la gala en el Hotel Parador Atlántico, Parra. Ya lo sabes… el asesino está jugando con ella.

Parra respiró hondo.

—O ella está jugando contigo… el yonqui del Polígono ha declarado hace un rato en comisaría que una de las personas que bajó del coche era Estefanía Palacios. Le enseñé una foto que tenía a mano de una revista… Aeris, lo siguiente que queda es comparar el ADN de esa chica con los tres casos…

La jodida sombra de la duda estaba plantada.

Aeris tragó saliva. Su pulso retumbaba en su garganta.

—¿Se lo has dicho a alguien más?

Parra negó otra vez.

—No. Solo a ti. Pero esto es grave, Harper.

Aeris sintió que el aire del despacho se volvía pesado. Algo le oprimía el pecho con una presión helada. Su cerebro gritaba que no, que era imposible, que Nya no había estado allí. No tenía sentido. El yonqui estaba confundido, seguro.

Pero la imagen decía otra cosa.

La mente de Aeris trabajaba a velocidad vertiginosa. Repasó cada minuto del día anterior, cada movimiento de Nya, cada maldito segundo que recordaba haberla tenido cerca.

Nada encajaba.

Nada.

Parra lo observó en silencio. Su mirada era grave, pero no acusatoria. Aeris sabía que el inspector confiaba en él, que no era el tipo de cabrón que lanzaba suposiciones sin pruebas sólidas. Pero joder, esa imagen era una bomba.

—Yo tampoco lo creo —dijo Parra al fin, con voz más baja—. Pero la imagen dice otra cosa. Y de momento… con las pruebas que tenemos, Estefanía Palacios debe ser considerada sospechosa. Tenemos el punto de libro, y su cara en la imagen de la cámara del conservatorio.

El silencio se espesó entre ellos.

Aeris dejó el teléfono sobre la mesa, boca abajo.

Sentía la mandíbula agarrotada, los músculos de la espalda tensos como cables de acero. Cada fibra de su cuerpo le exigía moverse, hacer algo, encontrar una puta explicación antes de que aquella imagen se filtrara a manos equivocadas.

Parra suspiró y sacudió la cabeza.

—No voy a mover esto todavía. Pero necesito respuestas.

Aeris deslizó la imagen a su propio teléfono con movimientos automáticos y apagó la pantalla.

—¿Vas a hablar con ella?

Aeris temía aquel momento más que a la muerte.

Porque había visto a Nya lo suficientemente mal como para pensar que simplemente fuera mínimo cómplice.

Porque la noche que mataron a Daniel Heredia estaba con él.

No estaba en el conservatorio, pero… ¿por qué nunca me ncionó que estuvo allí?

Además, recordó el punto de libro… con su inicial.

Y el pánico en Nya cuando descubrió que no lo tenía.

No era una reacción lógica. No habría ido a la mochila a buscarlo con tanta desesperación.

«Dos teorías, o nuestra asesina sabe disfrazarse muy bien, o Nya miente de puta madre», pensó.

—Tengo que pensar cómo. Mientras tanto, pon un coche de paisano frente a mi casa. Vigílala.

Parra asintió.

—Lo haré. Y tú ten cuidado, Harper. Si Estefanía sabe más de lo que creemos, igual has metido al demonio en tu casa.

Aeris asintió, como una muestra de que tomaba en consideración el consejo de Parra.

—Necesito aire… —Murmuró para sí mismo.

—Aeris, de momento no tenemos nada más… ¿qué tal si te despejas un poco?

Respiró hondo.

Debía hacerlo.

Pero notaba la opresión del pecho.

La ansiedad que no lo dejaba en paz.

Necesitaba algo más fuerte que aquella presión.

Y solo había una cosa.

Su propia oscuridad.

Necesitaba navegar por ella para poder reordenar sus pensamientos.

—Lo haré… Parra, tú… mantenme informado —Respondió mirándolo.

Pero incluso él sintió lo vacía que sonaba su voz.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de nada.

Solo que necesitaba perderse para encontrarse.

Y solo había una persona que podía hacerlo.

Le jodía admitirlo.

Necesitaba algo diferente.

Y no era Lucian.

Sino a Lady Black.