Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

—Cuando entré en Deusto, me hundí en una espiral de autodestrucción: drogas, alcohol, sexo sin sentido… Me esforzaba en ser la mejor estudiante de día, pero por la noche… solo quería callar mi dolor… Hasta que alguien me sacó de esa tormen ta, me salvó… por decirlo de alguna manera.

Aeris la miró intensamente y, tras una breve pausa, preguntó.

—¿Quién?

Nya tragó saliva.

—Nadie conocía su verdadero nombre. Pero todos lo llamábamos Lucian.

La respuesta se deslizó en el aire. La mención hizo que Aeris se tensara inmediatamente; él conocía a Lucian. Sin indagar más en ese terreno, Aeris cambió de tema, dejando que la revelación se asomara en el silencio compartido.

—Has dicho ese nombre como si escupieras veneno.

Nya forzó una sonrisa falsa.

—Él… me ayudó, o eso quiero creer. Le debo lo que soy ahora. Porque si no hubiera aparecido… quizá no estaríamos hablando.

Aeris no apartó la mirada de ella.

—Te retiró del borde del precipicio, pero no te indicó cómo no volver a él.

Nya sonrió de medio lado, apurando su cigarro.

—¿Y tú qué, Harper? ¿Tienes tus propios demonios, o solo te dedicas a cazar los de los demás? —preguntó, soltando el cigarro en un cenicero sin mucho adorno.

Aeris sintió una punzada en su estómago. Sabía que jugar a ese juego… haría que él también tuviera que entregar algo para que ella no se sintiera expuesta.

—Tengo los suficientes como para no joderme más la cabeza antes del desayuno —replicó Aeris, con voz contenida y casi automática.

Mientras Nya se acomodaba en el sofá, observó una foto en un marco delicado sobre una mesa lateral: Aeris, no llegaba a los veinte años, acompañado de otro hombre.

La imagen parecía un eco de una época que él intentaba ocultar.

Sin decir palabra, Nya lo observó fijamente, y Aeris, captando su mirada, se volvió hacia ella.

—Dijiste que tu padre era un hombre conservador… y homófobo —susurró Nya, con voz tensa.

Aeris, cogiendo de nuevo el cigarro casi consumido, dando una larga calada, dejó escapar un suspiro frío.

—Era un hijo de puta.

El silencio se extendió por un instante, pesado y revelador. Nya, con el ceño fruncido, percibió en esas palabras una grieta en la armadura que él había construido con tanto esfuerzo. Tras un rato de tensa vacilación, Aeris bajó la voz, dejando que la nostalgia se mezclara con el rencor.

—Pero yo lo fui más que él… porque me convertí en un monstruo cuando lo maté …

Nya sintió que su estómago se retorcía. Había tocado una cuerda sensible.

Muy sensible.

Le observó en silencio. Y entonces, Aeris apagó el cigarro en el cenicero de forma brusca.

—David Cortés. Ese era su nombre. Era profesor de filosofía en la facultad de Sevilla. Fue la única vez que me permití sentir algo por un hombre.

Aeris se levantó, sabiendo que si la verdad de Nya era dolorosa, la suya lo era todavía más. Se apoyó en la pared, mirándola fijamente.

—Yo tenía dieciocho. Él tenía la edad que tengo yo ahora.

Mi padre me educó con mano de hierro, a golpes, convenciéndome que lo que sentía por los hombres era una enfermedad.

Me centré en mis estudios y reprimí mis emociones.

Si me centraba en la lógica, no había sitio para el deseo ni nada más.

Pero David lo cambió todo. No era un simple profesor al que yo admiraba.

No era solo eso. Él tenía… un conocimiento muy profundo del razonamiento jurídico.

Por eso entre nosotros empezó a surgir algo desde el principio.

Siempre nos veíamos fuera de clase… con la excusa de debatir sobre Kant o Tomás de Aquino.

Y poco a poco la tensión entre nosotros fue aumentando.

Nya se levantó del sofá, prestándole toda su atención. Siempre había considerado a Aeris un hombre controlado y frío, le costaba verlo tan vulnerable. Y solo Dios sabía si volvería a verlo así. Se acercó a él, apoyándose en la pared a su lado. Y entonces, Aeris continuó.

—Un mes de febrero. Un congreso en Madrid.

Un hotel. Dos copas de vino. Y una noche que lo cambió todo.

Éramos dos hombres discutiendo sobre Kant, sobre la justicia penal, sobre todo lo que creíamos que nos definía.

Pero en algún punto de la conversación… el debate dejó de importar.

Y nos acostamos. Fue la primera vez en mi puta vida que me permití sentir. Y también fue la última.

Aeris respiró hondo, cerrando los ojos antes de continuar.

—El miedo llegó después. Aplastante. Insoportable. No supe lidiar con ello. Y en lugar de enfrentarme a lo que sentía… me fui. Dejé de contestarle. Dejé que pensara que fue un error.

Nya le observaba, guardando silencio. Aunque fuera doloroso, era un gozo escuchar hablar a Aeris con tanta crudeza de sí mismo.

—Una semana después, se suicidó. Dejó una nota… —La voz de Aeris tembló un segundo, de forma sutil.

El suelo bajo los pies de Nya parecía desvanecerse.

—¿Qué decía la nota?

Aeris se pasó una mano por la cara.

—« Siento no haber podido estar a la altura de tus expectativas ».