CAPÍTULO 24
La sombra que acecha
—Coño… sí que tienes recursos para moverte si quieres espectáculo —Susurró.
Aeris detuvo el motor y miró hacia aquel objeto de condena que significaba aquel coche.
—Cualquier día le meto fuego, créeme.
El aire de la mañana era frío y denso, y en el interior del coche la tensión se palpitaba en cada segundo.
Nya bajó del coche con paso vacilante, pero en cuanto puso el pie en el suelo, un mareo repentino la invadió.
El suelo parecía oscilar bajo sus pies, su pulso se aceleraba y un escalofrío subía por su columna, como si el aire mismo conspirase en su contra.
«Tengo la boca seca… joder con la ansiedad. Y con las prisas ni he rellenado la botella de agua», pensó.
Aeris, que observaba la escena desde la puerta del coche, frunció el ceño. Su mirada, siempre tan fría y calculada, se tornó inquisitiva cuando vio a Nya tambaleándose ligeramente. Con tono cortante, le dijo.
—Si sigues tambaleándote así, voy a pensar que te has metido algo antes de venir.
Nya, recobrando la compostura con dificultad, replicó en voz baja.
—Si así fuera, al menos sabría por qué coño me siento así .
La tensión en el interior del coche se volvió palpable. Aeris se inclinó hacia adelante y, con voz seca y decisiva, añadió.
—Nya, tanto tú como yo sabemos que esto no es simple ansiedad. Tu cuerpo está reaccionando a algo real, y me importa una mierda si te gusta o no, pero voy a descubrir qué es.
Nya le miró, recobrando de nuevo la visión, recomponiéndose, y desvió la conversación, porque ni siquiera ella tenía claro si Aeris tenía razón o si realmente se estaba volviendo loca.
—¿Tienes agua?
—Sí. Vamos…
Una vez dentro de la casa, Nya intentó actuar con normalidad.
Observó a su alrededor. Aquel palacio de piedra antigua que Aeris conocía de memoria -con su inconfundible mezcla de aromas a cera de abeja, madera pulida y recuerdos de una era pasada- parecía perfectamente ordenada, pero en la mente de Nya todo estaba distorsionado.
Cada movimiento suyo se sintió mecánico, casi forzado.
Aeris la observaba en silencio desde la cocina, apoyado en la encimera de piedra mientras encendía un cigarro con la precisión de un cirujano.
Sus ojos, tan fríos como el acero, no parpadeaban mientras escudriñaban cada gesto de Nya, que luchaba contra el mareo y el temblor.
Una vez dio la primera calada al cigarro, le tendió un botellín de agua que había sacado de la nevera a Nya.
—Ten.
Nya abrió el botellín con manos temblorosas y bebió un sorbo.
—Gracias. Al menos no tendré la lengua como la suela de una zapatilla.
Aeris la observó detenidamente.
—¿Por qué decidiste escribir bajo un seudónimo en un blog , Nya? He observado que la entrada más antigua es de 2017, llevas seis años escribiendo esos relatos.
Nya levantó la cabeza.
—No te imagino leyendo relatos de terror que son el vómito de una desgraciada con ansiedad.
La crudeza de la revelación le dijo a Harper más de lo que pretendía.
—De momento, todo está en marcha… deberías descansar un poco. Vamos a la biblioteca. Así te tendré vigilada mientras reviso el atestado de Madrid.
Nya se revolvió y arqueó una ceja.
—Y una mierda… si me has traído, al menos dame algo para que me distraiga —Respondió dando otro sorbo de agua—. No estoy loca, Harper. No todavía… o eso creo.
—Nya… —Aeris dudó sobre si hacer la pregunta—. ¿Quién podría odiarte ta nto como para querer hacerte esto?
Nya respiró hondo y cerró los ojos.
—No lo sé. Créeme… siempre he intentado pasar de puntillas, ser discreta hasta el extremo. Porque Antonio me enseñó que la única ayuda que existe es la que puedes comprar. Y yo nunca tuve precio. Nunca.
Aquellas palabras cayeron entre los dos como un mazazo.
Aeris no contestó por el momento, simplemente caminó con ella, guiándola con sus pasos a la biblioteca que servía de pensadero de aquel Juez que había construido su casa como una fortaleza, pero siendo al mismo tiempo una prisión mental para sí mismo.
Aeris necesitaba pensar con más calma, así que directamente puso algo de música en Spotify .
« Hurt » de Nine Inch Nails comenzó a sonar en un volumen bajo, lo suficiente para que fuera un hilo musical de fondo.
Cuando se sentaron en el sofá de cuero, Nya se recostó dejando caer la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
Fue Aeris quien decidió romper el silencio.
—¿Cuándo moriste?
Nya abrió los ojos, sorprendida por la pregunta. No se lo esperaba.
—¿Qué?
Aeris la observaba con esa precisión quirúrgica.
—Todos tenemos un momento que marcan un antes y un después… ¿cuál fue el tuyo? El que te hizo ser como eres.
Nya respiró hondo. No quería recordarlo… pero Harper tenía esa habilidad para ver dentro de ella sin que se diera cuenta. Se quedó quieta unos segundos, mirando hacia abajo, como si las sombras quisieran protegerla. Sus manos temblaban ligeramente y la voz le salió apenas un susurro.
—Tenía quince años… estaba estudiando en Suiza.
—Los mejores colegios, cortesía de Antonio Palacios. No para de restregarlo por la cara de la gente cuando tiene oportunidad… —Aeris le ofreció un cigarro. Algo le decía que la conversación iba a dolerle.
Ella había querido hablar. Él se había limitado a escuchar. Pero la verdad no era fácil de escupir. Y menos cuando llevaba años enterrada bajo capas de humo y cicatrices invisibles, y otras no tan invisibles.
Nya tamborileó los dedos contra su muslo. Aceptó el cigarro de Aeris y se lo encendió. Tras una larga calada, exhaló el humo como si estuviera rompiendo una de tantas barreras. Tragó saliva. Su voz salió más rasposa de lo que esperaba.
—Algo pasó allí.
Aeris no reaccionó de inmediato. Su expresión no cambió, pero sus ojos se afilaron con un brillo calculador .
—Define «algo».
Nya exhaló por la nariz y bajó la mirada.
—Algo que me enseñó lo peor de la gente.
El ambiente en la habitación se densificó. La voz de Aeris se deslizó entre ellos, un susurro grave, cargado de algo parecido a advertencia.
—Cuéntamelo.
Nya se inclinó un poco hacia adelante, sintiendo cómo el pulso le martilleaba en las sienes. Miró la ceniza del cigarro que se acumulaba en el borde del cenicero y, por un instante, se preguntó si soltarlo haría que todo ardiera.
—Era invierno —susurró—. La nieve cubría el internado como un sudario. Yo estaba en mi habitación, leyendo «Jane Eyre». Una noche como cualquier otra.
Aeris dejó el cigarro en el cenicero, sin apartar la vista de ella.
—Pero no fue una noche cualquiera.
Nya esbozó una sonrisa amarga.
—No.
Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta por un momento. Un segundo demasiado largo.
—Llamaron a mi puerta. Una voz dulce, falsa, condescendiente: « Ven con nosotras ». Puta hipócrita… Y fui. Porque era una cría y creía que encajar era más importante que pensar. Al menos eso era lo que pretendía Antonio.
Aeris ladeó la cabeza.
—¿Quiénes eran?
—Cinco. Tres chicos, dos chicas. —Su voz bajó un poco, volviéndose un murmullo árido—. Me llevaron a los baños del internado. Oscuros. Silenciosos.
El cuerpo de Aeris se tensó de manera imperceptible. No dijo nada. Solo esperó.
Nya entrecerró los ojos, como si pudiera ver la escena reflejada en las sombras de la habitación.
—« El Juego de los Débiles », lo llamaban.
Aeris apoyó los codos en las rodillas, sin apartar la vista de ella.
—¿Qué te hicieron?
Nya soltó un suspiro, pero su voz se quebró al continuar.
—Manos en mi cuello. Aliento a vodka y cigarrillos caros —Su lengua rozó el filo de un recuerdo envenenado—.
Cinturones apretando mis muñecas. La navaja en mi clavícula.
Todavía recuerdo cómo la navaja descendió por la carne.
Recuerdo el dolor… y el miedo a lo que pudiera suceder después.
La incertidumbre era peor que todo lo demás.
Nya deslizó su camiseta, mostrándole a Aeris la cicatriz de su clavícula.
El ambiente en la habitación descendió unos grados.
Aeris apoyó la mandíbula en su mano, como si con ese gesto pudiera contener la ira que se le enroscaba en el pecho.
—Eras una niña… ¿Nadie te ayudó?
Nya se rió. Un sonido hueco, vacío.
—¿Ayuda? ¿A quién coño le importaba una niña española a la que su padre creía que podía meter entre la élite europea para convertirla en un peón de sus putos juegos de mierda?
—Sus ojos brillaban con un filo acerado—.
Me dijeron que las chicas como yo no entienden su lugar.
Que siempre sería un cordero rodeado de lobos.
El crujido de nudillos al apretarse los puños fue el único sonido que hizo Aeris.
Nya inclinó la cabeza y lo miró de reojo, midiendo su reacción.
—No me digas que lo sientes. Ahórrate la mierda…
Aeris negó con la cabeza, despacio.
—No. Voy a decirte que ojalá pudiera retroceder en el tiempo y matarlos con mis propias manos. Ninguna persona debería haber pasado por eso… mucho menos una adolescente, Nya.
Por alguna razón, aquellas palabras hicieron que el nudo en su pecho se aflojara.
—Pero no puedes —murmuró Nya—. Ya es tarde para resucitar lo que murió aquella noche.
Aeris la observó, con la mirada oscurecida por una sombra que no tenía nombre.
—No —admitió, su voz un filo de navaja—. Pero lo que sí puedo decirte es que no te define. Eres una chica inteligente, con una mente afilada que jamás había visto en mucho tiempo. Y todos tenemos cicatrices… lo que no debemos hacer es dejar que nos consuman.
«Le dice la sartén al cazo», pensó con pesar.
Nya soltó una risa breve, sin humor.
—Claro. Porque todos sabemos que las cicatrices no importan. Que lo que sobrevive de una persona después de algo así es lo único que cuenta.
Aeris dejó el cigarro en el cenicero y se inclinó hacia ella.
—¿Fuiste a terapia después de ello?
—Algo así… —respondió ella, con voz apagada.
La tensión se agudizó. Nya, sintiendo que debía desahogarse, confesó en voz baja, casi como si temiera que la oyeran.