Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La estela del cuadro

E l amanecer se abría paso con un velo anaranjado, pintando las paredes blancas de la urbanización de un tono suave y acariciando la ventana del salón con destellos dorados.

Desde la cocina, el aroma a café recién hecho competía con el rumor lejano de las olas, mientras el canto de alguna gaviota recordaba la cercanía del mar.

Parecía una escena apacible, el tipo de mañana que trae promesas de un nuevo comienzo, de una rutina serena.

Pero nada más lejos de la realidad.

Aeris no había dormido.

Con la corbata ausente y las mangas de la camisa arremangadas, se mantenía frente a su portátil, que había cogido del maletero del coche, apoyado en la encimera como un soldado en guardia.

Tenía en una mano una taza de café humeante, y en la otra, su móvil, donde no dejaba de repasar los mensajes recientes de Parra.

El cansancio le pesaba en las ojeras, pero su mente seguía funcionando con la precisión de un bisturí.

Nya dormía -o intentaba dormir- en el dormitorio contiguo, tras haberse desvanecido por la tensión hacía unas horas.

Fue el propio Harper quien la llevó a la cama.

Aun así, Aeris tenía la intuición de que su descanso era frágil, tanto como el filo de un cuchillo.

La casa estaba en un silencio denso, roto solo por el ocasional zumbido de la nevera y la brisa marina que se colaba por la ventana entreabierta.

El móvil de Aeris vibró con insistencia. Una llamada. Miró la pantalla: «Parra».

Suspiró, rozando un ápice de agotamiento, y atendió.

—Harper —masculló, con la voz áspera de la noche en vela.

—Buenos días. Acabo de recibir los atestados que nos ha remitido Iker Santamaría, el inspector de Madrid.

Te los he reenviado al correo. Échales un ojo en cuanto puedas…

es mejor que veas las fotos —Parra bajó la voz—.

Se parecen demasiado a nuestros dos asesinatos.

Misma puesta en escena, y además de esto, el informe de tóxicos de la víctima de Santamaría presentaba el mismo cóctel de medicamentos en la sangre que Helena Ortiz.

Estoy esperando que Pedro me mande el informe definitivo de Daniel Heredia, pero creo que solo nos va a confirmar lo que más temíamos. Un patrón. Un modus operandi .

«Una puta asesina en serie», pensó, respirando hondo.

Aeris chasqueó la lengua, conteniendo la rabia.

No le había dicho nada todavía de las coincidencias con los relatos del blog de Nya.

—Vale, voy a mirarlos ahora. Los revisaré ahora. Quédate pendiente. Cuando termine, te llamo con mis impresiones e instrucciones.

—Perfecto. Por cierto, la científica de aquí también ha sacado coincidencias en el tipo de huellas parciales que aparecieron en el polígono. Aunque nada concluyente —Un leve suspiro—. Sea como sea, nuestra amiga lleva tiempo actuando, y ahora quiere más espectáculo. No sé qué está buscando.

«Lo que esté buscando tiene que ver con Nya. De eso estoy seguro».

—Lo averiguaremos. Hablamos luego —El juez colgó, mordiéndose el interior de la mejilla.

Con un movimiento firme, Aeris dejó el móvil a un lado y tomó la taza de café. Le dio un sorbo, pero el líquido empezaba a enfriarse. Aun así, le supo a triunfo amargo: era la prueba de que seguía en pie, pese a todo.

Miró en el móvil el correo electrónico que le había enviado Parra con el archivo del atestado que Iker Santamaría había remitido del caso que él investigaba. Gervasio Arteaga, un coleccionista de arte… 58 años. Divorciado. Pero cuando vio las fotos de la escena del crimen, su estómago se revolvió.

La misma puesta en escena teatral en la forma en que la víctima estaba atada frente a un cuadro, un lienzo empapado con sangre, cada tajo en la piel de la víctima había sido replicado con precisión en la tela.

Según el informe del forense, la carne latió hasta el último corte, un reflejo perfecto de la agonía de aquel desgraciado convertido en una especie de arte macabro.

El retorcer de la madera al romperse, la textura del óleo mezclándose con el horror de un rostro mudo, condenado a convertirse él mismo en un retrato de muerte.

«Hija de puta… Ahora ya sé que eres una mujer… ¿qué coño estás buscando de ella?», pensó, levantando hacia donde sabía que encontraría la respuesta, solo que no en lo que era hoy, sino en lo que fue tiempo atrás.

En la pantalla del portátil, el blog de Nya estaba abierto.

O, mejor dicho, el blog de «Erebos Nyght».

Ya había repasado con rapidez «El Último Reflejo», la historia que coincidía con el caso de Helena Ortiz; y «La Orquesta de los Condenados», el relato que el asesino había calcado en el conservatorio de Daniel Heredia.

También había leído «El Reloj de Carne», la entrada reciente que Nya negaba recordar haber escrito.

Un escalofrío lo recorrió al pensar en cómo alguien podía escribir un texto tan meticuloso y perfecto sin ser consciente de ello.

—Esto va de puto mal en peor —murmuró, en un suspiro.

Pero ahora, moviendo el cursor, se topó con publicaciones más antiguas.

Algunas eran inofensivas, casi bocetos de terror psicológico, fragmentos sin terminar…

hasta que su vista se detuvo en un relato de hacía siete meses.

Un título llamativo: «El Hombre del Cuadro».

Notó un chispazo de alerta en el pecho. Solo el título ya le indicaba que aquel era el elegido.

Solo le faltaba abrirlo para comprobarlo.

Las fechas coincidían, y el título era evocador.

Con un leve clic , abrió la entrada y comenzó a leer.

El lienzo estaba en blanco.

Siempre estaba en blanco antes de empezar.

Las primeras pinceladas eran sutiles, casi un roce sobre la superficie impoluta, un leve trazo de grafito para delinear la silueta. El artista siempre comenzaba así. Como un susurro. Como una caricia.

El modelo se sentó en la silla, con el torso desnudo, la piel pálida a la luz de la lámpara de estudio. Los retratos exigían paciencia. Él lo sabía. El artista también.

—No te muevas —murmuró el pintor, con la voz envuelta en una calma engañosa.

La primera línea de pintura besó el lienzo con un trazo de umbra tostada.

El modelo parpadeó. Algo en la atmósfera había cambiado. El aire estaba más denso, más frío. Un escalofrío reptó por su columna.

Fue cuando notó la primera punzada.

No fue un dolor intenso. Solo un pequeño corte, un roce afilado justo bajo la clavícula.

El pintor sonrió.

—No te preocupes —susurró—. La carne es solo otro pigmento.

El modelo intentó moverse, pero la atadura en su muñeca se tensó. Solo entonces se dio cuenta de las correas sujetándolo a la silla. Solo entonces comprendió que no se trataba de una simple sesión de pintura.

—No… —su voz murió en su garganta.

Pero el artista ya había empezado.

La segunda línea en el lienzo apareció al mismo tiempo que la hoja deslizándose sobre su piel. Un tajo limpio. Superficial, pero suficiente para que la sangre brotara en un hilo delgado, perfecto.

El pintor sumergió la brocha en el rojo cálido que se derramaba y volvió a trazar el contorno del rostro en el lienzo.

—La sangre seca con una textura fascinante. Es más vibrante que cualquier óleo —dijo, como si estuviera hablando del clima.

El modelo intentó gritar. No pudo.

El artista había pensado en eso. Un trapo empapado en trementina sellaba su boca.

—No arruines la composición —lo reprendió con dulzura—. Ya casi he terminado.

Cada trazo en el cuadro se reflejaba en la piel del modelo. Cada línea replicaba el corte en su carne. Era un reflejo perfecto.

El modelo no podía moverse. No podía hacer nada más que ver cómo su imagen cobraba vida en el lienzo, cómo su esencia se transfería a la pintura mientras su cuerpo se vaciaba poco a poco.

Cuando la última pincelada estuvo terminada, cuando el artista se alejó para observar su obra completa, exhaló un suspiro de pura satisfacción.

La carne aún latía.

La sangre aún goteaba.

El hombre en la silla seguía vivo, pero su mirada estaba vacía. Perdida en el reflejo de su propio rostro, atrapado en la tela.

El artista inclinó la cabeza y limpió la brocha con un trapo blanco.

—Ahora sí —murmuró—. Perfecto .

Aeris tenía el paralelismo perfecto de aquel crimen con lo que tenía delante. El espejo distorsionado de un crimen que parecía sacado de la imaginación de Nya… y, de hecho, lo era.

Se quedó muy, muy quieto. Apenas respiraba.

Solo tenía la mano aferrada al ratón, y en la otra, la taza de café, ahora sí, definitivamente fría.

Pasó la mirada por cada palabra del relato, comparándolo mentalmente con los retazos del atestado que Parra le había reenviado y que había podido ver con sus propios ojos.

Encajaba. Fecha, modo, estilo: todo un guion de terror, calcado por aquel asesino desconocido.

Llevaba meses siguiendo la obra de «Erebos Nyght».

—El blog es su biblia… —susurró, con una dureza seca.

Un latido le subió a la sien. Sabía que Nya no era la asesina; estaba convencido de que ni siquiera era cómplice.

Su instinto se lo decía. Pero alguien la había convertido en su musa; alguien ponía en escena los relatos más sórdidos que ella creaba.

Y, por lo que acababa de hallar, lo hacía desde hacía al menos seis meses.

Helena Ortiz y Daniel Heredia eran solo dos de las piezas del macabro puzzle , y el crimen de Gervasio Arteaga, en Madrid, era otro eslabón.

Solo que, hasta ahora, nadie se había dado cuenta de que esos relatos estaban siendo la inspiración y guía de una asesina en serie.

Entonces, con un golpe de sangre fría, supo la verdad: el asesino la estaba cazando a ella. No se conformaba con usar su imaginación; la quería a ella en medio de la tragedia, quizás para quebrarla, para que fuera testigo de la crueldad que había engendrado con sus propias palabras.

—Mierda… —farfulló, apretando el puente de la nariz.