Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Toda la verdad

E l motor del coche vibraba en un ronroneo grave, envolviendo el interior del coche en un falso manto de calma.

Fuera, las luces anaranjadas de las farolas proyectaban sombras difusas sobre la acera, y la brisa nocturna susurraba entre los árboles, arrastrando el olor a salitre desde la playa cercana.

La calle estaba silenciosa, dormida en la penumbra, ajena a la tensión contenida dentro del vehículo.

Lo normal a las tres de la mañana.

Aeris desaceleró hasta que las ruedas se detuvieron con un leve crujido sobre la gravilla del asfalto frente a la casa de Nya.

No apagó el motor de inmediato. Se quedó con las manos en el volante, los dedos firmes pero relajados, observando con el rabillo del ojo a Nya.

Ella miraba su casa, con los labios apretados y los nudillos tensos sobre sus muslos.

No se movió.

Aeris frunció imperceptiblemente el ceño. Sabía reconocer la negación cuando la veía, y lo que tenía al lado era un puto tratado sobre cómo engañarse a uno mismo. Su paciencia disminuyó aún más.

—No te muevas así, Nya.

Su voz no fue brusca ni dura, pero cortó el aire con la precisión de un escalpelo.

Ella parpadeó, desconcertada. Tardó un segundo en girar la cabeza hacia él.

—¿Así cómo?

Aeris apoyó el codo en la ventanilla y ladeó el rostro lo justo para atraparla con la mirada. Esa mirada gris, afilada y sin piedad, que tenía el efecto de arrancar capas hasta encontrar la verdad bajo ellas .

—Como si creyeras que al entrar ahí todo estará bien. —Su tono era quirúrgico, frío pero no cruel—. No lo va a estar. Ni de puta coña.

El silencio se alargó un latido de más. Nya bajó la vista hacia el salpicadero, fingiendo no haber sentido la punzada de la verdad clavándose en su pecho. Pero era inútil. Lo sabía. Lo sabía tanto que ni siquiera intentó discutir.

El zumbido del motor seguía llenando el habitáculo, como un eco mecánico de la tensión atrapada entre ambos.

Nya apretó los labios. Tragó saliva.

Su casa estaba ahí, a solo unos pasos. Pero la idea de cruzar esa puerta y quedarse sola con sus pensamientos… con lo que había descubierto…

No.

No podía.

El nudo en su garganta creció, su respiración se tornó más superficial. No pensó las palabras. Solo las dejó caer, un hilo de voz que ni ella misma reconoció.

—¿Quieres entrar?

Su voz sonó más baja de lo que pretendía.

No era una invitación. Era un salvavidas.

Aeris no preguntó por qué. No lo necesitaba.

Solo apagó el motor.

—Vale.

El interior del coche quedó sumido en un silencio absoluto cuando el ronroneo del motor murió.

Sin más palabras, Aeris abrió la puerta y salió al frío de la madrugada.

La cerradura chasqueó con un sonido seco cuando Nya giró la llave. La puerta se abrió con un leve crujido y la oscuridad de su casa se derramó sobre ellos como una sombra viva.

El aire estaba impregnado con el olor familiar a café, papel y un leve matiz a madera pulida.

Todo estaba en su sitio: los muebles sin alterar, los libros en sus estanterías, el pijama que había dejado sobre el respaldo del sofá antes de la gala.

Excepto las zapatillas que se había quitado antes de ponerse aquel vestido.

Seguían en el suelo, a un lado del sofá, como una prueba de que, apenas unas horas antes, su mundo aún no se había desmoronado.

Nya entró sin encender todas las luces. Solo la lámpara del salón, una iluminación tenue que proyectaba sombras suaves contra las paredes, creando un juego de luces que le añadía una atmósfera aún más cargada a la noche.

Aeris entró tras ella sin emitir un sonido.

No era un hombre que llenara los espacios con su presencia de forma ostentosa, pero la densidad de su energía lo volvía imposible de ignorar.

Se detuvo en la cocina, apoyando la cadera contra la encimera, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Su mirada la siguió con la misma intensidad con la que un halcón vigila a una presa herida.

Nya, en cambio, se movía con la rigidez de quien no sabe qué hacer con su propio cuerpo. Se quitó la camisa de cuadros con un gesto automático y la dejó caer sobre el respaldo de una silla. Se frotó los brazos, como si el frío repentino de la madrugada se hubiese colado en sus huesos.

Pero no era frío.

Era miedo.

Era el tipo de miedo que no tiene forma ni rostro. El tipo de miedo que se esconde en los rincones de la mente y se desliza por la médula espinal como una corriente helada.

El silencio se alargó.

Aeris no dijo nada.

Esperó.

Nya sintió su mirada clavándose en su espalda. No necesitaba verla para saber que estaba ahí, inquebrantable, observando cada mínimo detalle, cada temblor imperceptible en sus dedos, cada movimiento de sus hombros al respirar.

Ella se humedeció los labios y dio media vuelta con lentitud, cruzándose de brazos sobre el pecho, como si pudiera contenerse a sí misma.

Aeris no se movió.

Su paciencia era de acero. Pero también tenía un límite.

Y lo alcanzó en ese instante.

—Nya, suéltalo ya.

No era una sugerencia.

La orden quedó suspendida en el aire, helada y afilada.

Nya sintió una presión en el estómago, como si la voz de Aeris fuera un puño invisible que le golpeaba directamente en las entrañas.

Intentó esquivar la pregunta.

—¿El qué?

Aeris inclinó la cabeza apenas un milímetro. Su expresión no cambió. Ni una sola arruga de su ceño se alteró. Pero su voz se volvió más letal.

—Lo que llevas toda la noche callándote. Soy juez, sí, pero no siempre juzgo. También soy una persona con la que puedas hablar. Te lo demostré en la terraza del Parador.

Nya exhaló con fuerza, como si estuviera conteniendo la respiración desde hace horas.

No tenía escapatoria.

Cerró los ojos un instante. Se pasó la mano por la nuca, sintiendo la piel arder bajo sus dedos.

Cuando habló, su voz salió quebrada.

—Tengo que decirte algo. Y quiero que escuches antes de que abras la boca.

Aeris no se movió.

Nya respiró hondo. Su pecho subía y bajaba en un ritmo irregular.

—Los crímenes… —tragó saliva—, los de Helena Ortiz y Daniel Heredia… los he visto antes. Los he escrito antes. Están en mi blog .

Aeris no parpadeó.

¿Un blog ?

—¿Perdón?

Ella tragó saliva y continuó.

—Es… un lugar donde escribo relatos de terror para calmar mi ansiedad. Siempre ha sido mi vía de escape. Desde hace unos años, cuando estaba con la carrera en Deusto.

Aeris siguió sin decir nada.

—Al principio no lo vi claro —su voz se volvió más frágil—. Con Helena Ortiz pensé que estaba viendo fantasmas donde no los había. Porque diseñé el relato en mi cabeza en una sala de piedra, como en un castillo. Gilipolleces, varias, vamos. Pero esta noche, cuando vi el escenario del conservatorio…

Se interrumpió, cerrando los ojos con fuerza, como si pudiera borrar la imagen de su cabeza.

—Era idéntico a un relato que escribí hace unos días. « La Orquesta de los Condenados ». Es como si lo estuviera viendo, exactamente igual que en mi mente. Como si nuestra asesina lo hubiera recreado al pie de la letra.

El peso de la confesión cayó en la habitación como un yunque.

Pero no había terminado.

Nya respiró hondo, reuniendo valor para soltar lo peor.

—Y lo peor no es eso… —su voz bajó, apenas un susurro—.

Lo que me atormenta es que… hace dos días, después de que te fueras de aquí…

apareció un relato en mi blog . Un relato que no recuerdo haber escrito.

Ni una sola palabra. Ni una puta frase. Como si alguien más hubiera usado mis manos para escribirlo.

Un temblor recorrió su espalda. Se obligó a seguir hablando.

—No tengo ni puta idea de cómo llegó ahí. No recuerdo lo que hice en ese tiempo.

Sacó el móvil con manos temblorosas y tecleó el enlace de su blog . Lo copió y se lo envió a Aeris por WhatsApp .

El sonido de la notificación en el móvil de Aeris cortó el silencio como un disparo .

Nya sintió que su propio corazón saltaba en su pecho.

Era la prueba de que ya no había vuelta atrás.

Él bajó la vista a la pantalla. No abrió el enlace aún. No lo necesitaba para entender la magnitud de lo que acababa de escuchar.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.

Y entonces Aeris habló.

Su voz era baja, controlada. Pero en el fondo de su tono había algo que lo volvía peligroso.

—¿Quieres que te diga lo que pienso? Sin paños calientes.

Nya asintió, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

—Creo que alguien está usando lo que escribes para matar.

Y si para colmo tenemos una coincidencia de ADN de nuestra psicópata en un crimen de hace seis meses en Madrid, me indica que lleva más tiempo leyendo tu blog del que imaginas.

Y ahora… se está acercando a ti. Es una teoría, pero lo comprobaré en cuanto lea el blog .

La sangre se le heló en las venas.

Aeris continuó.

—Pero también creo que te pasa algo a nivel físico, Nya.

Ella se tensó.

—¿Qué? Aeris… tengo ansiedad desde que era una niña. Es normal que me afecte a nivel físico.

—Y una mierda. No solo es ansiedad —su tono era quirúrgico, frío como el acero—. No es solo paranoia, ni nervios. Lo que pasó en el polígono, la forma en que estabas ida… eso no fue normal. Y creo que tiene un origen orgánico. Como si algo en tu cuerpo no funcionara bien.

Nya sintió un nudo en la garganta.

—¿Crees que me estoy volviendo loca?

El silencio cayó como un golpe seco.

Un latido de más.

Aeris vaciló. Solo entonces habló.

—No lo creo.

Un leve alivio se filtró en su pecho.

Pero Aeris no había terminado.

—Pero sí creo que estás disociando.

La palabra cayó entre ellos como un golpe seco.

—Lo que pasó en el polígono, los mareos… —Aeris la miró con esa intensidad quirúrgica suya—. No puedes seguir ignorándolo. ¿Tomas algún tipo de medicación?

Nya negó con la cabeza.

—A efectos prácticos, un «naproxeno» para el dolor de cabeza… ¿te vale?

Aeris respiró hondo, sacó un cigarro del paquete y lo encendió. Esta vez, Nya sí le aceptó uno. Lo encendió con manos temblorosas y dio una calada lenta, como si le estuviera costando la misma vida verbalizar la vorágine de sensaciones que tenía dentro.

—No hablo de ese tipo de medicación. Algo para la ansiedad, antidepresivos… hay medicación que puede causar efectos secundarios adversos muy jodidos.

Nya sintió una punzada de vértigo. Negó con la cabeza mientras exhalaba el humo.

—Si sigues así… si no vas a un médico… quizá tenga consecuencias peores.

El aire se volvió espeso. Denso. Irrespirable.

Sintió un golpe seco en el pecho, como si su propio corazón intentara salirse de su cuerpo.

Un zumbido sordo en los oídos.

Negro.

Su visión se nubló.

El cigarro resbaló de sus dedos.

El suelo subió a su encuentro.

Pero nunca lo alcanzó.

Antes de que la oscuridad la tragara por completo…

Unas manos firmes la sujetaron.

Aeris ya estaba allí.

Su agarre era firme, sólido, una fuerza inquebrantable en mitad de su debilidad.

—Estoy bien… —intentó apartarse.

Aeris la sostuvo con más fuerza.

—Mientes como el puto culo. ¿Lo sabes?

Nya sintió el calor de sus manos atravesándole la piel. No pudo moverse.

Aeris no la soltó. No la dejaría caer. No sabía por qué, pero no lo haría.

Y entonces dijo, con una gravedad que caló hasta sus huesos.

—Me quedaré esta noche contigo.

Nya cerró los ojos, temblorosa.

—No tienes que hacerlo.

Aeris inclinó la cabeza y su voz se volvió un susurro implacable.

—Soy consciente de ello, Palacios. Pero me quedaré de todas formas.

El peso de esas palabras fue demasiado .

Nya no discutió. No tenía fuerzas.

Se dejó caer en el sofá con el pulso desbocado.

Aeris permaneció un instante de pie, mirándola desde las sombras. Luego, en un gesto calculado, se quitó la americana, la dejó sobre una silla y se encaminó a la cocina.

Nya cerró los ojos.

Cuando los abrió unos minutos después…

Aeris seguía allí.

Apoyado en la encimera.

Con una taza de café entre las manos.

No se había ido.

No se iría.