CAPÍTULO 21 #2
Nya sintió un tirón en el pecho. El aire se espesó a su alrededor. Su piel hormigueaba, como cuando uno está a punto de desmayarse.
¿Estoy perdiendo la cabeza?
Sintió un nudo de bilis en la garganta. Su respiración se volvió superficial, como si su pecho se encogiera y no pudiera abrirse más. Su visión se volvió extrañamente borrosa por una fracción de segundo.
Parpadeó rápido.
No. No estaba bien.
Ni si quiera sabía de qué iba. Su mente se quedó en blanco. Sintió un vacío helado, como si hubiesen abierto una puerta a su conciencia dormida.
«Pero… ¿cómo…?», pensó, sintiendo el suelo desvanecerse bajo sus pies.
—Dios… —susurró, sin poder creerlo. Un relato nuevo subido a su blog , y ella no tenía memoria de haberlo hecho. Su ansiedad se disparó.
Las manos le temblaban tanto que tuvo que bloquear la pantalla sin leer el contenido.
Estaba demasiado conmocionada como para asimilarlo ahí mismo.
Sintió náuseas. Le faltaba el aire. El asesino no solo reproducía sus historias de horror…
¿O era ella quien, inconscientemente, escribía más textos que el asesino podría usar? El mareo se hizo más fuerte.
Cuando regresó hacia el escenario, Parra hablaba por teléfono con el ceño fruncido. Aeris, al otro lado, cruzado de brazos, lo escuchaba en silencio. El murmullo de la voz de Parra rebotó en la sala vacía.
—Sí… inspector Santamaría, claro que lo conozco. ¿Qué dice? —Parra agachó la cabeza un segundo—. ¿Una coincidencia de ADN con un caso de ha ce seis meses en Madrid? —Frunció el entrecejo—. De acuerdo, pasaré la información a su señoría. Gracias, de verdad.
Colgó, con un largo suspiro. Aeris se aproximó con gesto inquisitivo.
—¿Es Iker Santamaría, inspector homicidios en Madrid?
Parra asintió.
—El mismo. ¿Lo conoces, Harper?
Aeris acarició su mentón, pensativo.
—Su mujer es jueza en Madrid. Fuimos compañeros. Es buena instructora. ¿Qué tenía que decirte Santamaría?
—Me confirma que hay una coincidencia parcial de ADN con un crimen allí, hace medio año.
Se puso en contacto porque saltó la alarma en la base de datos nacional de la Policía Científica cuando se comparó la muestra que se encontró bajo las uñas de Helena Ortiz.
Al parecer, esa muestra coincide con asesinato no resuelto en la capital —Parra se pasó la mano por la nuca, extenuado—.
Me ha dicho que si necesitamos más datos, él puede facilitarlos.
Pero por lo pronto, Santamaría puede decirnos algo inquietante. Buscamos a una mujer. ¿Qué opinas?
Aeris asintió, contrayendo la mandíbula.
—Santamaría es bastante competente, lo conocí personalmente a través de Laura.
Si dice que hay coincidencia de ADN, esto puede ser mayor de lo que pensamos.
Puede que no sea la primera vez que este asesino actúa —Miró en torno a la escena—.
Parra, coordina todo lo que puedas con Madrid.
Y recaba los informes y atestados del caso previo.
Quiero ver si también hubo un modus operandi teatral.
—Hablaré con Santamaría. Lo tendré todo mañana por la mañana —musitó Parra, alejándose para gestionar las llamadas.
Nya, de pie, escuchó la conversación con el miedo clavado en el pecho.
No solo era su relato repetido y el horror de Daniel Heredia: ahora aparecía otro crimen en Madrid vinculado al mismo ADN.
Eso implicaba una trayectoria más larga, un asesino itinerante que lleva meses ejecutando muertes inspiradas quizá en sus macabras historias.
Su cabeza bullía con preguntas sin respuesta.
A lo lejos, los de la científica preparaban ya la retirada del cadáver, y Pedro revisaba con severidad los últimos detalles de la escena, dando una pequeña «clase magistral» a un par de novatos sobre la trayectoria de la sangre. Les señalaba con un puntero de luz.
—Fijaos en la disposición de las salpicaduras en las teclas: aquí hay goterones que indican que la mano seguía viva, probablemente pulsando varias notas.
El tibio humeral debía sangrar. Es una locura lo minucioso que ha sido, casi como si compusiera una partitura…
—murmuró con su habitual falta de empatía, sin reparar en la cara de horror de los agentes.
Aeris se plantó al lado de Nya. Su mirada denotaba tensión, pero también algo parecido a preocupación auténtica.
—Tenemos que hablar —le dijo con tono bajo—.
Hoy o mañana. Hay cosas que no cuadran, y sé que no me lo estás contando todo.
No quiero pillarte por sorpresa, ni asustarte más de lo que ya estás, pero…
—entornó los ojos— la verdad no puede esperar.
Y lo sabes tan bien como yo, Nya. Si sabes algo…
tienes que contármelo, y más sabiendo que buscamos a una mujer.
Nya cerró un instante los párpados, conteniendo el temblor en sus manos.
Recordaba la publicación nueva en su blog , «El Reloj de Carne», y la imposibilidad de explicarse cómo había llegado ahí.
Recordó también que este crimen de Daniel Heredia era un calco de « La Orquesta de los Condenados ».
Alguien estaba usando su imaginación para matar, o ella misma estaba escribiendo inconscientemente.
Todo le parecía una pesadilla.
—Déjame ordenar las ideas, Aeris… —Se atragantó con las palabras y apretó la camisa de cuadros con la mano derecha— Por favor…
Aeris asintió, sin presionarla.
—Vamos, te llevo a casa.
Se volvió hacia los agentes que le requerían, y Nya se quedó un instante a solas, mirando aquel escenario vacío y teñido de muerte.
El piano de media cola se erguía como un altar oscuro donde la sangre había dado un réquiem macabro.
Y entonces… sintió la presión de una mano en su hombro. No un roce. Un peso.
Lo suficientemente firme como para notar el calor.
Se giró en seco.
No había nadie.
Su respiración se cortó en un jadeo entrecortado. El sudor le escaló la espalda.
¿Lo había imaginado?
Miró a su alrededor, al vacío del escenario. A la butaca más alejada.
Un par de ojos.
O eso creyó ver.
Por un segundo, la butaca más alejada pareció ocupada. Una silueta apenas perceptible, hundida en las sombras.
Nya sintió que la sangre se le helaba en las venas.
Y entonces lo vio en el reflejo del piano.
Solo un segundo. Solo un destello .
Parpadeó.
Y ya no estaba.
Se pasó la mano por la cara, sintiendo su piel fría y sudorosa.
«Dios… me estoy volviendo loca».