CAPÍTULO 21
Réquiem de sangre
Nya y Aeris bajaron del vehículo sin más dilación. Aeris, por su parte, había cambiado la chaqueta del traje por una americana más ligera, y su expresión permanecía tan seria que parecía esculpida en mármol.
Parra los esperaba junto a la puerta de acceso.
Junto a él, un guardia de seguridad se encogía sobre un escalón, con la cara pálida como la cera y las pupilas dilatadas por el shock .
Sus manos temblaban con espasmos descontrolados, aferradas a su rodilla con tanta fuerza que sus nudillos parecían a punto de romperse.
Cuando los vio acercarse, abrió la boca para decir algo, pero solo emitió un jadeo quebrado.
Era su primera noche de trabajo. Y acababa de ver algo que nunca podría borrar de su mente.
—El cuerpo lo ha encontrado él —murmuró Parra, señalando al vigilante—. Está en el salón de actos. Lo han matado de una forma… jodida de describir, pero se parece al caso de Helena Ortiz.
Nya sintió cómo se le encogía el estómago. Recordó la frase: «Uno de los reflejos no parpadeó». El recuerdo de la víctima del polígono industrial la golpeó con fuerza. El presentimiento que arrastraba desde que subió al coche en Cádiz se hacía más fuerte a cada segundo.
—¿Qué tenemos? —inquirió Aeris, sin rodeos, aferrado a su calma habitual.
—Se trata de Daniel Heredia, 49 años, profesor y violinista.
El forense dice que murió hace unas cuatro horas, hacia las 21:30 o quizá un poco antes.
Parece que se quedó ensayando; los demás profesores se marcharon antes.
El guardia —Parra apuntó de nuevo al joven tembloroso— se retrasó en su ronda, encontró la puerta del salón entreabierta y se topó con… con lo que veréis dentro.
—¿Nadie oyó nada? —preguntó Nya, forzándose a sonar ecuánime. Sin embargo, un malestar intenso crecía en su interior, alimentado por la atmósfera del lugar y la mención de otro crimen teatral.
—Aparentemente, no. A esa hora ya no quedaba casi nadie en el conservatorio. El vigilante es el único testigo, y está en shock .
El pasillo que atravesaron se hallaba a media luz, con apenas unas cuantas lámparas de emergencia encendidas.
Al fondo, la doble puerta del salón de actos, abierta.
Dos agentes custodiaban la entrada, mientras destellos de flash fotográfico y linternas se agitaban en el interior.
Aeris y Nya se pararon un segundo en el umbral, para dejar que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
El salón se alzaba amplio, con butacas vacías y un escenario al frente. Allí, entre la oscuridad, destacaba un piano de media cola y, junto a él, la figura inerte de Daniel Heredia. El contraste entre la quietud fantasmal del escenario y la crudeza de lo que yacía sobre él resultaba escalofriante.
—Adelante —dijo Parra con voz áspera, como hastiado del horror.
A medida que Aeris y Nya se acercaban, el panorama se volvía insoportablemente sangriento: Daniel Heredia yacía en el suelo, las manos manchadas de sangre, y a pocos centímetros su violín destrozado.
Sobre el teclado, se veían salpicaduras rojas, como si alguien hubiera obligado a la víctima a tocar con los dedos hechos añicos.
El arco, o lo que quedaba de él, estaba astillado bajo el brazo del cadáver.
Varias teclas blancas lucían teñidas de sangre, un suceso imposible de contemplar sin sentir una repulsión intensa.
Nya reconoció en seguida la disposición.
Su mente la llevó directamente a su relato, como si las palabras hubieran saltado del papel a la realidad.
Sintió un déjà vu opresivo. La sensación de que ya había estado allí, de que ya había visto esa escena, se clavó en su cerebro con la certeza absoluta de un recuerdo… pero imposible.
Y entonces, una nota rompió el silencio. Un sonido seco, imposible.
No un eco. No un golpe casual. Un lamento exacto.
Su piel se erizó.
«No puede haber sonado. No hay nadie aquí. No hay nadie», pensó angustiada.
Pero aun así, lo había oído.
Nya parpadeó y sintió que el suelo oscilaba bajo sus pies por una fracción de segundo. Se llevó la mano al oído sin pensarlo.
El sonido había sido tan real…
«No, no, no, es solo mi cabeza…», pensó.
—Pedro —llamó Aeris, acercándose al hombre que revisaba el cuerpo con guantes y un gesto adusto. Pedro, el forense, se incorporó con un suspiro de irritación. Al ser neurodivergente, mostraba un modo de comunicarse parco, casi descortés, aunque no lo pretendiera.
—Hora de la muerte, hace unas tres horas.
Hacia las veintiuna y treinta —dijo Pedro con un tono casi monótono, pero con una franqueza que puso los pelos de punta a más de uno—.
Hay indicios de un forcejeo moderado, nada prolongado.
Lo extraño —se movió para que vieran— es que el asesino le seccionó varios tendones de la mano izquierda.
Y hablo concretamente de los flexores profundos del índice y anular, y parte del extensor digital común.
Eso no se hace al azar: quería incapacitarle para tocar con normalidad, pero obligarle a presionar las teclas.
Nya tragó saliva y se acercó, notando un temblor en sus piernas.
Vio la forma en que los dedos de Daniel parecían agarrotados, cubiertos de sangre seca.
Recordó el pasaje de su relato, donde las uñas del músico ciego se partían y goteaban sobre las teclas como si la sinfonía reclamara su sangre. Cerró los ojos un segundo, abrumada.
—No fue post mortem —recalcó Pedro, entornando los párpados—.
Si os fijáis, la hemorragia era activa cuando debió de «tocar», o fingir tocar.
El asesino lo forzó. Ahí están las huellas digitales, perfectamente estampadas con sangre en el teclado.
Es una maldita locura simbólica —Movió la cabeza con ese estilo desapegado—.
Me pondré con la autopsia en cuanto lo levante.
—Semeja una puesta en escena muy concreta —musitó Aeris, observando la sangre en las teclas.
Deslizó la mirada por el escenario, buscando indicios—.
Al igual que con Helena Ortiz: un crimen representado como un ritual.
Habrá que comprobar si le administraron los mismos medicamentos, o una sustancia parecida.
—Parece calcado de un relato —se le escapó a Nya, con la voz agarrotada de angustia. Se mordió la lengua al instante, consciente de que se exponía demasiado.
Aeris la miró de soslayo; no pudo indagar más porque Parra se aproximó mostrándole fotos y papeles, y él se centró en la discusión policial.
Entre tanto, Nya se dejó caer de rodillas al lado del violín roto.
Algunos agentes con guantes y cintas de marcaje de pruebas se movían sin hablar, retratando aquella orgía de sangre y silencio.
Ella vio trozos de cuerdas manchadas, astillas del arco…
y su relato danzando en su mente: «No podía detenerse… su carne se abría…».
Pedro pasó a dar más detalles, mientras se ajustaba las gafas con un tic nervioso.
—Hmmm… También hay contusiones en la mandíbula, indicio de que el asesino lo golpeó para que guardara silencio.
O, tal vez, para que no gritara mientras usaba la mano.
En fin, haré una radiografía completa, pero apuesto a que la fractura del tercer metacarpiano vino antes de la hemorragia interna —Su tono era tan desapasionado que uno de los policías arrugó el gesto de horror—.
Y si os fijáis, esta salpicadura en el «do» sostenido y en el «re»…
sugiere que lo obligó a un movimiento repetitivo. Bastante macabro.
Nya apartó la mirada, con la náusea escalándole la garganta. Pedro se volvió a Aeris y continuó.
—Cuando tenga la autopsia, confirmaré los detalles.
Pero si es como parece, quiso recrear que el violinista «interpretaba» hasta morir.
Muy teatral. Me recuerda… —Se encogió de hombros—.
Supongo que al crimen de Helena Ortiz, sí, pero con un matiz distinto.
Aquí es música de un piano, y sus manos reventadas.
Aeris gruñó por lo bajo.
—Sí, es… simbólico —Observó a Nya de reojo, captando su palidez y un temblor en los dedos—. ¿Estás bien?
—S-sí. Solo es… demasiado —murmuró ella, dándose la vuelta para no ver más.
Aprovechando que Aeris y Parra se enfrascaban en hablar con la policía científica, Nya se escabulló un poco más allá, hacia la penumbra del patio de butacas.
Necesitaba aire; su corazón retumbaba. Sacó el móvil, revisando con nerviosismo la pantalla.
Sentía una urgencia loca por comprobar su blog , bajo el seudónimo de «Erebos Nyght».
Desde el hallazgo en el polígono, una idea macabra la rondaba: ¿y si sus textos estaban sirviendo de inspiración a un asesino?
Con manos sudorosas, abrió la aplicación de WordPress .
Fue a la sección de sus publicaciones. Allí estaban sus historias: « La Orquesta de los Condenados », la última que recordaba haber subido.
Abrió los comentarios, y el más reciente, firmado por «Anónimo», rezaba: « La sangre es la tinta más pura. Sublime ».
Nya notó la piel de gallina. Había alguien que estaba celebrándolo. Tragó saliva y fue a la lista de relatos.
Entonces lo vio.
« El Reloj de Carne ». Publicado anteayer. Dos días después del crimen de Helena Ortiz.
Pero …
No.
No recordaba haberlo escrito.
Ni una sola palabra. Ni una puta frase.
Su piel se erizó como si alguien le hubiera vertido hielo en la nuca. Era su estilo, su firma, su seudónimo. Pero no su memoria.
La sensación de vacío en su mente era peor que el miedo.
Bajó la vista al móvil, parpadeando, esperando que la pantalla cambiara de alguna forma.
Su dedo tembló al intentar deslizar la pantalla. El pulgar apenas respondía.
Como si su propio cuerpo se negara a aceptar la realidad.
No podía recordar el momento en que lo había tecleado. Ni siquiera vagamente.
Ni una frase. Ni una maldita palabra. Era como si lo hubiera escrito otra persona con sus manos.
¿Cómo?
¿Cómo cojones había llegado ese relato ahí?