Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

—Coño… ¿Tenías plan de salida antes de entrar? Luego dime a mí que mantengo el control —sus ojos parecían decir «conoces demasiado bien cómo va esto».

Nya no pudo evitar una leve sonrisa amarga.

—Siempre llevo un plan B para… estas galas. Una nunca sabe cuándo hay que huir.

El juez asintió, de acuerdo con su lógica.

Sin añadir nada más, se encaminaron juntos hacia las puertas interiores que separaban la terraza de la opulencia de la fiesta.

Nya sentía las piernas cargadas de adrenalina, como si un latigazo eléctrico le atravesase la columna.

Atrás dejaba la charla incómoda sobre la herencia, los traumas y la sexualidad de Aeris…

y ahora entraban en otra realidad brutal: la de los cadáveres y un asesino que replicaba sus crímenes con metódica frialdad.

Apenas habían transcurrido unos minutos desde que abandonaran el hotel, pero la atmósfera en el coche de Aeris había cambiado por completo.

Nya se había cambiado en tiempo récord en un rincón apartado del aparcamiento: vaqueros desgastados, deportivas grises y una camiseta blanca cubierta por una camisa de cuadros rojo y negro.

Se había recogido el pelo en un moño desordenado, dejando atrás la elegancia forzada del vestido que la asfixiaba durante la gala.

Ahora, junto a Aeris, se sentía más preparada para adentrarse en el infierno que Parra les anunciaba.

El trayecto se inició en un silencio casi absoluto.

Nya se acomodó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinturón con rapidez, mientras Aeris, con el gesto endurecido, pisaba el acelerador con una agresividad inusual.

El motor rugía en la noche, devorando asfalto camino de Jerez.

Las luces de la carretera pasaban ante sus ojos como un desfile de neones pálidos, destellando en el interior del vehículo.

La radio sonaba a bajo volumen, reproduciendo sin mucho cuidado una lista de rock sinfónico.

Cuando entraron a la autovía, la voz potente de Sharon den Adel irrumpió con « Faster » de Within Temptation, sus notas combativas rasgando el tenso silencio.

Sin embargo, ninguno de los dos parecía prestar demasiada atención a la canción; era un susurro de fondo que añadía dramatismo al ritmo de su huida del foco dorado de la fiesta.

Nya ladeó la cabeza contra la ventanilla, contemplando el exterior.

La autopista era un túnel de sombras y neón.

Los faros del coche devoraban el asfalto, las señales verdes pasaban como espectros.

Nya sentía el cosquilleo de un mechón en la frente, pero ni siquiera tenía energía para apartarlo.

En ese coche, camino a Jerez, la piel se le erizaba con una certeza escalofriante: iban directos a otro descenso al infierno.

Aeris mantenía la vista fija en la carretera, la mandíbula tensa, las manos aferradas al volante con más fuerza de la necesaria.

El silencio de ambos se sentía como un pacto no declarado para no forzar palabras de consuelo; ya no estaban en la gala, ya no había que fingir.

Lo único que importaba era llegar a esa escena del crimen que Parra describió como «espantosa».

Cuando la canción se aproximaba a su último estribillo, Nya notó que el latido de su corazón se acompasaba con la música, y que su mente se nublaba con el temor anticipado de lo que podrían encontrar.

Tragó saliva, consciente de que Aeris conducía a mayor velocidad de la prudente.

Aeris no aflojaba. El velocímetro subía, cada vez más cerca de un punto de infracción.

Las luces de los faros parecían arañar la carretera.

Un latido seco en el motor. En aquel instante, todo parecía irreal.

Finalmente, no pudo más. Clavó la vista en el parabrisas y rompió el silencio con la voz baja, casi ronca.

—¿Sabes qué es lo peor?

Aeris despegó la mirada de la carretera solo un segundo, lo justo para girarse hacia ella con un leve interrogante. Mantuvo el ceño fruncido, pero algo en su gesto indicaba que estaba esperando la continuación.

Nya no apartó los ojos del camino, como si temiera que decirlo mirándolo de frente la derrumbase aún más.

—Tengo un mal presentimiento —murmuró, clavando la vista en la carretera—. Como si ya supiera lo que vamos a ver… Como si ya lo hubiera visto antes. Pero no puedo recordar cuándo.

El ruido del motor, la melodía que comenzaba a desvanecerse y la oscuridad de la carretera se fundieron en un mismo latido.

Nya pasó los dedos por su rodilla, un gesto inconsciente de tensión.

Aeris la vio. No dijo nada.

Sin apartar la vista de la carretera, su mano se deslizó hasta la palanca de cambios, quedando a escasos milímetros de la de Nya. Un roce insignificante, o eso parecía. Pero el calor de su piel, aún en la distancia, le ardía como una advertencia muda.

Ni él la retiró. Ni ella.

Aeris tensó apenas la mandíbula, y su pulgar se movió un milímetro sobre el cuero de la palanca, un gesto casi imperceptible. Nada. Solo una fracción de segundo. Pero suficiente.

En ese silencio, ambos se sumergían, cómplices y temerosos, de camino a un nuevo descenso al infierno.