CAPÍTULO 20 #2
—Mis padres murieron hace años, así que…
lo heredé todo —explicó, en tono casi ne utro—.
Lo cierto es que no vivo una vida de lujos, mi Aston Martin sigue en el garaje de mi casa sin moverlo casi nunca.
Pero no puedo desatender el imperio: la inobservancia sería un suicidio económico, y tampoco quiero que lo corrompan más de lo que ya está.
Cada mes reviso los informes que me envían y, cada seis, me reúno por videoconferencia con los apoderados.
Nada se hace sin mi firma; todo es solidario, pero la decisión final es mía. No dejo que actúen a su antojo.
Nya apretó la copa con los dedos, pensativa.
—Supongo que, al fin y al cabo, sigues teniendo el control.
—No lo llamaría «control» —Aeris mostró una mueca irónica—.
Es más bien una vigilancia obligada. Si no presto atención, esos ejecutivos podrían meter a la compañía en chanchullos, especulaciones o cualquier mierda.
Y no deseo ser un magnate más, enterrado en un despacho de cristal y relaciones públicas.
—Pero sigues siendo su propietario —resumió ella, girándose para mirarlo con seriedad.
—Sí, y no por elección, sino por defecto —afirmó con dureza—.
Mi padre imaginaba que, algún día, yo «entraría en razón» y manejaría todo con puño de hierro.
Una mentalidad conservadora, homófoba… —sus ojos se desviaron, cargados de un dolor antiguo—.
Murió sin verme «rehabilitarme», supongo. Eso, al menos, es lo único bueno.
El viento arreció por un instante, revistiendo la atmósfera con un leve silbido.
Nya se llevó una mano al pelo para apartarlo de su rostro.
La observación de Aeris sobre la homofobia era la pieza que le encajaba algo que había intuido: la manera en que su padre lo había marcado, esa cortina de hielo que lo envolvía.
Algo en la palabra «rehabilitar» le revolvió el estómago.
¿«Rehabilitarte»? —preguntó, con una mueca de incredulidad—. No me jodas, Harper. ¿Como si ser gay fuese una enfermedad? No me extraña que odies su legado.
Aeris se giró hacia ella. La brisa le azotó la solapa de la chaqueta, y por un segundo, pareció dudar entre callar o hablar.
—¿Qué te hace pensar que soy gay ? —cuestionó, con esa frialdad suya, aunque su mirada no era hostil, sino cauta.
Ella se encogió de hombros, sin esquivar su escrutinio.
—No estás casado, ni hablas de nadie con quien compartas tu vida…
y, bueno, esa mención a la homofobia de tu padre, como si fuese lo peor que pudo herirte.
Pero, oye, seas gay , bisexual o lo que sea, no estás enfermo, Aeris —Su tono fue directo, con un deje de vehemencia que sorprendió incluso a ella misma.
Aeris inspiró, contemplando por un instante el vacío que se extendía más allá de la terraza.
El mar brillaba en la lejanía con reflejos dorados.
No replicó al momento; se notaba que asimilaba esas palabras que resonaban en su interior, apretando una herida subterránea.
Terminó por volver el rostro hacia Nya, con las facciones tensas.
—Mi padre tenía una forma muy particular de corregir lo que no encajaba en su mundo. —La brasa del cigarro brilló un instante en sus dedos—. Y según él, yo nunca encajé.
—Estaba equivocado —insistió Nya, con un matiz de convicción.
—Sí, bueno… —Aeris esbozó una sonrisa amarga—.
Gracias, supongo. No es como si fuera a cambiar de la noche a la mañana.
Uno arrastra sus demonios lo mejor que puede.
Y con respecto a lo de que no estoy casado…
digamos que no he encontrado a la mujer adecuada para cargar con mis fantasmas, y con lo que implica ser la esposa de Aeris Harper, el heredero de «Harper Holdings».
Nya asintió, cayendo en un silencio que se vio interrumpido tan solo por el ulular del viento contra los ventanales. De pronto, sintió algo parecido a ternura hacia aquel juez que se jactaba de su sangre fría, y a la vez se erigía como un bastión contra la injusticia y sus propios fantasmas.
Había una extraña paz en ese instante: dos seres con cicatrices familiares diferentes, pero igualmente pesadas, compartiendo un respiro que no quedaría impreso en ningún informe.
Ella quería decir algo más, algo que le brindara un alivio real, pero no se le ocurrió ninguna frase elegante. Tal vez no existiera.
—Entiendo que mantener las empresas a raya es tu forma de… no perderte a ti mismo —aventuró, con un matiz de empatía.
—Supongo que sí —Aeris se encogió de hombros—.
«Harper Holdings» es un monstruo que me tocó en herencia, y que prefiero vigilar de cerca para que no se me vuelva en contra.
No deseo sumarme a una larga lista de empresarios corruptos que golpean al mundo sin pensar en las consecuencias.
Pero, desde luego, no pretendo vivir una vida de portadas y ostentación.
Mi lugar está aquí, con mis casos, mis instrucciones… y mis demonios.
Nya guardó silencio unos segundos, dejándole espacio.
Tras la confesión, Aeris encendió otro cigarro sin darle tiempo a decir nada más, y se quedó mirando el horizonte oscuro.
Ella se recargó en la barandilla, sintiendo el leve temblor de su propia respiración.
De pronto, comprendía un poco más la frialdad de él, sus desplantes, su necesidad de controlarlo todo.
Las cicatrices podían adquirir distintas formas, pero eran igualmente profundas.
—Entonces, por un lado, eres juez, y por el otro, un heredero millonario que… detesta su fortuna —susurró ella.
—No la detesto, solo preferiría no tenerla.
Lo que detesto es ejercer el lujo que conlleva.
A pesar de lo que ves, soy un hombre de vida sencilla —precisó, seco—.
Me he acostumbrado a ella, como uno se acostumbra a una prótesis.
No es lo que soy, ni lo que aspiraba a ser.
Solo es lo que me quedó tras la muerte de mis padres.
Nya hundió la barbilla un instante en el hueco de la copa, reflexionando.
—¿Y no te produce odio? Saber que, al final, sigues vinculado a lo que tu padre construyó, a la idea de poder que él te impuso.
Aeris exhaló el humo con un pequeño estremecimiento.
—En un inicio, sí. Ahora lo veo como un deber, una especie de equilibrio.
Si yo no controlo esa bestia, alguien peor podría tomar las riendas, algún primo lejano o socio oportunista que corrompería todo aún más.
Al menos mi mano impone ciertas normas —Calló, notando la intensidad de lo que revelaba—.
Además, no soy tan ingenuo como para pensar que la empresa es blanca e inmaculada, pero mientras esté vivo, no permitiré que la conviertan en un arma absoluta. Me lo debo… a mí mismo.
Nya lo contempló, percibiendo de nuevo esa ternura involuntaria que ella no sabía gestionar.
—Supongo que se lo debes a tu propio reflejo. A lo que fuiste, a lo que no quisiste ser —dijo Nya, sin sentimentalismos, pero con un tono más denso de lo normal.
Aeris dirigió la vista a un costado, incómodo.
—No hablemos de eso —soltó. Al mismo tiempo, asomó en sus labios una sonrisa mínima, un rastro de reconocimiento.
—Siento haber sacado el tema —susurró, volviendo la mirada al mar—. Es solo que me preguntaba cómo se encajaba ser juez y, a la vez, heredero millonario.
—Quizás encajan en la medida en que me permiten ser quien quiero y no quien me dictan que sea —concedió Aeris, apagando el cigarro en un cenicero cercano—. Ojalá hubieras tenido esa posibilidad con tu padre, Nya.
—Compartimos el mismo demonio… o eso parece —Su mano se deslizó con un leve titubeo antes de apoyarse sobre la de Aeris. Un roce fugaz, como si quisiera asegurarse de que él no la apartaría. No lo hizo. Y ella tampoco se movió.
La noche, sin embargo, no les dio tiempo a profundizar más.
De pronto, el móvil de Aeris vibró dentro de su chaqueta.
El momento de tregua se quebró con un sonido seco.
Él lo sacó de inmediato, y al mirar la pantalla, sus pupilas se afilaron: «Parra».
Nya percibió un ligero cambio en su postura, volviéndose más rígida, como un depredador al que han alertado de un peligro.
—Harper —respondió Aeris, apartándose un paso de ella, aunque no se alejó demasiado.
Nya estudió cada mínima variación en su semblante. Observó cómo fruncía el ceño, cómo le temblaban los dedos sobre el teléfono al escuchar algo que ella no lograba descifrar.
—¿Qué? —el semblante de Aeris palideció, sin esperar respuesta.
Un silencio denso se alargó en la terraza. Aeris negó con la cabeza, tensionando la mandíbula.
—Cálmate, joder. Habla despacio, Parra —soltó, y la congoja salpicó su tono—. ¿En el conservatorio de Jerez?… Joder. Vale, vale. Mantén a todos fuera, no dejes que nadie entre. Voy para allá.
Colgó con un gesto brusco, metiendo el teléfono en la chaqueta como si quemara. Al volverse hacia Nya, sus ojos grises ya no destilaban confidencias ni cercanía; solo frialdad y urgencia.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, aunque la respuesta era obvia: un nuevo crimen, otro horror que exigía su presencia.
—Tenemos otro cadáver. Un escenario idéntico al de Helena Ortiz, según Parra. El hijo de puta ha vuelto a actuar —su voz sonó seca, casi febril—. Tenemos que largarnos de aquí ahora mismo.
—¿Cómo que… tenemos?
Aeris ladeó la cabeza.
—Hombre, estás colaborando conmigo… si te parece te dejo aquí —Respondió, incrédulo.
Nya asintió.
—Está bien —Nya, con la copa todavía en la mano, la dejó en una repisa sin mirar.
Notó el latido en su pecho acelerarse. El polígono y Helena Ortiz aparecieron de golpe en su mente—.
Dame un segundo, Harper. La bolsa que metí en el maletero de tu coche es ropa de repuesto.
No voy a presentarme en el escenario de un crimen con este maldito vestido.
El ceño de Aeris se frunció con esa dureza tan suya, y aun así, asintió.