Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 20
49%

CAPÍTULO 20

Un cigarro a la luz de la luna

D espués de la confrontación, Nya necesitó unos minutos de distancia.

Se perdió entre los grupos de invitados, respirando el aire viciado de la gala mientras intentaba deshacerse del veneno que le hervía en la sangre.

Cuando finalmente salió a la terraza, lo hizo con la copa aún en la mano, como un ancla a la realidad.

Un amplio espacio con barandillas acristaladas, algunas mesas dispersas y una suave iluminación tenue que resaltaba la silueta nocturna de la ciudad.

El sonido de la música en el interior llegaba amortiguado, convertido en un murmullo tras las puertas.

Allí, el viento marino traía un ligero frescor, casi liberador, para quien necesitase escapar del calor humano y las apariencias de la gala.

Nya se apoyó en la barandilla, fijando la vista en las luces de la ciudad.

Sus hombros seguían tensos, como si la confrontación con Antonio hubiese dejado una estela de veneno palpitando en su interior.

Mantenía la copa en la mano, pero apenas le había dado un sorbo desde que salió a tomar aire.

Sus ojos vagaban por el perfil costero, pero su mente seguía atrapada en el ambiente cargado del salón.

Con cada respiración, intentaba deshacerse de la rabia y la frustración acumuladas.

Tras ella, Aeris apareció en silencio, cerrando la puerta tras él con suavidad.

No dijo nada de inmediato; simplemente se acercó a paso calmado, sin invadir el espacio de Nya.

Observó cómo la brisa le revolvía un poco el pelo, y percibió su postura rígida.

Se quitó la corbata con un gesto escueto, como si necesitara aflojar la presión en su propio cuello, y la guardó en el bolsillo interno de su chaqueta.

—¿Te apetece un cigarro? —le ofreció, sacando su paquete de tabaco.

Nya negó con la cabeza, sin volverse a mirarlo.

—Ahora mismo no. Pero gracias. Prefiero esto —alzó la copa, en un gesto vacío.

Aeris entendió que aquel «gracias» era un simple automatismo de cortesía, que no requería más comentarios.

Se encendió un cigarro y dejó escapar el humo con parsimonia, mirando el horizonte urbano y las luces anaranjadas que punteaban la oscuridad.

El ambiente en la terraza, lejos de la música y el bullicio del salón, invitaba a una breve tregua.

Entre ellos, la tensión se había desvanecido un tanto, como si la brisa marina se llevase consigo los ecos del encontronazo con Antonio.

Nya se quedó un momento en silencio, dándole la espalda mientras apoyaba los codos en la barandilla acristalada.

Observó cómo las olas rompían contra el malecón y cómo, un poco más allá, los barcos iluminaban la línea del horizonte.

Tenía la copa a medias en la mano; el champán ya no le sabía a nada.

El cansancio la envolvía tras aquella larga noche de apariencias.

—¿Puedo preguntarte algo, Harper? —dijo, en voz más baja de lo habitual, como si temiera romper la momentánea calma.

Aeris giró ligeramente la cabeza, expulsando el humo hacia un lado para que no le llegara a ella.

—Si vas a volver con lo de tu padre y la bofetada, creo que no queda mucho por decir.

Nya negó, esbozando una mueca que no llegaba a ser sonrisa.

—No. No tiene que ver con él. Es sobre ti.

El juez arqueó una ceja, sin dejar traslucir mucho más. Se limitó a mirarla con atención, lo que Nya interpretó como una invitación a continuar.

—Llevas preguntándome cosas sobre mis gustos literarios y mi forma de ver la vida —prosiguió—.

Te comportas como si quisieras estudiarme a fondo.

Pero, ¿sabes?, hay algo que me intriga a mí —Calló un instante, calibrando si era buena idea tocar el tema—.

Eres juez de instrucción, con fama de meticuloso e implacable, y a la vez…

—Se humedeció los labios—. Eres heredero de «Harper Holdings», o eso he oído.

Un imperio británico que podría darte una vida de lujos sin mover un dedo. No parece cuadrar con tu perfil.

Aeris dio otra calada al cigarro y desvió la mirada hacia el suelo de la terraza, como si estuviera recordando algo nada agradable. Tardó un par de segundos en responder, lo cual bastó para que la tensión volviera a espesarse en el aire.

—Harper Holdings —repitió, con un deje de amargura—.

Mi familia lleva generaciones amasando fortunas en varios sectores: inmobiliarias, farmacéuticas, aseguradoras.

Puedes imaginar que tienen los tentáculos en cualquier parte del mundo.

Y sí, lo poseo y soy su dueño y señor, y de quererlo, podría haber vivido de rentas.

Pero no es lo que… —Se interrumpió, con un ligero carraspeo—. No es lo que busqué nunca.

Nya notó el tono en su voz, como si Aeris masticara un resentimiento antiguo. Se volvió para quedar frente a él.

—Decidiste ponerte la toga. ¿Por qué?

Aeris se encogió de hombros, aparentando indiferencia.

—Porque odio la idea de deberle nada a mi padre. Incluso después de muerto su sombra me sigue persiguiendo. Pero para ser sinceros, la toga me llamó, porque me gustaba —hizo una pausa—, descubriéndome que podía impartir justicia de verdad, sin influencias. Ser… mejor de lo que él esperaba.

El viento revolvió un poco su cabello, que con la penumbra se veía casi tan oscuro como el traje. Nya percibió una nota de rabia contenida cuando mencionó a su padre. Se preguntó si había algo más profundo ahí, alguna herida que explicaba aquella frialdad tan férrea.

—¿Estás diciendo que tu padre no aceptó que fueses juez de instrucción? —indagó ella, tanteando el terreno con cuidado.

Aeris dio otra calada y soltó el humo con lentitud, como si le diera tiempo a ordenar sus ideas.

—No es solo que no lo aceptara. Es que me inculcó desde siempre que yo nací para llevar las riendas de su imperio, perpetuar su…

dinastía, por llamarlo de alguna forma. Pero no me crio con amor, sino con exigencias y…

—dejó la frase en el aire, con la mandíbula tensa—.

Me castigaba cada vez que me salía del guion.

Luego… cuando fui un poco más mayor, ponte que tuviera unos trece años, se volvió más cruel de lo que ya era.

Nya sintió un leve vuelco en el pecho ante aquella confesión velada.

Sabía que Aeris no acostumbraba a hablar de su vida privada.

Tampoco le había escuchado revelar detalles tan personales.

Le sorprendió su propia reacción: en lugar de sentir morbo o curiosidad, experimentó una especie de empatía que no esperaba.

—Eso suena a un infierno —murmuró, apartando la mirada para que él no percibiera demasiada compasión. Sabía lo irritante que resultaba la lástima para alguien tan orgulloso.

—Lo fue —admitió Aeris—. Pero no puedo permitir que mis traumas dicten lo que soy. Ser juez me ha dado una disciplina y una distancia que, supongo, necesito para no hundirme en el odio.

—El odio hacia tu padre…

Aeris respiró hondo.

—Hacia mí mismo… —Replicó.

Nya guardó silencio, procesando cada palabra.

De pronto, lo imaginó de niño, intentando encajar en un mundo de normas rígidas y un padre despótico, aprendiendo a reprimir sentimientos.

Quizá por eso ahora se mostraba tan distante, tan quirúrgico en sus relaciones humanas.

Ella misma no era quién para juzgar, teniendo en cuenta lo que arrastraba con Antonio.

Suspiró con pesadez, girándose de nuevo hacia la barandilla.

El viento marino empujaba el olor a sal hacia la terraza, mezclándose con el murmullo del tráfico lejano y el rumor sordo de la música de la gala, que se filtraba a través de las puertas.

Nya y Aeris seguían allí, apoyados contra la barandilla acristalada, donde la noche parecía más fresca que en el interior del hotel.

Por un instante, la tensión que les rodeaba parecía aplacada por aquel aire nocturno, pero bastó una sola pregunta para remover un sedimento de dolor que él llevaba muy dentro.

—Entonces… ¿sientes que hay algo enfermo en ti, por no haber seguido el legado? —arriesgó a preguntar ella, con cierto tiento en la voz.

Aeris no contestó al instante. En su lugar, dejó que la brisa marina barriera el silencio entre ambos. Luego, con un deje de amargura, exhaló:

—«Enfermo» es la palabra que él solía usar. « Estás enfermo. No eres el hijo que necesito ».

El eco de aquellas palabras colgó en el aire como un anzuelo oxidado. Nya sintió una punzada helada en la espalda, un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento marino.

—Eso es… una putísima mierda —murmuró ella, con la mandíbula tensa.

Aeris entrecerró los ojos, pero no la miró.

—Al final murió sin ver cómo «entraba en razón» —continuó él, con la voz más baja—. Pero su voz sigue ahí, en algún rincón. A veces prefiero concentrarme en la justicia, en la instrucción de casos… Me ayuda a silenciar esos fantasmas.

Nya sintió el impulso de tocarle el brazo, pero se contuvo. En cambio, apretó su copa con más fuerza y se limitó a susurrar:

—No necesitas silenciarlos, Harper. Necesitas enfrentarlos.

Los ojos de Nya se desviaron a la baranda.

Recordó de inmediato sus propias discusiones con Antonio, las bofetadas, los desprecios, y sintió un nudo incómodo que era mitad rabia y mitad empatía.

Había notado antes que Aeris proyectaba un muro frío, un control absoluto sobre todo.

Y ahora, ese muro parecía tener grietas profundas.

—¿Y «Harper Holdings»? —insistió, hablándole con firmeza pero sin presionar demasiado—. ¿Lo dejaste todo de lado?

Aeris dio una larga calada a su cigarro. La brasa crepitó un instante, dibujando sombras rojizas en sus facciones. Luego echó el humo con un suspiro.