Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

Antonio marcó una pausa, escrutando a su hija con el hielo en la mirada.

El silencio entre ellos era peor que cualquier alarido.

A su alrededor, la gente continuaba charlando, riendo, cerrando negocios de millones o hablando de viajes, completamente ajena al duelo de cuchillos que se libraba en aquel reducido círculo.

—En fin. Supongo que los dos sabréis perfectamente qué estáis haciendo —El tono se volvió más distante, casi una despedida—.

De todos modos, no perdáis de vista que hoy es una noche para celebrar.

Tu presencia, Estefanía, ha sido requerida por mí.

No querrás que los invitados duden de tu lealtad familiar, ¿verdad?

—Lo que yo dudo es si en este sitio queda alguien que no tenga un cadáver en el armario —Respondió Aeris, con tono frío, afilado.

Antonio no miró a Aeris, pero captó la frialdad de su tono. Por el contrario, siguió mirando a su hija.

—Dudar de eso… sería un error. Y sabes que no suelo tolerar errores, Estefanía. No hagas que te lo recuerde.

Nya se tensó. La mención a su nombre completo fue un latigazo en la espina dorsal.

El ardor en el estómago se convirtió en un nudo de bilis, y sin darse cuenta, sus uñas se clavaron en la base de su copa.

Por un segundo, pensó en replicar algo destructivo, pero sintió la mano sutil de Aeris rozarle el antebrazo, como si la invitara a no explotar allí mismo.

Ella lanzó un rápido vistazo al juez, y este le devolvió una mirada breve, casi imperceptible, que decía «no le des el gusto».

Se contuvo. Apretó los dientes, y se limitó a responder con un leve movimiento de cabeza, sin quitar la mano de la copa.

Antonio aprovechó ese silencio para despedirse con un ademán cortés, clavando antes en Aeris una última mirada cargada de significado.

Después, se alejó con calma entre los invitados, saludando aquí y allá, como si acabara de ganar otro pulso de poder.

Nya se quedó quieta, casi temblando de ira contenida, con las mejillas ardientes y el corazón golpeándole el pecho. Sentía que en su interior se libraba un combate entre el deseo de rebelarse y la conciencia de saberse atrapada en esa fiesta del demonio.

—Cabrón… —susurró al fin, cuando vi o que su padre desaparecía tras un par de hombres de negocios de aspecto estirado.

Aeris no dijo nada de inmediato. Observaba la espalda de Antonio perderse en el gentío, con una frialdad equivalente a la de un cazador que valora la siguiente jugada. Luego, se giró hacia Nya con la copa en la mano, haciendo una pausa para elegir las palabras justas.

—No dejes que te arrastre a su terreno —murmuró, sin ternura, pero con una sequedad que podía interpretarse como consejo—. Si quiere pelea, que la busque en otro sitio.

Nya inhaló con fuerza, intentando calmar el temblor de sus dedos.

Asintió, tragándose las mil réplicas que se agolpaban en su mente.

Al menos, Aeris había sabido responderle al bastardo de su padre con la misma munición gélida que este empleaba.

Quizá fuera la primera vez que alguien le daba la réplica a Antonio con tanta indiferencia aplastante.

Y de algún modo, eso aliviaba un ápice la tensión que le carcomía los nervios.

—A veces olvido por qué acepté venir —confesó en un arranque de honestidad, mirando la media luna que se dibujaba en los ventanales—. Este mundo es asfixiante.

—Te entiendo —repuso el juez, con voz neutra, como si no quisiera que se notara su opinión—. Pero ya estamos aquí.

Ella soltó un bufido que sonó a resignación.

Dio un trago más largo de champán, esperando que el burbujeo le calmara algo por dentro.

A su alrededor, seguía la música suave y las risas ensayadas, mientras las olas del Atlántico lamían los muros del hotel con un rumor lejano.

En algún lugar de aquella multitud, su padre se pavoneaba, disfrutando de su influencia y su juego de dominación silenciosa.

Pero al menos, Nya ya no estaba sola frente a él.

Y si bien no confiaba del todo en Aeris, la acidez de sus réplicas a Antonio había tenido algo de catártico.

—Pero a pesar de todo, no me arrepiento de la escena que acabamos de darle —murmuró, observando el filo de su copa, que brillaba a la luz de la lámpara—. Gracias por dejarle claro que no soy un florero.

Aeris no respondió, se limitó a hacer un escueto ademán con la cabeza.

Estaba serio, como si su mente ya calculase el próximo movimiento en esa partida que acababan de disputar con Antonio.

El duelo estaba lejos de terminar, y ambos lo sabían.

Pero esa noche, al menos, no iban a ceder terreno sin presentar batalla.

Y así, mientras la gente pasaba a su lado exhibiendo sonrisas perfectas y diálogos superficiales, Nya y Aeris permanecían en pie, en una isla de tensión apenas controlada, sabiendo que la sombra de Antonio Palacios no los abandonaría tan fácilmente.

Sin embargo, la mirada gélida de Aeris y el orgullo rebelde de Nya alzaban un muro contra ese hombre capaz de destruir la voluntad ajena con unas pocas palabras.

Era una victoria mínima, tal vez efímera, pero en el silencio cargado de la gala, resonaba como un filo de cuchillo sostenido en el aire.