CAPÍTULO 19 #2
—Nada, solo compruebo que no estés huyendo. Si pretendes escabullirte, hazlo después de que tu padre te vea —respondió en un susurro—. O te tocará escucharlo otra vez. Estrategia, Nya… estrategia.
Nya notó un nudo en el estómago, recordando el golpe que días atrás había marcado su mejilla. Se mordió el interior de la boca, y al final asintió, intentando no pensar demasiado en ese episodio.
Se dio cuenta de que Aeris la estaba mirando de nuevo, con ese gesto entre evaluador y distante. Una cierta electricidad se palpaba entre ellos, una chispa que siempre quedaba en el aire, a pesar de su fría relación profesional.
—Deja de analizarme, Harper —masculló en voz baja.
Él fingió una indiferencia perfecta, pero había un leve brillo en sus ojos.
—Solo hago mi trabajo —repitió, sin alterar el tono.
Nya exhaló y, sin añadir más, desvió la mirada hacia la multitud de invitados.
Aun sintiéndose una infiltrada en territorio enemigo, se preparó para encarar la noche, consciente de que la fachada de Antonio, la hipocresía de aquel círculo social y la gélida compañía de Aeris iban a ser sus compañeros hasta que la gala llegase a su fin.
Aferró la copa y dio un sorbo casi violento, consciente de que al menos tendría el Atlántico a su lado, silencioso y oscuro, para recordarle que, más allá de aquel teatro de apariencias, el mundo real continuaba, implacable como la marea.
Nya se sentía más incómoda a cada segundo, intentando parecer tranquila, pero su pulso delataba tensión.
A pocos pasos, Aeris se mantenía erguido con su porte sobrio, sujetando su propia bebida con la mano izquierda, como si formar parte de aquel espectáculo le resultase una formalidad necesaria.
Sus ojos, grises y afilados, escrutaban el entorno con la misma frialdad que un depredador acecha un claro en la noche.
Y entonces lo vio.
Antonio Palacios aparecía entre los invitados.
Avanzaba con ese aire de confianza que vestía mejor que cualquier traje.
De hecho, el suyo -un esmoquin de tono azul noche, con detalles discretos- realzaba su estatura y ese magnetismo oscuro que siempre irradiaba.
A su paso, algunas personas se apartaban, no porque él lo exigiera de manera directa, sino porque la reputación de «hombre de negocios del campo de Jerez» se había forjado a base de influencias bien atadas y un carácter temible.
Nya sintió un nudo en la garganta al notarlo acercarse.
No dijo nada, pero bebió un sorbo de champán para ahuyentar la punzada de ansiedad que le recorría el pecho.
Aeris, con el rabillo del ojo, captó su reacción, y su postura se tensó en un ángulo casi imperceptible.
Aun así, se mantuvo inmóvil, esperando el choque inevitable.
—Harper —dijo Antonio, al llegar junto a ellos.
Mantuvo la voz educada, incluso cordial, pero el brillo helado en sus pupilas delataba que no era una mera cortesía—.
Me alegra que hayas venido a la gala. Haces brillar la presencia de mi hija.
Que por cierto, Estefanía, estás preciosa hija. Un buen maquillaje.
Nya apretó la copa con fuerza, sin pronunciar palabra. Podía sentir la tirantez en el ambiente, como si las luces doradas del salón se hubiesen tornado de un tono más gélido. Aeris no reaccionó de inmediato; giró la cabeza despacio y miró al hombre con esa expresión neutra que lo caracterizaba.
—Nya no necesita que nadie la haga brillar —replicó, de un modo tan sereno que casi parecía un susurro—. De hecho, lo hace mejor cuando la dejan en paz.
Antonio no respondió de inmediato. Su sonrisa se mantuvo en su sitio, pero sus ojos dijeron otra cosa.
Durante un breve segundo, el aire pareció espesarse, como si la atmósfera de la gala se hubiera congelado en un instante invisible para los demás.
Solo cuando sintió que la tensión se sostenía lo suficiente, alzó una ceja y dejó caer una media sonrisa sin calidez.
El par de invitados que se había mantenido a una distancia prudente, fingiendo no escuchar, contuvo la respiración.
Para cualquiera con ojos, resultaba evidente que la tensión podía cortarse con un cuchillo.
—¿En paz? —Antonio ladeó la cabeza, como si sopesara la idea— Qué curioso. No recuerdo que mi hija haya sido una mujer que busque la tranquilidad. Siempre parece meterse en problemas… o buscarlos. A ver si te conviertes en una buena influencia para ella.
Nya sintió que la sangre le palpitaba en las sienes.
Podía oír su propio corazón retumbando. Pensó en la bofetada que todavía recordaba en su pómulo, en la soberbia que Antonio proyectaba con cada palabra, en la mirada condescendiente con la que la recorría como si fuera un objeto de su propiedad.
Apretó más la mano sobre la copa, y durante un segundo, temió que el cristal fuera a estallar bajo su presión.
—Los problemas a veces nos encuentran, aunque no los busquemos —intervino ella, con la voz controlada.
La furia se agazapaba en su garganta, pero se esforzó por mantenerla contenida—.
Quizá sería más exacto decir que no me gusta tu forma de definir «tranquilidad».
Y el juez Harper es una buena influencia, pero igual no de la forma que tú quieres.
Antonio la miró entonces, concediéndole una atención aparentemente paternalista que la hizo sentir un escalofrío.
El azul oscuro del esmoquin y la corbata le daba un aspecto casi elegante, pero Nya solo podía ver la sombra de lo que él era: un hombre capaz de manipular a quien se le pusiera por delante, experto en controlar las emociones ajenas con un comentario o una mirada.
Y lo que flotaba en el aire en aquel cruce de miradas: un maltratador.
—No te pongas a la defensiva, Estefanía.
—Su tono era una caricia envenenada, un hilo de seda apretando su cuello—.
Hoy es una noche de celebración. Quiero verte sonreír.
Como cuando eras niña y aún no te habías llenado la cabeza de ideas equivocadas —Giró la vista hacia Aeris, con una sonrisa calculada—.
Y tú, Harper, cuídala bien. A veces los hijos necesitan a alguien que los mantenga a raya… cuando se olvidan de cuál es su sitio.
El juez dejó que el comentario se disolviera en el aire antes de responder. Echó un vistazo a la copa que tenía en la mano y dio un pequeño sorbo, sin apartar los ojos de Antonio, como si cada segundo se tomara para analizar qué movimiento le convenía.
—Yo disfruto cuando no hay farsas —dijo al fin, con voz baja—. O cuando nadie intenta jugadas sucias. Pero supongo que en tu mundo, las apariencias son tan necesarias como el agua.
Antonio entornó los párpados, sin borrar la media sonrisa. Pero su índice derecho golpeó el borde de su copa. Solo una vez. Un tic sutil, casi imperceptible. Pero Aeris lo vio. Y supo que lo había tocado más de lo que el hombre admitiría. Aun así, respondió con un tono reposado.
—No me malinterpretes, Harper. Valoro tu presencia aquí. Por eso lo propuse el otro día. Es un detalle que hayas acompañado a mi hija. Significa, quizá, que te importa un poco más de lo que admites —Lanzó esa pulla con la agilidad de quien suelta un gancho en un ring de boxeo.
La cara de Nya se tensó, y quiso replicar, pero Aeris fue más rápido. Se giró hacia ella con un gesto calculado, como quien gira una pieza de ajedrez antes de responder a un ataque.
—Creo que Nya sabe cuidarse sola mejor de lo que algunos piensan. Y no necesita un apoderado que la represente —Desvió luego la mirada de nuevo hacia Antonio—. Supongo que, si estamos aquí, es porque ella ha elegido venir, no porque tú se lo impusieras.
«Que sea mentira o no, eso te importa una mierda, Antonio», pensó.
Fue un disparo sutil, pero directo a la frente de Antonio. El hombre frunció apenas el ceño y dejó escapar una leve risa incrédula, casi inaudible entre el bullicio del salón.
—A veces, uno necesita orientar a las personas que tiene bajo su protección —Bajó la voz, hablando con un tono suave pero cargado de segundas intenciones—.
Sobre todo, cuando se empeñan en tomar decisiones equivocadas.
O en juntarse con gente inadecuada. O con intenciones que no he podido ver con anterioridad.
Ese «gente inadecuada» parecía flotar en el aire, apuntando directamente a la relación de Aeris con Nya, fuera lo que fuese lo que los unía.
O quizá al hecho de que Nya prefería labrarse su propio camino, lejos de la abogacía corrupta que su padre deseaba para ella.
La copa de champán tembló entre sus dedos.
Un reflejo dorado titiló en la superficie antes de inclinarse peligrosamente, rozando el borde del cristal.
Sus nudillos estaban blancos, su agarre, demasiado firme.
Un milímetro más… y estallaría.
Como ella.
—¿De verdad crees que eres la mejor brújula moral para nadie? —murmuró Nya, con una sonrisa gélida— Porque si es así, deberías preguntarte cuántos cadáveres hay enterrados bajo tu «adecuado».