Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Duelo de máscaras

Dos días después…

E l sábado por la noche desplegaba sus luces sobre la Bahía de Cádiz, y el Hotel Parador Atlántico se erguía sobre el paseo amurallado como un palacio de cristales, realzando la elegancia de una gala a la que pocos podían acceder sin invitación.

Luces doradas y focos discretos bañaban la fachada, mientras coches de alta gama se detenían en la entrada.

Choferes abrían puertas y el suave rumor de la brisa marina se mezclaba con el bullicio de invitados ataviados con trajes de etiqueta y vestidos de alta costura.

Aeris aparcó su coche en el acceso reservado, sin intercambiar palabra con el personal que se apresuraba a asistirle.

Desde el interior del vehículo, se podía apreciar la hilera de coches bajo el pórtico de cristal, y los destellos de cámaras de algunos fotógrafos curiosos que querían cubrir aquella gala benéfica organizada por Antonio Palacios y sus empresas.

Pero, para él, nada de aquello era nuevo.

«Nada como una gala benéfica para blanquear dinero», pensó.

Bajó con un movimiento elegante, alisándose la solapa de su traje negro de corte impecable, emitiendo esa aura de frialdad que lo hacía encajar sin esfuerzo en el mundo de los eventos selectos.

A pesar de ser Juez de Instrucción, no dejaba de ser un rico heredero de un imperio empresarial británico.

Esa parte de él era la que odiaba, pero cuando tenía que soportarla, lo hacía.

Cada gesto suyo parecía medido, casi depredador.

Mientras rodeaba del coche, echó un vistazo hacia la puerta del copiloto.

Fue solo un segundo, pero bastó para que Nya, dentro, captara la invitación a salir.

Ella tragó saliva con cierto nerviosismo: todavía recordaba cómo, apenas cuarenta y ocho horas antes, había tenido que defender su independencia frente a su padre.

Y allí estaba, en un territorio que consideraba hostil y ajeno, vestida con un sencillo vestido negro que le ceñía la figura y resaltaba su silueta sin caer en ostentaciones.

Ajustó la tela sobre sus caderas, sintiendo una punzada de inseguridad mientras veía a otras mujeres vestidas con lujo desmedido, perfectamente adaptadas a aquel entorno.

Finalmente asintió y, cuando Aeris le abrió la puerta con un gesto de caballerosidad, salió al exterior.

Al incorporarse, se obligó a mantener la barbilla alta, la espalda recta.

Sintió la brisa acariciándole los hombros desnudos y, de forma inconsciente, se llevó una mano a la mejilla donde horas antes había lucido un cardenal.

Con el maquillaje quedaba apenas un leve rastro, solo perceptible si alguien miraba de cerca.

Aeris la observó. Sus ojos recorrían su figura con la frialdad habitual, aunque, en la comisura de sus labios, asomaba una leve mueca de aprobación silenciosa. Un gesto mínimo que podría haberse interpretado como cortesía… o como un depredador valorando las características de su entorno.

—¿De verdad vas a quedarte ahí, con esa cara de análisis clínico?

—soltó ella, clavándole la mirada. Notaba cómo la gente que bajaba de los otros coches, con joyas relucientes y trajes de gala, se fijaba en su presencia, como si intentasen averiguar qué hacía Nya Palacios en aquel ambiente.

Como si no fuera la hija de quien organizaba aquella gala.

—Tan solo hago mi trabajo, Palacios —replicó Aeris, con una media sonrisa que jamás llegaba a reflejarse en sus ojos—. Observar, evaluar, sobrevivir.

—Vaya manera de vivir… —murmuró ella con un matiz de ironía.

Alisó de nuevo su vestido, reprimiendo un suspiro.

Sabía que su padre estaría en algún lugar de la sala reservada, tal vez recibiendo a los invitados más selectos.

No tenía escapatoria; la había obligado a asistir a este evento social.

Uno que, por cierto, también implicaba ver a Aeris moverse con la fluidez de quien pertenece a un ambiente de élite.

Avanzaron juntos hacia la entrada principal, bajo el gran pórtico iluminado.

Un conserje con guantes blancos les franqueó el paso, inclinando la cabeza en señal de respeto.

Aeris respondió con un leve ademán, mientras Nya se sumergía en un espacio lleno de rostros pintados de falsa cordialidad y sonrisas medidas.

El mármol del vestíbulo resplandecía, y la luz de candelabros modernos realzaba los trajes y vestidos que desfilaban por allí como en una pasarela secreta.

—No pareces encajar del todo en estas fiestas —comentó Aeris cuando un camarero se acercó a ellos con una bandeja de copas de champán. Cogió una, pero no bebió—. Supongo que no es tu ambiente favorito.

—Y a ti, en cambio, te va como anillo al dedo —le soltó Nya, con un deje de sarcasmo. Aun así, se obligó a tomar una copa para no parecer todavía más fuera de lugar—. Por lo que veo, estás perfectamente en tu salsa.

Él bebió un sorbo con una elegancia mecánica, sin perder de vista el entorno. Distinguir a los invitados, evaluar posibles conocidos, asignarles un lugar en su mapa mental… todo aquello formaba parte de su modo de ser.

—La verdad es que el protocolo social no me agrada —respondió tras unos instantes—, pero lo controlo. Y no me pone de los nervios como a ti.

Nya apretó los labios, intentando disimular su malestar.

Había aprendido, a base de golpes, que mostrar vulnerabilidad ante gente que se creía poderosa era casi como servirles un banquete.

Recordó las palabras de su padre exigiéndole que asistiese para dar buena imagen, para sostener la fachada familiar.

Observó a un grupo de hombres embutidos en esmóquines charlando con ademanes desenvueltos, y a varias mujeres con vestidos cargados de pedrería, riendo con la misma hipocresía plástica.

Todo era brillo y apariencias. No era su mundo, ni quería que lo fuera.

—¿Ves a tu padre? —preguntó Aeris con su tono monocorde.

—Prefiero no verlo, Harper —replicó ella, con un deje de cansancio—. Pero supongo que tendré que acercarme en algún momento, mostrar la cara que espera de mí.

—Tú sabrás. Sé de sobra que no deseabas venir.

Nya le lanzó una mirada de reojo. Aquella obviedad le sentaba como una patada, pero tal vez Aeris la estaba usando de escudo, como hacía él cuando no quería implicarse emocionalmente.

Decidió no insistir. Dando un trago a su copa, se obligó a saborear el champán, intentando relajarse un poco.

La burbuja helada cosquilleó su paladar sin llegar a aminorar la tensión en sus hombros.

El vestíbulo cedía paso a un enorme salón, decorado con centros florales y lámparas de diseño.

Unos cuantos camareros muy formales se movían entre los invitados con bandejas de canapés.

Al fondo, la pared de cristal mostraba la vista nocturna del Atlántico, convertido en un espejo oscuro salpicado por la luz de la luna.

Nya pensó que al menos el mar estaba ahí, infinito y ajeno a tanta farsa.

Aeris caminaba a su lado, aparentemente sin inmutarse por la mirada curiosa que más de uno le lanzaba.

Él vestía un traje negro de corte preciso y corbata del mismo color, sin adornos innecesarios.

Tenía ese porte implacable que a menudo intimidaba incluso a los más seguros de sí mismos.

Nya, por su parte, sentía la tela de su vestido como una especie de armadura insuficiente, pero se forzó a mantener la barbilla alta y la vista al frente.

—Me sorprende que accedieras a acompañarme —confesó ella, sin dejar de mirar la multitud—. Quiero decir, siendo este un evento vinculado a mi padre y sus amistades.

—Tengo mis razones —respondió Aeris, bebiendo otro sorbo—. Además, dijiste que la gala iba a estar infestada de gente que te incomoda, y alguien tiene que vigilar que no te metas en un lío.

—Qué generoso —ironizó Nya.

Él no añadió nada. Fijó la atención en algo al otro extremo de la sala, quizá reconociendo a algún rostro o advirtiendo la presencia de personalidades importantes.

Ella supo que, para Aeris, la alta sociedad y sus conflictos eran parte de un tablero que manejaba sin apego ni compasión.

Lo entendía, en cierto modo: él no pertenecía realmente a ese lugar, sino que lo dominaba con frialdad.

Y ella, en cambio, se sentía una intrusa en un círculo viciado por apariencias, poses y juegos de poder.

Unas risas sonoras estallaron cerca de ellos.

Un par de señoras charlaban sobre quién había diseñado sus vestidos, ignorando por completo a Nya, aunque alguna la observó con curiosidad al reconocerla como la hija de Antonio Palacios.

Nya le devolvió la mirada con gesto hosco, disuadiendo cualquier intento de conversación.

—Más te vale no desaparecer y dejarme sola aquí —le susurró a Aeris, entrecerrando los ojos.

—¿Te has vuelto dependiente de mi presencia, Palacios? —contraatacó él, con su media sonrisa carente de calidez.

—Ya quisieras —bufó ella—. Solo que… ya conoces a mi padre. Si me dejo ver en solitario demasiado tiempo, hará acto de presencia con sus exigencias. Y sinceramente, después de lo que pasó… no quiero estar a solas con él.

Aeris ladeó la cabeza, como analizando cada palabra. Luego concedió un leve asentimiento que Nya interpretó como un compromiso tácito de permanecer cerca. Al fin y al cabo, él no iba a involucrarse en los líos personales de los demás… a no ser que la situación le interesase por alguna razón.

Ambos se adentraron un poco más en la sala principal.

Música suave de cuerdas flotaba en el ambiente, se mezclaba con el murmullo de las conversaciones y el tintinear de copas.

Nya divisó un rincón con ventanales abiertos al mar y quiso escapar allí, tomar aire.

Pero dio un par de pasos y sintió la mano de Aeris rozar su codo. Se detuvo, girándose hacia él.

—¿Qué pasa?