Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 18 #4
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CAPÍTULO 18 #4

Su respiración se ralentizó de manera extraña, con cada inhalación prolongada y pesada, como si no fuese dueña de sus propios pulmones.

Cuando se atrevió a volver al despacho, la pantalla seguía en blanco, el cursor parpadeando con descaro.

No había nada escrito… o eso parecía. Un ligero hormigueo la obligó a llevarse la mano a la nuca.

—¿Qué me está pasando? —se dijo, sin alzar demasiado la voz, como temiendo que alguien la escuchara.

La casa no respondió. El aire acondicionado lanzó un suspiro mecánico, y un rayo de sol del atardecer se coló por la persiana medio bajada.

Las horas avanzaban sin compasión, y Nya se dio cuenta, con desasosiego, de que no podía estar segura de cuánto tiempo había pasado desde que Aeris se marchó.

Se sentó frente al portátil con la intención de revisar si algo había quedado guardado, si había abierto algún archivo.

Pero al mover el ratón, no encontró nada abierto, ninguna ventana que delatase actividad reciente.

—Esto no es ansiedad —susurró. Sabía reconocer sus propias crisis, y aquello se sentía diferente. Menos agitación física, más vacío, más un hormigueo que la separaba de la realidad.

Se quedó contemplando la pantalla, con la mano derecha apoyada en el trackpad , y sintió un escalofrío.

¿Y si en ese lapso había escrito algo? ¿Y si no lo recordaba?

Un vértigo volvió a sacudirla. Sin apenas pensarlo, cerró el portátil de golpe, como si al hacerlo pudiera encerrar el enigma de su mente en esas bisagras metálicas.

Durante un minuto eterno se quedó sentada, contemplando un punto fijo en la pared. La música estaba apagada, el televisor inerte, y la casa entera parecía respirar con un pulso tenue. Un hilo de sudor le resbaló por la sien, y se lo limpió con un movimiento brusco.

—Me estoy volviendo loca —dijo, en voz baja, tragando saliva. Ojalá pudiese culpar de todo a la ansiedad, pero presentía que aquello era otra cosa.

Se incorporó de nuevo, notando que por enésima vez en la última media hora, su boca seguía seca. ¿Cuántos vasos de agua llevaba? Tres, cuatro, más… Ni siquiera lo recordaba. Volvió a la cocina para beber otra vez. Al posar la mano sobre la encimera, el roce le pareció más áspero de lo habitual.

«Estoy hipersensible», se dijo.

Cuando terminó de beber, se recostó unos instantes contra la pared y cerró los ojos.

Intentó evocar lo que había sucedido justo después de que Aeris saliera, pero solo halló una bruma en la que no distinguía si había pasado un minuto o un cuarto de hora.

Era como si trozos de realidad se hubiesen fundido en negro.

—Tranquila, Nya… —se susurró, llevando la mano a su pómulo aún sensible. Sentía un calor persistente en la marca que su padre le había dejado.

No había paz en esa casa. Tampoco en su cabeza.

Se quedó así, dudando entre intentar dormir o lanzarse a revisar el resto del informe.

Pero la última idea la asustó: ¿y si se topaba con otra frase, otro detalle que conectase con los relatos que había escrito, con ese «Último Reflejo» en el que tan escalofriantemente habían coincidido?

Finalmente, se empujó a sí misma a caminar de nuevo hacia la puerta del despacho otra vez, respirando hondo. Necesitaba confirmarlo: ¿había escrito algo durante ese lapso? ¿O no?

La puerta se hallaba medio abierta. Entró y encendió la luz, a pesar de que aún era pleno día.

El portátil seguía cerrado. Lo alzó y abrió la tapa.

La pantalla se iluminó con su fondo de escritorio habitual.

Revisó la carpeta de documentos recientes y, efectivamente, no había rastros de nada nuevo.

Entonces, ¿por qué sentía que había sucedido algo?

Se pasó una mano por el rostro, notando un leve temblor en los dedos. Dedicó un momento a controlar su respiración y, al fin, cerró definitivamente el ordenador sin llegar a trastear más, como quien no desea hurgar en una herida. Caminó fuera de la habitación, dejando atrás aquella inquietud.

Se sirvió, por enésima vez, agua del dispensador.

Bebió con la impresión de que los minutos se le escurrían de forma antinatural.

Ojalá pudiese evadirse en un sueño, pero no se sentía capaz ni de recostarse en la cama.

El pulso le martilleaba en las sienes, mientras la frase del espejo seguía rebotando en su cabeza: «Uno de los reflejos no parpadeó».

Sabía que esa frase era suya, la había usado en un escrito reciente.

¿Era simple coincidencia? ¿O algo más siniestro?

No entendía la magnitud de lo que acababa de pasar, ni lo que podía desencadenar.

Se quedó mirando el reloj de la pared, viendo cómo las agujas seguían su avance inclemente.

Fuera, el atardecer avanzaba con una lentitud aplastante, y el eco de las voces y pasos de los transeúntes ya se había desvanecido.

—Mañana será otro día —se dijo, intentando convencerse de que con el sol del día siguiente vendrían la claridad y las respuestas. Pero una parte de sí presentía que el abismo ante el cual se hallaba no iba a esfumarse tan fácil.

El reflejo que no parpadeaba.

Las frases que ella misma había escrito.

El vacío en su memoria .

No era casualidad.

No podía serlo.

No cuando sentía que, en la oscuridad que creía controlada…

Había algo mirándola.

Y esa sombra, tarde o temprano, reclamaría su rostro.