Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 18 #3
44%

CAPÍTULO 18 #3

Ella sintió una punzada de contrariedad al notar esa sequedad disfrazada de apoyo. En otro momento, quizá, se lo habría agradecido. Ahora solo le generaba un conflicto mayor. Observó la carpeta, con los informes esparcidos.

—¿Qué harás con el testigo? —preguntó de golpe, deseando centrarse en lo tangible, en la investigación.

—Parra va a tener una charla con él. Seguramente el hombre tiene antecedentes, algún trapicheo. Lo usaremos para ejercer cierta presión. Veremos si recordarle su historial ayuda a que su memoria se aclare. Si no lo consigue Parra, lo haré yo —zanjó Aeris, con ese tono cortante que le caracterizaba.

Nya hundió los hombros y regresó al salón, sintiendo que a cada paso el suelo se movía un poco bajo sus pies. La cabeza le daba vueltas con aquella frase en el espejo, la coincidencia con su relato «El Último Reflejo», la historia de Helena Ortiz, la obsesión con la ubicación, el coche oscuro…

—¿Se sabe algo del medicamento? —Preguntó al cabo de unos instantes.

Aeris negó.

—Nada de momento. Imagino que tuvo que conseguirlo por vías ilegales, o sacarlo de un hospital, farmacias, ya sabes. Le he dicho a Parra que amplíe la búsqueda por esa vía también.

—Así que seguimos sin nada sólido —resumió Nya, con un suspiro frustrado. Pero de pronto se fijó en un detalle—. ¿Dijiste que el yonqui vio un coche oscuro y dos personas bajándose?

El juez asintió.

—Sí, aunque no sabemos cuánto de eso es real. Lo cierto es que, si Helena llegó desde Madrid en su coche, no debió de aparcarlo en ese polígono. Casi seguro la llevaron allí. Drogada. Pero si el yonqui habla de dos individuos… ¿quién demonios era la segunda persona? Además del asesino, claro.

—Un cómplice… —murmuró Nya, sintiendo un escalofrío.

Él curvó un lado de la boca en algo que no llegaba a ser sonrisa, más bien un gesto leve de aprobación.

—Bien pensado, Palacios.

La charla continuó unos minutos más, repasando los informes de forma metódica, hasta que Nya, intentando mostrarse firme, se incorporó y dejó los papeles sobre la mesa.

A Aeris no se le escapó el temblor que sacudió sus manos al hacerlo.

No dijo nada, pero la miró de soslayo. Ella se cruzó de brazos y alzó la vista hacia él, fingiendo que todo estaba en orden.

—Creo que tengo bastante para repasar. No quiero robarte más tiempo.

Aeris captó el mensaje tras esa frase diplomática: ella deseaba que se marchara. Por una vez, no replicó, ni puso excusas para quedarse. Recogió su carpeta y organizó un par de anotaciones. Antes de encaminarse a la puerta, soltó con voz neutra.

—Descansa, Palacios. No me gustaría que te me desvanezcas antes del sábado. Te recogeré aquí, ¿vale?

Nya apretó la mandíbula al oírlo. Para cualquiera, podía parecer un comentario desentendido, pero ella sabía que, tras esa sequedad habitual, Aeris escondía un vistazo más atento de lo que se notaba.

Aun así, lo dejó pasar. Ambos se dirigieron al recibidor y, tras un lacónico intercambio de miradas, el juez salió, cerrando la puerta con un leve chasquido.

Cuando quedó sola, la casa se llenó de un silencio perturbador, tan opuesto al murmullo constante que habrían traído la música o el televisor encendido.

Caminó hasta la barra divisoria. De pronto, el silencio le pesó como una losa.

Tomó otro vaso de agua -ya no recordaba cuántos llevaba-, y se lo bebió con una lentitud que rayaba la obsesión.

Suspiró, calibrando la idea de ponerse a revisar los documentos, pero sentía la mente embotada.

¿Por qué le afectaba tanto ver esa frase en el espejo del atestado?

¿Por qué, a pesar de que el relato era distinto, sentía familiaridad?

Se frotó las sienes y decidió que necesitaba distraerse.

O quizá enfrentarse a algo que no comprendía.

Fue hasta su escritorio, el rincón abarrotado de libros, la tablet , figuritas de funko-pop y su póster de «La gran ola de Kanagawa » presidiendo la pared.

Encendió el ordenador y se sentó, con la espalda rígida.

Tal vez, se dijo, bastaría con ojear noticias, poner música, perder el tiempo en Internet .

O vomitar ansiedad.

Erebos Nyght.

Su vía de escape.

El cursor parpadeaba en blanco, y ella parpadeó con él… y en ese instante, todo pareció desaparecer.

El Reloj de Carne

El sonido del segundero perforaba la oscuridad.

Tic.

Tac.

El primer latido del miedo se alojó en su pecho.

Despertó en una habitación sin ventanas, sin puertas, sin salida.

La luz mortecina de una lámpara parpadeaba en la esquina, proyectando sombras largas que se estiraban como garras en las paredes desnudas.

Todo en aquel espacio olía a polvo viejo y metal oxidado. Pero lo peor no era la habitación.

Era el reloj.

Un antiguo reloj de péndulo dominaba la pared frente a él. De madera oscura, tallada con figuras que parecían retorcerse en el reflejo de la tenue luz. Sus agujas eran afiladas como cuchillas y avanzaban con una precisión cruel.

Tic.

Tac.

Un dolor punzante le atravesó el costado.

Gritó.

Miró su piel, y el horror le estranguló la garganta.

Allí, en su abdomen, una línea roja, fina y perfecta, aparecía de la nada, como si una mano invisible hubiera decidido que la carne era un lienzo sobre el que marcar el tiempo.

El segundero avanzó un paso más.

Tic.

Tac.

Otro corte.

Un poco más profundo.

El dolor era punzante, ardiente, como el filo de un bisturí caliente deslizándose con precisión quirúrgica. Se llevó la mano al vientre, sintiendo la humedad cálida de su propia sangre empapando la camisa. Su respiración se volvió errática, sus pupilas dilatadas por el terror.

—No… no… —susurró, la voz quebrada, como un rezo ahogado en desesperación.

El segundero se movió.

Tic.

Tac.

Otra marca.

Las incisiones eran exactas, dispuestas en su piel con la simetría enfermiza de un reloj. Los números estaban ahí. Tallados en su carne.

Se tambaleó, tropezando con sus propios pies mientras el reloj seguía su curso implacable. Cada vez que el segundero avanzaba, el corte se hacía más profundo. Un patrón. Uno cada cinco segundos.

Uno.

Dos .

Tres.

Cuatro.

El tiempo era un verdugo despiadado.

No había manos que sostuvieran la cuchilla. No había asesino en la habitación. Solo el reloj. Solo su tic-tac infinito.

—¡Detente! —gritó, aferrándose el pecho, donde otro corte abría un surco carmesí sobre su piel.

Pero el tiempo no se detiene.

El reloj avanzó y su espalda chocó contra la pared. Sintió los músculos tensarse, el sudor frío resbalar por su frente. Iba a morir aquí. En una tumba sin nombre, en una habitación que nadie encontraría.

El segundero avanzó.

Tic.

Tac.

Una nueva incisión, justo donde latía su corazón.

Sintió el filo en la garganta antes de que el reloj diera su último golpe.

Medianoche.

El tiempo llegó a su fin.

La carne también.

Cuando la última campanada resonó en la habitación vacía, la sangre cubría el suelo, como si el reloj hubiera marcado no solo su fin, sino el de todo lo que alguna vez fue.

Y en la pared, con un rojo tan oscuro como la muerte, alguien había escrito un epitafio:

«El tiempo no se detiene. La carne sí».

Parpadeó otra vez.

El cursor parpadeó con ella.

Y entonces lo notó.

El tiempo. Algo fallaba en la continuidad del tiempo.

¿Había pestañeado hace un segundo o hace una hora?

El documento estaba en blanco. El ordenador, inerte.

Pero su mente le decía que algo había pasado.

Algo que ella no recordaba.

Notó un escalofrío que le subía por la columna. Por la ventana lateral, la luz diurna seguía siendo intensa, así que no podían haber pasado horas, ¿verdad?

Sin pensarlo, se levantó y fue a la cocina. Volvió a servirse agua del dispensador. Mientras tragaba, se dio cuenta de que no recordaba si hacía un minuto ya había bebido. El vaso vacío estaba en la encimera, o tal vez era el mismo que había dejado…

No lo sabía.

Mantuvo el líquido en la boca un segundo antes de tragarlo.

«Esto no es normal», pensó, sintiendo un leve temblor en las rodillas.

Se agarró a la encimera y respiró hondo.

Su mente se sentía dividida en capas; una parte de sí parecía adormecida, la otra, escandalizada por lo que estaba ocurriendo.

No recordaba haber entrado en el despacho, ni tampoco haberse movido de allí.

Es como si un lapso de tiempo hubiera desaparecido.

Sin embargo, la cocina estaba como la había dejado.

No había señales de que hubiesen pasado varios minutos, o quizá media hora.

—¡Dios…! —murmuró, echándose hacia atrás.