CAPÍTULO 18 #2
—Porque es lo único que conozco.
Fue lo único que respondió.
Aeris la estudió con detenimiento. No la presionó más. Solo la observó.
Por primera vez, Nya sintió que estaba demasiado expuesta. Como si la ropa, la casa, incluso las paredes, fueran translúcidas. Como si Aeris pudiera ver justo a través de ella y escarbar en las partes que había sellado con capas de indiferencia y escepticismo.
Se obligó a mirar su plato, recogió el tenedor con calma forzada y pinchó un bocado de pasta sin intención de comérselo.
Aeris bajó la vista un segundo, como si lo diera por concluido. Pero antes de terminar, lanzó su último golpe.
—Si no fueses tú…
Nya alzó la vista, con el ceño apenas fruncido.
—¿Cómo te describirías como personaje?
Ella parpadeó.
Sintió una punzada en el pecho, un eco de algo que no supo identificar al instante.
Quizá porque esa era la pregunta que siempre había temido hacerse a sí misma.
—No me jodas, Harper.
—Es una pregunta legítima.
—No. Es una puta trampa.
Aeris apoyó un codo sobre la mesa, enredando los dedos con el tenedor de su plato vacío.
—Demuéstramelo.
El aire se espesó.
Nya pensó en todas las respuestas que podía dar.
En todas las versiones de sí misma que podía crear.
Podía mentir. Podía decir que sería la heroína de una historia. Podía decir que sería un personaje de fondo, alguien que no tiene impacto real en la trama. Podía decir que era la antagonista de su propia vida.
Pero no podía responder.
Porque no sabía la verdad .
Porque si intentaba definirse, quizá tendría que admitir que no era del todo ella.
—Depende de la máscara que lleve puesta.
De todas las respuestas que Aeris podría haber esperado, aquella fue la última.
Un retumbar sordo en su sien.
Un clic en su visión periférica.
Un latido irregular en su pecho.
El calor se condensó en la base de su cuello, reptando hasta su cráneo en forma de una presión casi imperceptible.
«No. No otra vez».
Su respiración se ralentizó de manera inconsciente, los sonidos se alejaron por un instante.
Un vacío.
Un instante de laguna.
Aeris entrecerró los ojos, como si percibiera algo en su expresión que no terminaba de encajar.
Pero Nya recuperó la compostura con un parpadeo brusco.
—Deja de analizarme —murmuró, casi en una súplica disfrazada de reproche.
Aeris no replicó enseguida.
Pero su mirada habló más de lo que lo habrían hecho sus palabras.
Y aunque Nya no quería admitirlo…
Se sintió desnuda.
Vulnerable.
Y jodidamente atrapada.
El silencio que se impuso a continuación no fue cómodo, pero sí necesario.
Nya se levantó del taburete con paso ligero, se sirvió un nuevo vaso de agua del dispensador y lo apuró despacio, como si quisiera enfriar con el líquido esa sensación de asfixia que le cosquilleaba en las venas.
Algo en las preguntas de Aeris había removido una parte de ella que, por costumbre, enterraba muy hondo.
No obstante, en lugar de ahondar en su propia vulnerabilidad, prefirió eludirla con un cambio de tema casi brusco.
—Bueno… ¿vas a contarme qué has averiguado? —Señaló con la barbilla la carpeta que había traído.
El juez asintió, cambiando de registro en un suspiro casi imperceptible.
—Sí, mejor hablemos de lo que nos atañe.
Ambos se dirigieron desde la cocina hacia el salón.
Antes de acomodarse, Nya apagó el altavoz donde sonaba una suave música de fondo.
En ese momento, necesitaba silencio absoluto para no enredarse más en su propia confusión.
La mesa estaba casi despejada, salvo por un par de revistas y los restos de una taza de café a medio terminar.
Aeris abrió la carpeta y desplegó varias hojas con los sellos oficiales: el atestado completo de Helena Ortiz, los informes preliminares del forense y de tóxicos, y los datos sobre los movimientos de su teléfono móvil.
Nya repasó la documentación con una rapidez que provenía de su instinto de leer entre líneas.
Se detuvo un instante en detalles que ya conocía: la referencia al «midazolam» y el ADN todavía en proceso de rastreo en bases de datos externas…
nada concluyente de momento. Sin embargo, un folio centró de pronto toda su atención.
Uno de los que no alcanzó a ver del todo en el despacho de Aeris. Era parte de la escena del crimen.
—¿Qué…? —empezó a decir, sin completar la frase.
Sus ojos se fijaron en unas líneas escritas en negrita:
«Uno de los reflejos no parpadeó».
Había una fotografía que acompañaba aquel texto.
Y entonces lo vio.
Las palabras.
Las mismas que ella había escrito.
El mismo orden. La misma cadencia.
La frase que había parido en su mente… ahora estaba en la escena de un crimen.
Nya sintió un escalofrío gélido en la base de la nuca.
¿Podría ser una coincidencia?
«No. No lo creé así».
«Nya, te estás imaginando cosas».
Solo que no podía sacudirse la certidumbre de que aquella frase era suya. La había empleado en un relato una semana atrás, «El Último Reflejo». ¿Cómo demonios podía esa misma frase estar allí, en el espejo frente a la víctima?
«Nya… es casualidad… calma…», pensó.
Un repentino escalofrío le recorrió la espalda.
El corazón se le aceleró. De pronto, el salón, la mesa y Aeris se convirtieron en meros decorados de fondo, mientras en su mente aparecía un polígono vacío, papeles revoloteando, cristales rotos y un hedor a aceite rancio que parecía impregnarlo todo.
Y lo peor: sangre en su propia piel, arañazos en su antebrazo de origen desconocido, un motor encendiéndose, el chirrido de neumáticos, una voz extraña y suave que decía: « Ya pasó, solo son reflejos… vamos dormilona… ».
—Nya, ¿qué coño te pasa? —La voz de Aeris la sacó de su ensimismamiento con una brusquedad providencial.
Ella parpadeó y notó que estaba sudando levemente, con la respiración entrecortada, como si acabase de correr una maratón. Trató de componer un gesto neutral.
—Nada… Es toy a por uvas. Quizá todavía esté cansada después de la ansiedad de ayer —musitó, esquivando la mirada del juez.
«Ya… ansiedad, los cojones», pensó Aeris.
Él no se creyó ni una sola palabra, pero no la forzó a explicar nada. La observó con el ceño fruncido, delatando que quería encajar las piezas sobre lo que le ocurría a esa mujer, que parecía estar en un continuo estado de huida interior. Sin decir más, pasó a otra hoja que sostenía en la mano.
—Mira esto. Me pediste la ubicación cronológica del móvil de Helena Ortiz.
Según Google, viajó desde Madrid hasta Jerez hace dos días, llegó sobre las doce y cuarto a la Plaza del Arenal y unos minutos después se movió a los Apartamentos «Consistorio Lite» en la Calle Rosario.
Reservó la habitación un día antes. Parra ha ido allí a ver si encuentran algo: una maleta, pistas.
Parece que Helena tenía un Renault Arkana rojo, así que quizás esté aparcado en un parking cercano.
Sus correos electrónicos no muestran ninguna conversación con alguien de Jerez o de la zona.
Sus redes sociales tampoco sugieren nada raro.
Lo único sospechoso es que intercambiaba mensajes con un tipo al que conocía desde hacía apenas una semana, pero no hay constancia de que hubieran quedado aquí.
En cambio, los SMS sí indican algo curioso.
Su último mensaje: « Voy a verte esta noche. Pásame la ubicación ».
Nya sintió un latido en la sien al leer esas palabras: « Pásame la ubicación ». ¿Por qué resonaban en su interior con esa intensidad? Tragó saliva, intentando no parecer demasiado afectada.
—Lo envió desde un café en la Plaza del Arenal —prosiguió Aeris—. El número al que se mandó está registrado con documentación falsa. Parra sigue intentando rastrear el IMEI, pero ya sabes cómo son estos casos. Si han hecho las cosas con cuidado, igual no obtenemos nada.
Un punzante dolor de cabeza amenazaba con abrirse paso en la mente de Nya.
Su mano buscó instintivamente un vaso de agua que había dejado por allí, sin encontrarlo.
Cerró los ojos un instante, esperando que la presión tras su frente aminorase.
Notaba a Aeris mirarla, captando su desasosiego.
Su ceño seco, cortante, le enviaba el mensaje de «¿qué demonios pasa contigo? », pero él no lo verbalizaba.
—Hay algo más —intervino Aeris, haciendo crujir sutilmente los papeles—.
El yonqui que vimos en el polígono insiste en que la noche anterior vio luces, movimientos…
un coche grande y oscuro y dos personas que se bajaron de él.
Dice que «reconoce a alguien», pero no sabe bien a quién.
Su estado mental tampoco ayuda. Aun así, Parra cree que si le presionamos, podría dar más detalles .
Nya asintió con un leve ademán, aunque su mente se hallaba a medio camino entre la realidad y algo que escapaba a su control.
Notaba el corazón bombear con fuerza. Se obligó a levantarse, inquieta, para buscar otro vaso de agua en la cocina.
Llenó uno hasta el borde y bebió con rapidez, sintiendo el líquido refrescar su garganta reseca.
«Puta ansiedad», pensó, con ese sabor agrio de la adrenalina.
Aeris, por su parte, seguía en el salón, observándola desde la distancia.
—Estás en otra parte, Nya —comentó él, grave, sin alzar demasiado la voz pero dejándole claro que no se creía su excusa anterior.
Ella dejó el vaso con un golpe algo brusco sobre la encimera, esforzándose por no transmitir su nerviosismo.
—Te he dicho que dejes de analizarme. Bastante tengo con mi padre y con todo esto. Dame un respiro, Harper. Por favor.
Él no insistió más, elevando apenas las manos en un gesto de paz, muy en su estilo. Una aceptación momentánea de la barrera que ella erigía. En su fuero interno, no le gustaba lo que veía: su instinto le gritaba que Nya le ocultaba algo importante, algo que la estaba carcomiendo por dentro.
—Tienes todo el tiempo que quieras. Solo quiero que estés bien —murmuró Aeris, con un parpadeo casi imperceptible.