CAPÍTULO 18
Palabras ciegas
E l sol del mediodía abrasaba las calles de Valdelagrana con una pereza inclemente, filtrando destellos dorados a través de los árboles polvorientos.
La tenue brisa marina apenas bastaba para dispersar el calor que se aferraba al asfalto como una manta sofocante.
En la acera frente al colegio, padres y madres formaban corrillos improvisados, intercambiando banalidades mientras aguardaban la salida de sus hijos.
El murmullo infantil se mezclaba con el zumbido lejano de las olas, un retazo de rutina que no pertenecía en absoluto a la casa de Nya Palacios.
Al otro lado de la calle, Aeris estacionó su coche con la misma precisión milimétrica que ponía en todo.
Apagó el motor y se quedó unos segundos en el interior, su mano izquierda se aferraba aún al volante, y la derecha descansaba sobre una carpeta de documentos.
Sus ojos recorrieron el lugar con el detenimiento de quien estudia un cuadro en busca de un detalle oculto.
Todo aquel escenario le resultaba ajeno.
Exhaló un suspiro imperceptible y salió del coche. Su calzado golpeó el pavimento con un sonido hueco, acompañado por el crujido lejano de una bicicleta pasando por la acera de enfrente. Avanzó hasta la puerta de Nya con paso resuelto, pulsando el timbre sin vacilación.
Desde el interior, la música sonaba a un volumen medio, un arrastre de coros oscuros que parecían reptar por las paredes.
« Who can escape the spiral, spiral?
The hole in the earth is a mile wide… »
Aeris reconoció el sonido. « Spiral » de Tommee Profitt, Sam Tinnesz y Our Last Night .
La elección musical de Nya nunca era casualidad.
La puerta se abrió tras un breve lapso.
Nya se apoyó levemente en el marco, descalza, con unos vaqueros desgastados y una camiseta negra holgada. Se veía diferente. No peor, ni más cansada, sino con esa inexplicable sensación de estar… desplazada. Como si no terminara de encajar en su propia piel.
—Adelante —musitó, sin mirar directamente a Aeris.
Él no respondió de inmediato. La observó con la calma de un cazador que mide el terreno. Entró con un leve asentimiento, cerrando la puerta tras él con un click amortiguado.
Y entonces lo vio.
La marca.
El golpe en su mejilla.
No necesitó preguntarle nada. Aquella herida no solo la reconocía, sino que la había visto demasiadas veces en demasiados rostros. Rostros que intentaban ocultarlo. Rostros que decían que «no era nada».
El ceño de Aeris se frunció con una contracción casi imperceptible, pero no dijo nada enseguida. Solo dejó la carpeta y el café sobre la barra de la cocina, sin apartar la vista de ella.
—¿Ha sido Antonio?
No era una pregunta. Era un bisturí.
Nya avanzó hacia la cocina, con un andar deliberadamente despreocupado, como si quisiera convencer a ambos de que la pregunta no tenía importancia. Pero sus manos decían otra cosa.
Temblaban. Apenas perceptible, el más leve estremecimiento cuando abrió un armario y sacó un plato.
—Si no llevase mi apellido, ¿habrías insistido en llevarme al hospital? —respondió sin volverse, con la voz medida, como si la pregunta no le perteneciera.
Aeris ladeó la cabeza, el brillo gélido de sus ojos anclado en la tensión de sus músculos. Había algo mal en ella. Algo que iba más allá del golpe.
Deslizó dos dedos sobre el nudo de su corbata con un ademán instintivo, como quien se ajusta la máscara antes de entrar en la escena de un crimen.
—Si quieres respuestas, no hagas preguntas retóricas.
El filo en su tono fue suficiente para que Nya soltara el plato sobre la encimera con más fuerza de la necesaria.
El sonido de la porcelana contra la madera rebotó en el aire.
Un parpadeo demasiado largo .
Un vacío de apenas un segundo.
Pero lo sintió.
La ligera oscilación del suelo.
Como si el mundo hubiera dado un leve vuelco antes de estabilizarse.
«No. No ahora.»
Inspiró hondo, cerrando los ojos un instante, obligándose a fijar la atención en el presente. Era el calor, la ansiedad, la mierda del día anterior…
Aeris se apoyó en la barra con los brazos cruzados.
—¿Qué estamos comiendo? —preguntó, con la misma seriedad con la que interrogaría a un testigo.
Nya alzó una ceja, pero se limitó a encogerse de hombros.
—Pasta. Carbonara. Con queso de cabra.
—Te perdono el crimen contra la carbonara —murmuró Aeris.
Ella chasqueó la lengua, volviendo a centrar la atención en su tarea. El sonido del agua burbujeando en la olla llenó el silencio.
Aeris seguía observándola.
La forma en que se movía. Demasiado medida. Demasiado controlada, como si cada gesto fuera parte de un guion.
—Nya.
Ella giró la cabeza.
—Dime.
Él la sostuvo la mirada. No presionó, pero tampoco la liberó.
—Lo de ayer —dijo, con la calma de quien ya sabe la respuesta—. ¿Qué pasó?
Silencio.
Un destello de incertidumbre en sus ojos.
—Nada que no haya pasado antes.
Aeris se mantuvo inmutable, aunque algo en su mandíbula se tensó.
Ese era el problema.
No debería haber pasado antes.
Pero sabía que no iba a sacarle más. No todavía.
La canción seguía resonando de fondo, con ese crescendo amenazante que parecía envolverlos como un presagio
« Twisting and turning, I feel the whole world spiral
Twisting and turning, I feel the whole world spiral ».
Nya sirvió la pasta en dos platos, dejándolos sobre la encimera con un ademán seco. Aeris aceptó el suyo en completo silencio.
El vapor ascendía en espirales efímeras, disipándose en el aire como el rastro de una conversación que nunca llegaría a completarse .
Pero ambos sabían que la tensión seguiría ahí.
Que aquello no terminaba ahí.
Ni la conversación.
Ni lo que estaba ocurriendo dentro de la cabeza de Nya.
Fuera lo que fuera.
Porque la espiral ya había empezado a girar.
Y ninguno de los dos podía detenerla.
El silencio en la cocina se asentó con la misma cadencia lenta que el vapor escapando de los platos. Ambos se sentaron en los taburetes.
Aeris cogió su tenedor con una naturalidad casi ensayada, girándolo entre los dedos antes de pinchar la pasta. No tenía prisa. De hecho, parecía que saboreaba más la pausa entre palabras que la comida en sí.
Nya, en cambio, comía con el automatismo de quien solo quiere llenar un vacío, sin realmente disfrutarlo. Tomaba pequeños bocados, moviendo la pasta con el tenedor como si intentara organizar algo en su cabeza.
El sonido del tenedor raspando la cerámica quedó amortiguado por la música, que había cambiado a una melodía más instrumental, casi etérea.
«ICARUS», de TonyAnn, con su piano melancólico que se filtraba entre los objetos de la estancia, como si tejiera una capa invisible de algo que ninguno de los dos mencionaba.
Aeris fue el primero en romper la quietud.
—¿Siempre te ha gustado la literatura o fue una forma de huir?
Nya se detuvo.
El tenedor se quedó suspendido entre su plato y su boca por un par de segundos. Luego, lo dejó caer con suavidad sobre la cerámica.
—¿A qué viene eso? —preguntó, sin molestarse en ocultar su incomodidad.
Aeris tomó otro bocado, sin apartar la vista de ella. No respondió enseguida. La dejó sumergirse en la duda, en la sensación de que sus preguntas no tenían advertencia ni escapatoria.
—Tengo curiosidad —respondió finalmente, con una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. Ayer te vi con el e-book mientras esperabas en el Juzgado. Y no lees. Devoras. Y eso no siempre significa simple placer.
Nya apoyó el codo en la mesa, pasándose un dedo por la sien con gesto pensativo.
—¿Y si es por placer?
—Entonces dime, ¿qué disfrutas más? ¿Leer o escribir?
La pregunta la descolocó.
Un leve tic eléctrico recorrió la base de su nuca, como una descarga estática demasiado débil para ser notoria. Un aviso .
No quería estar teniendo aquella conversación. No con él. No cuando la miraba así, como si su atención fuese un escalpelo desollando capa tras capa de su piel.
Desvió la mirada a la ventana, a la luz dorada que filtraba las persianas medio bajadas. El calor afuera era sofocante. Pero el de adentro la asfixiaba más.
—¿A qué viene esto, Harper? ¿No íbamos a hablar del caso?
—Tenemos tiempo —Aeris se encogió de hombros, tomando un sorbo de agua—. Y sinceramente, ya sé bastante sobre la víctima. Pero no sé una mierda sobre ti.
Bingo.
Nya sintió el golpe bajo del comentario en la boca del estómago.
Se removió en su asiento, girando el tenedor en el plato sin propósito real.
—¿Desde cuándo te interesa saber algo sobre mí?
—Desde que te vi analizar la escena del crimen como si ya hubieras estado allí antes.
La respuesta fue un mazazo.
Aeris no la apartó la mirada. No era un ataque. Solo una declaración. Firme. Certera.
Nya sintió que el aire cambiaba, se volvía denso, como si cada molécula a su alrededor se contrajera.
—No sé de qué hablas.
—Lo sabes perfectamente.
Silencio.
Los segundos se estiraron entre ellos, como la cuerda de un violín al borde de la ruptura.
Finalmente, Aeris dejó el tenedor sobre el plato con una lentitud medida. No la presionó. No tenía que hacerlo.
—¿Por qué la novela negra? —preguntó entonces, en un cambio de rumbo que, lejos de aliviar la tensión, la retorció en una dirección distinta—. Queriendo ser abogada penalista… ¿no te cansan los crímenes de la vida real?
Nya exhaló una risa breve, seca.
—No estoy ejerciendo, pero si tenemos que extrapolar esto, tú eres juez. ¿No te cansa estar rodeado de criminales?
—Sí. Cada día de mi vida. Si pudiera, los erradicaría a todos, uno a uno.
La honestidad de su respuesta la pilló desprevenida.
Aeris esbozó una sonrisa breve, arrastrada.
—Pero no tengo elección —añadió, apoyándose en la barra con un ademán tranquilo—. No elegí que los criminales aparecieran en mi vida. Tú lees sobre ellos. Prueba de ello es tu despacho .
—No es tan simple.
—¿Ah, no? —Aeris se pasó la lengua por un canino, como si estuviera calibrando su siguiente movimiento—. ¿Por qué no lees sobre, no sé, jardines japoneses? O un libro de cocina. ¿Por qué elegiste la oscuridad?
Nya apartó el plato. Ya no tenía hambre.
Sus dedos tamborilearon sobre la mesa con un ritmo errático.